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El BOE confirma que en 2026 las nóminas de los trabajadores se recortarán hasta en 95 euros por un buen motivo: las pensiones

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A partir del 1 de enero de 2026, millones de trabajadores en España verán cómo su nómina baja un poco con respecto a la de diciembre de 2025. El motivo, un incremento en una de las retenciones que se aplican en las nóminas de todos los trabajadores destinado a garantizar la viabilidad de las prestaciones de los futuros pensionistas.

Este ajuste, previsto en el Real Decreto-ley 2/2023 puede llegar hasta los 95 euros al año para quienes tengan los salarios altos, aunque para la mayoría de los trabajadores apenas superará los 43 euros al año.

¿Qué es el MEI? Tal y como explican desde BBVA, el MEI, o Mecanismo de Equidad Intergeneracional, es una retención que se aplica a las personas trabajadoras en sus nóminas y que sirve para reforzar el Fondo de Reserva de la Seguridad Social (popularmente conocido como “hucha de las pensiones”). Tal y como sucede con otras retenciones y cotizaciones, una parte del MEI recae sobre la empresa y otra parte sobre el trabajador.

El objetivo de esta retención es compensar los efectos del envejecimiento demográfico de la población activa y garantizar que las generaciones más jóvenes de hoy, con una población inferior que los Baby Boomers y Generación X, soporten en solitario todo el peso de las pensiones de los próximos 25 años.

¿Cómo se calcula? Esta retención se calcula como un porcentaje del total de la base salarial por la que cotiza cada persona y está previsto que ese porcentaje se vaya incrementando anualmente hasta 2029 para luego estabilizarse. En 2026, ese porcentaje pasará de ser del 0,80% de la base salarial, al 0,9%. De esta cantidad, el trabajador asumirá en 2026 el 0,15%, y la empresa pagará el 0,75% (para completar el 0,90% total previsto para este año).

Año

Empresa

Trabajador

Total

2023

0.50%

0.10%

0.60%

2024

0,58%

0,12%

0,70%

2025

0.67%

0,13%

0.80%

2026

0.75%

0,15%

0.90%

2027

0,83%

0.17%

1.00%

2028

0,92%

0,18%

1.10%

2029 a 2050

1.00%

0.20%

1.20%

¿Y eso cuánto dinero supone? Como el importe final depende de la base de cotización de cada trabajador el MEI no retiene un importe fijo para todo el mundo. Para 2026, la base máxima de cotización será de 63.180 euros anuales. Por lo tanto, a quienes tengan un salario bruto de 5.265 euros al mes (en 12 pagas), de esa base máxima se les descontarán unos 94,77 euros al año. Es decir, unos 7,89 euros al mes.

Según los datos consolidados de la ‘Encuesta de Estructura Salarial’ de 2023, el salario bruto más habitual en España ronda los 15.574 euros al año. Eso significa que para los trabajadores con un salario bruto mensual de 1.297 euros (en 12 pagas), el 0,15% que se le retiene a cada empleado en concepto de MEI supondría 1,94 euros en cada nómina, sumando un total de 23,34 euros al año.

¿Cuánto va a ir subiendo cada año? El cambio en la retención del MEI se aplicará de forma automática y se ha ido incrementando desde su implantación en 2023, año en el que comenzó aplicándose una retención para los trabajadores del 0,10% y de un 0,50% para las empresas, con un total del 0,60% sobre la base de cotización.

El objetivo es llegar al 1,20% en 2029, repartiéndose en el 1% de retención para la empresa y el 0,20% para los trabajadores. Una vez alcanzado ese objetivo, las retenciones se congelarán en ese porcentaje hasta 2050.

Pagar más sin recibir más. A diferencia de otras retenciones que se aplican en las nóminas, el porcentaje del MEI no genera derechos adicionales sobre la cuantía de la pensión por jubilación, como sí sucedería si se incrementa la base de cotización, por ejemplo. Es decir, esta retención no tiene un efecto directo sobre la pensión, sino que se destina a hacer que el sistema de pensiones sea más solvente y viable durante más tiempo aunque haya más jubilados que cotizantes en activo.

Según datos del Ministerio de Inclusión y Seguridad Social, en 2023 el Mecanismo de Equidad Intergeneracional aportó 3.437 millones de euros al Fondo de Reserva de la Seguridad Social, mientras que en 2024 fueron 3.799 millones. 

