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Alguien ha creado una IA que no sabe nada de lo que pasó después de 1930, y tiene más utilidad de la que parece
Uno de los problemas de los modelos de lenguaje es que hay una fecha de corte en los datos de entrenamiento, es decir, que el modelo no conoce hechos actuales que vayan más allá de esa fecha. Esto, que en ciertos sectores puede ser un problema grave, es precisamente el objetivo de Talkie-1930, un modelo de lenguaje entrenado únicamente con textos anteriores a 1930. Si alguna vez te has preguntado cómo sería hablar con alguien del pasado, hay una IA para eso.
Un modelo de lenguaje vintage. Así es como se ha bautizado a estos LLM que están entrenados con contenido histórico. Talkie-1930 es un modelo de 13.000 millones de parámetros que no tiene acceso a información moderna ni tampoco puede consultar en internet, sino que solamente ha sido entrenado con libros, periódicos y otros textos anteriores a 1930.
Para explorar el modelo, los investigadores pusieron a Claude a conversar con el modelo, evaluando sus respuestas. El modelo mostró un gran conocimiento del mundo, con muchos detalles históricos de la época, y una gran capacidad para imitar el estilo de autores victorianos como Dickens, aunque algo limitado en formatos más satíricos.
Más que un experimento cultural. Talkie es lo más parecido a hablar con alguien educado a principios del siglo XX. Esto convierte al modelo en una ventana que nos permite explorar la mentalidad y cultura de un tiempo pasado y conocer cómo se describían la sociedad, la política o la vida cotidiana de entonces. Pero más allá de la curiosidad, Talkie-1930 también funciona como un “sujeto de control” para estudiar mejor el funcionamiento de la IA y lograr avances importantes.
Prediciendo el futuro. Al estar “congelado” en 1930, Talkie permite medir mejor hasta dónde puede un modelo extrapolar y predecir el futuro solo a partir de patrones históricos, sin hacer trampa con datos posteriores. Para testear esa capacidad anticipatoria, los investigadores le mostraron hasta 5.000 descripciones de eventos históricos posteriores, tomadas de la sección “On this day” del New York Times, y midieron el grado de sorpresa del modelo.
El resultado fue que el modelo mostró más sorpresa en las décadas posteriores al corte de datos, especialmente en los 50 y los 60, pero después su grado de sorpresa se estabilizó. Según los investigadores, esto sugiere que el rendimiento predictivo va mejorando conforme el horizonte temporal es más largo, pero señalan que será necesario entrenar modelos más antiguos para poder medirlo bien.
Invención. Demis Hassabis, CEO de Google DeepMind, planteó una cuestión muy interesante en una conferencia hace poco: si una IA con un límite de conocimiento hasta 1911 podría llegar a la teoría de la relatividad que Einstein descubrió en 1915. En este sentido, modelos como Talkie-1930 son una herramienta muy interesante para observar su capacidad de generar nuevas ideas que puedan desembocar en descubrimientos.
Sin contaminación. Es uno de los problemas que tienen los modelos entrenados con grandes corpus de datos actuales, en los que suelen colarse también los propios datos de evaluación y acaba provocando que se sobreestimen sus capacidades. Con los modelos vintage no hay contaminación y eso permite poner en práctica experimentos muy concretos, como ver si es capaz de aprender a programar sin tener ningún tipo de conocimiento de informática previo. Talkie-1930 es de código abierto y está disponible en Github.
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Las palas de los aerogeneradores son un peligro mortal para las aves. La solución: pintarlas como serpientes venenosas
Uno de los grandes motores de la transición energética global son los aerogeneradores. Eso sí, llevan décadas arrastrando un problema silencioso: matan animales. Las turbinas eólicas acaban con la vida de 368.000 aves al año solo en Estados Unidos y Canadá, según este estudio publicado en PubMed. Los datos para Europa son más fragmentados y varían mucho por país y tipo de instalación: en Alemania por ejemplo sitúan la mortalidad entre 100.000 y 250.000 aves al año y SEO/BirdLife estima que mueren entre 1,2 y 4,6 millones de aves al año (datos de 2023).
Habida cuenta de que la expansión de la eólica parece imparable, la cuestión está en cómo minimizar estas muertes, por ejemplo, con aspas de velocidad autoadaptable. Un equipo de investigación de la Universidad de Helsinki y la Universidad de Exeter acaba de publicar una propuesta inesperadamente sencilla pero efectiva (a juzgar por sus resultados): pintar las palas con los colores de animales venenosos apelando a uno de los principios más sólidos de la biología evolutiva.
