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Las grandes tecnológicas tenían objetivos climáticos ambiciosos. Entonces llegó la IA y empezó a devorarlos

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Hubo un momento en el que la tecnología parecía haber encontrado una forma cómoda de contar su futuro climático. Las grandes compañías hablaban de “energía limpia”, emisiones netas cero, operaciones cada vez más eficientes y compromisos fechados a 2030 o 2040. Era un relato atractivo porque convivía con nuestro uso cotidiano de internet, servicios y aplicaciones. La IA generativa, sin embargo, ha complicado esa imagen: no solo trae más servicios inteligentes, también exige más infraestructura, más electricidad y una presión climática mucho más difícil de cuadrar con las promesas que esas mismas compañías hicieron hace apenas unos años.

El movimiento más reciente llega desde Microsoft. Bloomberg ha publicado que la compañía estaría valorando retrasar o incluso abandonar uno de sus objetivos energéticos más ambiciosos, en un momento en el que la carrera por la IA exige cada vez más capacidad de cómputo. Que se lo digan a OpenAI o Anthropic. Este caso no aparece en el vacío: otras grandes tecnológicas también están afrontando desafíos cada vez más visibles para encajar sus compromisos climáticos con la expansión de sus centros de datos. La pregunta ya no es solo qué prometieron, sino qué ocurre cuando esas promesas chocan con la escala real de la IA.

Las compañías no llegaron a estos compromisos por una única vía ni prometieron exactamente lo mismo. Algunas pusieron el foco en la compra de energía renovable, otras en electricidad sin emisiones de carbono, otras en emisiones netas cero y otras en eliminar más carbono del que generan. También había motivos distintos para hacerlo: presión regulatoria, expectativas de inversores, reputación y una convicción bastante extendida de que la infraestructura digital podía crecer sin disparar su impacto climático. Lo que nos interesa aquí no es revisar todas esas promesas, sino seguir algunas de las más ambiciosas y ver cómo están resistiendo la carrera de la IA que se desarrolla frente a nuestros ojos.

Promesas climáticas frente a centros de datos en expansión

Como decimos, el cambio de fondo es que muchos de estos compromisos se formularon antes de que la IA generativa se convirtiera en una prioridad absoluta para la industria. Hasta entonces, el crecimiento de los centros de datos ya era un desafío, pero podía proyectarse con una lógica más gradual. La nueva carrera ha alterado ese ritmo: entrenar modelos, desplegarlos en productos masivos y responder consultas a gran escala exige una capacidad de cómputo que crece muy rápido. Lo que antes parecía una hoja de ruta difícil, pero manejable, ahora se enfrenta a una dinámica diferente.

Microsoft fue una de las compañías que formuló una de las metas más exigentes. En julio de 2021 anunció su compromiso 100/100/0, una forma de decir que para 2030 quería igualar el 100% de su consumo eléctrico, el 100% del tiempo, con compras de energía de cero emisiones de carbono. El matiz importa: no se trataba solo de compensar el consumo anual con renovables, sino de acercarse a una correspondencia hora a hora. Además, la compañía planteaba hacerlo en las mismas redes eléctricas de las que tomaba esa energía.

Amazon
Amazon

Ahora ese compromiso está bajo una presión evidente. El mencionado medio económico señalaba que la compañía de Redmond está estudiando retrasarlo o incluso abandonarlo, según fuentes anónimas con conocimiento del asunto, mientras busca despejar obstáculos para alimentar sus centros de datos. Microsoft no ha confirmado ese giro y su directora de sostenibilidad, Melanie Nakagawa, sostuvo que la empresa sigue comprometida con sus metas ambientales. También dejó una idea que marca el tono de la respuesta oficial: cualquier ajuste formaría parte de una revisión del enfoque, no de un cambio en la ambición a largo plazo.

Google también se marcó una meta de gran alcance. En 2021, la compañía de Mountain View fijó el objetivo de alcanzar emisiones netas cero en todas sus operaciones y cadena de valor para 2030, incluidos sus productos de hardware de consumo. Para lograrlo, planteó reducir un 50% sus emisiones absolutas frente a 2019, no solo las generadas directamente por la empresa, sino también las vinculadas a su actividad y a su cadena de suministro. Lo que no lograse reducir, según su hoja de ruta, lo compensaría retirando carbono de la atmósfera mediante soluciones naturales y tecnológicas.

