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va sobre algo mucho más importante

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En 1999, parecía haber en el ambiente un cierto interés platónico sobre el concepto de la realidad virtual/manipulada: ese año se estrenaron ‘Matrix‘, ‘eXistenZ‘ y ‘Nivel 13‘, y unos meses antes había hecho lo propio ‘Dark City‘, todas ellas unidas por tramas que giraban en torno a premisas muy similares.

Sólo una de esas cuatro películas logró el (re)conocimiento del gran público: ‘Matrix‘, el film de estética ciberpunk y rompedores efectos especiales protagonizado por Keanu Reeves y dirigido por las hermanas Wachowski.

Esa primera entrega de Matrix, originalmente concebida como una película en solitario, fue pronto premiada con dos secuelas (‘Matrix Reloaded’ y ‘Matrix Revolutions’, ambas en 2003) ciertamente irregulares, que permanecen muy lejos de la originalidad de la primera y que, para más inri, la mancillan con numerosos giros (cuando no meras enmiendas, o incluso incoherencias) argumentales.

Y ambos defectos se perciben aún con más fuerza con la que vendría a ser la cuarta película de la saga, la recopilación de cortos ‘Animatrix’, un experimento animado con estética manga carente de cohesión interna o de excesiva consistencia argumental con la trilogía de imagen real.

NO, Matrix no es una película sobre IA

Pero la atención de este artículo se centra en la condición de esta saga de puerta de entrada para toda una generación al concepto de ‘inteligencia artificial’. Y esto es ciertamente irónico, porque en el fondo ‘Matrix’ no trata de esta tecnología (ni de ninguna otra).

Antes de nada, hagamos una parada para traer a colación uno de los múltiples criterios de clasificación de las obras de ciencia ficción: la división entre la sci-fi ‘hard’ y ‘soft’:

  • Hard: Aquellas obras que conceden una especial relevancia a los detalles científico-técnicos de la narración.
  • Soft: Obras más especulativas, en las que la verosimilitud y consistencia de las descripciones tecnológicas pierden peso frente a las reflexiones de carácter filosófico.

Hay que dejar claro que ‘Matrix’ se adscribe claramente a esta última corriente: antes que reflexionar sobre el funcionamiento de la inteligencia artificial (nada vemos sobre redes neuronales, deep learning o unas tristes ‘leyes de la robótica‘) lo que preocupa a las Wachowski son los simbolismos religiosos.

Sí, religiosos, piénsalo: la primera película cuenta con un villano llamado Cifra -Cypher en inglés, que rima con Lucifer- que traiciona a Trinity -la Trinidad- y al mesías que ésta ama… muy disimulado tampoco está.

Matrix1
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A su vez, dichos simbolismos religiosos están al servicio de una ¿confusa? ¿sutil? reflexión filosófico-política sobre la relación entre elección y causalidad, y sobre la influencia de dicha relación con la dominación sociopolítica.

Finalmente, las malas lenguas añadirán también que, en una cuarta y más profunda capa de análisis, la reflexión sobre la dominación queda supeditada a su vez al lucimiento de los protagonistas en esas deslumbrantes escenas de acción con ‘bullet time’ a mansalva.

¿Cómo crearon Matrix las máquinas?

La historia de Matrix parte de una premisa muy similar a la de Terminator: una vez adquieren autoconciencia, las máquinas se rebelan contra su creador, nos declaran la guerra… y ganan. La diferencia radica en que, en el mundo de Matrix, la guerra no se solventa en un solo día, por lo que la ONU tiene la oportunidad de lanzar un ataque aparentemente brillante: dado que la mayor fuente de energía de las máquinas era el propio Sol, los humanos deciden tapar el cielo y sumir al planeta en la oscuridad.

El problema es que, a partir de ese momento, las máquinas dejan de buscar el exterminio de los humanos y pasan a recolectarnos como pilas: en adelante, nos criarán en cápsulas para aprovechar nuestro calor y energía eléctrica (no hay que irse al futuro para ver algo similar). Pero para mantenernos vivos el mayor tiempo posible, no pueden limitarse a tenernos en coma, deben mantener activas nuestras mentes de algún modo.

Matrix2
Matrix2

Y ahí es donde entra una IA que, años después, Neo conocerá bajo el nombre de El Arquitecto. Él crea la realidad simulada conocida como la Matriz (Matrix) y conecta a ella a todos los humanos, que en adelante nada sabrán del mundo exterior, ni de la guerra contra las máquinas. Siendo una máquina la diseñadora de esta nueva realidad, ésta es perfecta, una utopía inhumanamente perfecta… y, como el propio Arquitecto explica:

“Un éxito solo equiparable a su monumental… fallo. Su ineluctable fracaso se me antoja ahora como una consecuencia de la imperfección inherente a todos los humanos”.

