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el tercer español en la historia en conseguirlo
Si parpadeas, te lo pierdes. Jesús Calleja se convertirá esta tarde en el tercer español en atravesar la línea de Kármán, la frontera del espacio. El vuelo suborbital a bordo de la cápsula de Blue Origin durará apenas 10 minutos, pero no deja de ser emocionante que cada vez más personas de diferente origen y profesión puedan sentarse en la punta de un cohete para ser lanzados a ver el planeta Tierra desde una perspectiva única.
Fecha y hora. La misión NS-30 del cohete New Shepard, que cuenta con el presentador de televisión Jesús Calleja entre otros cinco tripulantes de pago, despegará desde el sitio de lanzamiento de Blue Origin, al oeste de Texas, este martes, 25 de febrero, a las 9:30 de la mañana, hora local.
- Madrid, España (UTC+1): 16:30
- Ciudad de México, México (UTC-6): 9:30
- Buenos Aires, Argentina (UTC-3): 12:30
- Bogotá, Colombia (UTC-5): 10:30
- Lima, Perú (UTC-5): 10:30
Dónde verlo en directo. Como es habitual, Blue Origin hará una retransmisión narrada del lanzamiento desde su web, su canal de YouTube y su perfil oficial de X. La emisión comenzará 35 minutos antes del despegue; a las 15:55 en España, a menos que ocurra algún retraso.
Telecinco lo emitirá también en directo con una cobertura especial a partir de las 15:45 que contará con Raúl Torres, CEO de la empresa española de cohetes PLD Space, como uno de los comentaristas invitados.
Las fases del vuelo. Media hora antes del despegue, con el cohete New Shepard ya en vertical, Calleja se subirá a la cápsula espacial por las escaleras de la torre de lanzamiento. Volarán junto a él el inversor y ex CEO tecnológico Lane Bess, la empresaria de medios de comunicación Elaine Hyde, el endocrinólogo reproductivo y fundador de IVIRMA Richard Scott, el físico e investigador de Wall Street Tushar Shah, y un sexto tripulante anónimo.
En T-0, el cohete New Shepard encenderá su motor BE-3PM de hidrógeno y oxígeno líquido y se elevará durante dos minutos y medio hasta separarse de la cápsula. Mientras el propulsor vuelve para aterrizar, la cápsula hace un vuelo parabólico por encima de los 100 km de altitud en el que los tripulantes experimentarán la sensación de ingravidez y vistas privilegiadas de la Tierra.
Al cabo de unos tres minutos, la cápsula vuelve del espacio y abre sus tres paracaídas para aterrizar, 10 minutos después del despegue, en una zona cercana al sitio de lanzamiento. Si ves una polvareda justo en el momento del aterrizaje, no te preocupes: son los retrocohetes que amortiguan el impacto.
La semana que viene en el documental. Esta aventura de Calleja forma parte de un nuevo documental llamado ‘Calleja en el espacio’, producido por Mediaset, que ya ha estrenado dos episodios en Amazon Prime Video y Cuatro a la espera del lanzamiento espacial. La semana que viene se emitirá lo que rueden hoy.
Imagen | Blue Origin
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la gran paradoja española de riesgo forestal
Parece una contradicción, pero así es como funcionan las paradojas. Y esta en concreto es tan problemática para España que en nueve de cada diez configuraciones el resultado siempre es el mismo: pase lo que pase es malo para los incendios.
¿Pero por qué? Quiero decir, ¿cómo es posible que llueva o no llueva este país siempre tenga un problema con las llamas?
El mundo a dos escalas. Si no llueve, si arrastramos semanas o meses de sequía, la humedad del material acumulado en el monte (la hierba, el matorral, la hojarasca) baja. Además, sube la temperatura del suelo y la vegetación viva empieza a estresarse. Solo falta una chispa y boom, tenemos un foco de incendio muy difícil de atajar.
Es decir, la sequía empeora el riesgo hoy. La lluvia la empeora, pero lo hace mañana.
Porque si llueve, la vegetación crece (especialmente lo que llamamos combustible fino) y aumenta la continuidad del matorral. Es biomasa, biomasa y más biomasa. Si llueve no hay riesgo, si no llueve: es material que más pronto que tarde se convertirá en pasto de las llamas.
El infierno del verano de 2025, empezó en primavera… A veces no se incide mucho en esto: las primaveras húmedas son una maravilla, pero en nuestro caso es también un peligro en potencia. No solo por lo que explicaba más arriba, sino porque (además) nadie lo gestiona.
Y eso significa que, si la tendencia sigue en el sentido en el que va, tenemos que empeza a ver los inviernos lluviosos como algo más que una forma de salvar la temporada. Hay que empezar a verlos como un recordatorio claro de que hay que invertir en prevención, planificar dispositivos, cortafuegos, gestión de combustible y todo tipo de explotaciones extensivas que ayuden a contener el problema.
