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construir búnkers antes de que sea tarde
Durante la Guerra Fría, algunas bases aéreas en Europa estaban protegidas por refugios capaces de resistir explosiones nucleares cercanas, con hangares enterrados bajo metros de hormigón y acero. Décadas después, muchas de esas infraestructuras han desaparecido o quedado obsoletas justo cuando las amenazas más modernas vuelven a apuntar al mismo punto débil.
El despertar bajo tierra. Ahora que Estados Unidos ha vuelto a poner fecha para el fin de la guerra, todo apunta a que el uranio, el petróleo o las bombas nucleares de Teherán han pasado a un segundo plano, porque Irán ha obligado a Estados Unidos a redescubrir algo mucho más básico: la supervivencia empieza bajo tierra.
Tras semanas de ataques con misiles y drones que han matado soldados, destruido aeronaves y obligado a dispersar tropas incluso a hoteles y oficinas, el Pentágono ha asumido que su prioridad inmediata no es ofensiva, sino defensiva. La imagen de un ejército combatiendo “en remoto” mientras sus bases son golpeadas resume el giro estratégico: antes que proyectar poder, ahora toca resistir.
Bases expuestas. El conflicto ha evidenciado una debilidad que llevaba años gestándose: la falta de infraestructuras endurecidas en las bases estadounidenses. Aviones clave estacionados al aire libre, radares fijos y grandes instalaciones perfectamente identificables han sido objetivos fáciles para ataques iraníes cada vez más precisos.
La destrucción de sistemas como un AWACS y los daños en múltiples aeronaves han demostrado que conceptos como la dispersión o la movilidad no bastan cuando el enemigo puede golpear repetidamente con drones baratos y misiles balísticos.


El giro tardío. Recordaban los analistas de TWZ que es ahora cuando el Pentágono corre para hacer lo que no hizo durante años: construir búnkeres. Desde refugios prefabricados que deben llegar en cuestión de días hasta complejos subterráneos de mando y operaciones que no estarán listos hasta dentro de una década, la prioridad es clara.
No solo eso. Mandos sobre el terreno insisten en que el refuerzo de posiciones y la expansión de refugios es ya una necesidad urgente, no un complemento. Sin embargo, este esfuerzo llega tarde para el conflicto actual y plantea una incómoda pregunta desde la acera de quien empezó la guerra: ¿por qué no se hizo antes, cuando la amenaza era conocida?
Advertencias ignoradas. Explicaba esta mañana en una pieza el Wall Street Journal que lo más revelador es que el problema no es nuevo. Durante años, comandantes estadounidenses alertaron de la vulnerabilidad de las bases en el Golfo y propusieron alternativas como desplegar fuerzas más lejos de Irán o crear nuevas redes de aeródromos en zonas más seguras.
Esas recomendaciones nunca se materializaron. Prioridades estratégicas como el giro hacia el Pacífico, tensiones diplomáticas y la falta de urgencia política dejaron en segundo plano una amenaza que ahora se ha materializado con toda su intensidad.
De la supremacía a la supervivencia. Si se quiere también, el conflicto ha cambiado la lógica de la guerra para Estados Unidos en la región. Ya no se trata solo de dominar el aire con cazas, bombarderos o sistemas antimisiles, sino de asegurar que esos activos sobrevivan en tierra (o bajo ella).
La combinación de inteligencia satelital, drones de bajo coste y ataques de precisión ha reducido drásticamente el margen de error. Cada base fija se convierte en un objetivo, cada patrón repetido en una vulnerabilidad, y cada avión sin protección en una pérdida potencial.
Una lección. Más allá del teatro de Oriente Medio, la lección para Estados Unidos es aún más profunda. Si Irán ha sido capaz de imponer este nivel de presión, el escenario en un conflicto mayor (especialmente en el Pacífico) sería exponencialmente más complejo. Estados Unidos no solo llega tarde al refuerzo de sus bases en el Golfo, sino que se enfrenta a un problema estructural global: la necesidad de rediseñar su infraestructura militar para una era donde esconderse, endurecerse y dispersarse puede ser más decisivo que atacar.
Dicho de otra forma, la guerra en Irán no ha cambiado qué armas usa Estados Unidos, pero sí ha revelado cuál es su prioridad real: construir refugios antes de que sea demasiado tarde.
