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su nueva sede del Ministerio de Guerra de aires futuristas

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El Pentágono es un símbolo. Es la sede del Departamento de Defensa de Estados Unidos y, de vez en cuando, es noticia por las novedades sobre extraterrestres o por la polémica al ser los primeros que se salta la prohibición de tratar con Huawei. Pero más importante que ser sinónimo de esta rama del gobierno federal, lo que caracteriza al Pentágono es su peculiar forma. Es un edificio imponente que, hasta la inauguración en 2023 de la ciudad de los diamantes de Surat, fue el edificio de oficinas más grande del mundo.

Podían seguir diciendo que eran el edificio de oficinas gubernamentales más grandes, pero eso también va a cambiar dentro de no tanto tiempo. El motivo es que Egipto está preparando algo que dejará al Pentágono como algo minúsculo. ¿Su nombre? El Octógono, la nueva sede del Centro de Comando Estratégico Estatal.

Faraónico. Literal, y figuradamente. Si el Pentágono destaca por su superficie de 603.900 m² y las cerca de 30.000 personas que acuden diariamente a trabajar, el Octógono lo hará por su planta de -atención-, 4.700.000 m². Es una absoluta barbaridad que está siendo construida con un estilo faraónico y tiene previsto ser la nueva sede del ministerio de Defensa de Egipto, entre otras muchas cosas. El Ministerio de Guerra, mejor dicho.

Aspira a ser la sede más grande del mundo y estará en la NAC del Gran Cairo. La construcción comenzó en 2018 y el costo es de unos 400.000.000 dólares, algo que no es tan caro si lo comparamos con los más de 1.100.000.000 del Pentágono al ajustar la inflación. Sus estructuras tendrán cinco pisos y la planta es imponente.

Simbolismo. Oficialmente no se ha revelado si esto de tener más lados es para superar al Pentágono, pero teniendo en cuenta el nombre, seguro que algo de vanidad han en toda esta construcción. Ahora bien, el motivo que se ha dado para dotar al complejo de esta caprichosa forma es porque así se representan las ocho ramas de las Fuerzas Armadas de Egipto.

Además, estratégicamente tiene bastante sentido desde el punto de vista de la comunicación entre edificios. El Octógono estará compuesto por una decena de edificios. Ocho de ellos son externos y los dos restantes se encuentran en el interior del perímetro. Además, cada uno de estos edificios es un octógono en sí mismo y cuentan con comunicación con el resto. Y esa comunicación se extiende también al corazón de la estructura, un edificio central que está acompañado de otros dos edificios ministeriales.

The octagon
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Seis centros. El complejo estará compuesto por varios departamentos o centros, muchos de ellos enfocados en la estabilidad del país y en la logística de defensa. Además de diferentes almacenes de bienes estratégicos, el Octógono estará formado por los siguientes centros:

  • Centro Unificado de Datos Estratégicos.
  • Centro de Control de la Red Estratégica.
  • Centro de Gestión y Operación de Servicios Públicos Estatales.
  • Centro de Control de Redes de Telecomunicaciones.
  • Centro de Emergencias y Seguridad.
  • Centro de Pronóstico Meteorológico.
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Desde lejos, sigue siendo imponente

Oficinas y algo más. Dentro de estos megaedificios no sólo hay oficinas. El propio pentágono es un ejemplo. En él, tenemos zonas como restaurantes, metro, un centro comercial, autobuses y sus propias plantas de policía y bomberos. Algo similar ocurrirá en el Octógono, ya que tendrá escuelas, hoteles, centros comerciales, lugares de culto, hospitales y proyectos residenciales, y teniendo en cuenta la cantidad de empleados que podrá albergar este edificio, no es una locura pensar que algunos puedan vivir directamente en el complejo.

A favor del Pentágono podemos decir que el Octógono realmente es un conjunto de octógonos más pequeños, por lo que, aunque la superficie total es mucho mayor que la del edificio norteamericano, como “edificio bandera”, el Pentágono sigue llevando ventaja. Ahora, me muero de ganas por ver qué departamento de defensa construye el decágono.

