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Llevamos décadas fracasando con los propósitos de año nuevo. La ciencia dice que es porque no sabemos “hacer trampas”
Enero arranca con un ritual previsible: pagar la matrícula del gimnasio, llenar la nevera de kale o comprar pinceles para un nuevo hobby. Es el “efecto borrón y cuenta nueva” que define la profesora Katy Milkman. Los seres humanos no percibimos el tiempo de forma lineal, sino como capítulos de una novela. El Año Nuevo es el “Black Friday” de los nuevos comienzos; una frontera simbólica que nos hace creer que el “yo” del año pasado —ese que no sabía hacer un trazo sin parecer un niño de preescolar— ha muerto por fin.
De hecho, hace 4.000 años los babilonios ya hacían promesas en el festival de Akitu para aplacar a sus dioses. La diferencia es que ellos buscaban evitar la ira divina y nosotros, simplemente, la culpa frente al espejo.
La autopsia de un fracaso anunciado. A pesar de nuestro entusiasmo, las estadísticas son demoledoras. Según el medio Selph, solo una de cada cinco personas logra mantener sus resoluciones a largo plazo. La mayoría tira la toalla antes de que termine el mes, porque cometemos siempre el mismo error: querer ser una persona distinta de la noche a la mañana. Queremos comer sano, meditar, viajar y ser expertos en alguna materia, todo a la vez. El problema es que nos enfocamos obsesivamente en el resultado (perder 10 kilos) y no en el proceso (disfrutar del sabor de una receta nueva).
A esto se le suma lo que la psicóloga Kimberley Wilson describe como el peligro de las “palabras prohibidas”. Usar términos como “siempre” o “nunca” nos mete en una trampa de “todo o nada”. Si un miércoles el trabajo se complica y no puedes ir a pintura o te comes una pizza, sientes que el año entero es un fracaso. Es una visión de túnel que ignora que la vida es, por definición, impredecible.
Además, hoy tenemos un enemigo nuevo: la métrica. Como relatan expertos en comportamiento, hemos pasado “del disfrute al rendimiento”. Ya no leemos por placer, sino para actualizar el contador de Goodreads; no corremos por salud, sino para no romper la racha de Strava. Esta cultura de la productividad aplicada al ocio convierte nuestros hobbies en una segunda jornada laboral. Si la aplicación dice que no hemos cumplido, aparece la culpa.
La ciencia de las “trampas”: El método de la tentación. ¿Y si la clave para cumplir no fuera la disciplina militar, sino ser un poco “tramposos”? Katy Milkman, experta en cambio de comportamiento, confiesa su propio truco en una entrevista al Washington Post: el “temptation bundling” (emparejamiento de tentaciones). Cuando era estudiante, odiaba hacer ejercicio pero amaba Harry Potter. Su solución fue permitirse escuchar los audiolibros de la saga solo mientras estaba en el gimnasio. “Hizo que deseara ir a entrenar”, explica. Es, básicamente, usar un placer culpable para “sobornar” a nuestro cerebro hacia un hábito saludable.
Esta idea se complementa con el “Habit Stacking” (apilamiento de hábitos). En lugar de buscar una fuerza de voluntad que no tienes, “pega” tu nuevo propósito a algo que ya hagas de forma automática. ¿Quieres aprender ese trazo de pintura? Haz un boceto de cinco minutos justo después de tomarte el café de la mañana. ¿Quieres terminar la bufanda de Pinterest? Haz diez filas mientras ves tu serie favorita de Netflix. No añades esfuerzo, simplemente aprovechas la arquitectura de tu rutina actual.
Menos “metas”, más “valores”. Desde la Universidad de Harvard, la doctora Aisha Usmani sugiere que veamos el cambio como “dar forma a una escultura”: se hace quitando pedacitos de piedra poco a poco, no de un golpe. La ciencia cognitiva nos dice que, si quieres pintar, no te propongas hacer un lienzo al día; empieza por uno a la semana.
