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mesas para una sola persona

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Comer sola fuera de casa tiene su casuística particular y lo sé porque me ha tocado viajar sin acompañantes muchas veces, las suficientes como para desarrollar un filtro de locales que sí y otros que no. Entre los que se postulan a candidatos no falta acodarse a un lado de una barra de taberna para echar un pintxo rápido a una mesita en Starbucks pasando por una mesa más o menos discreta de McDonalds para un repostaje fugaz. 

Quiero comer mi hamburguesa a solas. Lo de buscar una mesita o una esquinita tiene su lógica: comer tiene su parte íntima y vergonzosa reforzada por sensación de “no querer molestar” porque bueno, aunque en teoría cualquier restaurante vale para que una persona coma, en la práctica quizás no le interese tener una mesa de dos o de cuatro desperdiciada con solo un comensal. Por otro lado, también poder disfrutar de tu comida a tu aire. En los McDonalds de China esos puestos individuales ya están entre lo más cotizados.

La disposición en sí no es nueva (y no necesariamente tiene que parecer un castigo) ni tiene que ir de la mano de esos asientos con forma de sillín de bici ni de reducirlos a la mínima expresión para ahorrar espacio, sino de mesitas altas con una mampara que da una sensación de falsa intimidad para comensales solitarios. El fenómeno ha sido ampliamente recogido en redes sociales como Xiaohongshu o Weibo, los homólogos de Instagram y Twitter: el medio de noticias de Shanghai Kankan News recoge algunos de los mejores en un vídeo.


Maco
Maco

Las mamparas de McDonalds. Kankan news

Lo que la falsa intimidad esconde. En pocas palabras: estas mamparas te lo ponen muy fácil para no tener que hacerte el sueco para evitar la incómoda situación de encontrarte con un conocido y tener que saludarlo hasta encontrarte con él. Te sientes allí discretamente y a comer sin interacción. 

El medio shanghainés recoge testimonios de profesionales de la psicología que explican el fenómeno: la interacción social les resulta arriesgada frente a los chats, donde puedes editar o borrar lo que dices; y como refugio tras la inevitablemente exposición social tras el trabajo, donde tienen la obligación de ser amables y sonreír por imposición social. 

A la juventud sociedad china se le hace bola la interacción social. El China Youth Daily entrevistó a 2.000 personas entre 18 y 35 años y el resultado fue contundente: el 64% se siente perdido cuando conocen gente offline. El porcentaje es incluso mayor en esta encuesta de 2023 realizada a 1.438 personas chinas nacidas entre las décadas desde 1980 hasta los 2000: más del 80% afirmó sentirse ansioso en las interacciones sociales. 

La revista Time lo ha puesto en perspectiva porque es el fenómeno es mucho más que comer solo: la sociedad china ha pasado de vivir tradicionalmente con la familia cerca (hasta compartiendo techo) a que las generaciones más jóvenes emprendan su vida en solitario tras abandonar sus hogares en zonas rurales para trabajar en grandes ciudades. La máxima y más trágica expresión es el éxito en descargas de la app “¿Estás muerto?”.


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Las mamparas de McDonalds, segunda parte. Kankan news

La economía de la fobia social ya está aquí. China ha experimentado un cambio brutal en la cantidad de personas que viven solas, con más de 100 millones de hogares unipersonales, de acuerdo con el informe anual de la Oficina Nacional de Estadísticas de China de 2024. En 2030, estiman que la cifra subirá hasta los 150 – 200 millones. 

Y la economía se está adaptando a este cambio de paradigma: según la firma de investigación iResearch, la economía de la ansiedad social en China ya mueve aproximadamente 172.000 millones de dólares en iniciativas como los carritos con carteles de “No molestar” para que no se acerquen los promotores de productos en los supermercados Freshippo (propiedad de Alibaba), los gimnasios y tiendas 24 horas sin personal donde todo se gestiona con códigos QR sin cruzar palabra con nadie. 