Imágenes | Google Maps

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Resulta que al menos la mitad de lo que orbita la Tierra es basura. Y eso es solo lo que podemos ver

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Alrededor de la Tierra está la luna y un montón de basura espacial.

Y no es una exageración: llevamos décadas lanzando satélites al espacio sin una estrategia clara ni unificada. De aquellas aguas, estos lodos: solo Starlink tiene 9.000 unidades orbitando y ha pedido permiso para lanzar un millón más. Lo que empezó con una carrera tecnológica entre superpotencias se ha convertido en un vertedero en órbita que tiene serias implicaciones: de la amenaza de colisiones catastróficas (cada vez que lanzamos algo, compramos otro boleto más en esta macabra lotería) a arriesgar infraestructuras críticas como la navegación GPS o las comunicaciones. 

Pero todo esto no es nuevo: la ciencia lleva años advirtiéndolo. Lo verdaderamente inquietante no es tanto haber diagnosticado el problema, sino que no tiene una solución sencilla. La basura espacial no se va a degradar con la lluvia ni la van a descomponer microorganismos. Lo que sube, allí se queda. Y todo lo que se queda es una auténtica amenaza para lo que hay allí que verdaderamente importa.

Casi la mitad de lo que hay en órbita es basura. La empresa de ingeniería Accu ha usado los datos públicos del Cuerpo Espacial de Estados Unidos a través de la web Space-Track.org y los ha analizado: hay 33.269 objetos rastreables en órbita, de los cuales 17.682 son satélites. ¿Qué pasa con ese otro 47%? Que es basura espacial: cohetes abandonados, satélites muertos y miles de fragmentos producto de colisiones, entre otros objetos sin identificar. Quédate con este dato, porque es importante y volveremos después.

Por qué es importante. Por física del instituto: ya hemos visto que hay objetos de todo tipo y tamaño, pero es que la mayoría de ellos viajan a más de 27.000 km/h y a esa velocidad incluso el trozo más pequeño puede ser letal. Por poner en contexto: un fragmento de un kilogramo impactando a 10 km/s alberga una energía cinética de 50 MJ, es decir, su equivalencia en TNT son 12 kg de explosivo, suficiente para destruir completamente todo un satélite de varias toneladas.

Perder un satélite no es lo peor que podría pasar (incluso aunque su función fuera crítica), sino el Síndrome de Kessler, una reacción en cadena irreversible: si dos objetos chocan y generan miles de fragmentos, estos fragmentos pueden chocar entre sí, generando más y más hasta hacer que la órbita sea inutilizable. 

Contexto. Todo empezó con el lanzamiento del Sputnik 1 en 1957, pero el problema se nos ha ido de las manos en la última década por algo que a priori era bueno: el coste de los lanzamientos se ha desplomado, así que cada vez hay más y de hecho, ya existen hasta constelaciones comerciales, como la de Starlink. Solo entre 2020 y 2025 el número de objetos rastreables en órbita creció en torno a 10.000 unidades. Puedes ver el histórico de todos los objetos lanzados al espacio en  Space-Track.org.

Puede que de tanto oír que viene el lobo le restemos importancia, pero es que ya está pasando: en 2024 los astronautas de la Estación Espacial Internacional tuvieron que refugiarse tras la fragmentación de un satélite ruso fuera de servicio. En 2025 astronautas chinos quedaron atrapados en la estación Tiangong después de que un fragmento de basura agrietara la ventana de su cápsula de retorno.

Lo peor es lo que no sabemos. Mencionábamos antes ese 47% de basura espacial, pero eso es solo lo que podemos ver: la Agencia Espacial Europea calcula que hay más de 1,2 millones de fragmentos de más de un centímetro en órbita y que más de 50.000 superan los 10 centímetros, tamaño suficiente para destruir por completo un satélite activo si ambos impactan. La cifra asciende a más de 100 millones de objetos de un milímetro o menos, según la NASA. Hasta una escama de pintura. Además, cada potencia espacial gestiona sus propios datos de seguimiento con distintos niveles de transparencia, lo que dificulta tener una imagen completa y fiable, un mapa de lo que hay en órbita.

