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cuando termine va a robar la última ventaja que le quedaba a EEUU
Se calcula que en torno a más del 80% de los océanos del planeta sigue sin haber sido cartografiado con detalle, y en muchas zonas sabemos menos del fondo marino que de la superficie de la Luna. Aun así, ese entorno desconocido es clave para algunas de las tecnologías más avanzadas del mundo.
También para la guerra.
El mapa invisible. Contaba hace unos días en un extenso reportaje Reuters que China lleva tiempo cartografiando el fondo oceánico del planeta y que, cuando termine, va a tener la última ventaja táctica que le quedaba a Estados Unidos: conocer mejor que nadie el terreno donde se librará la guerra más silenciosa de todas.
Durante décadas, la superioridad estadounidense bajo el mar no se basaba solo en submarinos más avanzados, sino en algo mucho más intangible: un conocimiento profundo del entorno oceánico. Ahora, ese equilibrio empieza a cambiar porque Pekín está construyendo, paso a paso, una imagen detallada de ese mundo invisible que condiciona cada movimiento bajo el agua.
Una red global. Lo que a simple vista parece investigación oceanográfica es en realidad una operación de escala global que combina decenas de buques, cientos de sensores y años de datos acumulados en el Pacífico, el Índico y el Ártico.
Estos barcos recorren rutas repetidas, escaneando el fondo marino y recogiendo información clave sobre temperatura, salinidad y corrientes, factores que determinan cómo se propaga el sonido bajo el agua. No es un detalle baladí, es crucial porque, en el combate submarino, ver no importa tanto: lo que realmente es clave es escuchar mejor que el rival y ocultarse de él.


El “océano transparente”. Aquí está posiblemente el quid de toda la radiografía que está llevando a cabo Pekín. Porque el corazón de la estrategia es la idea de crear una especie de “océano transparente”, una red de sensores capaz de monitorizar lo que ocurre bajo la superficie con un nivel de precisión sin precedentes.
La razón: aunque no todo sea en tiempo real, incluso datos diferidos permiten construir modelos que anticipan, por ejemplo, dónde puede esconderse un submarino o cómo detectarlo. En otras palabras, China no solo quiere navegar mejor, sino reducir la incertidumbre que siempre ha protegido a estos buques, transformando el océano en un espacio mucho menos opaco y mucho más controlable.
Poder militar. Recordaban en Reuters que una de las claves del avance chino es cómo está utilizando universidades, institutos científicos y buques civiles para construir esta base de conocimiento sin recurrir abiertamente a medios militares.
Esta fusión entre lo civil y lo militar le permite operar con mayor libertad en aguas internacionales, acumulando información estratégica sin levantar el mismo nivel de alerta que provocaría una presencia naval directa… aunque el resultado es el mismo: una base de datos que puede traducirse en ventajas operativas en caso de conflicto.
El fin de una ventaja histórica. Qué duda cabe, todo este esfuerzo apunta a un objetivo claro: erosionar una de las mayores ventajas estratégicas que ha tenido Estados Unidos, su dominio del entorno submarino.
Si China logra igualar (o incluso superar) ese conocimiento, podrá, a priori, desplegar sus submarinos con mayor eficacia, detectar a los del adversario y vigilar rutas críticas como los accesos al Pacífico o el estrecho de Malaca. No es por tanto una carrera de barcos, sino de información, y en ese terreno el que mejor entienda el fondo del océano tendrá la iniciativa.
Un nuevo equilibrio. En conjunto, la estrategia china revela un cambio profundo en la naturaleza del poder naval: uno donde ya no basta con tener más barcos o mejores armas, sino con dominar el entorno en el que operan. Al mapear sistemáticamente el fondo marino y desplegar sensores en puntos clave, Pekín se está preparando el terreno para una competición en la que la ventaja no será visible, pero sí decisiva.
Y si ese proceso se completa, Estados Unidos podría encontrarse por primera vez en décadas sin su tradicional superioridad en el dominio más difícil de controlar: aquel que no se ve.