Porque el cambio climático no es solo “más calor”. Hace unos días, la misma AEMET reflexionaba sobre cómo están cambiando los récords de precipitaciones. Los cambios en el paisaje y el abandono rural son una fuente permanente de problemas y el llamado “efecto látigo” no hace más que aumentarlos: fases de crecimiento y fases de secado que no dejan de ir y venir.
Así que sí, la gran paradoja española con las lluvias y los incendios es esta: pase lo que pase, en los próximos años, siempre vamos a tener problemas con los incendios.
Imagen | Karsten Winegeart
En Xataka | En China están desplegando bomberos de metal. Quizá sean más útiles que los robocamareros
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Irán ha resucitado un Frankenstein ruso para lo que se viene
Los astilleros rusos han convertido desde hace décadas sus submarinos diésel-eléctricos en uno de los productos estrella de su industria militar: decenas de unidades del Proyecto 877 y 636 (conocidos en Occidente como clase Kilo) fueron exportadas a países como India, China, Argelia, Vietnam o Irán, ofreciendo una combinación de coste relativamente contenido, mantenimiento asumible y capacidades de guerra litoral que permitieron a marinas sin gran tradición submarina dar un salto estratégico sin desarrollar tecnología propia.
Irán ha resucitado y modernizado a uno de ellos.
La sombra bajo el Estrecho. Mientras Washington acercaba sus grupos de portaaviones al Golfo y el USS Abraham Lincoln primero, y después el USS Gerald R. Ford, entraban en aguas sensibles, los satélites captaban una imagen inquietante en la Base 1 iraní: uno de los viejos submarinos clase Kilo, adquiridos a Rusia en los años noventa por unos 600 millones de dólares cada uno, volvía a su atracadero tras meses en dique seco.
En medio de la presión estadounidense por un nuevo acuerdo nuclear y las advertencias iraníes de guerra total, Teherán parecía haber resucitado un Frankenstein ruso para la guerra submarina, devolviendo a escena una plataforma que durante años arrastró problemas de mantenimiento y disponibilidad, pero que sigue siendo su activo más potente bajo el agua.
El mito del “agujero negro” ruso. Los Kilo, diseñados en la Guerra Fría como Proyecto 877 y evolucionados en variantes posteriores, se ganaron el apodo de “black hole” por su baja señal acústica cuando navegan con baterías, una reputación que algunos expertos consideran exagerada frente a los submarinos occidentales modernos con propulsión independiente del aire.
Sin embargo, su combinación de sigilo relativo, torpedos pesados, capacidad para minar rutas marítimas y recubrimientos anecoicos los convirtió en uno de los productos estrella de exportación naval soviética y rusa, vendidos a China, India o Irán, países que buscaban una fuerza submarina eficaz sin desarrollar una industria propia. Hoy muchas de esas marinas los retiran por obsolescencia, pero en el Golfo Pérsico siguen siendo piezas con valor estratégico.


Un arma pensada para negar. Lo normal es que Irán no aspire a derrotar en campo abierto a la Marina de Estados Unidos, sino más bien a encarecer y complicar su presencia en el Estrecho de Ormuz mediante una estrategia de negación de área apoyada en un conjunto de minas, misiles costeros, lanchas rápidas y submarinos.
En ese escenario, un Kilo operando en baterías puede convertirse en una amenaza seria para buques escolta o logísticos que transitan por corredores marítimos de apenas tres kilómetros de ancho, incluso si un superportaaviones cuenta con defensas en capas y cobertura antisubmarina con helicópteros MH-60R y aviones P-8A. La clave en este caso no es tanto hundir un portaaviones, sino sembrar suficiente incertidumbre como para elevar el coste político y militar de cualquier ataque.
La flota enana que completa el cuadro. Qué duda cabe, la modernización del Kilo no se entiende sin la otra mitad del dispositivo iraní: los más de veinte mini submarinos clase Ghadir, al menos once visibles recientemente en la misma base, diseñados para aguas someras y tráfico intenso.
Con apenas 117-125 toneladas sumergidos y propulsión diésel-eléctrica, estas unidades están optimizadas para emboscadas en entornos litorales donde el ruido civil, la salinidad y las corrientes degradan el rendimiento del sonar, lo que las hace difíciles de detectar, aunque limitadas en autonomía y potencia de fuego. Frente a la superioridad tecnológica estadounidense, Irán acumula cantidad, dispersión y conocimiento del terreno.
Geografía, desgaste y cálculo. Cuentan expertos como Jack Bubby que hay que tener en cuenta otra ecuación. Las condiciones del Golfo, un escenario con poca profundidad, alta salinidad y corrientes complejas, han castigado históricamente a los Kilo iraníes y reducido su disponibilidad, obligando a largos periodos de mantenimiento y reacondicionamiento.
Pero precisamente ese entorno restringido favorece a plataformas pequeñas y discretas, y convierte cualquier concentración de fuerzas navales en un ejercicio de riesgo calculado. Así, mientras Estados Unidos refuerza su presencia para sostener la presión diplomática y militar, Teherán recompone su fuerza submarina combinando reliquias soviéticas actualizadas y flotillas costeras modernas, apostando a que, en un conflicto, la sombra bajo el agua pese tanto como el acero visible en la superficie.