La brecha entre lo rastreable y lo real es abismal: los sistemas de vigilancia actuales solo pueden seguir de forma fiable objetos mayores de 10 centímetros en órbita baja y mayores de un metro en órbita geoestacionaria. Todo lo que queda fuera de ese umbral es sencillamente invisible, que no inocuo. Por si fuera poco, hay una variable dinámica más para introducir a la ecuación: la interacción entre los residuos y el clima espacial. Un estudio de 2025 advirtió de que una tormenta solar intensa podría inutilizar la capacidad de maniobra de los satélites durante el tiempo suficiente para provocar colisiones en cascada y que habría menos de tres días para reaccionar. 

De quién es la culpa. El origen de los escombros espaciales se concentra esencialmente en tres bloques: China, Estados Unidos y los países de la Comunidad de Estados Independientes, herederos del programa espacial soviético concentran sobre sus hombros cerca del 95% de todos los residuos catalogados en órbita. Con datos de marzo de 2026, China concentra el 34% del total de escombros rastreados, seguida muy de cerca por el CEI (Rusia y ocho países pequeños más) con el 31% y Estados Unidos con otro 31%. 

El problema de fondo es legal: el tratado internacional que regula el espacio data de los años 60 y no prohíbe destruir satélites con misiles. Tampoco nadie se ha puesto serio para minimizar los lanzamientos. Sin una política clara para reducir residuos, mecanismos de verificación ni sanciones reales poco se puede esperar, como documenta la ONU.

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Portada | Foto de Javier Miranda en Unsplash

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“Star Wars: The Mandalorian and Grogu” recauda 165 mdd a nivel mundial en su primer fin de semana

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Escrito en ENTRETENIMIENTO el

Reuters.- La nueva película “Star Wars: The Mandalorian and Grogu” cerraría el fin de semana del Memorial Day en Estados Unidos con unos ingresos por taquilla a nivel mundial de aproximadamente 165 millones de dólares, informó el domingo la distribuidora Walt Disney.

De ese total, unos 102 millones de dólares procederán de Estados Unidos y Canadá, según Disney. La recaudación nacional supera las previsiones anteriores al fin de semana, pero es el estreno más flojo de cualquier película de “Star Wars” lanzada por la cadena de películas infantiles.

La primera película de “Star Wars” en siete años cuenta la historia de un cazarrecompensas con casco y su compañero, apodado “Baby Yoda” por los fans. El dúo debutó en la pantalla pequeña en la serie de streaming de Disney+, “The Mandalorian”, en 2019.

La cinta de “La guerra de las galaxias” de Disney con menor recaudación, “Solo: una historia de Star Wars”, recaudó 103 millones de dólares durante el fin de semana del Memorial Day de 2018 y se consideró un fracaso.

La película de “Grogu“, sin embargo, contó con un presupuesto menor que la mayoría de las demás películas de la saga, de unos 165 millones de dólares.

El actor chileno Pedro Pascal protagonizó la serie de 2019 que logró contarse en un total de tres temporadas. Esta serie es paralela a “The Book of Boba Fett” de 2021, que sólo contó con una temporada. 

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“Cereales para machos” o por qué hay hombres que necesitan envases negros y sabores llamados “sigma” para no sentir amenazada su masculinidad al desayunar

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Creo (tomándome la libertad de decirlo) que todos tenemos en el estante del mueble de arriba de la cocina una caja de cereales. Como una especie de pequeño portal a otra época para reconectar con nuestro niño interior. Sin embargo, ahora ha decidido que eso ya no puede ser así. Se trata de los Man Cereal, y su lema es tan directo que da vértigo: “Por fin los cereales se han armado de valor y de hombría”.

La caja es negra. No hay mascotas, ni colores, ni promesas de aventura. Solo proteínas, creatina y cuatro sabores cuyos nombres dicen todo lo que hay que saber sobre quién los ha diseñado y por qué: el de caramelo salado se llama “dominante”; el de canela, “seguro de sí mismo”; el de frutas, “legendario”; y el de bacon, “sigma”, que en el vocabulario de los foros de masculinidad más extrema designa al hombre poderoso, independiente y autosuficiente. Un cereal que no solo te alimenta, sino que te promete una identidad.