Imagen | USAF
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Hemos encontrado moléculas relacionadas con la vida en Marte, pero no saquemos el champán todavía
El rover Curiosity ha llevado a cabo en Marte un experimento químico que nunca se había realizado en otro planeta. Gracias a él, ha detectado moléculas orgánicas que hasta ahora nos habían pasado desapercibidas. ¿Significa eso que hay o hubo vida en el planeta rojo? Podría ser, pero también podría deberse a muchísimas cosas más. Aunque siempre leemos con júbilo este tipo de noticias y dan para mucho titular sensacionalista, debemos analizar los resultados con el optimismo de lo que suponen para la ciencia, pero la cautela de lo que implican en la búsqueda de vida extraterrestre.
Avances químicos a millones de kilómetros de distancia. El instrumento SAM de Curiosity ha llevado a cabo un experimento conocido como termoquimólisis. En él, se utiliza un reactivo llamado hidróxido de tetrametilamonio (TMAH) para romper moléculas grandes en fragmentos pequeños. Gracias a ello, se pueden detectar moléculas orgánicas que resultan invisibles con otros métodos. Entre otras moléculas orgánicas se han encontrado algunas ricas en nitrógeno, que podrían relacionarse con la síntesis de ADN. También destaca el hallazgo de benzotiofeno, presente en algunos procesos biológicos.
No nos vengamos arriba. Los propios autores del estudio que se acaba de publicar gracias al rover Curiosity hacen un llamamiento a la cautela con sus resultados. Insisten en que todas las moléculas halladas podrían proceder de procesos abióticos o haber llegado a Marte desde otros puntos del espacio. Por ejemplo, el benzotiofeno podría formarse mediante procesos geológicos o hidrotermales. Además, se ha encontrado su presencia en meteoritos y asteroides en la Tierra. También podría haber llegado así a Marte.
Solo dos intentos. Independientemente de que los hallazgos tengan que ver con la vida o no, este estudio es muy relevante por dos motivos. Por un lado, porque ha sido la primera vez que este experimento se ha podido llevar a cabo fuera de la Tierra. Y, en segundo lugar, porque Curiosity solo tenía dos intentos para hacerlo, pero los aprovechó muy bien. Esto es así porque el TMAH se encontraba en la dosis exacta necesaria, dentro de dos cápsulas selladas. Si la primera fallaba, se podía intentar con la segunda. Si esta también lo hacía, adiós experimento. Que se haya hecho sin problemas ha sido un gran logro.

Este es un primer plano anotado de tres agujeros que Curiosity de la NASA perforó en roca marciana en un lugar apodado “Mary Anning” en octubre de 2020. La muestra donde el rover encontró un gran número de moléculas orgánicas procedía de “Mary Anning 3”. (Un lugar cercano apodado “Mary Anning 2” quedó sin uso.)
NASA/JPL-Caltech/MSSS
Una búsqueda muy antigua. La ciencia ha estado obsesionada con la búsqueda de vida en Marte desde que en el siglo XVII algunos científicos detectaron con sus telescopios lo que parecía ser la presencia de agua helada. Ya en el siglo XXI, los avances en exploración espacial permitieron enviar orbitadores y rovers a Marte con el fin de analizar posibles signos de vida. Se encontraron algunos.
Por ejemplo, en 2018 se detectó metano en su atmósfera. Esto podría ser el resultado de actividad microbiana, pero también de procesos geológicos. En 2020 Curiosity encontró isótopos de carbono y más tarde, en 2025, la cadena de carbonos más larga hallada hasta la fecha. Es cierto que el carbono es necesario para la vida, pero también puede relacionarse con muchos procesos abióticos. En ninguno de estos casos se ha logrado demostrar que haya vida detrás, por lo que seguimos sin poder demostrar que haya vida en Marte.
A lo mejor nos faltan herramientas. En 2023 se llevó a cabo un estudio en el desierto de Atacama para analizar las herramientas que se emplean normalmente para buscar vida en Marte. Este desierto es uno de los mayores análogos marcianos que tenemos en la Tierra. Tiene muchas características similares a las del planeta rojo; pero, por supuesto, también tiene vida más que demostrada. Sin embargo, al analizarlo con las herramientas de exploración de Marte, no se logró detectar buena parte de los rastros de vida que deberían haber aparecido.
Esto demuestra que, quizás, aún no hemos encontrado vida en Marte porque no tenemos las herramientas adecuadas. Aunque también puede que simplemente no haya.
El futuro. Curiosity ha llevado a cabo este experimento directamente en Marte. Sin embargo, lo ideal sería enviar muestras de rocas a la Tierra, para emplear allí otras tecnologías de análisis más complejas. Otro rover, el Perseverance, está preparado para recolectar muestras y mandarlas a la Tierra. De hecho, estaba programado que lo hiciera. Sin embargo, la misión fue cancelada por el Congreso de los Estados Unidos el pasado mes de enero.
