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En 1919 los alemanes decidieron hundir toda su flota en el Mar del Norte. El acero de esos barcos terminó en el espacio

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A las 11:20 de la mañana del 21 de junio de 1919, el barco del Almirante von Reuter comenzó a hacer señas al resto de barcos alemanes que había en la bahía de Scapa Flow, en Inglaterra. Se abrieron los grifos y las tomas de agua, se destrozaron las tuberías, se desmontaron los ojos de buey: nadie notó nada. Hasta que hacia mediodía, el Friederich Der Grosse empezó a escorarse a estribor. 

Ya era tarde, la bandera alemana ondeaba en los 74 mástiles.

Scapa Flow. La imagen narra la historia de Scapa Flow, el hundimiento de la flota alemana inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial. Mientras los Aliados negociaban con Alemania los términos del Armisticio, la flota se mantenía cautiva y estacionada frente a las costas británicas. Von Reuter temía que los Aliados se repartieran los barcos, por lo que decidió hundirla al completo, al precio que fuese.

Los barcos de la marina británica que estaban de maniobras llegaron a las 14:30 y solo pudieron salvar un barco. El último en hundirse fue el crucero de batalla Hindenburg. Nueve alemanes murieron, 16 resultaron heridos, 1774 fueron detenidos. 52 barcos se hundieron el 21 de junio en Scapa Flow. Pero ya no están ahí: están en la Luna, Júpiter y más allá de la órbita de Plutón.

El acero es acero. Un tipo duro, de malas pulgas y pocas palabras. Pero en 1945 (o un poco antes), todo cambió. Al principio no nos dimos cuenta, pero rápidamente descubrimos que aunque todos los aceros son iguales, hay algunos aceros más iguales que otros. No me voy por las ramas: lo que ocurrió en el 45 fue la bomba atómica, el aparato del Demonio que nos hizo cambiar de era geológica.

El problema. Desde que las primeras bombas atómicas explotaron en la superficie de la Tierra, el aire contiene trazas de elementos radiactivos. Están ahí, disueltos en él, pero la cantidad es tan pequeña que resultan inocuos. A menos que por alguna extraña razón tengas que insuflar enormes cantidades de aire en el proceso de fabricación de algún material.

No nos sirve casi nada. Es decir, todo el acero fabricado después de la explosión de la primera bomba atómica es radioactivo. Muy poco, casi nada. Pero lo suficiente para que algunos instrumentos médicos, físicos o astronómicos no funcionen correctamente. Por ejemplo, los sistemas de monitorización de radioactividad que usan las naves espaciales.

Lo cuenta David Bodanis en “E = mc². Biografía de la más famosa ecuación del mundo“, un libro que, aunque se ha quedado algo desactualizado, sigue siendo una delicia. Es posible que hayáis escuchado la historia, pero es una buena historia.

Acero = caro. En el libro, Bodanis explica que, ante este problema, el acero no contaminado se volvió carísimo. Sobre todo, porque antes del 45 no hacíamos acero en cantidades tan industriales como ahora. Imagino a decenas de ingenieros de la NASA rebuscando en la cubertería de su familia para poder enviar máquinas fiables al espacio. Hasta que alguien se acordó de los barcos del káiser Guillermo.

La peculiaridad de Scapa Flow. Barcos hundidos hay en muchos lugares, pero no hay muchas ensenadas poco profundas con 52 barcos hundidos en sus aguas. No estaban todos, pero bastaban algunos pocos para que pudiéramos fabricar los equipos que la misión Apolo dejó en la superficie lunar, los que la sonda Galileo llevó a Júpiter y los que la sonda Pioneer está llevando aún más allá. El mal, la mar.

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Hilary Duff anuncia su regreso a la CDMX tras 18 años con su tour “The Lucky Me”

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Escrito en ENTRETENIMIENTO el

La cantante y actriz estadounidense Hilary Duff volverá a la Ciudad de México con su tour mundial “The Lucky Me Tour” en el Palacio de los Deportes con una fecha para el próximo año. 

Hilary Duff regresó a la música con el sencillo “Rommates” hace tres semanas y actualmente cuenta con dos millones de vistas.

Según la promotora de conciertos Ocesa, la protagonista de la serie juvenil de 2001, “Lizzie Mcguire”, traerá su nueva etapa musical a sus fanáticos mexicanos tras 18 años de haberse presentado por primera vez con su gira “Still Most Wanted Tour” en 2006, según medios especializados. 

Las compra de las entradas del concierto de Duff se podrá realizar a partir del 18 de febrero con una preventa, mientras que la venta general estará disponible a partir del 19 de febrero. El póster no detalla los horarios.

Hasta el momento, la intérprete de “So Yesterday” ofrecerá una única fecha en la CDMX para el 12 de febrero de 2027. 

¿Quién es Hilary Duff? 