El negocio de la inseguridad masculina

Para entender qué hace un cereal con nombre de jerarca alpha en el pasillo del supermercado, hay que entender primero el mercado al que apunta. El periodista Austin Ashburn lo resumió con precisión: “A medida que la masculinidad tóxica continúa extendiéndose por nuestra sociedad, existen productos como Man Cereal para satisfacer a los hombres que solo quieren interactuar con cosas que sean indudablemente masculinas y que no amenacen su ego”.

No es una observación moral, es una descripción de negocio. Hay un nicho de mercado formado por hombres que sienten vergüenza al comprar productos con packaging colorido o con promesas de cuidado de la piel, y ese nicho lleva años siendo sistemáticamente explotado. Antes llegaron las bebidas energéticas —Monster, Rockstar—, luego los batidos de proteínas y hasta las latas de atún, en los productos de cuidado existen los geles de ducha con nombres como “Pure Carbon” o “Facial Fuel”. No obstante, el caso más extremo quizá sea War Paint, una marca de maquillaje para hombres que eligió llamarse “pintura de guerra”, porque un hombre de verdad no se maquilla: va a la batalla.

Man Cereal es la llegada de esta lógica al desayuno. Sus creadores justifican el producto diciendo que “la mayoría de los hombres había renunciado a los cereales; solo les quedaban las cajas infantiles azucaradas o las versiones saludables insípidas”. La solución, según ellos, era un cereal natural, alto en proteínas y bajo en azúcar, enriquecido con creatina. Una propuesta que, vista desde dentro del ecosistema de la masculinidad tóxica online, tiene sentido. Vista desde fuera, tiene más grietas.

Que el marketing de género en la alimentación sea un negocio no significa que sea inocuo. Hay investigación experimental que muestra que el packaging no es solo estética: modifica la percepción del sabor y condiciona las decisiones de compra de manera que el consumidor no controla ni detecta.

El estudio más citado en este campo es el publicado en Social Psychology bajo el título Macho Nachos: The Implicit Effects of Gendered Food Packaging on Preferences for Healthy and Unhealthy Foods. Sus hallazgos son perturbadores en su sencillez: en el primer experimento, activar mentalmente la masculinidad llevó a hombres y mujeres a preferir alimentos poco saludables, mientras que activar la feminidad los llevó a preferir alimentos sanos. En un segundo experimento, cuando el packaging y el nivel de salubridad del producto eran congruentes con el género —envase femenino para comida sana, envase masculino para comida poco sana—, los participantes no solo lo preferían, sino que lo valoraban como más atractivo y, crucialmente, como más sabroso. El sabor percibido de un producto cambia según el color de la caja.

La investigación también funciona en dirección contraria: cuando se amenaza experimentalmente la masculinidad de un hombre —haciéndole creer, por ejemplo, que ha suspendido un test de virilidad—, este evita activamente las opciones saludables o vegetarianas en el consumo posterior. Como explican los investigadores del área en Psychology Today, “la comida es una herramienta importante para gestionar la identidad, y los hombres son más propensos a seleccionar alimentos ‘masculinos’ cuando comen con otros hombres, como señal de dominancia dentro de un grupo valorado”.

Esto tiene consecuencias directas de salud pública. Si la comida saludable se percibe como femenina, y si la masculinidad se percibe como amenazada, entonces un hombre expuesto de forma sostenida a este tipo de marketing tenderá a alejarse de las opciones que le benefician. El packaging negro no es solo un asunto de identidad cultural: puede ser un factor en la dieta y en la salud de los hombres que lo consumen

Como detalló mi compañera en Xataka, “podemos pensar que el envase no importa, pero la realidad es que es clave en la decisión de compra”. Y añade el doble rasero que todo esto implica: si los productos proteicos son negros, los light son rosas y tienen tipografías suaves. “El motivo es claro: tradicionalmente el público femenino ha sido el más preocupado por adelgazar”. El sexismo actúa en los dos sentidos del lineal.