Esos peligrosos aerogeneradores pintados de serpiente. El equipo de investigación expuso a aves a vídeos de turbinas girando con cuatro esquemas de color: blanco estándar, una pala negra, rayas rojo-blanco y un patrón biomimético rojo-negro-amarillo que se inspiraba en serpientes de coral y ranas dardo. El resultado fue claro: las aves evitaron sistemáticamente las palas con el patrón biomimético y se acercaron más a las blancas.
Lo destacable del hallazgo es por qué funciona. No hizo falta que las aves aprendieran en el experimento a asociar esos colores con peligro a lo Pavlov: ya venían aprendidas de casa. La clave está en el aposematismo, justo lo opuesto al camuflaje: señalizar el peligro con colores, algo que lleva millones de años grabado en el sistema nervioso de las aves. El equipo se limitó a trasladar esa señal evolutiva a una enorme estructura de acero.
Por qué es importante. El Instituto de Energías Renovables de Estados Unidos calcula que por megavatio instalado las turbinas matan entre dos y seis aves y entre cuatro y siete murciélagos, cifras que parecen pequeñas pero que a escala global son considerables: la capacidad eólica mundial supera ya los 1.000 GW instalados, según la Global Wind Energy Council. Reducir la muerte de animales es la razón principal, una buena práctica que todavía es más relevante si la especie en cuestión tiene una población reducida. Si además la solución es algo tan barato como cambiar el color de la pintura, el coste-beneficio en términos de conservación es difícil de ignorar.
Contexto. El aposematismo es un mecanismo evolutivo documentado desde hace casi dos siglos: la idea es que ciertos animales tóxicos o peligrosos advierten de su peligrosidad con colores llamativos. La combinación ganadora para meter miedo es rojo-negro-amarillo, universalmente reconocida como señal de toxicidad entre vertebrados.
Lo que hace este estudio es aplicar este principio fuera del mundo natural mediante su proyección a una infraestructura industrial. No es pionero: hay una investigación anterior en Noruega en las que probaron a pintar una pala de negro para romper la ilusión óptica de “agujero inmóvil” que crean las turbinas al girar y los resultados ya fueron prometedores. Este nuevo estudio va un paso más allá al explotar de forma activa la percepción de peligro.
Cómo funciona. Las aves procesan el color de forma radicalmente distinta a los humanos. Tienen cuatro tipos de fotorreceptores en lugar de tres, lo que les da visión tetracromática y les permite detectar el ultravioleta. En pocas palabras: aprecian mejor que los humanos el contraste, así que las señales apostemáticas les resultan extraordinariamente llamativas. Para el experimento usaron pantallas táctiles diseñadas específicamente para aves, de modo que estas interactuaban con ellas acercándose o alejándose de los estímulos, permitiendo así cuantificar con precisión cómo se comportaban ante cada patrón. El patrón biomimético fue el más evitado de todos.
Sí, pero. Como el equipo de investigación reconoce en el paper, todas las pruebas se realizaron en laboratorio, con aves frente a pantallas, no con aerogeneradores girando en campo abierto. La distancia de percepción, el ángulo de aproximación, la velocidad de vuelo o las condiciones meteorológicas son variables que el experimento no replica. Llevarlo al mundo real puede ser otra historia muy distinta.
Además, el estudio se realizó con un número limitado de especies. Las respuestas aposemáticas dependen de la historia evolutiva de cada linaje y de si ese grupo ha coevolucionado con esas especies peligrosas en su territorio. Vamos, que lo que puede servir para las aves oriundas de una zona puede ser inútil para rapaces migratorias o para especies afectadas en parques eólicos concretos.
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Portada | Gonz DDL y David Clode Alfonso Castro
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China ya fabrica en masa la fibra de carbono más resistente del mundo. Y eso cambia las reglas en defensa, aeronáutica y energía
Durante décadas, el acceso a los materiales compuestos de mayor rendimiento del mundo ha sido un privilegio de unos pocos países. En materia de fibra de carbono de alto rendimiento, Japón y Estados Unidos han controlado ese mercado con una combinación de ventaja tecnológica y marcos de exportación diseñados explícitamente para mantener a China fuera.
El pasado mes de marzo vimos que ese equilibrio había cambiado, pues el grupo estatal chino CNBM (China National Building Material Group) presentó en París la primera producción en masa del mundo de fibra de carbono de grado T1200, el escalón más alto de la escala de resistencia a tracción de este material.
