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Miles de personas se cambian de ropa nada más del trabajo. La neurociencia tiene algo que decir: llevan razón
El sonido es casi universal: el tintineo de las llaves en la entrada, seguido inmediatamente por el sonido de una cremallera que baja, un botón que se libera o un sujetador que se desabrocha. Para millones de personas, el día no termina cuando fichan en la oficina o cierran el portátil, sino en el preciso instante en que se quitan los vaqueros rígidos, el traje o el uniforme, y se deslizan dentro de algo suave. Ese suspiro de alivio no es solo físico; es la señal acústica de que el cerebro acaba de cambiar de marcha.
Los escandinavos, expertos en poner nombre a lo intangible, lo tienen claro. De hecho, los daneses utilizan el término Hyggebukser para definir esos pantalones que jamás te pondrías para salir a la calle, pero que son tan cómodos que, en secreto, son tus favoritos. Pero esto va más allá de una tendencia nórdica. Meik Wiking, director del Instituto de Investigación sobre la Felicidad, explica en su libro Hygge Home que el objetivo de esta indumentaria es ofrecer “un descanso a tu yo adulto responsable, estresado y cumplidor”. Se trata de propiciar una sensación soft que incita al cerebro a sentirse seguro, permitiéndonos “experimentar la felicidad de los placeres simples sabiendo que no hay de qué preocuparse”.
Para entender porque este gesto se ha vuelto vital, primero debemos entender qué hemos perdido. Históricamente, la ropa de trabajo y la de casa no estaban tan diferenciadas hasta la llegada de la Revolución Industrial, que estandarizó los espacios de trabajo interiores. Sin embargo, en la era moderna, la línea se ha desdibujado peligrosamente.
Como señala la periodista Amanda Mull, estamos viviendo una “filtración” (seepage) del trabajo hacia el hogar. Antes, quitarse el uniforme garantizaba libertad mental. Ahora, “muchas personas usan los mismos vaqueros que llevaron al trabajo para cocinar la cena, con el móvil y el portátil nunca demasiado lejos”, lo que impide que la mente y el cuerpo se desconecten realmente de la labor productiva.
Este fenómeno se agudizó tras la pandemia. Cinco años después de la crisis sanitaria, el sector de la moda sigue “noqueado”, como señalan en Heraldo. El consumidor ha cambiado sus prioridades: prefiere invertir en experiencias antes que en ropa formal, y el auge del teletrabajo ha reducido la necesidad de armarios complejos. Según Eduardo Zamácola, presidente de Acotex, en declaraciones al mismo medio: “Se acude al trabajo con prendas versátiles de estilo casual; las piezas más vestidas han pasado a segundo plano”.
Sin embargo, esta comodidad permanente tiene un precio. Aunque el teletrabajo ha demostrado hacernos más felices y permitirnos dormir 27 minutos más de media, también ha traído nuevos desafíos para separar los tiempos de ocio y negocio.
La ciencia de la “Cognición Indumentaria”
Aquí es donde la ciencia valida la intuición. Cambiarse de ropa no es una cuestión superficial; es una herramienta cognitiva. Los investigadores Hajo Adam y Adam D. Galinsky acuñaron el término Enclothed Cognition (Cognición Indumentaria) para describir cómo la ropa influye sistemáticamente en los procesos psicológicos del usuario.
En su famoso experimento, demostraron que los sujetos que llevaban una bata de laboratorio descrita como “de médico” aumentaban su atención sostenida en comparación con aquellos que llevaban la misma bata descrita como “de pintor”. La conclusión es fascinante: el efecto depende de dos factores simultáneos, “la experiencia física de llevar la ropa y su significado simbólico”.
Si lo extrapolamos hasta el salón de nuestra casa, la lógica se mantiene: si tu cerebro asocia el chándal o el pijama con “descanso absoluto”, ponértelo activará fisiológicamente la relajación. Pero si usas esa misma ropa para trabajar, rompes la asociación simbólica y el “hechizo” cognitivo desaparece. Esto se conecta directamente con la teoría de las “Transiciones de Rol”. Los investigadores Blake Ashforth y Glen Kreiner explican que necesitamos “micro-transiciones” o ritos de paso para cruzar los límites entre nuestros diferentes roles (de empleado a padre, de jefe a pareja). Cambiarse de ropa actúa como una frontera física y psicológica que facilita esa transición, evitando que el estrés de un rol contamine al otro.