El estudio publicado en Feminist Media Studies que analizó diez de las marcas de bollería industrial más consumidas en España, confirma que estos estereotipos de género están inscritos en los envases de forma menos obvia que en otros medios tradicionales, pero que la exposición acumulada desde la infancia tiene efectos duraderos: “La exposición a largo plazo gana fuerza en los adultos y refleja de forma consistente los valores hegemónicos predominantes en su contexto”. Hemos estado enseñando a los niños qué es de hombres y qué es de mujeres a través de las cajas de cereales desde antes de que supieran leer.

Cómo se fabrica un mercado: el manvertising

Hay un término académico para lo que hacen Man Cereal, Dr. Squatch o War Paint, y lo acuñaron los sociólogos Kristen Barber y Tristan Bridges en un artículo publicado en la revista Contexts de la American Sociological Association: “Manvertising. La definición es precisa: “La masculinidad satírica o exagerada que se usa para vender a hombres productos que presumiblemente evitarían por miedo a lo que dicen de su identidad de género y sexual”.

El ejemplo paradigmático que analizan Barber y Bridges es el famoso anuncio de Old Spice con Isaiah Mustafa, donde el actor aparece en un baño de espuma sobre un caballo blanco proclamando Make Sure Your Man Smells Like a Man. La ironía es deliberada, es decir, el chiste consiste en que la masculinidad es tan ridícula que solo se puede vender así, con parodia de sí misma. No obstante, la parodia parte siempre del mismo presupuesto intocable: que hay cosas de hombres y cosas de mujeres, y que cruzar esa frontera es humillante. El manvertising se ríe de la masculinidad hegemónica mientras la refuerza. La sátira, dicen Barber y Bridges, “obscurece las consecuencias de estas masculinidades híbridas aunque estén en plena vista”.

Man Cereal no siquiera se molesta con la ironía. Su packaging espartano en blanco y negro es, como señala Iturriaga en El País, “el reverso machote de los muchos alimentos light o de dieta dirigidos a las mujeres, que suelen ser rositas y con dibujitos con curvas”. No hay guiño, no hay broma: hay una declaración de identidad. Y según la revista Journal of Advertising Research, los mensajes de masculinidad más directa y menos irónica —el llamado enlightened manvertising— resuenan especialmente en hombres que se identifican fuertemente con rasgos masculinos tradicionales. El mercado objetivo está perfectamente identificado.

La socióloga Raewyn Connell, cuya teoría de la masculinidad hegemónica es el marco de referencia de prácticamente toda la investigación sobre este tema, lo explicaba en su obra fundacional Masculinities (1995): la masculinidad dominante no es natural, es construida y requiere trabajo continuo para mantenerse. Eso incluye disciplinar el cuerpo, demarcar territorio frente a lo femenino y devaluar las masculinidades “desviantes”. Un cereal negro sin mascotas, con nombres de sabores que remiten a jerarquías de poder, es ese trabajo en formato de desayuno.

La manosfera: del foro a la caja de cereales

Todo esto tiene un contexto más amplio que lo explica y lo magnifica: la manosfera. ONU Mujeres la define como “una red laxa de comunidades online que dicen abordar los problemas de los hombres —citas, fitness, paternidad— pero que frecuentemente promueven actitudes dañinas”. Sus principales tribus son los MRA (Men’s Rights Activists), los PUA (pickup artists), los MGTOW (Men Going Their Own Way) y los incel (involuntary celibates). Lo que los une, más allá de sus diferencias, es la oposición al feminismo y la narrativa de que los hombres son las verdaderas víctimas de la sociedad contemporánea.

Dentro de ese ecosistema, la comida no es un asunto trivial, sino una herramienta para proyectar dureza. La idea de que disfrutar de la comida es una debilidad innecesaria es un discurso que gana tracción en distintos frentes de la nueva masculinidad. El presidente argentino Javier Milei, por ejemplo, ha declarado en repetidas ocasiones que para él comer es un mero trámite, comparando los alimentos con “gasolina” para mantener el cuerpo funcionando y afirmando que, si pudiera, tomaría una pastilla con todos los nutrientes diarios para no perder el tiempo.

