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se hicieron millonarios buscando heces de dinosaurio
Encontrar oro, diamantes o petróleo ha sido el origen de muchas de las mayores fortunas de la historia. Un golpe de suerte o invertir en excavaciones en la zona adecuada y en el momento preciso eran la clave para amasar una enorme fortuna.
Sin embargo, a veces esa fortuna llega de la mano de hallazgos mucho menos “glamourosos”. En el Reino Unido de principios del siglo XIX, toparse con restos de un dinosaurio era muy llamativo. Pero encontrarse con sus heces podía convertirse en un lucrativo negocio que convirtió en millonarios a muchos afortunados.
Hay un nuevo oro: el estiércol de dinosaurio
A principios del siglo XIX, la famosa cazafósiles Mary Anning se topó con unos extraños nódulos oscuros y de formas irregulares en las costas de Dorset, un condado al sur de Inglaterra. La paleontóloga estudió esos extraños restos fosilizados y descubrió que estaban repletos de escamas de peces y pequeños huesos fragmentados y atrapados en su estructura. Eso intrigó a los expertos que comenzaron a estudiarlos con más detalle.
En 1829, el geólogo William Buckland los examinó y determinó que esos restos eran heces fosilizadas de ictiosaurios y las llamó coprolitos, de kopros (estiércol en griego) y lithos (piedra). Estos fósiles del Cretácico inferior (hace 110 millones de años) se preservaron en fondos marinos blandos ricos en fosfato. Tal y como destacaba el escritor Martin Sayers en un artículo en History Extra, aunque parecían rocas comunes, su alto contenido mineral desencadenó una inesperada “fiebre del oro” por encontrarlos.
en 1845 John Stevens Henslow, profesor de Cambridge, reveló que estos curiosos fósiles no solo tenían un interés paleontológico, sino que también contenían hasta un 40% de ácido fosfórico que habían absorbido del terreno arcilloso, y resultaba perfecto para abono tras molerlo y tratarlo con ácido sulfúrico.

William Buckland analizó los coprolitos
Tras las Guerras Napoleónicas, Reino Unido, al igual que el resto de Europa sufrió una acuciante escasez de alimentos, por lo que el uso de fertilizantes que aumentaran la productividad de los cultivos se disparó.
En ese contexto, encontrar materia prima para fabricar esos fertilizantes se convirtió en un lucrativo negocio. Ahí es donde entran en juego las deposiciones que los dinosaurios iban dispersando por lo que hoy es el suroeste de Inglaterra.
La fiebre del coprolito
De acuerdo al relato de Sayers, en 1858, Robert Walton arrendó por 200 libras por acre al año un terreno en Cambridge, lo cual era en sí mismo una pequeña fortuna. Su intención era crear una de las primeras minas al aire libre para extraer de forma industrializada los numerosos coprolitos que se habían encontrado en la zona. Se daba el pistoletazo de salida para un negocio que hizo millonarios a muchos buscadores.

Mina de coprolito en Trumpington (Cambridge)
De acuerdo a los estudios Universidad de St Mary’s Twickenham de Londres, miles de mineros se desplazaron a la zona y se cavaban pozos profundos para extraer las codiciadas deposiciones de dinosaurio. Con su extracción no solo ganaba mucho dinero el empresario, también se pagaban sueldos muy jugosos. Un minero ganaba 10 chelines diarios lavando y clasificando coprolitos, el doble que un labrador.
Eso hizo que toda la actividad agraria de la zona se convirtiera en minera industrializando la zona sur de Reino Unido. La demanda de mano de obra era tal que comenzaron a llegar trabajadores y buscadores de coprolitos de todos los rincones del país haciendo crecer la “fiebre del coprolito“.
La caca de dinosaurio fosilizado se pagaba a 3 libras la tonelada, y de una mina como la que había creado Walton se extraían unas 300 toneladas de coprolito. Es decir, que si disponías del suficiente dinero como para pagar el arrendamiento de las tierras y la mano de obra, la rentabilidad de la extracción te podía hacer ganar mucho dinero. Esto desató la locura en Cambridgeshire, Suffolk y Bedfordshire.
Desde 1850, mineros locales y foráneos inundaron el condado, excavando en zonas del sur de Inglaterra como Burwell, Reach o Coldham’s Common con métodos simples: excavar pozos de 6 a 10 metros de profundidad y sacar arcilla con baldes o vagonetas para filtrar su contenido y encontrar los valiosos coprolitos.
Según los registros históricos, la producción local alcanzó el 90% del fosfato británico, unas 54.000 toneladas anuales en 1877, valoradas en más de 150.000 libras esterlinas al año. Los datos apuntan a que, en 1874, la industria del estiércol de dinosaurio aportaba unas 628.000 libras anuales a la economía británica, superando en más de 20.000 libras la aportación que hacían materiales como el estaño, que en aquellos años era producto clave en las exportaciones de Reino Unido.