El ritual como ansiolítico
Desde la psicología clínica, la acción de cambiarse se entiende como un mensaje directo a nuestra biología. “La ropa funciona como un mensaje directo al cerebro. Quitarte la ropa de fuera […] es una forma muy clara de decirle a tu sistema nervioso ‘ya puedes bajar el ritmo'”, explica la psicóloga Marta Calderero a Vogue. Es aprendizaje contextual puro.
Además, el acto en sí mismo tiene poder. Un estudio publicado en Organizational Behavior and Human Decision Processes confirma que los rituales —definidos como secuencias predefinidas de acciones simbólicas— son herramientas efectivas para recuperar la sensación de control y disminuir la ansiedad. Realizar el ritual de cambiarse de ropa al llegar a casa reduce la incertidumbre y prepara al individuo para un estado mental diferente.
Pero ojo, que comodidad no debe significar dejadez. La experta en estilo Anuschka Rees advierte en su libro The Curated Closet sobre la importancia de la identidad en casa. Como señala: “No sirve cualquier trapo viejo. Elegir prendas que te representen también cuando estás en casa, no solo cuando sales o cuando te ven, es súper importante a nivel identitario”. La ropa de casa debe ser un “armario curativo”, elegido con cariño para generar bienestar real.
Así que para quienes trabajan desde casa, la estrategia debe ser aún más estricta. La psicóloga Isabel Aranda advierte que “el hecho de que estés todo el día con la misma ropa transmite un ritmo plano y hace que todos los días parezcan iguales”, distorsionando nuestra percepción del tiempo y afectando a nuestros biorritmos. La recomendación es incluso si no sales, cámbiate. Usa una ropa para trabajar y otra distinta para descansar. “Es una forma de decirle a tu cuerpo que sigues activa”, señala Aranda.
Curiosamente, existe un contrapunto en el mundo corporativo conocido como el “efecto de las zapatillas rojas” (red-sneakers effect), donde romper el código de vestimenta (como Mark Zuckerberg con su sudadera) puede denotar estatus y poder. Sin embargo, en la intimidad del hogar, no buscamos poder sobre otros, sino poder sobre nuestro propio bienestar.
En un mundo exterior cada vez más volátil e incierto, donde la moda y los horarios laborales han perdido su estructura rígida, el hogar permanece como nuestro refugio. Cambiarse de ropa al cruzar el umbral es mucho más que un hábito higiénico; es una reivindicación de nuestro espacio personal. Tal y como reflexiona Meik Wiking sobre la filosofía del hogar feliz: “En nuestro pequeño mundo, somos los dueños del universo”. Y quizás, ponernos esos pantalones viejos pero amados sea la primera orden ejecutiva para gobernar ese pequeño universo con amabilidad y calma.
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Un mecánico cubano ha convertido su coche para funcionar con carbón vegetal porque la gasolina ya no es una opción
Juan Carlos Pino, de 56 años, ha dejado boquiabiertos a sus vecinos tras convertir su pequeño Fiat Polski de 1980 en un vehículo que se alimenta de carbón vegetal para funcionar. Lo ha hecho desde su taller en Aguacate, Cuba, un pueblo de unos 5.000 habitantes a 70 kilómetros al este de La Habana, y la noticia ha dado la vuelta al mundo.
Escasez. Cuba atraviesa una de sus peores crisis energéticas en décadas. Desde enero, cuando la administración Trump bloqueó el suministro de combustible a la isla, la gasolina se ha convertido en un bien prácticamente inaccesible para la mayoría de los cubanos. En el mercado negro, el litro llega a costar ocho dólares (unas seis veces el precio oficial), y los cortes de luz son ya una constante. A este escenario se suma el cierre del grifo del petróleo de Venezuela, que históricamente había actuado como colchón energético para La Habana.


Por si fuera poco, el contexto global también es preocupante con el bloqueo del estrecho de Ormuz y el conflicto bélico en Oriente Medio. Los barriles que Rusia ha suministrado a Cuba le ha dado cierto alivio al país, pero según informa su ministro de Energía y Minería, Vicente de la O Levy, el suministro da para “finales de abril”, y de momento no hay confirmación sobre cuándo podría llegar el próximo cargamento. De ahí que algunos hayan optado por medidas tan creativas para impulsar los motores de sus vehículos.