Fondo Reserva
Fondo Reserva

El incremento récord en el número de cotizantes a la Seguridad Social registrado en 2025, hace que las previsiones en las aportaciones a la hucha de las pensiones por este concepto se incrementen hasta los 4.623 millones de euros, dejando un saldo total en este fondo cercano a los 14.000 millones de euros.

En Xataka | Trabajando más allá de los 67 años: Alemania ha roto su sistema de pensiones y es un anticipo para Europa

Imagen | Unsplash (wjpzlvr), Pexels (Dany Kurniawan)

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compañías operadas por agentes de IA

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La inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa lejana para convertirse en una fuerza que ya está reordenando empresas, infraestructuras, empleos, ciencia y poder económico. Lo que hemos visto hasta ahora probablemente sea solo una parte del cambio, pero ya basta para colocar a los gobiernos ante una decisión difícil: regular demasiado pronto puede frenar innovación, no hacer nada puede abrir riesgos difíciles de contener. En ese terreno intermedio, lleno de incertidumbre, muchos países buscan su sitio con las herramientas que tienen.

Esa decisión, sin embargo, no se toma desde el mismo punto de partida en todo el planeta. La IA de vanguardia exige una combinación difícil de replicar: capital abundante, acceso a chips, centros de datos, talento especializado, empresas capaces de escalar productos globales y energía suficiente para sostener esa infraestructura. Estados Unidos y China juegan buena parte de esa partida desde el centro del tablero. Argentina, en cambio, no cuenta con esa misma escala tecnológica, financiera e industrial, así que su margen de maniobra pasa necesariamente por otro lugar.

Argentina no parece estar intentando construir su propia OpenAI desde cero, ni disputarle a las grandes potencias la capa más sofisticada de la IA. Lo que empieza a dibujarse es otra estrategia: convertir al país en un lugar atractivo para que proyectos, infraestructuras y nuevas formas empresariales vinculadas a esta tecnología puedan instalarse con menos obstáculos. Ahí entran piezas menos espectaculares que un modelo de frontera, pero muy relevantes para esta economía: energía, suelo, incentivos, trámites, sociedades y reglas de funcionamiento.

La fórmula de Argentina para entrar en el mundo de la IA

La visión del presidente argentino quedó condensada en un artículo de opinión publicado en Financial Times. Milei defendió allí que la IA necesita espacio para desarrollarse antes de quedar atrapada por normas que considera prematuras, y vinculó esa idea con la historia de la responsabilidad limitada en el capitalismo moderno. Desde ese marco, propuso una figura para compañías operadas por agentes de IA o robots, acompañada de un impuesto de sociedades reducido y reglas atractivas para accionistas. Como podemos ver, el planteamiento combina desregulación, ingeniería societaria y una llamada abierta a la inversión.

El respaldo jurídico está en un proyecto de ley del Poder Ejecutivo Nacional argentino, fechado el 29 de mayo de 2026, que reforma la Ley General de Sociedades. La clave no es solo que mencione la IA, sino dónde la coloca: dentro del marco que regula cómo nacen, funcionan y responden las empresas. El texto introduce una figura llamada Sociedad Automatizada, pensada para sociedades que desarrollen su objeto mediante sistemas algorítmicos autónomos o agentes de inteligencia artificial. Es decir, la propuesta lleva la IA al terreno societario, no solo al debate tecnológico.

El artículo 14 define esa figura con bastante claridad. “La Sociedad de cualquiera de los tipos previstos en esta ley que desarrolle su objeto social, mediante sistemas algorítmicos autónomos o agentes de inteligencia artificial, sin requerir trabajadores en relación de dependencia ni recursos humanos para su operación ordinaria será considerada una Sociedad Automatizada”. La declaración de automatización, no obstante, deberá constar expresamente en el estatuto y la denominación tendrá que incluir la expresión “Automatizada”.

El proyecto también intenta resolver una pregunta inevitable: qué ocurre si esos sistemas causan daños. Su respuesta inicial está en el propio artículo 14, donde se establece que “la sociedad automatizada responde con su patrimonio frente a terceros por los daños causados por sus sistemas algorítmicos autónomos o agentes de inteligencia artificial”. La fórmula mantiene el problema dentro de una lógica conocida del derecho societario: quien responde es la empresa, no el algoritmo como si fuera una persona. Sobre el papel, por tanto, la automatización no elimina la responsabilidad, sino que la canaliza a través de la sociedad.