La perfección logra que las mentes humanas se rebelen, y la realidad virtual misma se desmorona. Toca instalar Matrix 2.0 y reiniciar el servidor: el nuevo sistema apuesta por el camino contrario e inserta a los humanos en una realidad distópica de guerra y violencia. El resultado es idéntico. El Arquitecto, creado fundamentalmente para diseñar la red eléctrica perfecta, no es capaz de comprender cómo funcionan sus baterías.

“Entonces comprendí que la respuesta se me escapaba porque requería una mente […] no tan limitada por los parámetros de la perfección. Quien dio con la respuesta de un modo fortuito, fue otro programa intuitivo que yo había creado, en principio, para investigar ciertos aspectos de la psique humana”.

Dicho programa, convertido más tarde en aliado de la humanidad bajo el nombre de El Oráculo, descubre que la mente humana puede ser dominada mientras conserve, aunque sea inconscientemente, un resquicio de elección. La pastilla azul, que Neo tomará años más tarde (4 versiones de Matrix más tarde, en realidad) será la forma de echar un vistazo por ese resquicio y abandonar la realidad simulada.

Pero lo interesante de estos dos programas es que muestran el modo en que los programas se relacionan con los caóticos humanos: calculando todas sus posibles decisiones. O quizá, si la tecnología de las máquinas de ‘Matrix’ desciende de la de AlphaZero, sólo tengan que calcular las decisiones más probables en base a la experiencia previa.

Matrix4
Matrix4

Recordemos la escena de las múltiples pantallas con diferentes reacciones de Neo en la oficina del Arquitecto: no son mundos alternativos, sino opciones que se ofrecen al jugador humano y, cuando éste elige, la cámara se acerca a dicha pantalla y la acción sigue a partir de ahí.

El Oráculo es tan eficiente en esta tarea de calcular el curso más probable de las acciones humanas que, a ojos de los humanos, parece predecir el futuro. Pero ella avisa: “No podemos ver más allá de las elecciones que no entendemos”. Y, pese al siglo (o al milenio, según los cálculos) transcurridos desde el fin de la guerra entre humanos y máquinas, sigue habiendo algo en los primeros capaz de escapar al más complejo algoritmo.

Matrix, un sistema operativo confusamente explicado

Sí, podemos equiparar a la Matriz con un sistema operativo: para minimizar la probabilidad de que los humanos ‘elijan mal’, se recurre a parches (los cambios en el sistema que generan los sospechosos déja vu) y a antivirus (los temibles agentes). Pero, como descubrimos durante la segunda película, las reinstalaciones del sistema constituyen un hecho, a la larga, ineludible. Como un Windows cualquiera.

Las citadas incoherencias entre la película original y sus dos secuelas provocan que sea difícil hacerse a la idea de qué es exactamente Matrix. En la primera, el espectador llega a hacerse una idea más o menos clara: Matrix es una simulación, en la que se insertan tanto la mente de los humanos (algunos, con capacidad para desconectarse) como los softwares conocidos como ‘agentes’.

Matrix3
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Sin embargo, en las siguientes entregas todo se complica mucho más: Matrix cuenta con varios ‘niveles’ o compartimentos separados (el andén del Ferroviario, la oficina del Arquitecto, el pasillo de infinitas puertas usado por Seraph) y existe una enorme multitud de programas de todo tipo insertados en Matrix, muchos de ellos al margen de (o en abierta rebeldía hacia) las directrices de la supuesta autoridad central de ‘las máquinas’, a la que curiosamente, en el caso de que efectivamente exista, nunca se menciona por su nombre.

También evoluciona a lo largo de la saga la actitud de los programas hacia lo humano: si de los agentes de la primera entrega sólo nos queda claro cuánto odian el ‘hedor’ humano del ‘zoológico’ que es Matrix, más tarde encontramos a programas que persiguen deseos tan humanos como el sexual, o que se sienten ‘agradecidos’ por tener descendencia.

Sí, pequeños programas “sin un propósito concreto” nacidos de la coyunda digital de otras dos piezas de código. Bueno, el amor paterno-filial artificial nos puede sonar a marcianada, pero eso de crear programas nuevos a partir del código reutilizado de otros es algo con lo que actualmente ya contamos (DeepCoder, de Microsoft, es un ejemplo de ello).