Qué es la T1200. Tal y como ya explicábamos hace un tiempo, en el mundo de la fibra de carbono, la letra T seguida de un número es una clasificación directa de resistencia. Cuanto mayor es el número, más fuerza aguanta el material antes de romperse. La T1200 supera los 8 gigapascales (GPa) de resistencia a la tracción, lo que la convierte en unas diez veces más resistente que el acero convencional, con una densidad que es apenas una cuarta parte de la del acero y con un diámetro de filamento inferior a la décima parte de un cabello humano.
Según contaba CCTV, un cable de poco más de dos milímetros de grosor, formado por 120.000 de estos filamentos, es capaz de remolcar un autobús lleno con 54 pasajeros.
Más compañías se suman a esta fibra. China mostró sus proezas en la JEC World de París, pero las industrias ya se han puesto en marcha. A finales de abril, PetroChina anunció la inauguración de su primer proyecto de fibra de carbono de alto rendimiento en la ciudad de Jilin, con una inversión de aproximadamente 1.300 millones de yuanes (unos 180 millones de dólares). Es relevante porque ya no es solo CNBM, pues el gigante estatal energético entra en el sector aprovechando su dominio en la cadena de suministro.
Zhongfu Shenying, filial de CNBM, por su parte, ha encargado a producir adicionalmente una nueva planta de 10.000 toneladas métricas de fibra estándar. La idea de China pasa por construir un ecosistema industrial de arriba abajo, incluyendo dominar las técnicas de producción de fibra de carbono de alto rendimiento.
China llevaba décadas sin poder fabricarla. La fibra de carbono de alto rendimiento lleva décadas en las listas de tecnología de doble uso del Acuerdo de Wassenaar, el régimen multilateral de control de exportaciones creado en 1996 con 42 países miembros entre los que figuran Japón y Estados Unidos, pero no China.
Según la China Composites Industry Association, el Acuerdo restringe la exportación de fibra de carbono de módulo elevado (a partir del grado T800) a países no miembros. Eso significa que acceder a materiales por encima de ese umbral requería, en la práctica, fabricarlos en casa o conseguirlos por vías alternativas. China no dispuso de su primera T300 hasta 2008. Desde ahí hasta la T1200 ha tardado menos de veinte años. Japón ha tardado 43 en recorrer ese mismo camino.
Cómo China ha acelerado tanto. El modelo que ha repetido muchas otras veces y en otros sectores: capital estatal, investigación desde universidades y capacidad industrial funcionando como un ecosistema coordinado, con el mismo enfoque que China ha aplicado a semiconductores, baterías o vehículos eléctricos. En este caso el protagonista es CNBM, que desarrolló la fibra a través de Zhongfu Shenying Carbon Fiber.
Zhou Yuxian, presidente de CNBM, contaba en la presentación que el país ha demostrado “capacidades completamente independientes y controlables a lo largo de toda la cadena industrial”, desde los equipos hasta la transición de laboratorio a producción en masa. Chen Qiufei, responsable de I+D de la T1200 en Zhongfu Shenying, añadía además que el nuevo grado mejora la resistencia de la T1100 anterior en más de un 14% y que permite reducir el peso de los equipos en los sectores donde se aplique en más de un 10%.
Quién lideraba el mercado hasta ahora. Toray Industries, empresa japonesa, domina el mercado global con una capacidad de producción de 29.100 toneladas anuales. También desarrolló su propia T1200 con 8 GPa de resistencia, pero hasta ahora no ha anunciado una línea de producción en masa equivalente a la de CNBM. Mitsubishi Chemical, otro gigante japonés, anunció planes para doblar su capacidad en alto rendimiento antes de 2027. La surcoreana Hyosung Advanced Materials aspira a alcanzar las 24.000 toneladas anuales en 2028. Por otro lado, en el flanco americano, Hexcel se define como el principal proveedor de fibra de carbono aeroespacial y de programas militares de Estados Unidos.
Dónde se aplica. La fibra de carbono de alto rendimiento lleva décadas presente en aviones de combate, misiles, satélites y fuselajes militares precisamente porque combina resistencia extrema con ligereza extrema. Con la T1200, la cosa va a más. Según contaba Interesting Engineering, el material podría redefinir los límites de la fabricación de aeronaves militares de quinta y sexta generación. En el ámbito civil, la aeronáutica comercial consume ya alrededor del 76% de la fibra de carbono global, y el T1200 permitiría reducciones de peso estructural adicionales en plataformas como el Boeing 787 o el Airbus A350.
