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las únicas herramientas que necesita este expatriado para cazar a los petroleros fantasma de Irán
Desde el piso 47 de su edificio de apartamentos en Singapur, Remy Osman, un expatriado británico que trabaja en la industria de las bebidas, tiene un asiento en primera fila para observar uno de los mayores pulsos geopolíticos del mundo. Armado con unos prismáticos, una cámara de gran angular y aplicaciones de seguimiento en vivo, Osman observa cómo un superpetrolero de 333 metros de eslora avanza a paso de tortuga por una de las rutas marítimas más transitadas del planeta.
La escena encierra una ironía brutal: según detalla Financial Times, el cargamento de ese barco casi ha duplicado su valor desde que zarpó apenas dos semanas atrás, coincidiendo con un crudo Brent que alcanzó los 120 dólares por barril a raíz de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán. Desde su balcón, Osman caza a los buques de la llamada “flota en la sombra”, petroleros sancionados que operan al margen de la ley, pero a plena luz del día.
El buque que captó la atención de Osman es el Huge, un petrolero de 18 años de antigüedad. Según los registros de la lista de sanciones de la Oficina de Control de Activos Extranjeros de EEUU (OFAC), se trata de un buque de bandera iraní operado por la National Iranian Tanker Company (NITC) y fuertemente vigilado desde 2018.
A pesar de que el bloqueo del Estrecho de Ormuz comenzó a finales de febrero con los ataques de Estados Unidos e Israel, el Huge ha sido uno de los pocos grandes buques de carga de crudo (VLCC) que logró salir de esa ratonera. Desde su privilegiada atalaya, Osman ha identificado un patrón inconfundible: los petroleros iraníes navegan hacia el este hundidos en el agua, delatando que van cargados hasta los topes, y una semana después regresan en dirección contraria flotando mucho más alto, con su carga considerablemente más ligera.
Lo más sorprendente es el descaro con el que operan en medio de la crisis actual. Barcos que antes se escondían ahora exhiben sus nombres y banderas como si dijeran: “Tenemos tanto derecho a navegar en estas aguas como cualquier otro”, relataba el propio Osman al Financial Times. Esta impunidad ha llegado al punto de que casi dos tercios de la flota de la NITC han empezado a transmitir datos precisos en sus sistemas de Identificación Automática (AIS) tras siete años de manipulación y ocultamiento.
El salvavidas de Teherán
El impacto de esta flota fantasma que desfila frente a la ventana de Osman es titánico. Mientras el mundo sufre “la mayor interrupción de suministro en la historia” por el cierre de Ormuz, Irán sigue exportando su crudo, superando la barrera de los 2 millones de barriles diarios.
Los millones de barriles que Osman ve desaparecer en el horizonte tienen un destino abrumadoramente único: China. El gigante asiático absorbe alrededor del 90% de las exportaciones de petróleo de Irán. Los datos rastreados corroboran esta fuga masiva, situando la ruta “Irán-China” en el primer puesto de las operaciones oscuras, moviendo más de 1,6 millones de barriles diarios.
Mientras Irán se lucra, el resto del planeta tiembla. Con unos 20 millones de barriles diarios sacados del tablero formal por el bloqueo físico de Ormuz, el escenario de un barril a 200 dólares ya es una posibilidad real. La amenaza global es proporcional al tamaño de esta red ilícita: según Fortune, la flota oscura se estima en unos 1.100 buques, lo que representa entre el 17% y el 18% de todos los petroleros de carga líquida del mundo.
La maquinaria para burlar a las potencias occidentales es un prodigio de la ingeniería evasiva que ocurre a pocos kilómetros de la casa de Osman. Como explica Financial Times, los petroleros no navegan directamente desde Irán a los puertos chinos, sino que realizan transferencias de barco a barco (Ship-to-Ship) en alta mar. El principal escenario de este trasvase son los Límites Portuarios Exteriores del Este, en aguas de Malasia, una zona de escasa supervisión. En un solo día del pasado mes de enero, las imágenes satelitales confirmaron la presencia de unos 60 de estos buques anclados allí, operando con total impunidad.