Y es que los seres humanos no aprendemos

En ‘Matrix: Reloaded’ observamos una interesante escena sobre la relación humanos-máquinas entre los humanos liberados que viven en la última ciudad humana, la subterránea Sión (de nuevo, simbología religiosa). Conversando con Neo, uno de los líderes de la comunidad humana afirma:

La gente es así, a nadie le importa cómo funcionan las cosas mientras funcionen. Me gusta bajar aquí y recordar que esta ciudad sobrevive gracias a estas máquinas. Tienen el poder para dar la vida y para quitarla. […] Si quisiéramos, podríamos apagar estas máquinas. Tú lo has dicho. Eso es el dominio, ¿no crees? […] Pero si lo hiciéramos, ¿qué pasaría con nuestra electricidad, nuestra calefacción, nuestro aire?

Los humanos han perdido su mundo por culpa de las máquinas, pero por mucho que puedan odiarlas son incapaces de sobrevivir sin ellas. Es cierto que, al menos, la tecnología de Sión no parece ser inteligente, siendo fundamentalmente mecánica.

Así, los humanos no cruzan el límite señalado por el agente Smith en la primera película: “Al empezar a usarnos para pensar, [su civilización] se convirtió en nuestra civilización. Lo cual es, por supuesto, la esencia de todo esto”. Espera… ¿o sí lo hacen? Recordemos los programas de entrenamiento para los nuevos miembros de la Resistencia presentados en la primera película. ¿Qué es la Mujer del Vestido Rojo sino una IA?

Y sería debatible si aquello de “¡Ya sé kung fu!” no fue la inspiración de otro humano que cree poder usar las armas de la inteligencia artificial para vencerla: Elon Musk y su NeuraLink. Definitivamente, en un siglo (o milenio), tampoco los humanos han sido capaces de comprender a las máquinas.

En Xataka | El mito de la singularidad o por qué la inteligencia artificial no va a heredar la Tierra

En Xataka | Teorías cuánticas de la consciencia: la posibilidad de que la mente surja de un efecto cuántico

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el 30% de los trabajadores se sienten menos útiles

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Según el último estudio de Ionos, el 41% de las pymes en España ya usa alguna herramienta de IA en sus procesos diarios. Eso, sobre el papel debería implicar un incremento de la productividad en esas tareas. Sin embargo, la realidad es bastante más obstinada.

El informe anual ‘People at Work 2026‘ que elabora la consultora ADP Research señala que pese a ese incremento en el uso de las herramientas de IA para la automatización, los empleados sienten que rinden menos.

El espejismo de la productividad. El informe de ADP preguntó a 39.000 empleados de 36 países sobre cómo les afecta la IA en su día a día. El resultado muestra que entre quienes usan la IA a diario, el 30% dice sentirse muy comprometido con su trabajo. Pero ese mismo grupo también afirma sentirse menos productivo que antes.

Los usuarios habituales de IA tienen cuatro veces más probabilidades de sentir que rinden poco. El propio estudio admite que no hay forma sencilla de medir la productividad real de estas personas. En realidad, es posible que trabajen más como ya se ha demostrado en otros ámbitos como en los ingenieros de software, pero sienten que logran menos por sí mismas.

El miedo a perder el puesto sigue ahí. Según la misma encuesta, en España, el 15% de los trabajadores usa IA todos los días, y el 11% cree que esa herramienta acabará por sustituirle en su puesto. Solo el 14% de los participantes en nuestro país ve el avance con buenos ojos.

El temor no se reparte igual entre generaciones. Casi dos de cada diez jóvenes de 18 a 26 años usan la IA a diario. Entre los mayores de 55, el 33% jamás la ha probado. Un informe de Funcas calcula que, entre 2025 y 2035, la IA podría acabar con hasta 2,3 millones de empleos en España. Sobre todo, en tareas administrativas y de gestión de datos.

Lo que dicen los datos oficiales. El Banco Central Europeo lleva meses observando el fenómeno de cerca y, según su propio análisis, las empresas que más invierten en IA no son las que luego despiden más. De hecho, tienden a incrementar el número de contrataciones. Por ahora, la tecnología actúa como complemento del trabajo humano, no como su sustituto. Por mucho que algunas empresas la pongan como excusa.

