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En 2019 descubrimos unos hongos que metabolizan el oro. Ya hay quien quiere convertirlos en la clave de la minería espacial
La historia empieza hace más de cinco años en Boddington, al sur de la ciudad australiana de Perth. Allí, entre animales asesinos y minas de oro, un equipo de investigadores del CSIRO australiano descubrió algo verdaderamente raro: que ciertas cepas del hongo Fusarium oxysporum no solo podían extraer oro de sus alrededores e integrarlo en su estructura, sino que al hacerlo conseguían propagarse más rápido que el resto.
Parecía un curiosidad sin más, pero en los últimos años la situación ha empezado a cambiar.
Pero, un momento, ¿por qué es algo tan “raro”? Buena pregunta. Al fin y al cabo, sabemos de buena tinta que los hongos “desempeñan un papel esencial en la degradación y el reciclaje de todo tipo de material orgánico (como hojas o cortezas), pero también en el ciclo de ciertos metales como el aluminio, el hierro, el manganeso y el calcio”. ¿Por qué iba a ser distinto con el oro?
Porque, como explicaba Tsing Bohu, investigador a cargo del proyecto, “el oro es tan inactivo (químicamente hablando) que este tipo de interacciones es inusual y sorprendente, tenía que verlo para creerlo”. Y lo vio.
De hecho, lo publicó en Nature Communications. Era la primera evidencia sólida de que los hongos podían tener un papel relevante en el ciclo del oro en la corteza terrestre.
El “champiñón” de los huevos de oro. Rápidamente la industria minera puso los ojos sobre la investigación. Sobre todo allí mismo, en Australia. La isla continente es el tercer mayor productor de oro del mundo, pero el consenso entre los analistas era que sin nuevos yacimientos la producción iba a caer (y mucho) en poco tiempo. La consecuencia directa es que esto ha hecho rentables yacimientos marginales.
En un principio, la industria pensó que la investigación del CSIRO podía servir para localizar esos nuevos depósitos. Como explicábamos hace años, en Australia es relativamente común hacer prospecciones en bosques de la familia de los aucaliptos o cerca de zonas termiteras porque tienen una estrecha relación con el metal precioso. ¿Por qué no analizar la tierra en busca de esas cepas de Fusarium oxysporum?
Pero hay una posibilidad más. Como le explicaba Eduardo Bazo a Eugenio Fernández en una entrevista muy interesante, en los últimos años han aparecido empresas que trabajan en lo que podríamos llamar “minería metabólica“. Es decir, en usar organismos para extraer el oro.
“¿Y para qué quieren eso?”, os podríais preguntar. “¿No es más fácil identificar dónde está el oro y extraerlo con métodos industriales?”. Sí, aquí en la Tierra, sí. Pero estas empresas tienen la mirada puesta un poquito más allá: en la minería espacial.
Durante años hemos hablado de la existencia de enormes depósitos de minerales en el Sistema Solar y, durante casi los mismos, hemos fantaseado con poder explotarlas. El problema es que, más allá de las limitaciones tecnológicas actuales, a la peligrosidad de la minería normal, se le suma el hecho de que hablamos de procesar metal en el espacio.
¿Pero y si usamos ‘minería metabólica’? La idea de enviar cepas modificadas de estos hongos (o de otro tipo de microorganismos) que procesaran el mineral por nosotros, todo se volvería más sencillo. No sé si más viable, pero sí más sencillo.
Es mucho menos raro de lo que parece (este tipo de enfoques lo usamos para innumerables productos que usamos habitualmente), sin embargo llevarlo al mundo de la minería parece un poco más complejo por pura eficiencia. No obstante, eso es ‘ahora’. Porque ya hay experimentos en este sentido generando platinio en condiciones de microgravedad y el cobre ‘metabólico’ está moviendo muchísimo dinero.
Es más, mientras escribo (y mientras la era de los materiales baratos se acaba) varios grupos de investigación están cultivando todo tipo de microorganismos con la idea de poder cultivar oro más pronto que tarde. Lo están consiguiendo.
Imagen | Dominik Vanyi | Jaap Straydo
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un estudio demuestra por qué es una trampa
Una escena habitual de cualquier verano es ver cómo la gente llega a la playa, clava la sombrilla en la arena, extiende su toalla o pone su silla debajo de la sombra y respira aliviado porque piensa que así no se quemará. El problema llega cuando se llega a casa y, tras la ducha, se ve claramente cómo la piel está quemada.