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Portada | Bruna Santos



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este nuevo corto se inspira en su obra de ciencia ficción

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El cómic y la animación de los ochenta son la estética clave de un proyecto que, si todo va bien, verá la luz próximamente y que viene con un sello muy conocido por los aficionados españoles: el de Alfonso Azpiri, el añoradísimo artista que dio forma visual a los grandes éxitos de la Edad de Oro del soft español en juegos para Dinamic, Topo y otras compañías. Su estilo inconfundible forma parte del ADN de un proyecto muy prometedor: ‘Historia de amor’

El origen. Para rastrear el origen de esta idea hay que remontarse a un minúsculo relato de ciencia ficción escrito por Carlos Buiza (figura imprescindible en el desarrollo de la ciencia ficción española de los años sesenta como cocreador de la revista Nueva Dimensión) y que ilustró un Azpiri aún dando sus primeros pasos, en 1972. Buiza ya había obtenido cierto renombre con un relato, ‘El asfalto’, que adaptó Chicho Ibáñez Serrador en un episodio de ‘Historias para no dormir‘ que alcanzó una notable relevancia. 

En 1972, Buiza publicó ‘Historia de amor’ en un número de la revista ‘Triunfo’ dedicado a la ciencia ficción, junto a una cabecera ilustrada de un Azpiri aún lejos de sus días de fama pero en cuyo trazo ya se adivinaba el genio futuro. Más tarde, Azpiri transformaría el relato en un cómic, que apareció en el álbum recopilatorio del autor ‘Pesadillas’, publicado en 1985.

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Las influencias. ‘Historia de amor’ se convertirá en un corto dirigido por Jose Luis Quirós y David Díaz-Guerra, pero que da un salto en sus referencias visuales desde los setenta, centrándose en un estilo más propio de los años ochenta, cuando un Azpiri ya en pleno dominio de su arte publicaba cómics como ‘Lorna’, ‘Mot’, ‘Pesadillas’ o ‘Los vagabundos del infinito’. Los autores también mencionan como influencias clave a autores de la época como Moebius o Frank Miller, y animes como ‘Ghost in the Shell’, ‘Evangelion’ y ‘Cowboy Bebop’.

De qué va. AZ, un alienígena soñador en un planeta yermo, Polkj, es raptado por humanos. Pero él quiere descubrir los secretos del universo, la vida y el amor antes de que experimenten con él. La conexión que surge con los humanos choca con el objetivo de estos invasores: que AZ sea contagiado con un virus que exterminará a su especie y permitirá a los humanos escapar de un planeta Tierra moribundo.

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Quién está detrás. ‘Historia de amor’ está codirigido por José Luis Quirós y David Díaz-Guerra. El primero ha sido doblemente nominado y ganador del Premio Goya, y está detrás de obras muy personales, como ‘La torre del tiempo’. Junto a él está el estudio Runik Animation, que han colaborado en la realización de películas como ‘Planet 51’, ‘Atrapa la bandera’, ‘Animales fantásticos’, ‘Los Vengadores’ o ‘Pacific Rim’. En cuanto a Díaz-Guerra, este es su primer cortometraje como director, pero tiene bagaje como guionista y, significativamente, como físico teórico, lo que garantiza un enfoque muy estimulante para la ciencia ficción que forma parte nuclear del corto.

Cómo se hará. El corto utilizará animación 3D como base para el modelado y la iluminación, trabajando en tiempo real con Unreal Engine. Habrá captura de movimiento para reducir costes y, finalmente, secuencias de animación tradicional para momentos seleccionados. Todo ello se combinará con secuencias seleccionadas dibujadas con acuarelas, en busca de un estilo con un punto nostálgico que retrotraiga a los cómics de Azpiri.

Cuánto y para cuándo. El presupuesto estimado del proyecto, según nos cuentan los artífices de ‘Historia de amor’, es de 50.000 euros, de los que tienen ya un 10%. Hay por delante un largo camino de búsqueda de financiación para llegar al objetivo previsto de estrenar en el cuarto trimestre de 2026. En este momento, Runik Animation, junto al productor Juan Nieto y Nvidia (que colabora aportando hardware al equipo) están en la fase inicial de desarrollo del guión y storyboards.