Y, sobre todo, alinea tus metas con tus valores personales, no con la presión externa. Si el ganchillo te estresa, quizá no responde a tu valor de “creatividad”, sino a una imposición estética. Según Usmani, debemos preguntarnos cada día: “¿Es esto todavía importante para mí?”. Si la respuesta es no, ajustar el rumbo no es fracasar, es ser flexible.
La autocompasión como estrategia. No podemos olvidar el peso del trato que nos damos a nosotros mismos. Como explica el psicólogo Ángel Rull en su columna, muchos propósitos nacen del “hartazgo de uno mismo” y no del autocuidado. Si te apuntas al gimnasio porque odias tu cuerpo, es muy probable que abandones. Si lo haces para sentirte con más energía, el compromiso cambia.
Otro apunte interesante es cómo hablamos de nuestros tropiezos. Un reciente estudio destaca la diferencia entre decir que no “tuvimos tiempo” y que no “hicimos tiempo”. Mientras lo primero suena a una excusa externa, lo segundo implica un control activo sobre nuestra agenda: si no lo hicimos hoy, podemos decidir hacerlo mañana. Según esta investigación, centrar la causa del fallo en factores externos y no en nuestra falta de voluntad es el mejor salvavidas para nuestra confianza.
Un 2026 más humano. En definitiva, no somos ordenadores que se reinician el 1 de enero. El verdadero cambio no consiste en saturar nuestra lista de tareas, sino en transformar el hartazgo inicial en un autocuidado real. Si este año quieres empezar a levantar unas pesas o que tu trazo de pintura gane firmeza, la ciencia te da permiso para ser estratega: une el esfuerzo al placer mediante el temptation bundling, apuesta por lo pequeño —porque una página leída siempre será mejor que un libro abandonado— y acepta que la constancia incluye, necesariamente, días de parón.
Al final, quizá el mejor propósito para este año no sea convertirnos en una versión “optimizada” de nosotros mismos, sino dejar de tratarnos como un proyecto defectuoso que hay que arreglar por decreto. La clave del éxito para este año no reside en la disciplina militar, sino en la capacidad de empezar a vernos como alguien que, simplemente, intenta vivir con un poco más de presencia, herramientas realistas y, sobre todo, un poco menos de culpa.
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OpenAI empezará a poner anuncios en ChatGPT. Ya sabemos a quién llegará esta primera prueba
Durante años, ChatGPT ha funcionado como una de las puertas de entrada más accesibles a la inteligencia artificial, un asistente que muchísima gente usa a diario sin suscripción. Ese modelo, que contribuyó a popularizar la IA generativa a una velocidad difícil de igualar desde finales de 2022, empieza ahora a mostrar sus límites. Mantener esa promesa de acceso masivo tiene un coste cada vez mayor, y OpenAI ha decidido explorar una vía que llevaba tiempo sobre la mesa: empezará a probar anuncios en el chatbot, un movimiento que vuelve a poner sobre la mesa cómo se financia la IA que usamos a diario.
ChatGPT está a punto de cambiar. OpenAI dice que los anuncios se mostrarán únicamente en los planes gratuito y Go, mientras que los usuarios de Pro, Business y Enterprise quedarán fuera. La decisión introduce una separación clara entre los planes orientados al gran público y aquellos pensados para un uso profesional o empresarial. Como podemos ver, en este piloto, la publicidad se asocia a los niveles de acceso más económicos, mientras que las suscripciones superiores mantienen una experiencia sin anuncios.

Así se verán los anuncios den ChatGPT
Dónde aparecerá la publicidad. También hay detalles sobre cómo se integrará la publicidad en la experiencia de uso. En esta primera fase, los anuncios aparecerán al final de las respuestas de ChatGPT cuando exista un producto o servicio patrocinado relacionado con la conversación en curso, siempre separados del contenido orgánico y, según promete la compañía, claramente etiquetados. Por lo tanto, deberíamos poder saber por qué estamos viendo ese anuncio concreto y tendremos la opción de ocultarlo.
Qué pasa con las conversaciones. Junto al anuncio de esta prueba, OpenAI ha querido fijar por escrito los principios que, según la compañía, guiarán su enfoque publicitario. Insiste en que los anuncios no influirán en las respuestas de ChatGPT, que seguirán optimizándose en función de lo que resulte más útil para el usuario, y subraya que las conversaciones no se compartirán ni se venderán a anunciantes. También promete control: podremos desactivar la personalización y borrar los datos usados para anuncios.