Mientras tanto, otras agencias espaciales pretenden replicar los experimentos con TMAH. Es el caso de la misión ExoMars de la Agencia Espacial Europea, cuyo rover Rosalind Franklin también viajará con este reactivo para llevar a cabo una termoquimólisis. Habrá que esperar para ver qué descubre. Sea lo que sea, como siempre, lo leeremos con cautela.
Imagen | NASA
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cómo la peste negra provocó que Europa se obsesionara durante siglos con el acto de estornudar
Cuenta la tradición hebrea que, justo antes de morder la manzana, Adán estornudó. En ese momento parece que no le preocupó mucho, pero después de la que se lio con la dichosa quinta pieza de fruta al día lo acabó interpretando como “un signo del mal y un presagio de muerte”. El runrún quedó ahí, claro, y cuando al ya viejísimo Jacob le preocupaba no llegar a ver a su hijo, suplicaba a Dios que cambiara el orden natural de las cosas no fuera que un mal estornudo se lo llevara al otro barrio.
De ahí viene (recogido o puede que inventado de nuevo por la tradición medieval) que deseemos “salud” en España, “saúde” en Portugal o “Gesundheit” en Alemania a quien recién acaba de estornudar. Como para ahuyentar a los malos augurios; que no está la vida como para jugársela a los dados. Sin embargo, por común, no deja de resultarme sorprendente todo lo que ha llegado a significar un simple estornudo.
Aristóteles, explica García-Moreno, estaba convencido de que, frente al flato o los eructos, el estornudo era el único que tenía una ‘naturaleza sagrada’ porque procedía “del principal y más hondo y divino de los órganos, el que contiene el espíritu”. Hipócrates, en cambio, aunque no se decidía sobre la bondad o maldad del estornudo, sí describió el principio de inhibición recíproca al señalar que estornudar era, fijáos qué cosas, el mejor remedio para el hipo.
Como decía, la historia del estornudo en Occidente no puede entenderse en toda su complejidad sin la peste negra. Fue entonces cuando se popularizó de nuevo el “salud” de la tradición judaica o el “Jesús” de la cristiana como una forma de desear que ese ‘achís’ no fuera el quicio de la puerta de la maldita plaga. El “Dios te bendiga” que aún resuena en las fórmulas inglesas (‘bless you’) viene, según parece, de una de las muchas plagas que azotaron la Roma papal del medievo.
Por contra, en muchos otros sitios, el estornudo fue considerado algo bueno. Fantástico. La medicina tradicional hindú lo solía provocar como una forma de equilibrar humores internos y tratar enfermedades mientras que la más arcaica medicina africana lo usaba protopsiquiátricamente como una forma de curar la enfermedad mental (supuestamente provocada por la existencia de gusanos en el cerebro). Para acabar, por acabar en algún momento, los aztecas lo utilizaban para el dolor de cabeza.
Qué es un estornudo realmente
En realidad, un estornudo es algo muy sencillo. Se trata de un acto reflejo, súbito y compulsivo, cuya finalidad es expulsar grandes cantidades de aire por la nariz y (a veces) también por la boca. Es, pues, un reflejo fisiológico que emplea defensivamente el aparato respiratorio. Por eso, lo habitual es que se produzca cuando ciertas partículas extrañas irritan la mucosa nasal. Y sí, he empleado “habitual” con toda la intención del mundo.
Según parece, y esto son estimaciones medias, antes de cada estornudo inhalamos unos dos litros y medio de aire. Esa es la primera fase, la inhalatoria. En ese momento, los músculos abdominales tensan el diafragma para aumentar la presión en los pulmones y conseguir que el aire salga por la nariz a una velocidad de vértigo: entre 70 y 130 kilómetros por hora.


La saliva que se suele expulsar con el estornudo puede cubrir un área de hasta 8 metros cuadrados. Y es precisamente eso lo que hace del estornudo uno de los peores vectores de diseminación de enfermedades del mundo. Sin embargo, el estornudo es más popular precisamente cuando es más inofensivo: en primavera, verano u otoño.
Cuando está causado por la ‘rinitis alérgica’. Un clásico, de hecho. Este tipo de rinitis, provocadas por el polen de árboles, malezas y pastos, se convierte en el gran personaje recurrente de la vida de prácticamente un tercio de la población. Es insufrible, insoportable, una cruz. Pero, aún y con todo, hay estornudos peores.