La situación actual muestra lo difícil que está siendo llevar esa hoja de ruta a la práctica. En su informe ambiental de 2025, Google señala que en 2024 sus emisiones fueron de 11,5 millones de toneladas de CO2 equivalente. Eso supone un 11% más que el año anterior y un 51% por encima de su base de 2019. El matiz es importante: no aumentaron un 51% en un año, sino frente al punto de partida elegido por la compañía. El propio informe reconoce, además, que integrar más IA en sus productos puede complicar la reducción de emisiones por la mayor demanda de cómputo y de infraestructura técnica.

Amazon también presentó una promesa climática de gran ambición. En septiembre de 2019, el gigante del comercio electrónico anunció junto a Global Optimism The Climate Pledge, un compromiso para alcanzar cero emisiones netas de carbono en 2040, diez años antes del horizonte marcado por el Acuerdo de París. La compañía fundada por Jeff Bezos se convirtió en la primera firmante de esa iniciativa, que pedía medir y reportar emisiones de forma regular, aplicar estrategias de descarbonización y neutralizar las emisiones restantes con compensaciones adicionales, cuantificables, reales, permanentes y socialmente beneficiosas.

La situación de Amazon muestra que estas promesas ya tenían zonas grises incluso antes de que la IA ocupase el centro del debate. En septiembre de 2023, Data Center Dynamics publicó que la Science Based Targets initiative había retirado el compromiso de Amazon de su panel y lo había situado en la categoría de “compromiso vencido”. El motivo, según el medio, fue que ambas partes no lograron ponerse de acuerdo sobre un objetivo de emisiones suficientemente significativo. Amazon respondió que los requisitos habían cambiado y que seguiría buscando validadores externos creíbles.

En este sentido, la fotografía general va en la misma dirección. El Departamento de Energía de EEUU estima que los centros de datos consumieron alrededor del 4,4% de la electricidad del país en 2023 y que podrían situarse entre el 6,7% y el 12% en 2028. La Agencia Internacional de la Energía también proyecta un salto relevante a escala global: de unos 415 TWh en 2024 a cerca de 945 TWh en 2030. No todo ese crecimiento puede atribuirse únicamente a la IA, pero la IA sí se ha convertido en uno de los grandes aceleradores de esa demanda.

Pero lo difícil es que las dos lógicas no se mueven a la misma velocidad. La carrera de la IA funciona con urgencia empresarial: lanzar modelos, ampliar capacidad, cerrar contratos y desplegar centros de datos antes que los rivales y, como no, competir con China. La agenda climática funciona con otra cadencia: reducir emisiones reales, asegurar energía sin carbono, validar objetivos y sostenerlos durante años. Entre una y otra queda una brecha que ahora se está haciendo visible. No basta con que los compromisos existan sobre el papel; tienen que sobrevivir a una expansión tecnológica que consume cada vez más recursos.

Imágenes | Google | Amazon

En Xataka | Durante años, la energía de las olas fue el patito feo de las renovables. La IA y los centros de datos le han dado una vuelta

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Italia plantó millones de abetos para proteger los Alpes. 90 años después han descubierto que la biodiversidad se ha reducido a la mitad

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El ecólogo Aldo Leopold escribió una frase que acabaría marcando toda la conservación moderna en 1949: “mantener cada pieza es la primera regla de la inteligencia ecológica”. La dijo décadas antes de que la ciencia pudiera medirlo, pero hoy estudios como el de los Alpes italianos demuestran hasta qué punto quitar piezas de un ecosistema puede parecer invisible… hasta que pasan generaciones.

Un bosque que parecía una solución. En los años treinta, la Italia de Benito Mussolini decidió que la mejor manera de estabilizar los Alpes era cubrirlos de árboles. La lógica parecía impecable: frenar la erosión, asegurar madera para el futuro y exhibir una imagen de orden y productividad nacional. 

Para ello eligieron la pícea noruega, una conífera de crecimiento rápido, tronco recto y madera rentable. Miles de hectáreas de praderas alpinas y bosques autóctonos fueron arrasadas para plantar hileras densas y homogéneas de esta especie. Durante décadas, aquella decisión se vendió como un éxito de ingeniería forestal. Desde lejos, esos bosques verdes parecían saludables. Pero casi un siglo después, la ciencia ha descubierto que bajo esa apariencia se escondía un empobrecimiento silencioso.