Javier Milei Presidente Argentina
Javier Milei Presidente Argentina

Javier Milei durante su intervención en la CPAC 2025

La pregunta es si esa respuesta alcanza para todos los escenarios que pueden abrirse. El mismo proyecto permite que los socios fijen libremente la cifra del capital social, de modo que el patrimonio disponible para responder ante terceros puede convertirse en una pieza decisiva. También queda por ver cómo se probaría la cadena de decisiones cuando intervienen sistemas autónomos, proveedores externos, accionistas, administradores y posibles beneficiarios reales. En una empresa tradicional ya puede ser difícil reconstruir responsabilidades; en una sociedad operada mediante agentes de IA, esa tarea puede volverse bastante más compleja.

La discusión no termina en la responsabilidad por daños. El proyecto combina una fuerte autonomía estatutaria, límites a la capacidad de los registros para condicionar lo previsto por la ley, legajos registrales públicos sin información contable o económica y margen para que las relaciones internas de ciertas sociedades se sometan a derecho extranjero, aunque sin afectar a terceros ni a materias excluidas por el propio texto. Tomados por separado, esos elementos pueden explicarse como herramientas de agilidad empresarial. Leídos en conjunto, también pueden hacer de Argentina un lugar especialmente atractivo para actores externos que busquen operar con menos fricción.

Milei no menciona Stargate Argentina en su artículo de opinión, pero el anuncio ayuda a entender el tipo de país que el Gobierno quiere proyectar. OpenAI y Sur Energy lo presentaron como una posible gran infraestructura de IA en Argentina, con una comunicación muy ambiciosa alrededor de inversión, energía y capacidad de cómputo, justo las piezas que cualquier economía necesita para entrar en esta nueva fase tecnológica. Aun así, la cautela es obligatoria: lo que tenemos documentado es una carta de intención para explorar el proyecto. Hasta donde hemos podido verificar, no consta una ubicación definitiva, una fecha de obra ni una construcción iniciada.

La medida de esta apuesta no estará en lo llamativa que resulte la figura legal, sino en sus efectos. Una reforma así puede abrir actividad económica y atraer proyectos que quizá no llegarían con un marco más rígido. Pero también puede quedarse en una ventaja formal si la mayor parte del valor se decide, se financia y se explota fuera del país. El punto, por tanto, no es solo cuántas sociedades se crean o cuántos anuncios se acumulan, sino cuánto beneficio real termina quedándose en Argentina.

La apuesta de Milei, por tanto, no se juega solo en el texto de una reforma societaria. Se juega en algo más difícil de medir: si Argentina consigue convertir esa apertura en capacidades propias o si acaba ofreciendo un marco cómodo para que otros desplieguen tecnología, capital y riesgos desde fuera. La IA obliga a tomar decisiones, y no hacer nada también es una decisión. La cuestión es si esta puerta legal servirá para entrar en la nueva economía o para quedarse en el umbral mientras otros marcan el paso.

Imágenes |  Javier Milei (X) | Gage Skidmore

En Xataka | El mundo se está quedando sin datos para seguir entrenando a la IA. China tiene un as en la manga

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compañías operadas por agentes de IA

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La inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa lejana para convertirse en una fuerza que ya está reordenando empresas, infraestructuras, empleos, ciencia y poder económico. Lo que hemos visto hasta ahora probablemente sea solo una parte del cambio, pero ya basta para colocar a los gobiernos ante una decisión difícil: regular demasiado pronto puede frenar innovación, no hacer nada puede abrir riesgos difíciles de contener. En ese terreno intermedio, lleno de incertidumbre, muchos países buscan su sitio con las herramientas que tienen.

Esa decisión, sin embargo, no se toma desde el mismo punto de partida en todo el planeta. La IA de vanguardia exige una combinación difícil de replicar: capital abundante, acceso a chips, centros de datos, talento especializado, empresas capaces de escalar productos globales y energía suficiente para sostener esa infraestructura. Estados Unidos y China juegan buena parte de esa partida desde el centro del tablero. Argentina, en cambio, no cuenta con esa misma escala tecnológica, financiera e industrial, así que su margen de maniobra pasa necesariamente por otro lugar.

Argentina no parece estar intentando construir su propia OpenAI desde cero, ni disputarle a las grandes potencias la capa más sofisticada de la IA. Lo que empieza a dibujarse es otra estrategia: convertir al país en un lugar atractivo para que proyectos, infraestructuras y nuevas formas empresariales vinculadas a esta tecnología puedan instalarse con menos obstáculos. Ahí entran piezas menos espectaculares que un modelo de frontera, pero muy relevantes para esta economía: energía, suelo, incentivos, trámites, sociedades y reglas de funcionamiento.