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los jóvenes están solos y ya no quieren ligar como antes

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Nunca he sido muy de aplicaciones de citas. Probé una vez —poco tiempo, lo justo— y me abrumó. Demasiadas caras, demasiadas conversaciones empezadas al mismo tiempo, demasiada sensación de estar eligiendo a hombres como si fueran opciones de menú. Cerré la app y pensé que quizá el problema era mío. Durante años, esa sensación pareció quedar en minoría. El relato dominante era otro: si no estabas en las apps, te estabas perdiendo algo. El match como puerta de entrada a una vida sentimental activa, moderna y socialmente validada.

Pero algo ha empezado a romperse en ese relato. Y no lo dicen sus críticos, sino las propias empresas que construyeron el negocio del swipe. Hoy, las plataformas de citas reconocen que los jóvenes siguen queriendo amar, pero cada vez se sienten menos capaces de empezar una relación. No por falta de deseo, sino porque el proceso se ha vuelto emocionalmente pesado, socialmente expuesto y psicológicamente exigente. En medio de una generación hiperconectada, el resultado no es más amor, sino más soledad.

Según un informe elaborado por Match Group junto a Harris Poll y The Kinsey Institute, el 80% de la Generación Z cree que encontrará el amor verdadero algún día, más que cualquier otra generación. Sin embargo, solo el 55% se siente preparada ahora mismo para una relación. Esa distancia entre deseo y acción es lo que la compañía ha bautizado como la readiness paradox, o “paradoja de la preparación”.

La contradicción es clave para entender el momento actual. Los jóvenes quieren vínculos, pero no saben cuándo —ni cómo— iniciarlos. El mismo informe señala que casi la mitad de la Generación Z afirma no estar lista para una relación en este momento y que el 75% no tiene ninguna prisa por empezarla. Como explicaba a Fortune Chine Mmegwa, responsable de estrategia de Match Group, el proceso se convierte en un ciclo que se retroalimenta: estándares muy altos de preparación emocional conducen a la espera; la espera, a la soledad; la soledad, al deseo de conexión; el deseo, al miedo a no estar listo. El resultado no es desapego, sino parálisis.

Soledad hiperconectada

Esta parálisis no ocurre en el vacío. Ocurre en un contexto donde la soledad juvenil se ha disparado, incluso entre personas con vida social activa y presencia constante en redes. Un estudio publicado en PLOS One define este fenómeno como una “ambivalencia social”: jóvenes rodeados de gente que, aun así, se sienten profundamente solos. 

En España, los datos del Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada muestran que casi siete de cada diez jóvenes reconocen haberse sentido solos recientemente, independientemente del número de amigos o seguidores que tengan. La cantidad de interacción no compensa la falta de profundidad emocional. Tener likes no equivale a sentirse acompañado.

El informe de Match Group confirma esta sensación donde más del 50% de la Generación Z dice sentirse sola a pesar de tener conexiones online. Y, a diferencia de generaciones anteriores, muchos admiten que buscan vínculos no tanto por amor como para evitar la soledad, algo que después les genera culpa o la sensación de estar entrando en una relación “por el motivo equivocado”.

El miedo no es a la cita, es al fracaso público

A esta fragilidad emocional se suma un factor decisivo, las redes sociales han cambiado la forma misma de iniciar una relación. Ya no se pide una cita. Se pide el Instagram. Y muchas veces, todo se queda ahí. Seguirse, mirar historias, reaccionar con un emoji, observar durante semanas —o meses— sin dar un paso claro. Una fase permanente de tanteo que reduce el riesgo, pero también bloquea el avance.

Cuando una relación parece avanzar, la presión no desaparece; se traslada al escaparate público. Según datos recogidos por Fortune a partir de informes de Match Group, casi la mitad de las relaciones de la Generación Z comienzan con un soft launch en Instagram —una foto ambigua, una historia sin contexto— frente al 27% del conjunto de la población. El hard launch, en cambio, es percibido como un compromiso serio por el 81% de quienes lo han hecho.

