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Lo último de Lenovo es un portátil gaming con pantalla enrollable. Tiene más sentido del que parece

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Jugar en portátil ha sido sinónimo, históricamente, de jugar en 16:9 o, como mucho, en 4:3 en algunos modelos más enfocados al trabajo. Jugar en ultrawide es algo que, de momento, queda relegado a los monitores de sobremesa por una cuestión bastante sencilla: el espacio. Eso, claro está, es asumiendo que el panel no se pueda enrollar y desenrollar, porque de poder se podrían conseguir conceptos tan curiosos y peculiares como el que ha enseñado Lenovo en el CES 2026.

Lenovo Legion Pro Rollable (Concept). Ese es el nombre que recibe el portátil con pantalla enrollable que Lenovo ha enseñado en el CES de Las Vegas. Se trata, como su propio nombre indica, de un concepto, es decir, que no está a la venta, pero su propuesta es llamativa. Lenovo está apostando fuerte por esta tecnología con portátiles plegables y el concepto enrollable que probamos hace algunas semanas, pero con este dispositivo la firma va un pelín más allá.

Lenovo Legion Pro Rollable | Imagen: Lenovo
Lenovo Legion Pro Rollable | Imagen: Lenovo

Lenovo Legion Pro Rollable | Imagen: Lenovo

Cómo funciona. El portátil incorpora un panel Lenovo PureSight OLED que, por defecto, tiene un tamaño de 16 pulgadas. Lenovo llama a este tamaño el “Focus mode”. Bajo el panel hay un doble motor basado en tensión que permite expandir  y contraer la pantalla “con una vibración y un ruido mínimos”, según la firma. Lenovo asegura, además, haber usado materiales de baja fricción y que el sistema mantiene la tensión constante en todo el panel, lo que se debería traducir en una menor abrasión durante el ciclo de enrollado.

De 16 a 24. El panel se puede expandir en dos tamaños: de 16 a 21,5 pulgadas (“Tactic mode”) y de 21,5 a 24 pulgadas en un formato más panorámico que Lenovo ha bautizado como “Arena mode”. Esto, para según qué perfil de jugador, puede tener todo el sentido del mundo ya que permite tener un monitor ultrawide disponible en todo momento.

Lenovo Legion Pro Rollable | Imagen: Lenovo
Lenovo Legion Pro Rollable | Imagen: Lenovo

Lenovo Legion Pro Rollable | Imagen: Lenovo

Desarrolla. Si nos los tomamos enserio, los juegos competitivos ganan enteros si jugamos en un monitor 16:9. Títulos como ‘Counter Strike’, ‘Valorant’ o ‘League of Legends’ se juegan en 16:9 porque este formato permite ver toda la pantalla sin tener que mover la cabeza. En algunos shooters, como ‘Battlefield 6‘, un monitor ultrawide aleja del centro el minimapa, la información de la partida y del arma, lo que nos obliga a retirar la vista de la retícula todavía más. 

Es decir, que en juegos en los que todo pasa en el centro y alrededores, un monitor 16:9 es el más indicado, al menos sobre el papel. Sin embargo, los juegos de simulación, los mundos abiertos de exploración o los juegos más cinemáticos (pensemos en un ‘Clair Obscure: Expedition 33‘, un ‘Cyberpunk 2077‘ o un ‘God of War‘) agradecen el formato panorámico y la inmersión que proporcionan. Lo mismo con las apps de edición y productividad, que ganan enteros en ultrawide.

Este portátil nos ofrece, en teoría, lo mejor de los dos mundos: un panel 16:9 para shooters y juegos competitivos; y un panel ultrawide para cuando queremos relajarnos y disfrutar de una buena historia. Pero eso, en teoría, porque el Lenovo Legion Pro Rollable es un concepto y, como tal, todavía tiene que demostrar su valía. 

¿Y por dentro? Lenovo no se ha dejado nada fuera. El portátil está basado en el Legion Pro 7i, de manera que monta un Intel Core Ultra de nueva generación, una RTX 5090 de NVIDIA y el motor Lenovo AI Engine+. Este usa núcleos Lenovo LA1+LA3 para optimizar los recursos en función del escenario de juego, lo que, sobre el papel, debería mantener los FPS a la altura de forma conceptual.