La fórmula de Argentina para entrar en el mundo de la IA

La visión del presidente argentino quedó condensada en un artículo de opinión publicado en Financial Times. Milei defendió allí que la IA necesita espacio para desarrollarse antes de quedar atrapada por normas que considera prematuras, y vinculó esa idea con la historia de la responsabilidad limitada en el capitalismo moderno. Desde ese marco, propuso una figura para compañías operadas por agentes de IA o robots, acompañada de un impuesto de sociedades reducido y reglas atractivas para accionistas. Como podemos ver, el planteamiento combina desregulación, ingeniería societaria y una llamada abierta a la inversión.

El respaldo jurídico está en un proyecto de ley del Poder Ejecutivo Nacional argentino, fechado el 29 de mayo de 2026, que reforma la Ley General de Sociedades. La clave no es solo que mencione la IA, sino dónde la coloca: dentro del marco que regula cómo nacen, funcionan y responden las empresas. El texto introduce una figura llamada Sociedad Automatizada, pensada para sociedades que desarrollen su objeto mediante sistemas algorítmicos autónomos o agentes de inteligencia artificial. Es decir, la propuesta lleva la IA al terreno societario, no solo al debate tecnológico.

El artículo 14 define esa figura con bastante claridad. “La Sociedad de cualquiera de los tipos previstos en esta ley que desarrolle su objeto social, mediante sistemas algorítmicos autónomos o agentes de inteligencia artificial, sin requerir trabajadores en relación de dependencia ni recursos humanos para su operación ordinaria será considerada una Sociedad Automatizada”. La declaración de automatización, no obstante, deberá constar expresamente en el estatuto y la denominación tendrá que incluir la expresión “Automatizada”.

El proyecto también intenta resolver una pregunta inevitable: qué ocurre si esos sistemas causan daños. Su respuesta inicial está en el propio artículo 14, donde se establece que “la sociedad automatizada responde con su patrimonio frente a terceros por los daños causados por sus sistemas algorítmicos autónomos o agentes de inteligencia artificial”. La fórmula mantiene el problema dentro de una lógica conocida del derecho societario: quien responde es la empresa, no el algoritmo como si fuera una persona. Sobre el papel, por tanto, la automatización no elimina la responsabilidad, sino que la canaliza a través de la sociedad.

Javier Milei Presidente Argentina
Javier Milei Presidente Argentina

Javier Milei durante su intervención en la CPAC 2025

La pregunta es si esa respuesta alcanza para todos los escenarios que pueden abrirse. El mismo proyecto permite que los socios fijen libremente la cifra del capital social, de modo que el patrimonio disponible para responder ante terceros puede convertirse en una pieza decisiva. También queda por ver cómo se probaría la cadena de decisiones cuando intervienen sistemas autónomos, proveedores externos, accionistas, administradores y posibles beneficiarios reales. En una empresa tradicional ya puede ser difícil reconstruir responsabilidades; en una sociedad operada mediante agentes de IA, esa tarea puede volverse bastante más compleja.

La discusión no termina en la responsabilidad por daños. El proyecto combina una fuerte autonomía estatutaria, límites a la capacidad de los registros para condicionar lo previsto por la ley, legajos registrales públicos sin información contable o económica y margen para que las relaciones internas de ciertas sociedades se sometan a derecho extranjero, aunque sin afectar a terceros ni a materias excluidas por el propio texto. Tomados por separado, esos elementos pueden explicarse como herramientas de agilidad empresarial. Leídos en conjunto, también pueden hacer de Argentina un lugar especialmente atractivo para actores externos que busquen operar con menos fricción.

Milei no menciona Stargate Argentina en su artículo de opinión, pero el anuncio ayuda a entender el tipo de país que el Gobierno quiere proyectar. OpenAI y Sur Energy lo presentaron como una posible gran infraestructura de IA en Argentina, con una comunicación muy ambiciosa alrededor de inversión, energía y capacidad de cómputo, justo las piezas que cualquier economía necesita para entrar en esta nueva fase tecnológica. Aun así, la cautela es obligatoria: lo que tenemos documentado es una carta de intención para explorar el proyecto. Hasta donde hemos podido verificar, no consta una ubicación definitiva, una fecha de obra ni una construcción iniciada.

La medida de esta apuesta no estará en lo llamativa que resulte la figura legal, sino en sus efectos. Una reforma así puede abrir actividad económica y atraer proyectos que quizá no llegarían con un marco más rígido. Pero también puede quedarse en una ventaja formal si la mayor parte del valor se decide, se financia y se explota fuera del país. El punto, por tanto, no es solo cuántas sociedades se crean o cuántos anuncios se acumulan, sino cuánto beneficio real termina quedándose en Argentina.