Otro estudio, del Banco Europeo de Inversiones, calcula que la IA ha subido la productividad laboral europea un 4%. La subida viene sobre todo de la inversión en herramientas y formación, no de recortes de plantilla. No obstante, pese a estos indicios, los expertos apuntan a que todavía es pronto para ver el posible incremento de la IA en los datos de productividad por su baja implantación y atribuyen ese incremento al otro gran impacto en el mercado laboral de los últimos años: el teletrabajo.

Compromiso sí, rendimiento no siempre. Bárbara Gómez, directora de operaciones de ADP Iberia asegura en un comunicado de la compañía que ” la IA está transformando la forma de trabajar, pero su sola adopción no garantiza una mayor productividad. Los trabajadores deben mejorar sus habilidades y familiarizarse con las herramientas de IA, comprendiendo cómo se integran en sus flujos de trabajo”. La tecnología cambia y automatiza los procesos, pero no cambia resultados por sí sola.

Nela Richardson, economista jefe de ADP, va un poco más allá. “La IA cambia el modo de trabajar pero también el cómo se sienten las personas que están en las empresas”, explica en el informe. Su receta pasa por dejar de ver la IA como una amenaza y tratarla como “un compañero, un miembro más del equipo”.

Del dicho al hecho. España no es una excepción en el sentir improductivo de los empleados que usan IA. El patrón se repite en casi todos los países de la encuesta de ADP. Los usuarios habituales de IA muestran menos estrés, mejor relación con sus compañeros de equipo, pero casi ninguno afirma sentirse más eficiente en su trabajo.

Puede que la clave esté en la curva de aprendizaje de estas herramientas. Cambiar de herramienta cuesta tiempo, aunque a la larga compense y las empresas necesitan un plazo de implementación para mejorar sus procesos. Mientras tanto, millones de trabajadores siguen atrapados entre dos sensaciones: usar más tecnología que nunca y sentir que rinden menos que antes.

En Xataka | Bill Gates: “A medida que la IA asuma más trabajos, podrás jubilarte antes y trabajar semanas laborales más cortas”

Imagen | Unsplash (Flipsnack)

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En 2024, un eclipse hizo desaparecer 14 gigavatios de la red eléctrica de Texas. Es la mejor pista de lo que le espera a España

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El 8 de abril de 2024, a las 12:15 del mediodía, en Texas entraban en la red 13,8 gigavatios de sol. Cuarenta y cinco minutos después quedaban 800 megavatios: el Sol se había apagado. 

Es cierto que el gas cubrió el hueco, que las baterías ayudaron a superar el bache y que nadie se enteró de nada. Pero aquel eclipse y todo lo que aprendimos de él son la mejor información posible para entender lo que va a pasar con la red eléctrica de España este 12 de agosto.

¿Qué pasará? Eso es lo curioso. El 12 de agosto de 2026, cuando la sombra de la Luna cruce España de A Coruña a Mahón, no va a pasar nada. Absolutamente nada. 

Y no porque tengamos una red eléctrica modélica, ni porque (desde el apagón) hayamos hecho los deberes. No pasará nada porque serán las ocho y media de la tarde. 

Lo que pasó en Texas. Según los datos de ERCOT, el operador texano, la fotovoltaica pasó del 27,6% del mix eléctrico al 1,7% y, luego, de vuelta al 27% en apenas dos horas. El gas rellenó en torno al 80% del hueco y las baterías ayudaron al también (con, en torno, a 1,4 GW).

Lo que pasa es que durante el mediodía texano hay mucha luz solar. Entre las 20:28 y las 20:32, el Sol estará a apenas 12 grados sobre el horizonte en Galicia y solo 2 en Baleares: la energía solar disponible en la red ya será muy escasa. Es decir, el eclipse llegará a España cuando la fotovoltaica ya se estará apagando sola.

¿Entonces no pasará nada? Aunque no hay previsiones oficiales aún publicadas, los cálculos señalan que el eclipse añadirá una perturbación de segundo orden: la baja que puede provocar (de entre 4-5 GW) está en el orden que suele manejar la red las tardes de agosto. No debería causar muchos problemas este agosto. 

Y “este agosto” son las palabras clave. Porque si nos estamos preguntando por el impacto del eclipse en España, quizás estamos mirando el eclipse equivocado. 

El 2 de agosto de 2027, entre las 10:45 y las 11:20 de la mañana, veremos cómo la Luna tapará un mínimo del 70% del disco solar en todo el territorio nacional (un 85% en Madrid y cerca del 100% en Cádiz y Málaga). Eso sí será un test para la red eléctrica porque, el 65% del parque fotovoltaico de España está en Andalucía, Castilla-La Mancha y Extremadura y, a esas horas, estará en plena rampa de subida. 