El riesgo de la extracción era muy alto porque el terreno arcilloso hacía que las excavaciones fueran propensas a los derrumbes sepultando a los obreros, y las enfermedades por el agua contaminada azotaban los campamentos de los buscadores de coprolitos.
Aun así, la fiebre duró décadas y se revivió durante la Primera Guerra Mundial, impulsada por la demanda de fosforo para fabricar municiones para el ejército. No obstante, una vez declarado el armisticio en 1918, las minas de coprolito de Reino Unido volvieron a ser selladas y todo el producto se importaba de EEUU, donde los coprolitos se encontraban más cerca de la superficie y su extracción era mucho más sencilla y barata.
Imagen | Unsplash (David Valentine), Wikimedia Commons (United States Geological Survey, Diego Delso, National Portrait Gallery), Cambridgeshire Collections
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la salvadora de la energía mundial
Cuando el precio del combustible fósil aprieta, la respuesta no se hace esperar. La guerra de Irán provocó la rotura de la barrera de los 100 dólares por barril WTI. No era de extrañar teniendo en cuenta que el cierre del estrecho de Ormuz supuso la pérdida de 20 millones de barriles diarios de crudo y refinados, dejando al mercado con un déficit neto de unos ocho millones de barriles diarios. El mundo no se quedó de brazos cruzados viendo cómo subía el precio del combustible y la reacción fue inmediata: comprar paneles solares a niveles industriales.
Y, en ese escenario, hay un clarísimo ganador: China.
Embotellamiento. Cuando comenzó la guerra, algunos de los primeros objetivos tuvieron que ver con la energía. Por el estrecho de Ormuz se mueve más del 20% del petróleo que consume el mundo, siendo un elemento estratégico y, por tanto, vulnerable. Con el cierre de la refinería de Ras Tanura y con el colapso del propio estrecho, se provocó un embotellamiento bestial en el que cientos de embarcaciones se desplazaban a la velocidad de una bicicleta.
Según Bloomberg, había más de 800 embarcaciones atascadas, y una investigación de Al Jazeera apuntó que, en los primeros 40 días de conflicto, se esfumaron 206 millones de barriles del mercado. Con esa cantidad se llenarían 103 superpetroleros. La reacción de los gobiernos fue empezar a liberar millones de barriles de sus reservas de emergencia, así como a llamar a la ciudadanía para que gastara lo menos posible.


Los paneles chinos. Es ahí cuando los países han acelerado la transformación de su red eléctrica. Como leemos en Electrek, con datos de Ember, China exportó 68 GW de energía solar sólo en marzo. El gráfico elaborado por Ember habla por sí mismo, pero esa cantidad supone el doble del total de febrero y un 49% más que el récord anterior, establecido en agosto de 2025.
Se estima que la energía solar instalada en España es de unos 42 GW a finales de 2025, y siendo España una de las potencias en este sentido, habla mucho de hasta qué punto el mundo ha recurrido a la solar china cuando el cinturón de los combustibles fósiles apretaba.
Va por barrios. Los mayores clientes han sido los lógicos: aquellos más expuestos por las oscilaciones de los precios de los combustibles fósiles. Las importaciones de África aumentaron en un 176%, llegando a los 10 GW y siendo Nigeria, Kenia y Etiopía los mayores importadores. India importó 6,6 GW, Malasia 1,8 GW y, en total, otros países asiáticos sumaron 39 GW.
En Europa, Japón y Australia también se compraron paneles, pero el estudio apunta que la capacidad fue inferior debido al trabajo realizado previamente, y en Oriente Medio la cosa fue más complicada debido a las restricciones comerciales debido a la guerra.
Cambio de tendencia. Algo que señala el estudio es que, aunque se siguen comprando paneles enteros a China, parece haber un cambio de tornas porque están aumentando las importaciones de células solares que, posteriormente, se montan en el país de destino.
Por ejemplo, de esos 68 GW exportados, 32 GW pertenecen a paneles premontados y 36 GW a células y obleas. Uno va a la baja, el otro al alza. Y algo importante: también supone un alivio para una China cuyas empresas de paneles estaban muriendo de éxito.
No sólo los paneles. Y esa apuesta por la nueva energía no sólo se traduce en una mayor cantidad de energía solar exportada. Las baterías y los vehículos eléctricos también están en auge y se estima que, en conjunto, aumentó en un 70% interanual y en un 38% respecto a febrero.