La apuesta de Milei, por tanto, no se juega solo en el texto de una reforma societaria. Se juega en algo más difícil de medir: si Argentina consigue convertir esa apertura en capacidades propias o si acaba ofreciendo un marco cómodo para que otros desplieguen tecnología, capital y riesgos desde fuera. La IA obliga a tomar decisiones, y no hacer nada también es una decisión. La cuestión es si esta puerta legal servirá para entrar en la nueva economía o para quedarse en el umbral mientras otros marcan el paso.

Imágenes |  Javier Milei (X) | Gage Skidmore

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una compañía china acaba de convertir su energía en piezas prefabricadas

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La última novedad china en inteligencia artificial no tiene forma de chatbot ni de chip. Tiene forma de una enorme base eléctrica prefabricada para alimentar centros de datos orientados a cargas intensivas de cálculo. Puede sonar menos llamativo, pero explica muy bien uno de los problemas de fondo del sector: los centros de datos necesitan cada vez más electricidad, y esa electricidad debe llegar de forma estable, eficiente y con plazos de construcción razonables. China está intentando resolver esa parte menos visible de la IA convirtiendo la base energética en una pieza industrial pensada para replicarse.

Una base eléctrica prefabricada. Según CCTV, el 6 de junio entró en funcionamiento en Qingdao lo que la cadena presenta como la primera base prefabricada del mundo para centros de computación. Explican que se trata del “corazón” energético del centro, la pieza encargada de suministrar electricidad continua y estable. No hablamos de una sala llena de servidores, sino de la parte que hace posible que esa sala trabaje. Fabricada por TGOOD, tiene unos 53 metros de largo, 41 de ancho y ocupa alrededor de 2.200 metros cuadrados.

De la obra a la fábrica. Para entender el cambio, imaginemos la escena al revés: en lugar de levantar sobre el terreno cada parte de la infraestructura eléctrica, una parte importante llega ya integrada desde fábrica. En paralelo, Xinhua describe la solución como una estación que agrupa transformadores de alta tensión, equipos de media tensión, sistemas de protección, control, comunicaciones y otros componentes necesarios para conectar el centro a la red. La compañía asegura que sus 167 módulos funcionales se prefabrican y calibran antes de llegar al proyecto.

Construir antes, ocupar menos. La parte interesante no está solo en que la infraestructura llegue más preparada, sino en lo que eso promete cambiar en el calendario de un proyecto. La base prefabricada promete reducir casi un 70% el ciclo de construcción frente a una solución tradicional, ocupar más de un 30% menos de superficie y rebajar el coste global en torno a un 20%. También se habla de un ahorro cercano al 80% en obra civil y de una ejecución que, en el escenario más rápido, podría completarse en cinco meses.

El otro frente. Hay otra parte de la propuesta que conviene separar de los plazos de construcción: cómo se alimenta el centro una vez está en marcha. Según CCTV, esta base puede conectarse directamente a energía verde y favorecer su aprovechamiento local al 100%, apoyándose además en almacenamiento para coordinar mejor suministro eléctrico y demanda de computación. Según las cifras comunicadas por TGOOD y recogidas por Xinhua, el coste eléctrico por token podría reducirse alrededor de un 30% si el sistema funciona como plantea la compañía.

Un problema que ya no es marginal. El interés por este tipo de soluciones se entiende mejor cuando miramos alrededor. La Agencia Internacional de la Energía prevé que el consumo eléctrico global de los centros de datos se duplique hasta alcanzar unos 945 TWh en 2030, y recuerda una diferencia importante: un centro de datos puede estar operativo en dos o tres años, pero ampliar la red, la generación y el resto del sistema energético suele requerir plazos más largos.

No es magia. La lectura más razonable es esta: China está probando una forma concreta de responder a algunos de los problemas que trae la expansión de los centros de datos. No todos, ni de manera definitiva. Esta base prefabricada apunta a retos muy físicos, como el espacio disponible, la velocidad de construcción, la conexión al suministro eléctrico y, según las cifras comunicadas por sus impulsores, un mejor encaje con energía más limpia. En otros países veremos estrategias distintas, porque cada red, cada territorio y cada regulación tienen sus propias limitaciones.

Imágenes | TGOOD

En Xataka | España produce tanta energía solar que es la envidia de Europa. Y aun así importa el 70% de la que consume

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