Cómo funciona el invento. Pino construyó el sistema de propulsión íntegramente con piezas recuperadas y materiales de desecho. El carbón se quema en el interior de una bombona de propano reconvertida, sellada con la tapa de un transformador eléctrico. Los gases calientes pasan por un filtro fabricado a partir de un bote de leche de acero inoxidable relleno de ropa vieja, y desde ahí llegan al carburador en sustitución de la gasolina.
Todo el conjunto (un depósito de 60 litros soldado en la parte trasera del coche) tardó dos meses en construirse. El arranque, eso sí, requiere paciencia, ya que hay que encender el carbón con alcohol y esperar unos treinta minutos antes de poder salir. “No es un coche para alguien que tiene prisa”, contaba bromeando.


La inspiración vino de internet. Pino no partió de cero. Según contaba, pasó horas viendo vídeos de Edmundo Ramos, un ingeniero argentino que lleva más de una década perfeccionando la tecnología de coches propulsados por biomasa. Según explicaba el propio Ramos a Reuters, desde que comenzó la crisis en Cuba ha recibido llamadas de varios cubanos pidiendo ayuda, desde un fabricante de hielo que no podía producir, a un heladero o tenderos.
Ramos sostiene que prácticamente cualquier motor puede adaptarse a este sistema, siempre que se consiga introducir gas caliente en el carburador en lugar de gasolina.
Atracción local. Pino puso a rodar su coche por primera vez a comienzos del mes pasado. El Polski completó un trayecto de 85 kilómetros y alcanzó una velocidad punta de 70 km/h, según recogía Reuters. En Aguacate, el vehículo se ha convertido en el nova más, pues los vecinos se acercan a hacerse fotos, y algunos preguntan por curiosidad si el mecánico les puede construir uno. “Esto es Cuba. Una ensalada hecha de todo.”, resumía uno de los vecinos al medio.
Angustia. Este invento tan creativo no es más que el síntoma de una economía al límite. En Cuba, la escasez ha generado toda una cultura de la improvisación que los propios cubanos llaman “inventos criollos”. Apagones de hasta diecinueve horas, barrios sin agua durante semanas, familias que cocinan con leña o recogen agua de lluvia en botellas de refresco. Tal y como compartía El País, el Observatorio Cubano de Conflictos registró más de 1.200 protestas en el último mes, principalmente por los cortes de suministros.
Qué viene después. Pino ya tiene el siguiente proyecto en mente: adaptar un tractor con el mismo sistema. “Necesitamos movilidad, necesitamos poder cultivar”, declaraba al medio. Para sus vecinos, se ha convertido en algo más que un manitas. “Me dicen que soy un mago”, cuenta él mismo con orgullo.
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Hemos encontrado moléculas relacionadas con la vida en Marte, pero no saquemos el champán todavía
El rover Curiosity ha llevado a cabo en Marte un experimento químico que nunca se había realizado en otro planeta. Gracias a él, ha detectado moléculas orgánicas que hasta ahora nos habían pasado desapercibidas. ¿Significa eso que hay o hubo vida en el planeta rojo? Podría ser, pero también podría deberse a muchísimas cosas más. Aunque siempre leemos con júbilo este tipo de noticias y dan para mucho titular sensacionalista, debemos analizar los resultados con el optimismo de lo que suponen para la ciencia, pero la cautela de lo que implican en la búsqueda de vida extraterrestre.
Avances químicos a millones de kilómetros de distancia. El instrumento SAM de Curiosity ha llevado a cabo un experimento conocido como termoquimólisis. En él, se utiliza un reactivo llamado hidróxido de tetrametilamonio (TMAH) para romper moléculas grandes en fragmentos pequeños. Gracias a ello, se pueden detectar moléculas orgánicas que resultan invisibles con otros métodos. Entre otras moléculas orgánicas se han encontrado algunas ricas en nitrógeno, que podrían relacionarse con la síntesis de ADN. También destaca el hallazgo de benzotiofeno, presente en algunos procesos biológicos.
No nos vengamos arriba. Los propios autores del estudio que se acaba de publicar gracias al rover Curiosity hacen un llamamiento a la cautela con sus resultados. Insisten en que todas las moléculas halladas podrían proceder de procesos abióticos o haber llegado a Marte desde otros puntos del espacio. Por ejemplo, el benzotiofeno podría formarse mediante procesos geológicos o hidrotermales. Además, se ha encontrado su presencia en meteoritos y asteroides en la Tierra. También podría haber llegado así a Marte.