El salvavidas español. Bajando los datos, la implantación mundial de energía solar está creciendo y se está viendo que no es sólo una forma de contaminar menos, sino también de amortiguar el golpe del aumento de precio de los combustibles fósiles que pueden sufrir turbulencias por una guerra, cuestiones geopolíticas o por accidentes.
También pone de manifiesto que el hecho de que gran parte del petróleo mundial pase por un único punto es algo que puede estrangular el mercado en caso de catástrofe, explicando por qué los países buscan esa transición a unas energías renovables que los hagan más autosuficientes.
Imágenes | Jenikir
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Tres décadas de innovación en baterías de litio y un desplome del 99% en el precio, en un esclarecedor gráfico
El mundo lleva años inmerso en dos transiciones esenciales para dejar atrás los combustibles fósiles: la energética y la de movilidad. Pero para que ambas sean posible es requisito indispensable que una tecnología siga mejorando y además baje de precio: la de las baterías, uno de los principales componentes de los coches eléctricos y la encargada de atesorar la energía sobrante en momentos de excedentes energéticos, por ejemplo en la energía eólica y solar. Y de hecho, así lo ha hecho: en los últimos 35 años el precio de las baterías de litio se ha desplomado un 99%.
En 1991 una batería de ion litio costaba 9.210 dólares por kWh (en dólares constantes de 2024). En 2023, ese mismo kilovatio-hora costaba 111 dólares: estamos hablando de una caída de casi el 99 % en prácticamente tres décadas.
Para hacerlo tangible, Hannah Ritchie y Pablo Rosado de Our World in Data ponen un ejemplo aplicado a las baterías de los coches: la batería de un coche eléctrico estándar actual con una autonomía de 350 a 400 kilómetros hoy cuesta unos 5.000 dólares. Hace una década el mismo componente habría costado más de 20.000 dólares. En 1991, casi 600.000 dólares. Hay un umbral estratégico que hemos superado recientemente: los 100 dólares/ hWh, considerado históricamente el punto de paridad económica con el vehículo de combustión interna, pero a finales de 2025 ya superamos la barrera llegando a 84 dólares/kWh.
Antes de nada, empecemos con las presentaciones: los gráficos son de Our World in Data, un proyecto del Global Change Data Lab vinculado a la Universidad de Oxford. Y la fuente primaria es una serie de datos actualizada por Rupert Way, construida sobre el trabajo original de Ziegler y Trancik y completada con datos de BloombergNEF y Avicenne Energy. Todos los datos están expresados en dólares constantes de 2024.
El precio de las baterías de litio ha caído un 99% en 35 años
El primer gráfico muestra la evolución del precio de las celdas de ión litio entre 1991 y 2024, en dólares constantes de 2024 por kWh sobre un eje logarítmico. La línea desciende de forma continua y pronunciada durante toda la serie de años sin que haya señales de estabilización hasta acabar en torno a los 50-60 dólares/kWh en 2024.
El segundo gráfico combina precio con producción acumulada global y usa doble escala logarítmica: parte de una capacidad instalada de 130 kWh en 1991 y llega a 3.510 GWh en 2023. Que la línea siga siendo recta durante más de tres décadas, en dos gráficos distintos y con datos de fuentes diferentes, confirma que la bajada de precios no es una casualidad ni una racha. Es un patrón matemático estable que permite proyectar hacia dónde irán los precios. Esta tendencia es más importante que la caída en sí misma.
Este segundo gráfico muestra que cada vez que la producción acumulada global de baterías de ion litio se duplicó, el precio cayó un 19%. Eso es la tasa de aprendizaje conocida como Ley de Wright. La curva de aprendizaje se mantiene estable durante más de treinta años, independientemente de crisis financieras, problemas de suministro y hasta una pandemia. Detrás de ese gráfico está ese enorme salto desde los 130 kWh instalados en 1991 a 3.510 GWh en 2023. Eso son 27 millones de veces más capacidad en tres décadas y cada duplicación a lo largo del camino conllevó una reducción del 19% en el precio. Con el ritmo actual de instalación, esas duplicaciones se producen cada vez en menos tiempo, lo que implica que la curva no va a frenarse por inercia.
Estos gráficos no describen el pasado: son la proyección del futuro. Una tasa de aprendizaje estable del 19% por duplicación de capacidad es una herramienta de planificación: sirve a la industria y sus actores para estimar con fiabilidad cuándo el almacenamiento alcanzará umbrales de coste que hagan viable la red eléctrica con alta penetración renovable. Según IRENA, el coste de la energía solar cayó un 90% entre 2010 y 2023 siguiendo la misma lógica.
Que el umbral haya caído por debajo de los 100 dólares/kWh ya tiene consecuencias: la Comisión Europea estima que la UE necesitará entre 200 y 600 GWh de almacenamiento para 2030 y precisamente esa trayectoria hace que a Europa le salgan las cuentas para su transición energética.