Imagen | RawPixel, Youth Daily News
En Xataka | Hay dos superpotencias globales peleando por hacerse un hueco en la costa de Perú: Estados Unidos y China
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Íbamos a convertir la basura en energía limpia. Ahora el sector del biogás se enfrenta a su mayor reto: convencer a los vecinos
Puede que España esté despuntando como gran potencia en energía solar y eólica, pero hay otras energías verdes que se le atragantan. El estado español no está teniendo olfato para el biogás. O mejor dicho: no le huele bien, en el sentido más literal de la palabra. Sin embargo, el sector ha pasado prácticamente de cero a cien en tiempo récord: en apenas dos años hay más de 200 proyectos de biogás sobre la mesa en diferentes fases de tramitación. Y traen consigo un problema: el biogás es la energía verde que nadie quiere cerca de casa.
El problema: transición energética vs. rechazo social. En la hoja de ruta de la transición energética de España (el PNIEC 2030), que tiene como objetivo final que el estado logre la neutralidad de emisiones para 2050, el biogás tiene su papel. Pero para hacerlo posible es requisito indispensable construir y poner en marcha plantas.
Y aquí choca con una muralla de rechazo social en forma de plataformas ciudadanas, no tanto a la tecnología en sí, sino al modelo de implantación. Razones no faltan: desde el clásico miedo al mal olor a la falta de planificación territorial empresas promotoras que presentan proyectos sin pisar el territorio y hablar con quien vive allí, el gigantismo de algunas instalaciones o la sombra de las macrogranjas como argumentos, como explican para El País el profesor emérito de Ingeniería Ambiental de la Universidad Politécnica de Catalunya Xavier Flotats y el biólogo e investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales Fernando Valladares.
Por qué es importante. Que el biogás figure en la estrategia de transición energética de España implica que, tarde o temprano, va a materializarse; la clave ahora está en el cómo. Es, además, una vía directa hacia la soberanía energética que sustituye al gas natural. Basta echar un vistazo al mapa del precio de la electricidad en Europa para entenderlo: los países que dependen de combustibles fósiles importados sufren la volatilidad de los precios, mientras que quienes han apostado por alternativas propias logran una mayor independencia y estabilidad.
Pero su valor va más allá de la energía. Estas plantas generan fertilizantes orgánicos que sustituyen a los químicos derivados del petróleo y ofrecen una solución real a la gestión de residuos. Los purines o los restos agrícolas se van a producir igual, con planta o sin ella; la diferencia es que el biogás permite convertirlos en un recurso en lugar de dejarlos como un problema medioambiental.
Contexto. Una planta de biogás es esencialmente un estómago donde bacterias descomponen los residuos orgánicos sin oxígeno, lo que se conoce como digestión anaeróbica. De aquí se obtienen dos productos: un gas rico en metano y un abono. En función del gas obtenido, la planta es de biogás a secas o biometano: el biogás es metano combinado con dióxido de carbono casi a partes iguales, de modo que es un combustible “flojo” que suele quemarse in situ para generar electricidad o calor local. Sin embargo, las plantas de biometano añaden un paso de refinado (retirar el dióxido de carbono), para obtener un gas similar al gas natural fósil.
En Europa, el sector del biogás es una industria consolidada con más de 19.000 plantas, de las cuales casi la mitad están en Alemania. Una imagen dice más que mil palabras: este mapa de plantas de biometano de Europa del Gas Infrastructure Europe evidencia la densidad en estados como Alemania o Dinamarca frente al desierto español.
El dilema ecologista. Para el ingeniero Xavier Flotats, el rechazo generalizado es una contradicción:”Para algunos activistas, es mejor que un vertedero esté emitiendo metano a la atmósfera antes que llevar los residuos a una planta de biogás para hacer algo provechoso con ellos”. Y profundiza explicando que aunque ese digestato saliente tiene en peso el 95% de la composición de entrada, su composición cambia, se mineraliza y se convierte en fertilizante.