Solo dos intentos. Independientemente de que los hallazgos tengan que ver con la vida o no, este estudio es muy relevante por dos motivos. Por un lado, porque ha sido la primera vez que este experimento se ha podido llevar a cabo fuera de la Tierra. Y, en segundo lugar, porque Curiosity solo tenía dos intentos para hacerlo, pero los aprovechó muy bien. Esto es así porque el TMAH se encontraba en la dosis exacta necesaria, dentro de dos cápsulas selladas. Si la primera fallaba, se podía intentar con la segunda. Si esta también lo hacía, adiós experimento. Que se haya hecho sin problemas ha sido un gran logro.

Este es un primer plano anotado de tres agujeros que Curiosity de la NASA perforó en roca marciana en un lugar apodado “Mary Anning” en octubre de 2020. La muestra donde el rover encontró un gran número de moléculas orgánicas procedía de “Mary Anning 3”. (Un lugar cercano apodado “Mary Anning 2” quedó sin uso.)
NASA/JPL-Caltech/MSSS
Una búsqueda muy antigua. La ciencia ha estado obsesionada con la búsqueda de vida en Marte desde que en el siglo XVII algunos científicos detectaron con sus telescopios lo que parecía ser la presencia de agua helada. Ya en el siglo XXI, los avances en exploración espacial permitieron enviar orbitadores y rovers a Marte con el fin de analizar posibles signos de vida. Se encontraron algunos.
Por ejemplo, en 2018 se detectó metano en su atmósfera. Esto podría ser el resultado de actividad microbiana, pero también de procesos geológicos. En 2020 Curiosity encontró isótopos de carbono y más tarde, en 2025, la cadena de carbonos más larga hallada hasta la fecha. Es cierto que el carbono es necesario para la vida, pero también puede relacionarse con muchos procesos abióticos. En ninguno de estos casos se ha logrado demostrar que haya vida detrás, por lo que seguimos sin poder demostrar que haya vida en Marte.
A lo mejor nos faltan herramientas. En 2023 se llevó a cabo un estudio en el desierto de Atacama para analizar las herramientas que se emplean normalmente para buscar vida en Marte. Este desierto es uno de los mayores análogos marcianos que tenemos en la Tierra. Tiene muchas características similares a las del planeta rojo; pero, por supuesto, también tiene vida más que demostrada. Sin embargo, al analizarlo con las herramientas de exploración de Marte, no se logró detectar buena parte de los rastros de vida que deberían haber aparecido.
Esto demuestra que, quizás, aún no hemos encontrado vida en Marte porque no tenemos las herramientas adecuadas. Aunque también puede que simplemente no haya.
El futuro. Curiosity ha llevado a cabo este experimento directamente en Marte. Sin embargo, lo ideal sería enviar muestras de rocas a la Tierra, para emplear allí otras tecnologías de análisis más complejas. Otro rover, el Perseverance, está preparado para recolectar muestras y mandarlas a la Tierra. De hecho, estaba programado que lo hiciera. Sin embargo, la misión fue cancelada por el Congreso de los Estados Unidos el pasado mes de enero.
Mientras tanto, otras agencias espaciales pretenden replicar los experimentos con TMAH. Es el caso de la misión ExoMars de la Agencia Espacial Europea, cuyo rover Rosalind Franklin también viajará con este reactivo para llevar a cabo una termoquimólisis. Habrá que esperar para ver qué descubre. Sea lo que sea, como siempre, lo leeremos con cautela.
Imagen | NASA
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cómo la peste negra provocó que Europa se obsesionara durante siglos con el acto de estornudar
Cuenta la tradición hebrea que, justo antes de morder la manzana, Adán estornudó. En ese momento parece que no le preocupó mucho, pero después de la que se lio con la dichosa quinta pieza de fruta al día lo acabó interpretando como “un signo del mal y un presagio de muerte”. El runrún quedó ahí, claro, y cuando al ya viejísimo Jacob le preocupaba no llegar a ver a su hijo, suplicaba a Dios que cambiara el orden natural de las cosas no fuera que un mal estornudo se lo llevara al otro barrio.