Hacer oficial una relación ya no es una fase más, se vive como un contrato simbólico. El miedo al fracaso público —tener que borrar fotos, gestionar explicaciones, exponerse al juicio— funciona como freno incluso antes de empezar. Mejor no iniciar nada que tener que deshacerlo delante de todos. Match Group describe este clima como una auténtica “presión de rendimiento” aplicada a la vida sentimental. Este repliegue no es exclusivo de las citas. Como ya analizamos en Xataka, la Generación Z está reduciendo de forma consciente su exposición pública en redes sociales: menos publicaciones, más mensajes privados; menos huella, menos riesgo. 

Este clima se ve reforzado por un cambio en las formas de tener citas. Como recoge Business Insider, el flirteo tradicional está en declive: pedir un perfil ha sustituido a invitar a un café. Las aplicaciones de citas y la pandemia han debilitado el “músculo” de hablar con desconocidos en persona, generando más ansiedad social. El resultado no es rechazo al contacto, sino una aproximación pasiva, prolongada y poco resolutiva.

Algunos expertos matizan, sin embargo, que no se trata tanto de una pérdida de habilidades como de un cambio de código. La Generación Z es más directa con sus límites y expectativas, y menos tolerante con la ambigüedad prolongada. Lo indefinido cansa. Lo confuso agota.

Eso encaja con los datos del informe Year in Swipe 2025 de Tinder, donde se observa un rechazo creciente al “mínimo esfuerzo” y a las señales ambiguas. Tendencias como el clear-coding o el loud looking —decir explícitamente qué se busca y desde dónde— reflejan ese deseo de claridad emocional en un ecosistema que, paradójicamente, empuja a no decir nada y esperar.

Las apps se adaptan: menos presión, más contexto

Frente a este escenario, las aplicaciones de citas han decidido cambiar el enfoque. Ya no venden la promesa de ligar rápido, sino en reducir la ansiedad del primer contacto.

Tinder, propiedad de Match Group, ha sido la más explícita en este giro. El año pasado lanzó Modes, un sistema que permite elegir cómo y desde dónde conocer gente: modo clásico, Double Date (citas en pareja con un amigo) y College Mode, que limita los contactos a estudiantes del mismo entorno universitario,

El objetivo es bajar la presión psicológica del encuentro uno a uno. Según datos de la propia compañía, los usuarios de Double Date envían cerca de un 25% más de mensajes por match y una parte relevante son personas que habían abandonado la app y han decidido volver. 

Como explicaba Cleo Long, directora de marketing de producto de Tinder, la idea es “dar a los usuarios el control sobre lo que buscan en cada momento” y facilitar conexiones que no tengan que convertirse inmediatamente en citas románticas.

No obstante, no todo el mundo cree que este rediseño sea suficiente. Ilana Dunn, exresponsable de contenidos de Hinge y actual dating coach, advertía en Fortune que mientras las aplicaciones no empujen de verdad a la gente a conocerse en persona, su capacidad de revertir la tendencia es limitada.

No es casual que, en paralelo, estén creciendo los encuentros presenciales: speed dating, eventos para solteros, fiestas organizadas o incluso “clases para aprender a conocer gente”. El deseo de volver al cara a cara existe, pero necesita estructuras que lo hagan menos intimidante.

Lo que ninguna app puede arreglar

Reducir esta crisis afectiva a un problema de diseño sería engañoso. Hay factores estructurales que ninguna app puede resolver.

El primero es económico. Como señalaban los responsables de Coffee Meets Bagel a Business Insider, para muchos jóvenes elegir pareja se ha convertido en una decisión profundamente pragmática. Con la vivienda disparada y la emancipación retrasada, encontrar a alguien estable financiera y profesionalmente es casi una necesidad. “Hoy hacen falta dos ingresos para aspirar a una vida mínimamente estable”, explicaban.