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Hoy en Espectacular: Fernando Carrillo en defensa de Maduro, Amanda Miguel de estreno y Humberto Zurita regresa al teatro

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ChatGPT ya es nuestro médico de primera línea (aunque no queramos admitirlo)

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ChatGPT ha conseguido ser uno de los mayores captadores de atención de la historia, y ahora ChatGPT Health va a llevar eso más allá. No compitiendo con el médico de cabecera, pero sí ocupando ese espacio que hemos llenado con búsquedas nocturnas en Google, con visitas a foros donde un desconocido te dice que ese lunar no tiene por qué preocuparte, o con el cuñado que sabe un poco de esos temas.

Llevamos años delegando nuestros miedos en espacios un poco ridículos, y ahora OpenAI va a ofrecer uno un poco menos ridículo.

Lo interesante no es que la IA sepa medicina. Los LLMs llevan años aprobando exámenes clínicos y nos han resuelto, mejor o peor, varias dudas. Lo interesante es que confiemos más en ella que en instituciones o personas reales. Doscientos treinta millones de personas preguntándole cada semana a ChatGPT sobre su salud es un dato que dice mucho sobre nuestra psicología.

Preferimos preguntarle a un chatbot que esperar tres semanas para una cita o que molestar a un amigo a las once de la noche. Todo antes que admitir en voz alta que ese dolor nos asusta.

ChatGPT Health se presenta como una suerte de “médico de bolsillo”, pero funciona como confesor. Porque “¿debería preocuparme por esto?” nunca es solo una pregunta médica. Es existencial. Y la app nunca te juzga, nunca se cansa, nunca te hace sentir que estás exagerando.

Responde al instante, con un tono tranquilizador, citando estudios que jamás leerás pero que te hacen sentir informado. En el fondo, sabemos que puede patinar e inventar cosas, pero eso no nos importa tanto como ganar tranquilidad por un rato, y esa sensación sí consigue transmitirla. Pese a que ha habido casos turbios que han terminado mal.

OpenAI dice que esto no reemplaza al médico. Por supuesto que no. Pero funcionalmente ya lo está haciendo. No en un diagnóstico grave, que ahí seguimos yendo al hospital, pero sí en quién decide cuándo algo merece que nos preocupemos. En quién interpreta de inmediato esos números del análisis de sangre, o en quién nos dice si deberíamos cambiar la dieta o la rutina de ejercicio.

En la práctica cotidiana de gestionar un cuerpo, el médico ha pasado a ser la segunda opción, ChatGPT ya es la primera línea. Puede incomodar, puede desagradar, pero es lo que ya está ocurriendo.

Ese es, de hecho, el giro incómodo: la competencia de ChatGPT no es tanto con los médicos como con la red de apoyo emocional que solíamos tener. Preguntábamos a nuestra madre, a nuestra pareja, al amigo que estudió enfermería. Ahora directamente a ChatGPT. Y con Health, esto irá aún más allá. Porque es inmediato, es rápido, no te hace sentir vulnerable y puedes borrar la conversación si la respuesta te empieza a acojonar.

ChatGPT Health es la consolidación del síntoma de una soledad estructural que ni siquiera hemos elegido de forma consciente. Es que molestar a alguien se ha vuelto costoso emocionalmente, mientras que preguntar a una máquina que simula empatía (a veces Claude me llama ‘hermano’) es fluido y simple.

OpenAI no ha inventado esta dinámica, simplemente le vino de forma natural cuando la gente hizo de ChatGPT un hábito y ahora la ha optimizado para monetizarla mejor.

En Xataka | ChatGPT ha sido una herramienta. Si empieza a recordar todas nuestras conversaciones, va a ser otra cosa: una relación

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es que se están quedando sin cobre

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Este comienzo de año ha sacudido los cimientos de la economía global. Entre la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos y una volatilidad geopolítica sin precedentes, el cobre —uno de los minerales clave para el futuro energético— ha escalado hasta un máximo histórico, superando los 13.000 dólares por tonelada.

Esta escalada no es una fluctuación pasajera. Como detalla Bloomberg, estamos ante una “tormenta perfecta” donde un ajuste severo de la oferta combinado con un apetito por el riesgo desbocado. El mercado ha entrado en una fase de backwardation (donde el precio inmediato es mayor al futuro), una señal técnica que, según los analistas, apunta a una escasez física real y desesperada.

Centros de datos: el agujero negro del metal. Si bien la construcción y la energía siempre han sido los pilares del consumo de cobre, la inteligencia artificial ha cambiado la escala del problema. Según un análisis del empresario Frank Holmes, un centro de datos convencional consume entre 5.000 y 15.000 toneladas de metal. Sin embargo, un centro de “hiperescala” —necesario para entrenar modelos de IA— puede requerir hasta 50.000 toneladas por instalación.