Valladares asegura que las plantas de biogás son greenwashing en tanto en cuanto el proceso no hace desaparecer los residuos, solo quitan el 5%. Y que “No se pueden entender las plantas de biogás sin las macrogranjas industriales de aves, cerdos y vacas”. Para el biólogo del Museo Nacional de Ciencias Naturales, las únicas plantas viables son pocas, pequeñas, seguras y caras. Marina Gros, representante de Ecologistas en Acción reconoce que “existen discrepancias dentro de la organización porque hay debate, hay visiones diferentes”. Y de hecho, han publicado una guía para evaluar caso por caso.
El elefante en la habitación. Bajo el dilema del biogás subyace inevitablemente la controversia de las macrogranjas: ante un eventual despliegue de plantas se daría la realidad de parte del biogás producido en el estado dependería de sus purines. Hay quien ve esto como aprovechar un problema ya existente, pero para otras personas supone un lavado de cara a un tipo de ganadería industrial diseñada para maximizar la productividad a menor coste frente al bienestar animal y el equilibrio ambiental del territorio.
Separar el grano de la paja. Ante este aluvión de proyectos, los expertos coinciden en la importancia de distinguir los planes sostenibles de los que no lo son. Algunas señales que marcan que un proyecto es razonable pasan por elegir una ubicación próxima a los residuos que gestiona y operar a escala comarcal, con un plan de utilización del digestato como fertilizante local y un diseño que garantice la estanqueidad total.
Por el contrario, existen señales que son auténticas red flags: que la planta esté lejos de los residuos pero cerca de gasoductos, la ausencia de planes para el digestato, la recepción de residuos en fosas abiertas, la competición con otras plantas por la materia prima o una lógica de macroplanta industrial desvinculada del territorio.
En Xataka | El as bajo la manga que tiene España para crecer aún más en el panorama de las renovables: biometano
Portada | Spencer DeMera y Eli DeFaria
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Tori Spelling, de “Beverly Hills, 90210”, sufre accidente automovilístico en California; hay siete menores heridos
EFE.- Tori Spelling, la estrella de “Beverly Hills, 90210”, sufrió un accidente automovilístico en una carretera de California cuando viajaba con siete niños el jueves pasado, y tuvieron que ser trasladados a un hospital para atender sus heridas, según confirmó este domingo su portavoz a NBC.
La actriz, de 52 años, conducía un vehículo en el que viajaban siete menores, cuatro de ellos son sus hijos y los otros tres amigos de los niños, el jueves por la tarde en la ciudad de Temecula, ciudad del sur de California.
Spelling tiene cinco hijos con su exmarido Dean McDermott; sus edades actuales oscilan entre los 9 y 19 años. No está claro quiénes viajaban con ella.
Según la versión del portavoz, otro conductor impactó el vehículo de Spelling, tras supuestamente pasar un semáforo en rojo por exceso de velocidad.
El Departamento del Alguacil del condado de Riverside que acudió a la escena dijo a la televisión que encontró en la escena a los dos vehículos con daños y todos los ocupantes fueron llevados a hospitales cercanos.
La actriz, hija del productor de televisión Aaron Spelling, y los siete niños recibieron tratamiento por lesiones que incluían cortes, moretones, contusiones y conmociones cerebrales, según TMZ, que reportó primero el accidente.
La causa de la accidente sigue bajo investigación.
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el motivo son las leyes de la física
Seguro que ya sabes (la publicidad online te lo está recordando día sí, día también) que con un sencillo prompt puedes generar un videojuego. La IA te lo hace, pero lo que no puede hacer es jugarlo. La razón no es que los juegos sean difíciles en abstracto: es que el mundo real obedece a las mismas leyes físicas en todas partes, y los videojuegos no.
Hacer, no jugar. La paradoja es llamativa: con herramientas como Cursor o Claude, un prompt genera un clon de un juego clásico funcional. ‘Asteroids’, por ejemplo. Sin embargo, ese mismo sistema no superaría ni el primer nivel de su propia creación. Julian Togelius, director del Game Innovation Lab de la Universidad de Nueva York y cofundador de la empresa de testing Modl.ai, lleva meses investigando por qué, y lo ha desgranado en una entrevista.