Para lograr este nivel de invisibilidad, explotan las lagunas legales del mar. Como detalla Fortune, el sistema marítimo internacional se basa en el cumplimiento voluntario: los barcos simplemente apagan sus transpondedores de radio, falsifican sus ubicaciones o cambian de identidad raspando sus números de registro. Además, se amparan en “banderas de conveniencia”. Según las estadísticas de Tanker Trackers, además de Irán y Rusia, los buques oscuros suelen ondear banderas de países como Panamá, Camerún o Sierra Leona.
El eslabón final de esta cadena se encuentra en Asia. El informe de Kharon revela que los compradores finales no son las grandes petroleras estatales, sino las llamadas refinerías teapot. Estas refinerías independientes y pequeñas asimilan el 90% de las exportaciones iraníes y otorgan a Pekín “negación plausible” ante la comunidad internacional, a pesar de que estas empresas privadas están profundamente conectadas con el Estado chino a través de empresas conjuntas y redes de testaferros en Hong Kong.
Los intentos por frenar este trasvase ilícito han sido escasos y, a menudo, frustrantes. Aunque las autoridades malasias incautaron recientemente crudo por valor de casi 130 millones de dólares en dos petroleros sospechosos, el desenlace fue irrisorio: tras pagar una fianza de apenas 75.000 dólares, los barcos fueron liberados. Al día siguiente, Osman volvió a asomarse a su balcón y allí estaba uno de ellos, el Rcelebra, navegando de nuevo completamente cargado.
La paradoja en las sombras
Aun así, la guerra ha traído algunas complicaciones. Según Lloyd’s List, la escalada bélica obligó a al menos seis petroleros fantasma que navegaban vacíos hacia el Golfo Pérsico a dar media vuelta (los llamados U-turns) y abortar sus operaciones. Pero la red es resistente: como apuntan los expertos, la flota en la sombra está diseñada precisamente para operar bajo disrupción.
La gran ironía es que, mientras los sancionados encuentran grietas para navegar, los actores legales están desesperados. El bloqueo ha obligado a Arabia Saudí a usar a contrarreloj su oleoducto a través del desierto para desviar millones de barriles a Yanbu, en el Mar Rojo, donde una armada de emergencia de superpetroleros hace cola en un intento agónico por evacuar el crudo legal y evitar el colapso económico.
Como concluye Fortune, la flota oscura no surgió porque el sistema marítimo esté roto, sino porque siempre fue voluntario. Hoy, las sanciones han empujado a países como Irán a construir un sistema paralelo altamente efectivo.
Mientras el mundo formal busca rutas alternativas por el desierto y reza para frenar los precios, la economía ilícita fluye constante frente a las costas asiáticas. Desde su piso 47, con la vista fija en el horizonte, Remy Osman es el testigo perfecto de una realidad innegable: cuando las reglas del mar se convierten en un campo de minas, siempre habrá quien encuentre la manera de navegar en la sombra, a plena luz del día.
Imagen | Photo by Ian Simmonds on Unsplash
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un sistema gobernado por agentes de IA
La forma en la que usamos las apps en el móvil podría estar entrando en una nueva etapa. Hasta ahora, la experiencia en Android se ha basado en algo muy simple: abrir aplicaciones y realizar acciones paso a paso dentro de ellas. Sin embargo, Google está explorando un modelo diferente, en el que la inteligencia artificial actúe como capa intermedia entre lo que pedimos y lo que las apps pueden hacer. En ese escenario, no siempre seremos nosotros quienes recorramos los menús o completemos los procesos manualmente. En muchos casos bastará con expresar lo que queremos hacer para que el sistema intente resolverlo por nosotros, coordinando distintas funciones del teléfono.
El siguiente paso en Android. En una publicación del blog oficial para desarrolladores, la compañía presenta nuevas capacidades pensadas para que las aplicaciones puedan trabajar directamente con asistentes y sistemas de IA. Estas funciones están pensadas para que herramientas como Gemini puedan descubrir y ejecutar determinadas acciones dentro de algunas apps. El proyecto se encuentra todavía en una fase inicial, pero deja entrever una dirección muy concreta: empezar a reconfigurar Android como un entorno en el que la inteligencia artificial pueda ayudar a completar tareas.