En paralelo, algunos jóvenes, especialmente en entornos de alta exigencia como Silicon Valley, priorizan el trabajo por encima de cualquier vínculo emocional. El llamado “celibato consciente” no responde a falta de deseo, sino a una lógica de productividad extrema. Las relaciones se perciben como una distracción o una inversión incierta.

A este escenario se suma un desgaste emocional desigual. Entre muchas mujeres heterosexuales se acumula una sensación de cansancio que no nace del rechazo al amor, sino de la repetición de dinámicas poco resolutivas: conversaciones que se prolongan sin llegar a concretarse, vínculos que se mantienen en una ambigüedad permanente y relaciones que avanzan solo hasta donde resultan cómodas para una de las partes.

Gestionar expectativas difusas, interpretar señales contradictorias o sostener el peso del “qué somos” acaba convirtiéndose en un esfuerzo continuado que muchas optan por reducir o pausar. El resultado no es desapego, sino fatiga emocional acumulada en un ecosistema que penaliza la claridad y normaliza la incertidumbre.

El fondo del asunto

La Generación Z no es cínica ni incapaz de amar. Es, quizá, la primera que ha interiorizado que amar mal tiene un coste emocional alto y visible, y que equivocarse ya no ocurre en privado.

Las aplicaciones de citas han entendido el síntoma y tratan de suavizarlo ofreciendo entornos de bajo riesgo. Pero lo que no pueden ofrecer —porque ninguna tecnología puede— es el aprendizaje que solo llega al exponerse.

Al final, quizá no era que yo fuera demasiado clásica ni que estuviera fuera de época. Quizá lo que me abrumó aquella vez no fue la aplicación, sino la sensación de que para empezar algo había que saber demasiado, estar demasiado preparada, tenerlo todo claro antes incluso de conocer a alguien.

Porque nadie estuvo nunca completamente preparado para conocer a alguien.
Y quizá el verdadero problema no sea que los jóvenes no quieran ligar, sino que vivimos en una sociedad que ha convertido el amor en un examen permanente. Y que, por miedo a suspender, ha dejado de presentarse.

Imagen | Unsplash y Unsplash 

Xataka | Ligar en Tinder es agotador. La solución de estas apps es saltarse los chats eternos y organizarte la cita directamente

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la realidad de la autonomía extra es un jarro de agua fría

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Una de esas novedades que se dejaron ver en el pasado CES 2026 fue la tecnología de paneles solares integrados en la carrocería del vehículo de la mano de Solarstic, una startup surgida de Hyundai Motor Group. La idea de usar energía solar para cargar las baterías no es nueva, pero su tecnología es innovadora y sobre todo, sus promesas son de lo más prometedoras (valga la redundancia). Está en fase de pruebas en modelos reales como el IONIQ 5 y el ST1, porque no es un mero concepto: van en serio. Además, se llevó el premio de Vehicle Tech & Advanced Mobility.

Hasta 80 kilómetros extra al día. Solarstic afirma que integra paneles solares en el capó y en el techo para que, combinados, puedan generar hasta 500 vatios de potencia, lo que puede ampliar la autonomía de un vehículo eléctrico hasta 50 millas al día (80 km), una cifra más que respetable para cubrir trayectos diarios. Asimismo, explican que para trayectos de larga distancia puede “recargar alrededor del 30% de la batería mientras se conduce”. 

No es vidrio. Tampoco una pegatina. La idea pasa de olvidarse del clásico y pesado vidrio de los paneles tradicionales, que pasa factura al centro de gravedad del vehículo y su aerodinámica, en favor de polímeros ligeros en forma encapsulada. 

Para integrarlos en elementos estructurales (no son meros adhesivos) como el capó o el techo se usa moldeo con inyección, lo que permite formas más complejas y curvas. También tiene sus ventajas en seguridad pasiva: en caso de colisión o atropello un capó de polímero absorbería energía frente a uno de vidrio, rígido y con riesgo de romperse.