En la rama más radical de internet, el influencer Andrew Tate ha llevado esto al extremo con la lion diet (consumir casi exclusivamente carne, sal y agua) y sus declaraciones sobre la comida como terreno moral. “La comida es horrible y comer es un suplicio. Yo como lo mínimo, lo indispensable y lo más rápido posible. Odio comer. Los hombres que creen que cocinar los hace más masculinos son unos cobardes que le temen a la jaula”, escribió en X. Disfrutar, saborear o dedicar tiempo a la comida se percibe, bajo esta lente, como una falta de disciplina espartana.

El estudio Mainstreaming the Manosphere’s Misogyny Through Affective Homosocial Currencies, publicado en Social Media + Society, analizó grupos de discusión con adolescentes varones y llegó a una conclusión preocupante: los contenidos misóginos de la manosfera se están normalizando y llegan a los patios de colegio. El discurso central de los vídeos de Tate analizados en el estudio es la creencia de que los hombres son o deben ser naturalmente dominantes sobre las mujeres, “lo que actualiza la estructuración no dicha del poder patriarcal a través de la masculinidad hegemónica”.

Man Cereal no es un producto de la manosfera en el sentido estricto: no lo vende Tate, no lo distribuye ningún foro de Reddit. Pero habla exactamente su idioma. El término “sigma” en el nombre de uno de sus sabores no es casualidad: en el vocabulario de los foros de masculinidad, el hombre sigma es el que está por encima incluso del alfa, el que no necesita reconocimiento externo, el que se basta solo. Es la fantasía de autosuficiencia que vende la manosfera, reempaquetada en un cereal de 350 gramos.

El primer Manosphere Index de la historia, un estudio publicado en diciembre de 2025, aporta un matiz importante: los hombres no se están radicalizando de forma masiva ni moviéndose bruscamente hacia posiciones extremas. Lo que ocurre, según los datos, es que “responden a la colisión de presión económica, medios algorítmicos y preguntas de identidad y propósito”. Son hombres que se sienten “sin ancla, económicamente inseguros e institucionalmente ignorados”. Esa inseguridad real, legítima en muchos casos, es el caldo de cultivo que la manosfera —y sus derivados comerciales— saben explotar. No es una justificación. Es un diagnóstico.

El cereal que se avergüenza de ser un cereal

Es aquí donde entra en juego la femmefobia, un concepto que la periodista e investigadora Noemí López Trujillo desgrana en su libro Me dibujaron así. Por qué el mundo odia la feminidad. López Trujillo define la femmefobia como la profunda devaluación y el desprecio sistemático hacia todo lo asociado con la feminidad. La sociedad ha aprendido a castigar lo hiperfemenino, tachándolo de frívolo, débil, vulnerable o ridículo. En su ensayo, la autora reivindica el derecho a una feminidad desacomplejada frente a quienes exigen, incluso desde ciertos sectores del feminismo, un constante “decoro” y austeridad estética.

Aplicado a nuestro caso, la femmefobia explica perfectamente la existencia de este producto: para la manosfera, consumir un envase colorido, dulce o estéticamente alegre es un riesgo intolerable de contaminación femenina. Para validar la identidad de estos hombres, hay que extirpar por completo el color del pasillo de los desayunos.

Históricamente, los cereales coloridos con mascotas animadas habían sido un espacio de relativa libertad. La cultura popular siempre ha percibido el tazón de cereales como un territorio sin normas de género rígidas, donde el adulto reconecta con la infancia sin ser juzgado. Man Cereal es el intento de poner un cordón policial alrededor de un espacio que no lo necesitaba, blindándolo contra cualquier asomo de feminidad.

Una investigación publicada en American Journal of Men’s Health muestra que incluso cuando se intenta vender comida sana a los hombres, se recurre a los mismos ideales hegemónicos de masculinidad para hacerla atractiva. “La alimentación saludable se vende eficazmente a los hombres evocando una masculinidad mejorada a través de la dieta”, concluyen los investigadores. Hasta la zanahoria necesita llevar un escudo. La masculinidad hegemónica lo coloniza todo: no hay rincón del supermercado, ni del desayuno, ni de la identidad, que se libre.

El problema no es la masculinidad. El problema es la industria que se lucra de convertirla en una jaula y venderte la llave.

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Xataka | La locura de los productos proteicos está invadiendo los supermercados. Y por eso ahora tenemos atún para machos



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