El culpable. Esta situación, que es más común de la que pensamos, no es culpa del material del que esté hecha la sombrilla o incluso del factor de protección que le asignan a estos productos, sino que el problema está en la propia arena y al efecto rebote que tienen los rayos del Sol.
El experimento. Para entender qué ocurre aquí, nos tenemos que ir a un gran estudio publicado en 2017, donde los investigadores llevaron a 81 participantes con piel sensible al sol a una soleada playa de Texas. En este ambiente los dejaron 3 horas y media en pleno mediodía, pero con la diferencia de que un grupo de ellos solo utilizó una sombrilla de playa estándar como protección y otro grupo solo utilizó protector solar con un factor FPS 100 sin buscar la sombra.
Los resultados fueron demoledores, puesto que el 78% de los participantes que estaban bajo la sombrilla desarrollaron quemaduras solares, frente a un 25% en el grupo que usó la crema. Aunque si miramos el número total de lesiones, la diferencia es aún más abrumadora, ya que se registraron 142 incidencias de quemadura bajo la sombrilla, frente a solo 17 en el grupo del protector solar.
¿Cómo es posible? Para muchas personas no tiene ninguna lógica el hecho de quemarse la piel si están bajo una sombra de manera constante, pero la respuesta a esto está en el albedo, que es una métrica que define el porcentaje de radiación que refleja una superficie concreta. Y es que la luz ultravioleta no solo ‘cae’ del cielo en línea recta incidiendo sobre nosotros, sino que también rebota en el suelo e impacta desde cualquier dirección.
Por ejemplo, sabemos que la arena de la playa refleja entre el 15% y el 20% de la radiación UV que recibe, una cifra que es mucho mayor a la que refleja el asfalto, que se queda rondando el 2%. Aunque todas estas quedan en la ‘nada’ si lo comparamos con la nieve, que sin duda es casi como un espejo, puesto que refleja un espectacular 85% de los rayos ultravioleta.
Hay que combinarlo. Con todos estos datos no debemos caer en el pensamiento de que la sombrilla es completamente inútil, pero sí que debemos concienciarnos de la importancia de usar crema solar nada más salir de casa para evitar que esta radiación afecte a nuestra piel. Y lógicamente, también combinarlo con la sombrilla en la playa para lograr tener estos dos sistemas de protección.
No es solo la playa. Cada vez es más común ver por la calle a personas que están con su sombrilla paseando, pero aquí tampoco se está exento de sufrir alguna quemadura porque, como hemos visto, hasta el asfalto puede reflejar la radiación ultravioleta. Es por ello que la crema solar no es únicamente un elemento que se deba usar cuando vamos a la playa o la piscina, sino que en cualquier situación donde el índice UV esté elevado.
Imágenes | Engin Akyurt
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Anya Taylor-Joy es una estafadora con suerte en uno de los estrenos más intrigantes de esta semana, ya en streaming
Apple TV+ estrena hoy los dos primeros episodios de ‘Lucky‘, serie con unas cuantas estrellas en el reparto y que parte de una fórmula que la plataforma ya conoce bien: convertir una novela superventas en un éxito en streaming. En este caso adapta el libro homónimo de Marissa Stapley, publicado en 2021 y que se viralizó unos meses después, cuando fue elegido como recomendación del club de lectura de Reese Witherspoon. Desde ahí, el libro coronó las listas de ventas durante meses.
La trama, sin embargo, se aleja parcialmente del punto de partida original. En la novela, Lucky Armstrong es una estafadora que gana la lotería con un billete comprado al azar y no puede cobrarlo sin delatarse. La serie cambia el mecanismo: un atraco millonario sale mal, hace que su marido desaparezca y se ve perseguida tanto por el FBI como por un jefe de la mafia. Sin embargo, el resultado quiere conservar el espíritu del personaje original.
Al frente del reparto, Anya Taylor-Joy regresa a la televisión por primera vez desde la memorable ‘Gambito de dama’ de Netflix. La acompañan Annette Bening como su suegra y jefa criminal, y el siempre digno de celebración Timothy Olyphant. La mencionada Reese Witherspoon, después de descubrir la novela, sigue vinculada a la historia produciéndola (no es la primera vez que lo hace, suyos fueron éxitos como ‘Perdida’ y ‘Big Little lies’), y Taylor-Joy también hace funcioners de productora ejecutiva a través de su propia compañía, Ladykiller.