Entre un 18 y un 25% de la población estornuda repentinamente cuando se expone a una luz brillante. Es lo que se conoce como ‘estornudo fótico’ y es un viejo conocido (y una causa de incapacidad) de los pilotos de aviación. Según parece es hereditario y se produce por una cercanía anatómica entre el segundo par craneal (el ocular, el responsable de llevar al cerebro la información visual) y el quinto (el trigémino, que parece ser el responsable de los estornudos).
Cuando hay una luz muy brillante, la excitación del nervio óptico puede provocar la excitación del trigémino. Esa señal se interpreta como irritación de las mucosas y despliega un hermoso, molesto y enorme estornudo. Algo parecido (aunque vinculado esta vez al bulbo raquídeo) puede estar detrás de las personas con tendencia natural a estornudar después de comer, cuando ven algo placentero o, incluso, durante el orgasmo. Ya es mala pata, aunque bien usado (y en esto hasta Aristóteles estaría de acuerdo) puede verse como una forma “maravillosa” de mejorar la comunicación en el dormitorio.
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hay gente explotando visual y económicamente “lo cuqui” como herramienta contra el estrés
En pleno 2026, la ironía de nuestra era hiperconectada ha alcanzado su punto álgido. Estamos presenciando el auge de los “maximalistas del silencio”, una tribu digital que ha decidido mantener las notificaciones de sus teléfonos apagadas las 24 horas del día. Lo que hace una década se consideraba una grave ruptura del contrato social, hoy se aplaude como el acto definitivo de autocuidado. Vivimos tan saturados que ignorar al prójimo se ha convertido en una estrategia de supervivencia.
De esta necesidad de apagar el ruido digital, hemos pasado a blindar nuestras casas físicas. Como explica la mismísima Hailey Bieber en un artículo para la revista Vogue, ante unos vecinos ruidosos o un entorno estresante, la búsqueda de silencio y paz se ha vuelto primordial. Pero el mercado, siempre atento a nuestras carencias, ha sabido leer este agotamiento colectivo.
Buscamos tranquilidad, sí, pero nos hemos topado con una nueva tendencia viral que convierte esa búsqueda en una estética altamente consumible. Se llama cozymaxxing, y es la nueva forma de explotar visual y económicamente nuestra necesidad de abrazar “lo cuqui” para no volvernos locos.
Para entender el fenómeno, primero hay que definirlo. Según explican en diferentes portales de estilo de vida, el cozymaxxing es la creación intencional de un entorno multisensorial que cultiva la tranquilidad, la paz y el confort extremo. Se trata de llevar la comodidad al límite (de ahí el sufijo -maxxing) para calmar los sentidos.
A nivel de diseño de interiores, esto supone un cambio de paradigma radical. Esta tendencia viene a decir un rotundo “adiós al minimalismo”. Las casas de catálogo, impolutas, perfectamente ordenadas y, a menudo, frías, ya no sirven. Ahora se buscan texturas superpuestas, iluminación cálida, formas curvas y rincones de lectura. De hecho, una de las grandes normas no escritas de esta tendencia en redes sociales es la dictadura contra la luz del techo (conocida en TikTok como la odiada big light). Solo se aceptan lámparas tenues y luz ambiental.
Pero, ¿no recuerda un poco al hygge danés? No exactamente. El cozymaxxing es, básicamente, “el hygge con esteroides”. Mientras que el concepto nórdico busca simplificar y compartir momentos en un ambiente despejado, esta nueva moda nacida en TikTok tiene una vertiente descaradamente maximalista: se trata de acumular, de poner capas de mantas, coleccionar cojines mullidos y encender múltiples velas aromáticas.
La biología del confort: un antídoto contra el burnout
Si el cozymaxxing está arrasando no es solo por una cuestión de cojines bonitos; es una respuesta directa a una crisis de salud mental generalizada. De acuerdo con el portal de salud Healthline, la principal razón de su éxito es el burnout (el síndrome del trabajador quemado) y el rechazo frontal a la hustle culture o cultura del esfuerzo constante. La gente está exhausta y busca desesperadamente “bolsillos de paz”.
La ciencia respalda esta necesidad. Tal y como apuntan expertos en salud mental consultados por The Skimm, rodearnos de un entorno cómodo y predecible a través de los cinco sentidos activa el sistema nervioso parasimpático (el encargado de las funciones de “descanso y digestión”). Esto reduce directamente los niveles de cortisol —la hormona del estrés—, fomenta la regulación emocional y mejora drásticamente la calidad del sueño.