De ahí viene (recogido o puede que inventado de nuevo por la tradición medieval) que deseemos “salud” en España, “saúde” en Portugal o “Gesundheit” en Alemania a quien recién acaba de estornudar. Como para ahuyentar a los malos augurios; que no está la vida como para jugársela a los dados. Sin embargo, por común, no deja de resultarme sorprendente todo lo que ha llegado a significar un simple estornudo.
Aristóteles, explica García-Moreno, estaba convencido de que, frente al flato o los eructos, el estornudo era el único que tenía una ‘naturaleza sagrada’ porque procedía “del principal y más hondo y divino de los órganos, el que contiene el espíritu”. Hipócrates, en cambio, aunque no se decidía sobre la bondad o maldad del estornudo, sí describió el principio de inhibición recíproca al señalar que estornudar era, fijáos qué cosas, el mejor remedio para el hipo.
Como decía, la historia del estornudo en Occidente no puede entenderse en toda su complejidad sin la peste negra. Fue entonces cuando se popularizó de nuevo el “salud” de la tradición judaica o el “Jesús” de la cristiana como una forma de desear que ese ‘achís’ no fuera el quicio de la puerta de la maldita plaga. El “Dios te bendiga” que aún resuena en las fórmulas inglesas (‘bless you’) viene, según parece, de una de las muchas plagas que azotaron la Roma papal del medievo.
Por contra, en muchos otros sitios, el estornudo fue considerado algo bueno. Fantástico. La medicina tradicional hindú lo solía provocar como una forma de equilibrar humores internos y tratar enfermedades mientras que la más arcaica medicina africana lo usaba protopsiquiátricamente como una forma de curar la enfermedad mental (supuestamente provocada por la existencia de gusanos en el cerebro). Para acabar, por acabar en algún momento, los aztecas lo utilizaban para el dolor de cabeza.
Qué es un estornudo realmente
En realidad, un estornudo es algo muy sencillo. Se trata de un acto reflejo, súbito y compulsivo, cuya finalidad es expulsar grandes cantidades de aire por la nariz y (a veces) también por la boca. Es, pues, un reflejo fisiológico que emplea defensivamente el aparato respiratorio. Por eso, lo habitual es que se produzca cuando ciertas partículas extrañas irritan la mucosa nasal. Y sí, he empleado “habitual” con toda la intención del mundo.
Según parece, y esto son estimaciones medias, antes de cada estornudo inhalamos unos dos litros y medio de aire. Esa es la primera fase, la inhalatoria. En ese momento, los músculos abdominales tensan el diafragma para aumentar la presión en los pulmones y conseguir que el aire salga por la nariz a una velocidad de vértigo: entre 70 y 130 kilómetros por hora.


La saliva que se suele expulsar con el estornudo puede cubrir un área de hasta 8 metros cuadrados. Y es precisamente eso lo que hace del estornudo uno de los peores vectores de diseminación de enfermedades del mundo. Sin embargo, el estornudo es más popular precisamente cuando es más inofensivo: en primavera, verano u otoño.
Cuando está causado por la ‘rinitis alérgica’. Un clásico, de hecho. Este tipo de rinitis, provocadas por el polen de árboles, malezas y pastos, se convierte en el gran personaje recurrente de la vida de prácticamente un tercio de la población. Es insufrible, insoportable, una cruz. Pero, aún y con todo, hay estornudos peores.
Entre un 18 y un 25% de la población estornuda repentinamente cuando se expone a una luz brillante. Es lo que se conoce como ‘estornudo fótico’ y es un viejo conocido (y una causa de incapacidad) de los pilotos de aviación. Según parece es hereditario y se produce por una cercanía anatómica entre el segundo par craneal (el ocular, el responsable de llevar al cerebro la información visual) y el quinto (el trigémino, que parece ser el responsable de los estornudos).
Cuando hay una luz muy brillante, la excitación del nervio óptico puede provocar la excitación del trigémino. Esa señal se interpreta como irritación de las mucosas y despliega un hermoso, molesto y enorme estornudo. Algo parecido (aunque vinculado esta vez al bulbo raquídeo) puede estar detrás de las personas con tendencia natural a estornudar después de comer, cuando ven algo placentero o, incluso, durante el orgasmo. Ya es mala pata, aunque bien usado (y en esto hasta Aristóteles estaría de acuerdo) puede verse como una forma “maravillosa” de mejorar la comunicación en el dormitorio.
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