Solo para usuarios adultos. No todos los usuarios ni todas las conversaciones entran en esta prueba. La firma señala que los anuncios solo se mostrarán a adultos con sesión iniciada, y que quedarán fuera tanto las cuentas en las que el usuario indique, o el sistema estime, que es menor de 18 años como los contenidos vinculados a ámbitos sensibles. Salud, salud mental y política figuran entre los temas vetados para la aparición de anuncios.
Alguien tiene que pagar por la IA. La IA generativa se ha convertido en una tecnología extremadamente cara de operar, mientras que, como suele ocurrir en servicios con un plan gratuito masivo, convertir a esos usuarios en suscriptores no es sencillo, incluso con planes de pago más económicos. OpenAI obtiene ingresos por suscripciones y por su API para desarrolladores, y en ese contexto probar anuncios encaja como una de las vías que la compañía pone sobre la mesa para ampliar ingresos sin cerrar el acceso.
El agujero financiero. El contexto económico se entiende mejor al mirar los números publicados a finales de 2025. Según documentos financieros vistos por The Wall Street Journal, OpenAI asume que seguirá acumulando pérdidas muy elevadas durante varios ejercicios antes de alcanzar beneficios significativos hacia el final de la década. La proyección para 2028 es todavía más exigente, con pérdidas operativas que alcanzarían los 74.000 millones de dólares, impulsadas sobre todo por el coste de la computación.
La competencia es cada vez má feroz. A esa presión financiera se suma un contexto competitivo mucho más exigente que el de los primeros meses de ChatGPT. El liderazgo inicial de OpenAI ya no es tan indiscutido como en 2022 y 2023, con rivales como Google con Gemini y Anthropic con Claude reforzando su oferta y ganando presencia. Mantenerse en cabeza exige seguir invirtiendo de forma constante, no solo en investigación, sino también en infraestructura y capacidad operativa.
El anuncio no cierra el debate, lo abre. OpenAI insiste en que se trata de una prueba acotada y sin compromisos a largo plazo, pero el simple hecho de introducir publicidad marca un precedente. Queda por ver si este modelo se limita a Estados Unidos o si acaba extendiéndose a otros mercados, y cómo reaccionan los usuarios ante ese cambio. En el fondo, la cuestión es más amplia y afecta a toda la industria: quién paga el coste real de una inteligencia artificial que aspira a estar en manos de todos.
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En Xataka | Si le preguntamos a los españoles cómo se sienten sobre la IA, la respuesta es sencilla: más productivos
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ya tiene armas cuánticas que está probando en misiones reales
Los departamentos de investigación, armamento y defensa de las principales potencias son un agujero negro. No podemos saber qué hay al otro lado, a menos que sean ellos los que nos permitan echar un vistazo. Tiene sentido, ya que anunciar una tecnología de forma precipitada alertaría al rival. En ese contexto, China acaba de dar un paso en la guerra del futuro: la guerra cuántica.
Estamos muy acostumbrados a hablar de la computación tradicional, y el de la ciberguerra es un concepto fácil de entender. Ataques de hackers a sistemas críticos del enemigo, formas de hacer que tus tropas sean invisibles a los radares rivales o ciberespionaje son conceptos que se han convertido en el día a día en los conflictos actuales. Y el futuro pasa por las armas cuánticas.
La computación cuántica no es una mejora incremental en la velocidad de procesamiento de un ordenador: es una ruptura. Es un cambio de paradigma y por eso los investigadores están desarrollando estos ordenadores cuánticos que, en esencia, permiten resolver operaciones complejas en mucho menos tiempo que un ordenador clásico. No es fácil, ya que aunque se han dado pasos importantes estos últimos años, tiene aún retos por resolver para que sus resultados sean óptimos.