La compositora y madre de 38 años de edad comenzó su carrera como actriz infantil en 1998 con la cinta “Casper y la brujita”, pero saltó a la fama internacional de la mano de Disney en 2001 luego de protagonizar la serie llamada “Lizzie Mcguire” que narraba la historia de su adolescencia junto con una versión de ella misma pero animada. 

Posterior a ello también participó en 2004 en la película “La nueva cenicienta”. Tras concluir su paso por las cintas infantiles, siguió su carrera como actriz en series como “Gossip Girl” y “Dos Hombres y Medio”. 

En ese sentido, también le siguen títulos como “La Cadete Kelly”, “El hombre perfecto”, entre otros. 

¿Con quién está casada Hilary Duff?

El primer matrimonio de Hilary Duff fue con el exjugador de Hockey canadiense, Mike Comrie, su relación culminó con un divorcio en 2016. 

Actualmente, la cantante se encuentra casada con el músico Matthew Coma desde 2019 y ha formado una familia con él. 

 

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el plan de EEUU para resucitar su industria

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En el complejo tablero de la tecnología global, el poder no solo se mide en líneas de código, sino en la capacidad de dominar elementos químicos que, hasta hace poco, pasaban desapercibidos. Ahí es donde entra el galio, un metal plateado y maleable que, como explican en el Wall Street Journal, tiene la propiedad casi mágica de licuarse con el simple calor de la palma de la mano. Sin embargo, tras esa curiosidad física se esconde el sistema nervioso de la defensa moderna: a diferencia del silicio, el galio soporta voltajes extremos y resiste el calor sin pestañear, lo que lo convierte en el material irreemplazable para los radares militares, los satélites y los sistemas de guía de misiles.

Durante décadas, el mundo dependió de un solo proveedor. Hoy, en un giro de guion digno de la Guerra Fría, Estados Unidos y sus aliados han decidido que la era de la complacencia ha terminado. El plan es tan ambicioso como insólito: extraer el tesoro tecnológico de los desechos industriales, del llamado “barro rojo”.

El mercado como arma de guerra. La crisis actual no es un accidente de la cadena de suministro, sino una estrategia de Estado. Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés), China aplicó durante años una táctica de manual: inundar el mercado con precios artificialmente bajos para asfixiar cualquier intento de minería en Occidente. Una vez que logró el monopolio —controlando el 99% del galio refinado en 2025—, Pekín empezó a cerrar el grifo.

En el reportaje de Wall Street Journal recuerdan que en 2023 China impuso controles de exportación y, poco después, un veto total a los envíos hacia Estados Unidos. Aunque la prohibición se levantó temporalmente, el daño ya estaba hecho: el precio del galio fuera de China se triplicó, alcanzando un récord histórico de 1.572 dólares por kilo el pasado mes de enero, según informa AlCircle. Para el Pentágono, que en sus documentos oficiales ha recuperado el término histórico de “Departamento de Guerra”, esto ya no es una cuestión comercial, sino de supervivencia nacional.

El triángulo del galio. Para romper este cerco, Washington ha dejado de mirar a las minas convencionales para poner el foco en las chimeneas de las refinerías. La estrategia se despliega en un triángulo industrial que arranca en Australia. Allí, en la refinería de Wagerup, el gigante Alcoa se ha aliado con Japón y EEUU para filtrar el galio directamente del procesamiento de bauxita. El objetivo, detallado por el Wall Street Journal, es capturar el 10% de la demanda global sin abrir una sola mina nueva. 

El esfuerzo cruza el Pacífico hasta las orillas del Misisipi, en Luisiana. La planta de Gramercy ha recibido una inyección de 150 millones de dólares del Pentágono para procesar sus montañas de “barro rojo”, un desecho de la producción de aluminio que ahora vale su peso en oro. El Financial Times subraya la ambición del proyecto: esta sola planta aspira a cubrir la demanda total de galio estadounidense. El triángulo se cierra en Tennessee, donde la surcoreana Korea Zinc lidera una inversión milmillonaria para rescatar el metal estratégico de los residuos del refinado de zinc.

¿Un mercado blindado contra Pekín? A pesar de la lluvia de millones, el camino está lleno de trampas económicas. El profesor Ian Lange, de la Escuela de Minas de Colorado, advierte en el Wall Street Journal que el mercado del galio es “peligrosamente pequeño”. Si Occidente aumenta la producción demasiado rápido, los precios podrían colapsar, haciendo que las nuevas plantas no sean rentables antes ni siquiera de empezar.

Para evitar este escenario, la Casa Blanca ha desplegado una red de seguridad financiera. Se trata del Project Vault, una reserva estratégica de 12.000 millones de dólares, diseñada para garantizar la compra de estos minerales y proteger a gigantes como General Motors o Google de la volatilidad. Esta medida se alinea con la propuesta del CSIS de crear un “mercado ancla”, un mecanismo donde los aliados del G7 establezcan cuotas obligatorias de compra, blindando la producción occidental frente al dumping chino.