Qué entendemos por agente. En el ámbito de la IA, un agente es un sistema diseñado para pasar de la respuesta a la acción. Mientras que los primeros asistentes digitales funcionaban como herramientas de consulta, los agentes intentan comprender una intención y planificar cómo llevarla a cabo. Para hacerlo combinan varias capacidades: entender lenguaje natural, evaluar el contexto y decidir qué pasos son necesarios para cumplir una petición. No se trata solo de generar texto o sugerencias, sino de organizar una pequeña cadena de decisiones orientadas a un objetivo concreto.
Si seguimos el razonamiento que plantea Google en su publicación, el cambio no afecta solo a la IA, sino también a cómo se conciben las aplicaciones dentro de Android. Durante años, el objetivo principal de cualquier app era conseguir que el usuario la abriera y completara dentro de ella todas las acciones necesarias. Sin embargo, ahora ese criterio empieza a desplazarse. En este nuevo escenario, el éxito empieza a medirse menos por lograr que abramos una app y más por su capacidad para ayudar a completar una tarea, incluso cuando el usuario no interactúa directamente con toda su interfaz.


Una de las primeras piezas del cambio. El primer camino que plantea Google para avanzar en esta dirección pasa por algo que denomina AppFunctions. No es una función visible para el usuario como tal, sino un conjunto de herramientas con el que los desarrolladores pueden exponer funciones y datos de sus apps a asistentes inteligentes como Gemini. El ejemplo que menciona el propio blog de Android es bastante ilustrativo: en la serie Galaxy S26 recientemente presentada, Gemini puede acceder a funciones de Samsung Gallery para localizar fotos concretas a partir de una petición en lenguaje natural, como pedir que muestre imágenes de una mascota. En ese caso, el asistente interpreta la solicitud, activa la función correspondiente de Samsung Gallery y devuelve el resultado sin necesidad de que el usuario navegue manualmente por la galería.
El otro camino de Google. Junto a las integraciones directas, la compañía está preparando una segunda fórmula para extender este modelo a más aplicaciones. Según explica, se trata de un sistema de automatización de interfaz que permitirá a Gemini encargarse de tareas genéricas de varios pasos sin depender de una conexión específica entre la app y el asistente. En lugar de apoyarse en una función previamente expuesta por la aplicación, la IA actúa directamente sobre la interfaz. Google señala que esta vista previa inicial se probará en la serie Galaxy S26 y en algunos Pixel 10, dentro de la app de Gemini y con una selección limitada de aplicaciones de reparto, supermercado y transporte en Estados Unidos y Corea. La compañía asegura además que el usuario podrá seguir el proceso por notificaciones o una vista en directo, retomar el control manual en cualquier momento y recibir avisos antes de acciones sensibles, como una compra.
Mirando hacia el futuro. Si algo deja claro el anuncio de Google es que Android está empezando a prepararse para una etapa distinta. Las funciones presentadas todavía se encuentran en desarrollo y su despliegue será gradual, pero apuntan a una dirección concreta: un sistema operativo en el que la inteligencia artificial tenga un papel cada vez más activo en la forma en la que realizamos acciones cotidianas en el móvil. Pixel y Samsung aparecen por ahora como las referencias más visibles, aunque Google deja entrever que quiere llevar estas capacidades a más fabricantes a medida que el ecosistema evolucione. Como suele ocurrir con este tipo de cambios, el resultado final dependerá de cómo evolucionen las herramientas, las integraciones y la respuesta de los propios usuarios.
Imágenes | Google
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Sierra fue el segundo superordenador más potente del mundo. Cuando llegó su hora acabó en la trituradora, literalmente
Los superordenadores representan el extremo de la informática moderna: máquinas capaces de realizar cantidades ingentes de cálculos cada segundo y de sostener proyectos científicos o estratégicos de enorme complejidad. Sierra fue uno de esos gigantes. Durante años operó en el Lawrence Livermore National Laboratory, donde se encargó de simulaciones de altísima sensibilidad para el Gobierno de Estados Unidos. En su momento llegó a ocupar el segundo puesto del ranking TOP500, que clasifica a los superordenadores más rápidos del mundo. Pero en la computación de alto rendimiento incluso los sistemas más avanzados tienen una vida limitada. Tras siete años de servicio, Sierra ha sido retirado.