No obstante, no podemos perder de vista que los gráficos muestran el precio medio de la celda de los diferentes tipos de baterías de ion litio, que tienen perfiles muy distintos de coste, ciclos de vida o densidad energética. Eso no aparece en el gráfico. Tampoco que el coste de la batería no lo es todo, ya que trae costes asociados, como la instalación o la sustitución. Asimismo, tampoco toca los riesgos estructurales de la cadena de suministro: el litio, el cobalto o el níquel están geográficamente concentrados y son vulnerables a tensiones geopolíticas, como advierte la Agencia Internacional de la Energía. Y aunque cada vez sean más baratas, su peso y volumen siguen siendo un hándicap para algunos escenarios como la aviación o los camiones de gran tonelaje.
Portada | Our World in data
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Shakira arrasa en Río de Janeiro; su concierto congrega a 2 millones de asistentes
EFE.- Shakira arrasó este sábado en Río de Janeiro con el megaconcierto gratuito que ofreció en la playa de Copacabana, donde se catapultó como la primera latina en hacer historia en las míticas arenas de Río de Janeiro con el más multitudinario espectáculo de toda su carrera artística.
La colombiana reunió dos millones de fanáticos, según datos de la alcaldía de Río, que corearon con la diva a viva voz y durante más de dos horas un repertorio cargado de los éxitos que han disfrutado varias generaciones en los últimos treinta años.
Tras abrir con “La fuerte” el público se desbordó de alegría al escuchar un mix de “Estoy Aquí” —uno de sus primeros números uno en listas— y escuchar el saludo en perfecto portugués de su diva.
“Hola, Brasil”, dijo en voz alta y fuerte la colombiana, quien hizo varias intervenciones durante su presentación en un perfecto portugués y recordó que se “enamoró” de Brasil tras visitarlo por primera vez a sus 18 años.
El país suramericano fue el primero en abrirle las puertas cuando apenas comenzaba su carrera y recorrió los más diversos rincones de su geografía en pequeños y medianos escenarios para darse a conocer y convertirse en la reina del pop latino actual.
Siguieron clásicos como “Inevitable”, para pasar al reguetón con, “TQG”, la canción que hizo junto con la también colombiana Karol G, en una presentación en la que prevaleció la coreografía y el vestuario utilizado por la diva en su más reciente gira, “Las mujeres ya no lloran”, con la que conmemoró tres décadas de carrera.
Shakira dedicó el concierto a las mujeres, de quienes resaltó la fuerza y su resiliencia, y recordó que si solas pueden verse vulnerables, juntas “somos invencibles”.
“Pies descalzos”, “La tortura”, “Hips don’t lie” y “Ojos así”; y varias de las canciones de su último álbum, que le valió su cuarto Grammy, hicieron parte del repertorio de la artista.
“La bicicleta”, el tema compuesto a dúo con el también colombiano Carlos Vives, y otras canciones como “Chantaje”, “La tortura” y “Hips don’t lie”, en las que los ritmos colombianos fueron protagonistas, hicieron que la diva mostrara “el tumbao” propio de su país natal, lo que hizo enarbolar varias banderas de la nación cafetera en medio de la multitud.
Pero fue “Waka Waka” el tema que más alborotó los ánimos de los espectadores casi al final del concierto, por la energía contagiosa de su melodía y el despliegue de colores y coreografías en el escenario, que hicieron saltar y cantar al unísono a miles de asistentes.
Invitados de peso
Anitta, la primera invitada, apareció hacia la mitad del espectáculo para interpretar “Choka Choka” a dueto con la diva colombiana, el tema recientemente lanzado por las artistas, y con el que el público bailó sin parar.
Aunque era un secreto a voces, la presencia de la brasileña sólo se confirmó cuando apareció en el escenario con un traje tan brillante como el de Shakira.
Le siguieron los hermanos Caetano Veloso y María Betania, dos de las voces más representativas de la Música Popular Brasileña (MPB), con los que Shakira interpretó “O leaozinho”, un clásico del cantautor con el que trasladó al público a su infancia, y “O que é, o que é”, una canción de Gonzaguinha que exalta la vida y que la diva interpretó con la cantante bahiana.
La ronda terminó con Ivette Sangalo, una vieja conocida de la colombiana con la que cantó “Um pais tropical”, canción que ya habían interpretado juntas en 2011, en Rock in Río.
El público alcanzado por Shakira superó al de Madonna, que en 2024 reunió en esta misma playa a 1.5 millones de asistentes, y casi alcanza al de Lady Gaga, que el año pasado congregó en Copacabana a 2.1 millones de espectadores.
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