¿Y estamos preparados? A decir verdad, no nos debería pillar por sorpresa. El Gobierno ya creó una comisión con trece ministerios para el trío de eclipses 2026-2028. Sin embargo, hoy por hoy, no tenemos un plan público para la red en 2027 y no estaría mal que alguien empezara a hablar de esto.

Imagen | Luis Olmos | Martijn Baudoin

En Xataka | Una oportunidad única de 1 minuto y 40 segundos: lo que los ciudadanos podremos aportar a la ciencia durante el eclipse

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qué es un “viejo” hoy en día

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En Corea del Sur diciembre de 2024 marcó algo más que el cambio de año. 2025 llegó acompañado de una noticia que, aunque esperada, no deja de ser relevante: tras décadas con una tasa de natalidad en números rojos, su sociedad se declaró oficialmente “súper envejecida”, una etiqueta que revela que la quinta parte de la población (20%) ha rebasado los 65 años. De hecho los últimos datos ya sitúan ese grupo demográfico en el 21%, lo que equivale a casi 11 millones de personas. 

Con semejante datos sobre la mesa, en Seúl cada vez suena con más fuerza una pregunta: ¿Qué es un anciano? ¿A qué edad se alcanza ese estatus?

“¿A qué edad se es ‘anciano’?” La pregunta quizás parece algo ingenua (incluso intrascendente), pero ese es el titular con el que en 2024 The Korea Times, uno de los periódicos más importantes en lengua inglesa publicados en Corea del Sur, encabezaba un amplio reportaje sobre la nueva realidad y los desafíos demográficos que afronta el país: “How old is ‘elderly?'”

¿A qué edad puede considerarse una persona “anciana”? ¿Qué implica ser “anciano”? Y sobre todo… en una nación que lleva años arrastrando un grave problema de natalidad, envejecida, en la que la esperanza de vida es cada vez mayor y dos de cada diez personas pasan ya de los 65 años… ¿Convendría redefinir los parámetros? ¿Le toca a Seúl replantearse qué es un “viejo”?

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¿Qué dicen los datos? Que la etiqueta de sociedad “súper envejecida” que Corea del Sur se ganó en 2024 oculta una realidad más poliédrica y desafiante. A cierre de 2025 el 21,21% de los habitantes del país tenían 65 o más años. Eso se traduce en 10,8 millones de personas de un total de 51,1 y (sobre todo) 580.000 más que un año antes. Lo preocupante es que todo indica que ese porcentaje seguirá creciendo y para 2050 más del 40% de la población será ya “mayor”.

Ese peso creciente de los sexagenarios, septuagenarios y octogenarios en el padrón se explica por varios factores. Sobre todo dos. El primero es la crisis demográfica que arrastra desde hace tiempo el país. Aunque sus últimos datos resultan esperanzadores, con dos años consecutivos con indicadores de natalidad positiva, es pronto aún para hablar de un cambio de tendencia sólido. Además 24 meses no solucionan las décadas que el país se ha pasado perdiendo bebés.

¿Y el segundo factor? Es el aumento de la esperanza de vida. Las tablas de Statista muestran que los bebés que nacen hoy en Corea del Sur vivirán de media entre 81 y 87 años, dependiendo de si son niños o niñas. En 1980 ninguno de esos indicadores llegaba a los 70 años y las proyecciones muestran que en 2100 ambos rebasarán los 90. Son solo eso, proyecciones, pero resultan elocuentes.

¿Por qué es un problema? Porque esas cifras reflejan mucho más que una simple curiosidad demográfica. Un país envejecido, con cada vez más ancianos retirados y menos jóvenes en edad de trabajar, deriva en una serie de desafíos a los que España no es ajena. Tampoco Seúl. Ese desequilibrio afecta directamente al sistema de pensiones básicas del que disfrutan los mayores de 65 años del país y abre un debate que va más allá de cómo mantener su arquitectura financiera.

“Hay jóvenes que ganan menos que los ancianos que reciben las pensiones básicas. Imponerles impuestos para financiar las pensiones de los mayores plantea inevitablemente problemas de equidad”, reconoce el profesor Kim Woo-chang a The Korea Times. “El sistema debe reformarse gradualmente para limitar los pagos a los mayores que viven por debajo del umbral de la pobreza”.