Un gigante para simulaciones. Cuando Sierra comenzó a operar en 2018 en las instalaciones de Livermore se incorporó a la infraestructura de computación de alto rendimiento del centro para apoyar el programa de mantenimiento del arsenal nuclear gestionado por la National Nuclear Security Administration. En lugar de recurrir a pruebas nucleares reales, los científicos utilizan simulaciones informáticas capaces de reproducir el comportamiento de las armas y de los materiales implicados en su diseño. Este trabajo exige una potencia de cálculo extraordinaria y también tiene implicaciones en ámbitos como la no proliferación y el contraterrorismo.
Casi en lo más alto del ranking. Como señalamos arriba, durante varios años, Sierra figuró entre las máquinas más rápidas del planeta. Según el ranking TOP500, llegó a registrar 94,64 petaflops, es decir, decenas de cuatrillones de operaciones de coma flotante por segundo. Para lograrlo utilizaba una arquitectura poco habitual en su momento, basada en procesadores IBM Power9 combinados con aceleradores gráficos NVIDIA Volta V100. Este diseño permitía repartir el trabajo entre miles de nodos de cálculo y ofrecía un salto notable respecto a generaciones anteriores de supercomputación.


Cuando el hardware empieza a fallar. Los superordenadores no escapan a una realidad común a cualquier infraestructura tecnológica: con los años, el hardware comienza a deteriorarse. En este tipo de sistemas, la vida útil habitual se suele situar en torno a los cinco a siete años, un plazo a partir del cual la tasa de fallos empieza a crecer y mantener el sistema se vuelve más complejo. A medida que estas máquinas acumulan horas de funcionamiento, aumenta la probabilidad de que determinados componentes fallen o necesiten ser reemplazados. En el caso de Sierra, además, parte del problema ya era muy concreto: algunos de sus componentes habían dejado de fabricarse y la versión del sistema operativo que utilizaba había perdido soporte.
El sucesor. La retirada de Sierra también está relacionada con la llegada de una nueva generación de supercomputación al centro. En 2025 comenzó a operar El Capitan, el sistema destinado a ocupar su lugar dentro de la infraestructura de cálculo del laboratorio. Aunque a simple vista ambos pueden parecer instalaciones similares, la diferencia está en el interior. El Capitan utiliza una arquitectura basada en las APU AMD Instinct MI300A y un sistema de memoria compartida entre CPU y GPU, lo que le permite alcanzar un rendimiento muy superior. Según los datos publicados por el laboratorio, esta máquina puede llegar a 1,809 exaflops, aproximadamente 19 veces más rápido que Sierra en su punto máximo según TOP500.
Desmontar un superordenador pieza a pieza. El final de Sierra no consistió simplemente en apagar el sistema y dejarlo fuera de servicio. El proceso se llevó a cabo en varias fases que comenzaron con la retirada progresiva de nodos de cálculo y componentes internos. Los técnicos desmontaron racks completos, extrajeron baterías y separaron distintos elementos para su reciclaje o destrucción controlada. Algunas partes, como placas del sistema o estructuras metálicas, fueron enviadas a instalaciones especializadas para su trituración. Dado que Sierra había trabajado con simulaciones vinculadas al arsenal nuclear estadounidense, el laboratorio debía impedir cualquier posibilidad de recuperación parcial de datos o reconstrucción de información sensible, de ahí que los dispositivos de almacenamiento recibieran un tratamiento todavía más estricto.
Imágenes | Departamento de Energía de Estados Unidos
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el dominio absoluto del uranio
A finales de 2022, al asegurar su tercer mandato, el presidente chino Xi Jinping lanzó una seria advertencia a sus altos mandos: debían prepararse para los “mares tormentosos” y los “peores escenarios”. El líder del partido estaba obsesionado con las crisis del “rinoceronte gris”, peligros evidentes pero para los que a menudo no se está preparado.
Hoy, con Oriente Medio sumido en una profunda guerra que obstruye rutas comerciales vitales, la resiliencia y la estrategia energética del gigante asiático se enfrentan a una prueba de fuego sin precedentes. En el corazón de esta tormenta geopolítica no solo está el petróleo, sino también el “oro negro radiactivo”: el uranio.
Un punto de asfixia. Para resistir este impacto, el Ministerio de Finanzas de China ha presupuestado 110.680 millones de yuanes (unos 16.000 millones de dólares) para el almacenamiento de recursos en 2026, lo que representa un aumento del 8,1% respecto al año anterior. Como explica Even Pay, directora del grupo de asesoría estratégica Trivium China al Financial Times, durante décadas los economistas occidentales criticaron la ineficiencia de mantener estas gigantescas reservas, pero la crisis actual ha reivindicado por completo la estrategia de Pekín.