Bavaria Mountains Alpine Southern Germany Foothills Of The Alps Alpenblick 673584 Jpg D
Bavaria Mountains Alpine Southern Germany Foothills Of The Alps Alpenblick 673584 Jpg D

Noventa años después, la factura ecológica. El estudio, liderado por el ecólogo Gianalberto Losapio y publicado en la revista Ecology, analizó dos zonas de los Prealpes italianos, cerca del Lago de Como: Monte Bisbino y Alpe del Vicerè. Allí, los investigadores compararon tres hábitats vecinos: las plantaciones de pícea, bosques caducifolios nativos y pastizales alpinos tradicionales. 

Durante cinco meses de trabajo de campo identificaron 136 especies vegetales y 201 especies de artrópodos. Los resultados fueron demoledores. En las plantaciones había una mediana de solo siete especies de plantas por parcela, frente a 18,5 en bosques autóctonos y 37 en praderas. Traducido: más de un 50% menos diversidad que en los bosques naturales y casi un 75% menos que en los pastos.

El problema de plantar un solo tipo de árbol. El gran error fue creer que más árboles equivalía automáticamente a más naturaleza. La monocultura funciona bien para producir madera, pero es una trampa ecológica. Cuando un paisaje se llena de una sola especie, la complejidad desaparece, porque cada planta, insecto y microorganismo cumple un papel en el ecosistema. 

Reducir esa variedad implica reducir resistencia frente a enfermedades, plagas o fenómenos extremos. En los Alpes italianos, los paisajes diversos fueron sustituidos por bloques uniformes de coníferas, y el resultado fue una simplificación brutal de la red ecológica. Lo que parecía reforestación acabó siendo una sustitución de biodiversidad por productividad.

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A: Ubicación de los sitios de estudio. B: Imagen satelital del sitio de Monte Bisbino. C: Imagen satelital del sitio de Alpe del Vicerè. Las imágenes satelitales B y C representan la ubicación de las parcelas fijas. «SM» = plantaciones de monocultivo de abeto rojo, «DF» = bosque caducifolio nativo y «GR» = pastizal (pradera/pastizal de montaña). Datos del mapa: Google, Maxar Technologies

La oscuridad como arma silenciosa. La pícea noruega tiene una característica clave: es perenne. Mientras hayas, arces o castaños pierden la hoja y permiten que la luz llegue al suelo en primavera, la pícea mantiene una cubierta cerrada todo el año. 

No es baladí. De hecho, esa diferencia lo cambia todo. Muchas plantas alpinas florecen precisamente en esa ventana de luz temprana, antes de que el dosel forestal se cierre. Bajo una plantación de píceas, esa oportunidad desaparece porque el suelo permanece en sombra constante y muchas especies simplemente no pueden sobrevivir. Es decir, no es una competencia abierta, es una exclusión física y permanente.

El suelo también se transformó. Hay más, porque el daño no se quedó en la superficie. Las agujas de la pícea acidifican el suelo al acumularse durante décadas. Los investigadores encontraron un 25% más de carbono orgánico en estas plantaciones, aunque eso no significaba mayor fertilidad. Era justo lo contrario: la materia orgánica se descomponía más despacio, señal de menor actividad biológica. 

No solo eso. El equilibrio entre carbono y nitrógeno también estaba alterado, indicando un ciclo de nutrientes más lento y menos eficiente. En términos simples, el bosque seguía acumulando restos porque el sistema había perdido capacidad para reciclarlos. Era un ecosistema atascado.

Picea Jezoensis Mt Oakan
Picea Jezoensis Mt Oakan

Un bosque más pobre y frágil. Más allá del número de especies, los científicos midieron algo aún más importante: la “uniformidad funcional”, es decir, cómo se reparten los papeles ecológicos dentro de la comunidad vegetal. En las plantaciones de pícea, este índice era un 30% más bajo que en los bosques naturales. 

Eso significa menos equilibrio y más vulnerabilidad. No se trata solo de que haya menos especies, sino más bien de que faltan funciones enteras dentro del sistema. Algunos nichos quedaron vacíos y muchos trabajos ecológicos dejaron de hacerse. Dicho de otra forma, el bosque sigue ahí, pero funciona peor.

Ni siquiera creó un ecosistema nuevo. Contaban los investigadores del estudio que uno de los hallazgos más reveladores fue comprobar que estas plantaciones no generaron una comunidad nueva adaptada a la pícea. De hecho, no aparecieron especies boreales especializadas ni se construyó un nuevo equilibrio. 