En esta ocasión, ‘Lucky’ parece seguir los pasos de ‘Presunto inocente’, que partía de un best seller de Scott Turow y también contaba con un reparto de campanillas encabezado por Jake Gyllenhaal. De nuevo nos encontramos aquí con estupendos actores, un gusto por el thriller intenso (aquí aderezado con explosivas secuencias de acción) y un acabado visual, como siempre en Apple TV+, que pone a la plataforma varios pasos por delante de sus competidoras. No se hablará demasiado de ‘Lucky’, pero sin duda se convertirá en una de las propuestas a seguir de este verano.
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Qué dice la ciencia sobre el “truco” de los dos ventiladores cruzados para enfriar la casa: funciona, pero con límites
Con las olas de calor golpeando los termómetros, la desesperación por enfriar la casa sin disparar la factura de la luz nos lleva a buscar cualquier atajo. Y pese a que los nuevos aires acondicionados han demostrado que cuentan con un coste diario bajo, la realidad es que muchas personas prefieren optar por el clásico ventilador y hay maneras de optimizar su funcionamiento.
Una idea. Algo que se ha ido popularizando en los últimos días es la posibilidad de usar dos ventiladores, teniendo cada uno en ventanas opuestas. Bajo esta premisa, la idea es que uno de ellos meta aire de la calle y el otro consiga sacarlo para lograr que la casa al final esté lo más fría posible dentro de sus posibilidades.
Tiene respaldo. Lo que se propone aquí es llevar al extremo un concepto que lleva mucho tiempo usándose en el mundo arquitectónico para conseguir que las viviendas, de manera pasiva, puedan aclimatarse. Y es que, según los estándares de diseño y manuales de entidades como el IDAE, una ventilación cruzada bien diseñada puede reducir la temperatura interior hasta 5 °C.
La técnica de los dos ventiladores entra en la categoría de ventilación híbrida o asistida. Como detallan plataformas especializadas en arquitectura como ArchDaily o el área técnica de Tinsa, no basta con abrir ventanas al azar. Para que haya flujo, debe existir una diferencia de presión.
La idea. Al colocar un ventilador apuntando hacia el interior en la fachada más fría, que normalmente es la norte o la que da a un patio en sombra, y otro apuntando hacia el exterior en la fachada opuesta, estamos forzando mecánicamente ese diferencial de presión. El objetivo aquí es que el aire fresco empuje la masa de aire caliente estancada, expulsándola por la ventana opuesta.
Aunque eso sí, para que este flujo se acelere y sea más eficiente, la abertura por la que sale el aire debería estar más abierta que por la que entra.
Está probado. Una tesis de la Universidad Piloto de Colombia quiso analizar la eficacia de este método de ventilación, y se vio que este sistema mostró una reducción importante de la carga térmica en un clima cálido-húmedo. Aunque aquí es importante destacar que el aislamiento térmico de la vivienda o el edificio cobra mucha importancia, como es lógico, para mantener una temperatura adecuada.
Tiene letra pequeña. Lógicamente, estos dos ventiladores no pueden obrar milagros, y si la temperatura exterior supera los 30 grados y especialmente si la humedad relativa es alta, la ventilación cruzada pierde toda su eficacia. Lejos de refrescar, aquí se estaría energía térmica en la vivienda y forzar la entrada de aire a 35 °C con un ventilador es el equivalente a encender un secador de pelo gigante.
La mejor hora. Aquí las recomendaciones oficiales apuntan que la ventilación cruzada, forzada o natural es una estrategia que se debe dejar para la primera hora de la mañana o para la noche cuando la temperatura es considerablemente menor.
Para que el “truco de los dos ventiladores” funcione y alcance esa bajada prometida de 5 °C en la estructura de la vivienda, debes aplicarlo solo cuando la temperatura exterior caiga por debajo de la interior. A esto se le llama “ventilación selectiva” puesto que durante esas horas, la técnica mecánica de los dos ventiladores barrerá el calor acumulado en las paredes y techos durante el día.
Imágenes | Delaney Van
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