Un gigante sediento de uranio. Sin embargo, en el corazón de esta tormenta geopolítica no solo están los combustibles fósiles, sino también el “oro negro radiactivo”: el uranio. La vulnerabilidad de las rutas marítimas ha acelerado la urgencia de Pekín por escapar de su dependencia del petróleo. El programa nuclear chino avanza a un ritmo vertiginoso. A finales de 2024, el país contaba con 58 unidades de energía nuclear en operación comercial y 27 en construcción. De hecho, el gobierno aprueba entre diez y once reactores al año, con la meta de duplicar su capacidad para 2040.
¿El problema? China produce muy poco uranio. Según World Nuclear Association, en 2023 la producción nacional fue de apenas 1.700 toneladas (el 4% mundial), viéndose obligados a importar unas 22.000 toneladas al año siguiente. Tal y como recalca Bloomberg, el país depende de las importaciones para satisfacer más del 70% de su demanda interna de este combustible.
La estrategia entre manos. Para sortear este déficit y evitar que su sector nuclear sufra el mismo estrangulamiento que el petróleo, Pekín ha desplegado una estrategia financiera, geológica y tecnológica sin precedentes:
- Músculo financiero: En diciembre de 2025, China National Uranium Co., la única empresa con derechos para extraer este elemento en el país, debutó en la bolsa de Shenzhen. Según Bloomberg, sus acciones se triplicaron en su estreno, recaudando unos 4.100 millones de yuanes (570 millones de dólares) que se destinarán a potenciar minas nacionales y extranjeras.
- El tesoro de Ordos: La salvación podría estar bajo la arena. Como reportó el medio especializado Futura, se ha estimado el descubrimiento de un yacimiento monumental de 30 millones de toneladas de uranio en el desierto de Ordos, en Mongolia Interior. China ha logrado desarrollar tecnología de lixiviación in situ para extraer este material mezclado en arenisca de una forma económicamente viable y respetuosa con el medio ambiente.
- “Pescar” uranio en el océano: Ante la previsión de que la demanda supere las 40.000 toneladas en 2040, China ha mirado al mar. La Corporación Nacional Nuclear de China (CNNC) anunció un hito histórico: la extracción exitosa de uranio a nivel de kilogramos a partir de agua de mar en un entorno marino real.
- Alianzas terrestres: Para evitar bloqueos marítimos, China busca aliados fronterizos. Según la revista The Diplomat, Mongolia está intentando desarrollar su sector de minerales críticos —como el enorme depósito de Zuuvch-Ovoo operado por la francesa Orano— y China se perfila como el cliente natural por su proximidad geográfica y sus infraestructuras ferroviarias.
Más allá del uranio. El plan de Pekín no se limita a asegurar el uranio tradicional. Como hemos explicado Xataka, China ya ha puesto en marcha el reactor TMSR-LF1 en la provincia de Gansu, el cual utiliza sales fundidas y torio. El torio es tres veces más abundante que el uranio en la corteza terrestre, lo que dota a China de un “plan B” inmensamente rico dentro de sus propias fronteras.
Por otro lado, la energía nuclear está dejando de ser solo una fuente de electricidad. En enero de 2026, arrancó el proyecto Xuwei en la provincia de Jiangsu. Como adelantamos, este proyecto pionero acopla reactores de tercera y cuarta generación para producir vapor a altísimas temperaturas destinado a la industria petroquímica, con el objetivo de sustituir más de 7 millones de toneladas de carbón al año.
El siglo del átomo chino. La guerra en Oriente Medio no ha frenado las ambiciones de China; más bien, ha validado la obsesión del gobierno por la seguridad económica y la preparación ante crisis prolongadas.
Mientras las potencias occidentales intentan reconstruir sus industrias nucleares, China ha pasado a la acción total. Desde las profundidades del desierto de Ordos hasta las aguas de sus costas, el gigante asiático está reescribiendo las reglas del juego. Ya no se trata solo de sobrevivir a la inestabilidad global, sino de asegurar el combustible necesario para dominar el panorama energético del siglo XXI.
Imagen | World Economic Forum e IAEA
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