En un contexto bélico y de seguridad, y en pocas palabras, esto se traduce en una cosa: si a un ordenador convencional le lleva horas o días reventar la seguridad de un enemigo, a un ordenador cuántico le llevaría minutos o segundos. Y China no sólo dice que están desarrollando una decena de herramientas de guerra cuántica, sino que ya las están probando en combate.
“Para diseñar una buena arma, hay que pensar en cómo será la guerra del futuro”
Como apuntan en South China Morning Post, el Ejército Popular de Liberación confirmó a través del periódico oficial Science and Technology Daily que tienen más de diez herramientas experimentales de guerra cibernética cuántica en desarrollo. Como decimos, algunas de ellas están siendo “probadas en misiones de primera línea”, ‘capturando’ inteligencia que poder usar en el futuro.
Se trata de u proyecto conducido por la Universidad Nacional de Tecnología de Defensa y, según el informe, se enfoca en tres áreas:
- Computación en la nube.
- Inteligencia artificial.
- Tecnología cuántica.
Que ya estén probando alguno de estos sistemas implica que han salido del marco teórico, y desde el Ejército se apunta que la “velocidad” es la principal ventaja que ofrecen estas herramientas.
No se trata -sólo- de hacer armas más inteligentes, sino de dar más herramientas a quienes analizan la situación. Por ejemplo, la computación cuántica permite procesar grandes cantidades de datos del campo de batalla en cuestión de segundos. Esto implica que los analistas pueden ayudar a tomar decisiones prácticamente en tiempo real.
También pueden ayudar en materia tanto de ciberseguridad como de ciberespionaje, protegiéndose mejor con sistemas de inteligencia artificial que reescriban su código en tiempo real -algo que ya vemos con malware como PromtLock– o reventando la criptoseguridad enemiga de forma más rápida.
Relacionado con esto, pueden ayudar a que los sistemas de navegación GPS sean más resistentes a ataques de interferencia o suplantación de identidad. O incluso realizar navegación y posicionamiento basado en sensores cuánticos sin depender de infraestructura vulnerable como GPS o Starlink.

Parece algo steampunk, pero esto es parte de un ordenador cuántico
Realmente, las aplicaciones parecen ilimitadas si tenemos en cuenta lo que ya se ha logrado con la computación clásica. Estas tecnologías también tienen potencial para mejorar las defensas aéreas y de detección de aviones furtivos, algo en lo que Estados Unidos con su F-35 y China con su J-36 están invirtiendo un dineral.
Como han comentado en la revista, el desarrollo de esta tecnología responde a la necesidad de pensar “cómo será la guerra del futuro”, y como la guerra de Ucrania y los ciberataques rusos nos están demostrando, la ciberguerra será protagonista.
Son, en definitiva, herramientas que permiten que un conflicto termine antes de que el rival sepa que ha empezado. Es la misma filosofía que la que llevó al desarrollo del caza estadounidense F-35 y una forma de guerra asimétrica.
Vale, muy bien, pero ¿de qué ventaja en tiempo estamos hablando? Un ejemplo es el Google Sycamore, un ordenador cuántico que realizó un cálculo que a un supercomputador clásico le habría llevado 10.000 años en apenas… 200 segundos. En 2020, China ya completó en otros 200 segundos una operación que a un supercomputador le habría llevado más de 2.500 millones de años.
¿Son los únicos? Ni por asomo.
Para Putin, la carrera por la computación cuántica es como la carrera nuclear tras el final de la Segunda Guerra Mundial
Si hay hackers con buena reputación, esos son los rusos, y el país ya está probando prototipos como los superordenadores cuánticos de Lomonosov Moscow State University con 72 qubits y otro de 70 qubits del Instituto Lebedev. Europa también está inmersa en la era de la ‘Transición a Criptografía Post-Cuántica’ en materias de defensa de infraestructura crítica (energía, finanzas, salud o telecomunicaciones) con el objetivo de tener sistemas operativos para 2030.
Japón también está en ello, y Estados Unidos ha elevado el presupuesto de investigación y desarrollo de sistemas cuánticos de los 141.000 millones de 2024 a más de 179.000 millones de dólares (parte un total de casi un millardo comprometido para defensa general). Cuentan con una ventaja: IBM y Google son líderes en lo que a madurez de sistemas cuánticos se refiere, pero se estima que China está cerrando la brecha.