En energía, los depósitos de hidrógeno a alta presión utilizan estructuras de fibra de carbono para soportar presión con el menor peso posible. China ha señalado también aplicaciones en robótica humanoide y en la llamada “economía de baja altitud” (drones, taxis aéreos y movilidad aérea urbana). La empresa espacial china Welight Technology ya opera con un cohete cuya estructura es en torno al 90% de composites de fibra de carbono, lo que reduce el peso entre un 25 y un 30% frente a diseños metálicos equivalentes.
Imagen de portada | Zhongfu Shenying
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las personas ansiosas enferman menos porque su cerebro detecta los riesgos antes que el resto
Existe un estereotipo profundamente arraigado en nuestra sociedad: la persona ansiosa, la que se preocupa por todo, la que revisa sus síntomas en internet a las tres de la mañana, está condenada a vivir menos. Solemos pensar que el estrés constante, esa etiqueta de ser el “pupas” o el “ansias” del grupo, es un billete de ida hacia el desgaste físico y mental. Sin embargo, la ciencia ha dado un giro de guion fascinante a esta creencia.
¿Y si vivir en un estado de alerta no fuera un defecto de fábrica, sino un sofisticado mecanismo de supervivencia? La psicología y la medicina han empezado a descubrir una paradoja extraordinaria: estar siempre en alerta tiene un premio oculto. Ciertos niveles de ansiedad y preocupación constante hacen que las personas enfermen menos de dolencias graves, sencillamente porque su cerebro funciona como un radar anticipado que detecta los riesgos mucho antes que el resto de los mortales, permitiéndoles esquivar balas que los más “relajados” ni siquiera ven venir.
La naturaleza dual del neuroticismo
Durante décadas, la comunidad médica ha advertido sobre los peligros del neuroticismo, definiéndolo como la tendencia general de un individuo a experimentar emociones negativas como la preocupación, la depresión, la irritabilidad y la inestabilidad emocional. Tradicionalmente, se ha asociado con una mayor susceptibilidad a trastornos físicos y mentales, una menor calidad de vida y, epidemiológicamente, con un mayor riesgo de mortalidad.
Sin embargo, como explica un artículo publicado en la revista científica Science Bulletin, nos estábamos perdiendo la mitad de la película al ignorar la perspectiva evolutiva. Desde este punto de vista, tener reacciones mínimas ante estímulos amenazantes —es decir, ser una persona extremadamente relajada o con un neuroticismo muy bajo— generalmente no es ventajoso para la supervivencia.
Para mitigar los riesgos y asegurar la supervivencia, tanto los animales como nuestros ancestros humanos necesitaban respuestas automáticas ante las amenazas inmediatas y futuras. Esta necesidad biológica se manifiesta a través de emociones adaptativas como el miedo y su forma anticipatoria: la ansiedad. El estudio rescata incluso un antiguo proverbio chino que resume a la perfección esta filosofía de supervivencia: “La vida brota del dolor y la calamidad; la muerte proviene de la facilidad y el placer”.
Así, los científicos proponen que el neuroticismo es una paradoja. Ha evolucionado en distintas dimensiones para adaptarse a los cambios ecológicos y culturales, influyendo en nuestro estilo de vida de formas muy diversas.
La reivindicación del preocupado
Todos conocemos a alguien hipersensible a los riesgos del entorno, o tal vez nosotros mismos sufrimos de esa constante preocupación por la salud, el futuro o la seguridad. Este nuevo enfoque científico ofrece una validación emocional gigantesca: esa ansiedad no es necesariamente una debilidad, sino un escudo protector milenario.
Entender esto cambia las reglas del juego. Nos demuestra que canalizar bien esa hipervigilancia se traduce en beneficios tangibles. Esa voz interior que te obliga a ir al médico cuando notas un lunar extraño, la que te hace ponerte el cinturón de seguridad sin pensarlo o la que te frena antes de tomar una decisión temeraria, es el legado evolutivo de tus ancestros manteniéndote con vida.
Pero esto no es solo una teoría evolutiva abstracta; los datos clínicos ya lo están demostrando. Para entender cómo la ansiedad nos salva la vida, hay que mirar bajo el capó de la personalidad. Recientes investigaciones a gran escala, como el macroestudio publicado en el Journal of Personality and Social Psychology, han demostrado tras analizar a más de medio millón de personas que los rasgos de nuestra personalidad son un motor clave que impacta directamente en nuestro riesgo de mortalidad.