¿A qué se arriesga el país? Lee Joong-keun lo exponía con claridad en octubre de 2024, durante un acto celebrado en la Cámara de Comercio e de Corea, en Seúl: “El número de ciudadanos mayores es ahora de 10 millones, pero aumentará a 20 millones en 2050. Excluyendo a los 10 millones de menores, los dos millones restantes (en edad laboral) deberán mantener a los ancianos”.

La reflexión es interesante por su contenido, pero sobre todo por quién lo plantea. Lee Joong-keun es un octogenario y hablaba en calidad de presidente de la Asociación de personas Mayores de Corea, entidad que incluso ha puesto una propuesta sobre la mesa: elevar progresivamente de 65 a 75 años la edad a partir de la que se puede acceder a las prestaciones sociales de la tercera edad.

“Para mantener el número de ciudadanos mayores en alrededor de 12 millones, propongo al Gobierno la idea de aumentar la edad (legal de la vejez) en un año cada década”, abogó Jonng-keun. En el país han surgido otros debates similares, como elevar el umbral para la jubilación o revisar a partir de qué momento la población puede acceder gratis al metro, subiendo el mínimo de 65 a 70 años.

¿Es una idea nueva? No. La asociación de mayores no es la única que ha tocado el tema. Llega un repaso a la prensa coreana, o incluso internacional, para comprobar que en el país hay varios debates abiertos, todos conectados entre sí: ¿Toca redefinir la edad a partir de la cual una persona se considera “anciana” en una sociedad “súper envejecida”? ¿Se ha quedado desfasada la referencia de 65 años recogida en la ley de bienestar de 1981 y que sirve de referencia en el país?

Si es así… ¿Dónde situar la nueva edad? ¿En los 70 años, como plantean algunos? ¿Mejor en los 75? ¿Es ese el primer paso para ampliar la edad de jubilación? ¿Hay que reformar sí o sí el sistema de pensiones? ¿Debe seguir el resto del país el ejemplo de algunas organizaciones gubernamentales surcoreanas que han empezado a elevar selectivamente la edad de retiro a 65 años?

¿Son solo propuestas? Para nada. El Gobierno Metropolitano de Seúl ha anunciado que planea elevar la edad mínima para acceder al transporte público gratis, situándola en 70 años. Algo similar han hecho en Daegu, que desde 2024 ha ido incrementando de forma progresiva esa barrera, subiéndola un año cada 12 meses. Encuestas recientes de Gallup Korea muestran que el 59% de la gente cree que el criterio para considerar a una persona mayor debe subirse a 70 años. En 2015 estaba a favor el 46%, frente a un 47% que se pronunciaba en contra.

Hay sindicatos que han pedido al Gobierno que retrase la jubilación, amenazando incluso con huelgas, y el tema se ha abordado durante negociaciones salariales.

Pero… ¿Por qué? Por varias razones. Y no solo por el aumento del capítulo de gastos al que se enfrenta el Estado. El ‘colchón’ que ofrece a día de hoy Corea del Sur a sus mayores está muy lejos de ser el ideal. Y la mejor prueba es que su tasa de pobreza entre ancianos es una de las más altas si se observan las principales economías, algo que reflejan medios como Forbes o el instituto KDI.

Este último organismo estatal habla de hecho de una tasa del 34,8% si se tienen en cuenta los ingresos netos, muy por encima del 11,8% de Alemania, el 10,8% de Estados Unidos o el 9,8% de Reino Unido. Si se valora la renta neta disponible, Corea del Sur registra la mayor tasa de pobreza de toda la OCDE.

¿Hay más datos? Sí. The Chosun Daily aporta una de las claves que ha estado condicionando la economía de los ancianos: el umbral mínimo para retirarse está en 60 años, pero quienes se jubilan a esa edad afrontan un período de varios años hasta que perciben su pensión. Suelen empezar a los 63 para los nacidos entre 1961 y 1964, barrera que se eleva a los 65 para los nacidos a partir de 1969.

Eso sin contar con que el pago mensual medio para los mayores de 65 años era en 2022 de 650.000 wones, aproximadamente 490 dólares. El resultado es que un porcentaje significativo de las personas mayores del país siguen trabajando. En 2024 se calcula que la tasa de empleo entre las personas de 70 o más años era del 24,5% y Chosun precisa que en 2022 la tasa de participación en la fuerza laboral de los mayores de 65 años alcanzó el 37,3%, la mayor de los países de la OCDE.

Una versión anterior de este reportaje se publico en febrero de 2025

Imágenes | Terence Lim (Flickr), Simon Im (Flickr) y Statista

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