Además, hay un componente sociológico profundo: la ilusión de control. En un mundo marcado por la inestabilidad económica, la ansiedad climática y el ruido constante, como bien analiza la psicóloga Ritika Suk Birah en Healthline, no podemos controlar el mundo exterior, pero sí podemos controlar la luz, la temperatura y el aroma de nuestro salón. Es un mecanismo de defensa biológico y psicológico.
Llegados a este punto, debemos preguntarnos si realmente estamos aprendiendo a cuidarnos o si simplemente le hemos puesto un filtro bonito a nuestro estrés. La propia Hailey Bieber reconoce en Vogue que muchas de estas palabras de moda “suelen terminar siendo una plataforma de lanzamiento para que las marcas te vendan más productos que no necesitas”.
Esta romantización del confort conecta directamente con otro fenómeno: la estetización absoluta de la vida doméstica. Igual que hemos visto cómo la Generación Z romantiza la decadencia y las humedades con la polémica tendencia trash wall porque “queda auténtico” (como ya documentamos en Xataka), el cozymaxxing estetiza la necesidad de descanso. Al analizar esas paredes desconchadas, descubríamos que hay un “lujo en fingir” una estética concreta. El problema surge cuando el autocuidado real se sustituye por comprar compulsivamente los artículos que salen en los vídeos virales para que nuestra casa se vea “perfectamente imperfecta”. Tener un “rincón de lectura inmaculado” o una casa amplia y aislada del ruido es un lujo en un momento donde gran parte de una generación comparte pisos diminutos o sufre la precariedad habitacional. Hay un innegable privilegio de clase detrás de esta estética.


Al igual que los “gurús de la productividad” habían mercantilizado el silencio con el #monkmode (modo monje), ahora los influencers de lifestyle han convertido el simple acto de tumbarse en el sofá en un modelo de negocio.
Descansar ya no es un acto íntimo y pasivo, sino una actuación performativa que exige un escaparate perfecto y, sobre todo, un desembolso económico. Para que el cozymaxxing sea válido en la era de TikTok, no basta con ponerse un pijama viejo; el algoritmo exige conjuntos de loungewear de lino, difusores de aceites esenciales de diseño, tazas de cerámica artesanal y mantas que cuestan lo mismo que la factura de la luz. Hemos transformado el alivio del estrés en un bien de consumo donde, irónicamente, si tu descanso no es instagrameable, parece que no cuenta.
Más allá del consumismo, sumergirse ciegamente en esta tendencia conlleva riesgos psicológicos. Los expertos consultados por Healthline y The Skimm lanzan una advertencia crucial: si no se hace con intención, el cozymaxxing puede derivar en conductas de evitación y aislamiento. Quedarse eternamente bajo una manta pesada con ruido blanco de fondo puede dejar de ser una forma de recargar pilas para convertirse en una manera de huir de las responsabilidades o, peor aún, de enmascarar un cuadro de depresión.
Esto enlaza con el coste social del que hablábamos al principio. Aislarse en un búnker de mantas, con el móvil en modo “No Molestar” permanentemente, frustra a nuestros seres queridos y nos desconecta de la realidad. Por ello, el aislamiento extremo no es saludable y recomiendan que esta búsqueda de cobijo también se practique de forma comunitaria. Fomentar las relaciones sociales es un mejor predictor de una vida larga y feliz que cualquier manta gustosa; invitar a alguien a compartir ese espacio seguro es vital.
El cozymaxxing no es solo una moda decorativa para 2026; es el síntoma inequívoco de una sociedad profundamente agotada que está construyendo fortalezas acolchadas porque el mundo exterior resulta abrumador. Sin embargo, como recuerda la experta en salud mental Amber Kinney, el verdadero autocuidado no consiste en sentir envidia o presión por comprar todo lo que vemos en internet para que nuestro rincón de lectura sea perfecto.
Al final, nos topamos con la misma ironía tecnológica y de consumo de nuestro tiempo. Igual que dependemos de aplicaciones de mindfulness en el móvil para curar la ansiedad que nos genera ese mismo teléfono, ahora corremos el riesgo de comprar compulsivamente lámparas de luz tenue y velas de diseño para curar el estrés que nos produce trabajar sin descanso para poder pagar esas mismas lámparas y velas. Quizás sea el momento de entender que la verdadera paz mental no se vende en las tiendas de decoración.
Imagen | Freepik
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