Yendo un paso más allá para desgranar qué partes de esa personalidad nos protegen, un exhaustivo metaanálisis publicado en el Journal of Psychosomatic Research analizó datos longitudinales de seis estudios con 335.715 participantes. Su conclusión fue tajante: meter toda la ansiedad y el neuroticismo en el mismo saco enmascara relaciones vitales entre la personalidad y la salud.
Los investigadores descubrieron que el neuroticismo tiene diferentes “facetas”, y no todas son malas. Mientras que rasgos como el pesimismo o el cinismo aumentan el riesgo de mortalidad, existen otras dimensiones que actúan como auténticos chalecos salvavidas. El mecanismo de la supervivencia tiene dos vertientes:
- La faceta “Preocupada-Vulnerable”: Los datos revelaron que las personas con puntuaciones altas en esta dimensión tienen un riesgo reducido de morir por todas las causas, destacando reducciones significativas en la mortalidad por cáncer, enfermedades cardiovasculares y enfermedades respiratorias. Como explican en el estudio, las personas preocupadas tienden a ser extremadamente vigilantes con el cuidado de su salud. Se inquietan ante el menor síntoma y buscan ayuda médica mucho antes, lo que se traduce en diagnósticos tempranos y tratamientos que salvan vidas.
- La faceta de “Inadecuación”: Caracterizada por la timidez y el sentimiento de incompetencia ante la adversidad, sorprendentemente también reduce la mortalidad. En este caso, la clave es la evitación del peligro: estas personas son mucho más cautelosas y tienen menos probabilidades de exponerse a riesgos acumulativos a lo largo del tiempo.
Por el contrario, el estudio confirma que las facetas destructivas son el cinismo y el pesimismo, ya que estos individuos tienden al abandono personal, fuman más y, sobre todo, infrautilizan los servicios de atención médica.
La recompensa llega con la edad
Si la juventud y la madurez temprana son el campo de batalla donde nuestro “radar de amenazas” (el neuroticismo) trabaja a destajo para mantenernos vivos, la vejez es el momento de recoger los frutos.
Existe una falsa creencia de que las personas mayores se vuelven cascarrabias o rígidas. Sin embargo, la psicología lleva décadas demostrando que envejecer es, en realidad, un proceso de refinamiento psicológico. Apoyándose en la teoría de los cinco grandes rasgos de la personalidad (Big Five), se ha observado que el paso del tiempo nos esculpe para mejor.
A partir de los 60 años, se produce una evolución positiva asombrosa. La conciencia aumenta (nos volvemos más responsables y enfocados), la amabilidad crece y, lo más importante en este contexto, el neuroticismo baja drásticamente. Las tormentas emocionales de la juventud y esa hipervigilancia constante que nos protegió de los peligros dan paso a una regulación emocional y una calma profundas. El cerebro humano parece estar programado para priorizar la estabilidad y la cohesión social a medida que se envejece.
Además, las investigaciones actuales muestran una clara “ventaja boomer“. Quienes nacieron entre 1946 y 1964 están envejeciendo mejor que sus predecesores, manteniendo altos niveles de extraversión, curiosidad y agencia personal.
Informes como el Mental State of the World de Sapien Labs reflejan una brecha generacional donde los mayores de 65 y 70 años son auténticas “rocas” de salud mental, con una autoimagen sólida y una resiliencia relacional muy superior a la de la generación Z. Han interiorizado la autonomía, dependen menos de la validación externa y alcanzan un pico de “sabiduría personal”, gestionando conflictos complejos con una eficiencia que los jóvenes no pueden replicar.
Sobrevivir para disfrutar
En definitiva, la ciencia nos está obligando a reescribir el relato sobre la ansiedad y el envejecimiento. Ese estado de alerta constante, esa preocupación que a veces parece una carga abrumadora, no es un fallo en el sistema de la vida moderna. Es el escudo protector más antiguo, sofisticado y eficaz que posee el ser humano.
Nuestro cerebro nos inyecta dosis de neuroticismo protector durante nuestros años de mayor riesgo para asegurar que vayamos al médico a tiempo, que evitemos peligros absurdos y que lleguemos sanos y salvos a la recta final. Una recta final donde, paradójicamente, el cerebro apaga las alarmas, reduce la ansiedad y nos regala el pico de mayor estabilidad emocional y sabiduría de nuestra existencia.
Así que, la próxima vez que alguien te diga que te preocupas demasiado por todo, ya tienes la respuesta perfecta, avalada por la evolución y la ciencia: “No me preocupo por vicio; simplemente, mi radar está trabajando horas extras para asegurarme una vejez larga, sabia y extremadamente tranquila”.
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