No ha sido fácil. Al reto técnico de la fabricación en forma de encapsulado polimérico con alta presión y el riesgo de que las células solares se rompan (que han solucionado con una capa protectora y bajando la presión de la inyección) se une la durabilidad y la estética.

Y es que los polímeros expuestos al sol tienden a degradarse, perdiendo transparencia en favor de un tono amarillento que baja la eficiencia. Además, un simple lavado también podría deteriorarlos y no solo estéticamente: si el polímero se raya, la luz se dispersa y no llega a la célula. Así que están probando con recubrimientos antirrayado y antidegradación. Finalmente, han apostado por un acabado en negro más discreto que esconde las células solares a simple vista.

Tu cara me suena. El concepto de usar la energía solar: Lightyear One y su promesa de 70 km de autonomía al día. La letra pequeña: un coste prohibitivo que acabó acelerando su fin para centrarse en el Lightyear 2 y a la postre, la bancarrota de la empresa holandesa. 

Sono Motors también lo intentó con su Sono Sion, pero la financiación se les hizo cuesta arriba y acabaron cancelando el coche para centrarse en vender su tecnología de paneles a autobuses y camiones. Aptera parece va a poder llevar la aventura a buen puerto: han confirmado que 2026 es el año para las primeras entregas de su vehículo solar de tres ruedas ultraeficiente. Es un modelo de nicho, no un SUV. No obstante, marcas más consolidadas como Mercedes Benz (con su Vision EQXX con techo solar o con pintura solar) o Toyota y su Prius también lo han intentado. Toca hablar de números. 

La teoría y la práctica. Vamos a tomar un coche que conocemos bien porque hemos probado: el Hyundai Ioniq 5, que consume unos 17 Kwh por cada 100 km. Para conseguir 80 kilómetros de autonomía haría falta por tanto generar unos 13,6 kWh. Con un sistema de 500 W (ojo, potencia pico), harían falta algo menos de 28 horas de perfecto sol al día. Esta cifra parece más plausible en una semana aparcado a pleno sol que para un solo día, o en un modelo extremadamente eficiente como el Aptera y no en un coche de dos toneladas. O un cálculo basado en el ahorro de sistemas auxiliares. Este punto es muy interesante.

De hecho, lo de no cargarlo nunca podría darse en un escenario concreto: vivir en un sitio soleado como Cartagena (la ciudad más soleada de España según la web de alquileres vacacionales Holidu con datos de ‘World Weather Online’) y hacer unos 10 kilómetros al día. En Pamplona por ejemplo, cogiendo un día de verano y suponiendo unas 5 horas de sol pico, serían 2,5 kWh, lo que da para algo menos de 15 kilómetros. Las cifras encajan con lo que hemos visto antes y evidencian una realidad: el coche no se va a poder alimentar solo con carga solar tal y como la conocemos.

Donde sí que viene bien ese extra. Cuando probamos el Vision EQXX en un par de trayectos hablamos de aumento de autonomía de 13 y 43 kilómetros respectivamente. El segundo tuvo lugar en un día soleado de junio. Y cuando nuestros compañeros de Motorpasion probaron el Toyota Prius Plug In en 2021 hablamos de una extensión, en el mejor de los casos y con su capacidad al 100%, de 6,1 kilómetros. Su potencia de carga teórica era de 180 W (la práctica, de 140W). Ahí llegaron a una conclusión: las placas solares nunca podrán recargar la batería principal hasta un 100%.

Aunque lo de disparar la autonomía suene muy bien, ya hemos visto que para la mayoría personas que no vivimos en un paraíso y hacemos más kilómetros esto puede ser un empujoncito que puede servir para alimentar el climatizador o mantener la batería cuando está aparcado. Eso sí, Hyundai tiene la capacidad de escala que le faltó a Sonos o Lightyear y si logran que ese módulo solar aguante bien una década, será un magnífico as en la manga. No tanto por cargar gratis el coche, sino porque ese extra puede servir para enfriar el habitáculo sin gastar de la batería principal. 

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Portada | Solarstic y Markus Spiske 

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