Imagen | rhk111, X, Vitaliy Ankov
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Irán ha resucitado un Frankenstein ruso para lo que se viene
Los astilleros rusos han convertido desde hace décadas sus submarinos diésel-eléctricos en uno de los productos estrella de su industria militar: decenas de unidades del Proyecto 877 y 636 (conocidos en Occidente como clase Kilo) fueron exportadas a países como India, China, Argelia, Vietnam o Irán, ofreciendo una combinación de coste relativamente contenido, mantenimiento asumible y capacidades de guerra litoral que permitieron a marinas sin gran tradición submarina dar un salto estratégico sin desarrollar tecnología propia.
Irán ha resucitado y modernizado a uno de ellos.
La sombra bajo el Estrecho. Mientras Washington acercaba sus grupos de portaaviones al Golfo y el USS Abraham Lincoln primero, y después el USS Gerald R. Ford, entraban en aguas sensibles, los satélites captaban una imagen inquietante en la Base 1 iraní: uno de los viejos submarinos clase Kilo, adquiridos a Rusia en los años noventa por unos 600 millones de dólares cada uno, volvía a su atracadero tras meses en dique seco.
En medio de la presión estadounidense por un nuevo acuerdo nuclear y las advertencias iraníes de guerra total, Teherán parecía haber resucitado un Frankenstein ruso para la guerra submarina, devolviendo a escena una plataforma que durante años arrastró problemas de mantenimiento y disponibilidad, pero que sigue siendo su activo más potente bajo el agua.
El mito del “agujero negro” ruso. Los Kilo, diseñados en la Guerra Fría como Proyecto 877 y evolucionados en variantes posteriores, se ganaron el apodo de “black hole” por su baja señal acústica cuando navegan con baterías, una reputación que algunos expertos consideran exagerada frente a los submarinos occidentales modernos con propulsión independiente del aire.
Sin embargo, su combinación de sigilo relativo, torpedos pesados, capacidad para minar rutas marítimas y recubrimientos anecoicos los convirtió en uno de los productos estrella de exportación naval soviética y rusa, vendidos a China, India o Irán, países que buscaban una fuerza submarina eficaz sin desarrollar una industria propia. Hoy muchas de esas marinas los retiran por obsolescencia, pero en el Golfo Pérsico siguen siendo piezas con valor estratégico.


Un arma pensada para negar. Lo normal es que Irán no aspire a derrotar en campo abierto a la Marina de Estados Unidos, sino más bien a encarecer y complicar su presencia en el Estrecho de Ormuz mediante una estrategia de negación de área apoyada en un conjunto de minas, misiles costeros, lanchas rápidas y submarinos.
En ese escenario, un Kilo operando en baterías puede convertirse en una amenaza seria para buques escolta o logísticos que transitan por corredores marítimos de apenas tres kilómetros de ancho, incluso si un superportaaviones cuenta con defensas en capas y cobertura antisubmarina con helicópteros MH-60R y aviones P-8A. La clave en este caso no es tanto hundir un portaaviones, sino sembrar suficiente incertidumbre como para elevar el coste político y militar de cualquier ataque.
La flota enana que completa el cuadro. Qué duda cabe, la modernización del Kilo no se entiende sin la otra mitad del dispositivo iraní: los más de veinte mini submarinos clase Ghadir, al menos once visibles recientemente en la misma base, diseñados para aguas someras y tráfico intenso.
Con apenas 117-125 toneladas sumergidos y propulsión diésel-eléctrica, estas unidades están optimizadas para emboscadas en entornos litorales donde el ruido civil, la salinidad y las corrientes degradan el rendimiento del sonar, lo que las hace difíciles de detectar, aunque limitadas en autonomía y potencia de fuego. Frente a la superioridad tecnológica estadounidense, Irán acumula cantidad, dispersión y conocimiento del terreno.
Geografía, desgaste y cálculo. Cuentan expertos como Jack Bubby que hay que tener en cuenta otra ecuación. Las condiciones del Golfo, un escenario con poca profundidad, alta salinidad y corrientes complejas, han castigado históricamente a los Kilo iraníes y reducido su disponibilidad, obligando a largos periodos de mantenimiento y reacondicionamiento.
Pero precisamente ese entorno restringido favorece a plataformas pequeñas y discretas, y convierte cualquier concentración de fuerzas navales en un ejercicio de riesgo calculado. Así, mientras Estados Unidos refuerza su presencia para sostener la presión diplomática y militar, Teherán recompone su fuerza submarina combinando reliquias soviéticas actualizadas y flotillas costeras modernas, apostando a que, en un conflicto, la sombra bajo el agua pese tanto como el acero visible en la superficie.
Imagen | rhk111, X, Vitaliy Ankov
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