No, lo que encontraron fue una versión mutilada del bosque original: las mismas especies de siempre, pero menos numerosas y diversas. La pícea no trajo una nueva vida, simplemente erosionó la que ya existía.

Los insectos resistieron mejor, pero con matices. El único dato menos alarmante apareció en los artrópodos del suelo. Su diversidad apenas variaba entre plantaciones y bosques naturales. ¿Razones? Los científicos creen que esto se debe a su movilidad y a su capacidad para moverse entre hábitats cercanos. 

Sea como fuere, incluso aquí hay cautela entre los expertos. La química del suelo apunta a que la actividad microbiana y la red más fina de vida subterránea también han cambiado, aunque no se midieran directamente. La superficie puede dar una imagen de recuperación parcial, pero el subsuelo sigue contando otra historia.

La lección global que llega demasiado tarde. Si se quiere también, lo ocurrido en Italia no es una rareza histórica. Hoy, buena parte de los compromisos mundiales de reforestación siguen exactamente este modelo: plantar rápido, barato y uniforme para cumplir objetivos climáticos y contables. Según estudios previos citados por los autores, la mitad de las áreas comprometidas para restauración forestal en el mundo son monocultivos de especies no nativas. 

Aunque es una fórmula eficiente en el corto plazo y tentadora para gobiernos y empresas, la experiencia de los Alpes italianos demuestra que el coste ecológico tarda décadas en aparecer, y que cuando lo hace, ya es demasiado tarde. Los árboles siguen en pie y la sombra sigue bloqueando la vida. 

Y noventa años después, muchas de las especies que fueron expulsadas siguen sin volver.

Imagen | Bernini123, PXHere, Google, Maxar Technologies

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Hoy en Disney+, la película que pese a superar los mil millones en taquilla ha dejado en el aire la continuidad de su franquicia

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‘Avatar: Fuego y ceniza’, la tercera entrega de la milmillonaria saga de James Cameron, aterriza en Disney+. Una película que se abre con una declaración contra la IA, introduce al primer gran villano Na’vi de la franquicia y deja en el aire el futuro de dos secuelas, secuelas que pese a las extraordinarias recaudaciones de las películas de la franquicia, aún no tienen garantizada su supervivencia. 

La película retoma la historia donde la dejó ‘El camino del agua’: los Sully, en duelo por la muerte de su hijo mayor Neteyam, intentan proteger a otro miembro de la familia mientras se enfrentan a dos amenazas simultáneas. La RDA regresa con refuerzos y además aparecen los Mangkwan, conocidos como el Pueblo de la Ceniza: un clan Na’vi volcánico que ha renegado de la entidad espiritual que vertebra toda la cosmología de Pandora. Es la primera vez en la franquicia que los Na’vi ocupan el rol de antagonistas, lo que rompe la estructura moral de los dos primeros films: hasta ahora, solo los humanos eran los agresores.

Los efectos visuales de la película corrieron a cargo de Wētā FX, el estudio de Nueva Zelanda que estuvo vinculado a Peter Jackson. El equipo firmó 3.132 planos de efectos visuales, y el proceso de renderizado acumuló 1.248 millones de horas de computación. Una de las innovaciones técnicas clave para la película fue Kora, un conjunto de herramientas para simulaciones de combustión química, desarrollado para resolver un problema que ya habían detectado en ‘El camino del agua’: el fuego fotorrealista era extraordinariamente difícil de manejar para los artistas. Kora facilita notablemente la creación de este tipo de imágenes.

En su fin de semana de apertura, la película recaudó 347 millones de dólares en todo el mundo, y ya lleva recaudados 1.490. Es la cuarta película de Cameron en superar los mil millones, tras ‘Avatar’, ‘Avatar: El camino del agua’ y ‘Titanic’. Las tres películas de la saga suman más de 6.000 millones de dólares en taquilla mundial, lo que la convierte en la primera trilogía de la historia en alcanzar esa cifra. Sin embargo, los cálculos dicen que Disney necesitaba superar los mil millones para tener beneficios, y esa cifra cada vez se supera de forma más ajustada. Sin duda, un obstáculo en el camino de una ambiciosa historia que podría no llegar a contar todo lo que Cameron tiene en cartera.

En Xataka | Hoy en Prime Video, una película de catástrofes que perdió 45 millones en cines pero que arrasa en streaming

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