Programar no es un juego. Togelius define la programación desde un punto de vista estructural: un juego muy bien diseñado. Cada línea de código viene con un enunciado claro, un criterio de éxito verificable y feedback de posibles fallos, y el programa indica exactamente dónde y por qué ha fallado. Los LLM (modelos de lenguaje) han sido entrenados con cantidades masivas de código y afinados mediante aprendizaje por refuerzo para resolver exactamente ese tipo de problemas. Programar es, en términos de estructura de tarea, un juego excepcionalmente “bien portado”, como lo define Togelius. Por eso hay tanta gente que encuentra divertido programar.
Sin embargo, los videojuegos son otra historia: el espacio de acción se rige por reglas más arbitrarias, el feedback puede ser inmediato o retrasarse horas en llegar, el razonamiento espacial es indispensable y el margen de error es mucho más reducido. Cuando a un modelo de IA se le pide que juegue a algo, el resultado documentado en el paper que realizó Togelius es inequívoco: “fracaso absoluto”.
Con guía, por favor. Gemini 2.5 Pro completó ‘Pokémon Azul’ en mayo de 2025, pero tardó considerablemente más que cualquier jugador humano, cometió errores repetitivos y dependió de software auxiliar para lograrlo. La revista TIME analizó por qué los mejores sistemas de IA siguen teniendo dificultades con ‘Pokémon’. Y eso que es de los pocos títulos que logran acabar. Lo consiguen porque estos sistemas cuentan con APIs específicas para consultar guías estratégicas. Que ‘Pokémon’ o ‘Minecraft’ (otro título que las IAs pueden navegar) sean dos de las franquicias más documentadas de la historia del videojuego, con millones de horas de walkthroughs disponibles en internet, es la clave de que lo consigan con mayor facilidad.
La clave está en la física. Pero… ¿por qué un modelo de lenguaje puede escribir un ensayo sobre física cuántica y a la vez fracasar tanto en ‘Halo’ como en ‘Space Invaders’? La respuesta de Togelius es que “esos dos juegos son más diferentes entre sí, en cierto sentido, que dos ensayos académicos distintos.” Visto de otra forma: los videojuegos son muy heterogéneos. Cada uno inventa sus propias reglas, su propia lógica de espacio, su propio sistema de recompensas. Las mecánicas de un juego de plataformas son absolutamente distintas a las de un ‘Tetris’. El razonamiento espacial (dónde están los objetos, cómo se mueven, cómo se relacionan) no aparece en los datos de preentrenamiento de los modelos de lenguaje porque es inabarcable de un juego a otro.
Sin embargo, observemos una tarea aparentemente más difícil que jugar a ‘Super Mario’: conducir un coche autónomo. Y eso sí lo hacen bien las IAs. La diferencia con los juegos es que el mundo real obedece a las mismas leyes físicas en cualquier parte del planeta. El asfalto se comporta igual en San Francisco que en Shanghái, los semáforos siguen los mismos principios, el vehículo siempre responde igual. Como señala Togelius, “conducir es mucho más homogéneo que el conjunto de los videojuegos.” Aprende a conducir y podrás hacerlo en cualquier punto del planeta. Aprende a jugar a ‘Doom’ y no tendrás ni idea de cómo jugar a ‘Age of Empires’.
El criterio definitivo. Por eso Togelius propone los videojuegos como criterio para determinar el éxito de una IA: hay que calibrar si un agente capaz de aprender a completar cualquier juego del top 100 de Steam en aproximadamente el mismo tiempo que un jugador humano hábil, sin acceso a documentación previa ni integración específica. A ese baremo (que no exige ganar a la primera, sino aprender al ritmo humano) no existe hoy ningún sistema que se acerque.
Cabecera | Foto de Erik Mclean en Unsplash
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