Además, destaca una realidad incómoda para 2030, año en el que los centros de datos podrían devorar más de medio millón de toneladas de cobre anualmente. Aquí reside el gran problema, ya que la demanda de las tecnológicas es absolutamente inelástica. Como explica Holmes, a los gigantes del silicio les da igual si el cobre cuesta 10.000 o 20.000 dólares porque el metal representa menos del 0,5% del costo total de un proyecto de IA. Ellos pagarán lo que sea, vaciando los almacenes y dejando al resto de las industrias (construcción, electrodomésticos, motor) sin suministro.

Una oferta que se desmorona. Mientras la demanda vuela, la producción está en crisis. Según un reportaje de Financial Times, el precio ha subido casi un tercio desde octubre impulsado por interrupciones en minas clave como el complejo Grasberg en Indonesia. A esto se suma la huelga de Mantoverde en Chile, que ha sido el detonante final. Aunque solo aporta el 0,5% de la producción mundial, su cierre gradual ha recordado al mercado que ya no existen “colchones” de seguridad.

La situación es estructural. Como ha señalado Reuters, el breakeven para desarrollar nuevas minas ya supera los 13.000 dólares por tonelada. Sin precios récord, no hay incentivo para excavar. Analistas de Citi estiman un déficit de 308.000 toneladas para este año, mientras que ING Group proyecta que para 2026 la brecha llegará a las 600.000 toneladas.

La geopolítica del “cuello de botella”. El tablero mundial muestra una fractura peligrosa. China ha jugado una carta maestra porque solo posee el 4% de las reservas mundiales, pero controla el 49% del refinado global. Pekín está comprando concentrados de Chile y chatarra de EEUU para procesarlos y devolverlos al mercado como productos acabados. Quien controle el refinado, controlará la transición tecnológica.

En el otro lado, la administración de Donald Trump ha introducido el caos con los aranceles. Según Bloomberg, el temor a gravámenes inminentes ha provocado un “inventario desarticulado”. Los almacenes de EEUU están en niveles récord con 450.000 toneladas, mientras que en las bolsas de Londres y Shanghái las existencias se han desplomado más de un 55%. El cobre está en el lugar equivocado para el resto del mundo.

El “Efecto Venezuela”. La reciente captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses ha añadido una capa de incertidumbre geopolítica. Aunque la atención de Trump se ha centrado en el petróleo, el CSIS (Center for Strategic and International Studies) se pregunta si Venezuela es un objetivo de minerales críticos.

El país posee reservas potenciales de oro, coltán y bauxita. Sin embargo, como explica la experta Luisa Palacios, el sector minero venezolano está devastado por la ilegalidad y la falta de inversión. El CSIS advierte que, a pesar del actual control estadounidense, la “sobrecarga legal” de las expropiaciones pasadas y el estado de la infraestructura impedirán que el capital occidental reconstruya la industria de forma inmediata. No obstante, para el mercado del cobre, la toma de Venezuela es el mensaje definitivo: Washington ha pasado a la acción directa y está dispuesto a asegurar por la fuerza el suministro de recursos estratégicos. 

Un problema de décadas. La industria se enfrenta a una realidad física infranqueable. El tiempo medio para poner en marcha una nueva mina de cobre es de 17 a 19 años, por lo que no hay una solución rápida que pueda responder al crecimiento exponencial de la IA en los próximos dos años.

Ante esto, las empresas buscan alternativas. Glencore y Schneider Electric están impulsando la “circularidad del cobre” mediante el reciclaje. Por su parte, la Agencia Internacional de la Energía sugiere usar aluminio para aplicaciones menos críticas, aunque su eficiencia es menor. Otros intentos son más exóticos, como los centros de datos bajo el mar que prueba China o las instalaciones en cuevas subterráneas para ahorrar refrigeración, aunque la necesidad de cables de cobre sigue siendo la misma.

El regreso a la materia La paradoja de nuestra era es total. En el siglo de la computación cuántica, el destino de la economía global depende de la capacidad de unos mineros en Chile o Indonesia para extraer metal de rocas cada vez más pobres. La “nube”, por muy etérea que parezca, está atada a la tierra por un cable de cobre.

Como apunta el analista de Benchmark, Albert Mackenzie, es posible que la especulación haya inflado los precios, pero la tendencia de fondo es incuestionable. Sin cobre, la transición verde se detiene y la inteligencia artificial se queda sin “cuerpo”. El futuro digital, en última instancia, sigue siendo analógico y de color rojizo.

Imagen | Unsplash y Unsplash

Xataka | El precio del cobre alcanzó máximos por un arancel que no fue. El resultado: la caída más grande en casi 40 años

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