Y deben estar confiados en las posibilidades de sus sistemas si ya hablan de ellos abiertamente.
Imágenes CCTV (via X),
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El 74% de los empleados se han sentido más productivos al usar IA. Casi la mitad ha acabado corrigiendo el resultado
La inteligencia artificial ya forma parte del día a día para los empleados de muchas empresas españolas y les ayuda a completar tareas más rápido. Al menos eso es lo que se desprende de un reciente estudio de la consultora de IA Workday, en el que se estima que tres de cada cuatro trabajadores se sienten más productivos gracias a la IA.
Detrás de ese dato hay una adopción creciente de las herramientas de IA y un cambio de percepción entre los profesionales. Sin embargo, esa realidad también implica una menos visible: parte de ese tiempo ganado se está perdiendo en revisar, corregir y afinar lo que generan los sistemas de IA.
Uso cotidiano de la IA en España. Según los datos recogidos en el informe “Más allá de la productividad: medir el valor real de la IA” elaborado por Workday, el 74% de los trabajadores en España indica sentirse más productivos gracias a la IA, con el 28% usándola a diario o el 58% que asegura usarla muy a menudo durante su semana laboral.
Esa frecuencia de uso de la IA, no obstante, queda muy por debajo de la media global que refleja un uso diario del 46%. En cualquier caso, el incremento en el uso de la IA se traduce en una media de ahorro de tiempo de entre una y tres horas semanales para tareas repetitivas y administrativas, como la redacción de informes, análisis o búsqueda de datos.
Estos datos coinciden con la foto que nos dejaba el estudio de Indicadores de uso de Inteligencia Artificial en España de 2024 elaborado por ONTSI (Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad), aunque en ese caso la percepción es positiva, solo el 11,4% de las empresas españolas con 10 o más empleados utilizaron tecnologías de IA, lo revela una implantación empresarial muy limitada. En cualquier caso, el 85% de los usuarios consultados reporta ahorros de entre 1 y 7 horas semanales.
El problema de las revisiones constantes. La satisfacción con el uso de la IA tiene como contrapartida que el 42% de los trabajadores españoles dedique hasta una hora semanal a revisar, corregir o reformular el resultado que produce la IA, conocido lo que se ha dado en llamar un “impuesto oculto” que frena parte de los beneficios.
Adolfo Pellicer, Country Manager de Workday confirma que el uso de estas herramientas hace necesario un trabajo de revisión y supervisión del resultado. “Hay un impacto oculto de la IA en el trabajo. El informe nos muestra que casi el 40% del tiempo que se ahorra con el uso de la IA se acaba perdiendo en corregir, revisar y rehacer lo que la información que nos aporta la IA”, aseguraba Pellicer en declaraciones a ComputerWorld.
Nativos digitales de la IA. Los empleados más jóvenes, de 25 a 34 años, concentran el 46% de los casos con mayor carga de revisión, ya que usan la IA con mayor frecuencia. El 77% de estos usuarios verifica los resultados de la IA con más rigor que el trabajo generado por humanos. Eso genera un agotamiento adicional en estos perfiles.
En departamentos como recursos humanos, el 38% de los empleados necesita revisar los resultados de la IA por el elevado número de errores que se reportan. Por su parte, en los departamentos técnicos y de TI, con un incremento del 32% en el uso de IA, la herramienta se ha integrado mejor generando mejores resultados y un contenido que cada vez requiere menos modificaciones.
Formación en las empresas: la signatura pendiente. Aunque el 66% de los líderes globales cita la formación en habilidades como prioridad principal para aprovechar la IA, solo el 37% de los empleados que la utiliza habitualmente admite tener acceso a estos programas de formación.
De acuerdo a los datos del informe del ONTSI, en España, esta desconexión se agrava porque el 78% de los trabajadores demanda más herramientas digitales y formación para usarla, pero la adopción sigue siendo baja: solo el 11,4% de empresas con 10 o más empleados usaban IA en 2024.
Imagen | Unsplash (ThisisEngineering)
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