El futuro se escribe átomo a átomo. Ya no basta con diseñar el mejor software; ahora es imperativo poseer la materia que lo hace funcionar. Entre el “barro rojo” de Luisiana y las refinerías de Australia, Occidente intenta demostrar que puede recuperar su soberanía tecnológica. Mientras Pekín mantenga su capacidad de hundir precios a voluntad, estos proyectos dependerán del soporte vital del Estado. La gran batalla por el galio es, en última instancia, un pulso de resistencia para ver quién sostiene el suministro de los chips que moverán el mundo del mañana.

Imagen | AndrewDaGamer y Freepik

Xataka | El oro de la discordia: por qué 14 municipios de Guadalajara se han rebelado contra el plan de “soberanía mineral” de Europa

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Durante décadas, el mundo dependió de un solo proveedor. Hoy, en un giro de guion digno de la Guerra Fría, Estados Unidos y sus aliados han decidido que la era de la complacencia ha terminado. El plan es tan ambicioso como insólito: extraer el tesoro tecnológico de los desechos industriales, del llamado “barro rojo”.

El mercado como arma de guerra. La crisis actual no es un accidente de la cadena de suministro, sino una estrategia de Estado. Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés), China aplicó durante años una táctica de manual: inundar el mercado con precios artificialmente bajos para asfixiar cualquier intento de minería en Occidente. Una vez que logró el monopolio —controlando el 99% del galio refinado en 2025—, Pekín empezó a cerrar el grifo.

En el reportaje de Wall Street Journal recuerdan que en 2023 China impuso controles de exportación y, poco después, un veto total a los envíos hacia Estados Unidos. Aunque la prohibición se levantó temporalmente, el daño ya estaba hecho: el precio del galio fuera de China se triplicó, alcanzando un récord histórico de 1.572 dólares por kilo el pasado mes de enero, según informa AlCircle. Para el Pentágono, que en sus documentos oficiales ha recuperado el término histórico de “Departamento de Guerra”, esto ya no es una cuestión comercial, sino de supervivencia nacional.

El triángulo del galio. Para romper este cerco, Washington ha dejado de mirar a las minas convencionales para poner el foco en las chimeneas de las refinerías. La estrategia se despliega en un triángulo industrial que arranca en Australia. Allí, en la refinería de Wagerup, el gigante Alcoa se ha aliado con Japón y EEUU para filtrar el galio directamente del procesamiento de bauxita. El objetivo, detallado por el Wall Street Journal, es capturar el 10% de la demanda global sin abrir una sola mina nueva. 

El esfuerzo cruza el Pacífico hasta las orillas del Misisipi, en Luisiana. La planta de Gramercy ha recibido una inyección de 150 millones de dólares del Pentágono para procesar sus montañas de “barro rojo”, un desecho de la producción de aluminio que ahora vale su peso en oro. El Financial Times subraya la ambición del proyecto: esta sola planta aspira a cubrir la demanda total de galio estadounidense. El triángulo se cierra en Tennessee, donde la surcoreana Korea Zinc lidera una inversión milmillonaria para rescatar el metal estratégico de los residuos del refinado de zinc.

¿Un mercado blindado contra Pekín? A pesar de la lluvia de millones, el camino está lleno de trampas económicas. El profesor Ian Lange, de la Escuela de Minas de Colorado, advierte en el Wall Street Journal que el mercado del galio es “peligrosamente pequeño”. Si Occidente aumenta la producción demasiado rápido, los precios podrían colapsar, haciendo que las nuevas plantas no sean rentables antes ni siquiera de empezar.

Para evitar este escenario, la Casa Blanca ha desplegado una red de seguridad financiera. Se trata del Project Vault, una reserva estratégica de 12.000 millones de dólares, diseñada para garantizar la compra de estos minerales y proteger a gigantes como General Motors o Google de la volatilidad. Esta medida se alinea con la propuesta del CSIS de crear un “mercado ancla”, un mecanismo donde los aliados del G7 establezcan cuotas obligatorias de compra, blindando la producción occidental frente al dumping chino.

El futuro se escribe átomo a átomo. Ya no basta con diseñar el mejor software; ahora es imperativo poseer la materia que lo hace funcionar. Entre el “barro rojo” de Luisiana y las refinerías de Australia, Occidente intenta demostrar que puede recuperar su soberanía tecnológica. Mientras Pekín mantenga su capacidad de hundir precios a voluntad, estos proyectos dependerán del soporte vital del Estado. La gran batalla por el galio es, en última instancia, un pulso de resistencia para ver quién sostiene el suministro de los chips que moverán el mundo del mañana.

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