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es el plan de Samsung para conquistar la IA en los móviles
Samsung acaba de desvelar su nueva gama alta: la nueva familia Galaxy S26 ya está aquí y llega con una propuesta conservadora pero a dos velocidades donde el modelo Ultra es el que sale mejor parado. Y también trae más inteligencia artificial que nunca. Dejando a un lado la larga lista de funciones que ya había en Galaxy AI, las que ha mejorado y novedades como ‘Now Nudge’ o la IA Agéntica, la gran sorpresa es una confirmación: Perplexity aterriza como asistente con todas las de la ley junto a lo que ya había, Bixby de la casa y Gemini de Android.
Integración total. Perplexity llega para competir de tú a tú con el asistente de la casa y el de Google en tanto en cuanto está integrado a nivel de sistema operativo. ¿Qué significa esto? Que puedes invocarlo para usarlo en apps del sistema como las Notas o el Recordatorio, pero también con algunas aplicaciones de terceros. No es una app descargada: opera en la capa de framework del dispositivo.
Y como tal, podrás invocarlo a través de ‘Hey, Plex’ (sin que aparezca el novio de Aitana) o desde el botón lateral. Este punto es más que un simple detalle: es emplear el hardware como palanca de distribución: quien controla el hardware, controla cómo accede el usuario. Un recordatorio: Google pagó una millonada a Apple para ser el motor de búsqueda en iOS.


Contexto: la asignatura pendiente de Samsung. Pocos fabricantes de móviles apuestan tanto y tan bien por la IA como la firma coreana. Samsung es la marca que más móviles vende dentro del ecosistema Android, pero la batalla del asistente la tiene perdida con Bixby. Por otro lado, tiene que integrar a Gemini por contrato.
En definitiva, Samsung no puede controlar su capa de inteligencia artificial al completo de forma soberana y esa es una dependencia estratégica peligrosa si quieres ser el mejor.
La baza de Samsung: ser una navaja suiza. Según una investigación interna de Samsung, cerca del 80% de los usuarios ya usa dos tipos de agentes de IA en su día a día, así que ha convertido la flexibilidad en un punto a favor. Como Samsung sabe que no puede ir a la guerra al mejor modelo de lenguaje sola y ganar, ha apostado por convertirse en un hub neutral, lo que permite atraer a usuarios avanzados que quieren usar lo mejor de cada casa sin fricciones.
Como declaraba Won-Joon Choi, presidente, director de operaciones y jefe de la oficina de I+D de Mobile eXperience Business de Samsung Electronics: “Nos hemos comprometido a construir un ecosistema de IA integrado, abierto e inclusivo que ofrezca a los usuarios más opciones, flexibilidad y control para realizar tareas complejas de forma rápida y sencilla. Galaxy AI actúa como un orquestador, integrando diferentes formas de IA en una experiencia única, natural y cohesiva.”


Por qué es importante. Porque con este movimiento Samsung ha cambiado las reglas: se declara a sí misma plataforma, no un asistente. Es una capa que coordina varios agentes, dejando atrás lo de “un asistente único para gobernarlos a todos”. La firma coreana se diferencia así frente al control vertical y la integración cerrada de Apple o la táctica de Google de priorizar Gemini por encima de todo y meterlo hasta en la sopa.
El movimiento es de lo más inteligente: neutraliza así su debilidad (Bixby) para transformarla en virtud. Deliberadamente deciden abrirse y dejar que sea el usuario quien elija con quién y para qué.
Por qué Perplexity y no otro. Aquí hay un elefante en la habitación que conviene recordar antes de nada: porque la IA más mainstream, ChatGPT, ya está casada con Apple. A partir de aquí, hay que tener claro que Samsung ha elegido al mejor socio estratégico posible para sus intereses corporativos en este momento. Y razones tiene unas cuantas:
- Porque ofrece una propuesta de valor diferenciada y complementaria: es un chatbot conversacional de calidad que cita fuentes, sin publicidad y respuestas verificables. Su presencia no es una redundancia de Gemini, que puede destinarse a productividad y el ecosistema de Google o Bixby, para el dispositivo.
- Un punto de partida en la negociación de lo más favorable: Perplexity es una startup que necesita alianzas para una distribución masiva frente al poderío de Google y OpenAI, cuya valoración supera el medio billón de dólares. Esto coloca a Samsung en posición de conseguir mejores condiciones.
- Ya tenía relación con la startup, cuya IA ya está presente en las TV de la marca coreanas, lo que implica que no parten de cero: sus equipos ya conocen las respectivas APIs.
- Su posicionamiento antianuncios. Samsung, que está apostando con fuerza por la privacidad, tiene aquí un argumento de peso para ofrecer una experiencia diferencial frente a Google.
Reducir la Googledependencia. Con Perplexity, Samsung diversifica sus socios sin estridencias con Google en un movimiento de geopolítica corporativa. La firma coreana tiene un acuerdo multimillonario de distribución con Google y con este giro, su posición es más ventajosa a la hora de negociar o presionar a la empresa de Mountain View: tienen a Perplexity en la recámara como tercer agente.
Portada | Eva R. de Luis
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A la generación Z le contaron que el éxito laboral era tener un buen salario. Tener más vida se ha convertido en su nuevo lujo
La generación Z está dibujando un nuevo escenario laboral y tenemos varios ejemplos de ello: tienen un concepto distinto de las relaciones laborales del que tenían las generaciones anteriores y su definición de compromiso ahora se rige por unas reglas que exigen reprocidad a las empresas.
No es raro. Esta generación ha visto cómo sus padres han trabajado sin parar y llegar igual de ahogados a fin de mes. Por eso, cuando los jóvenes hablan de éxito laboral, ya no piensan solo en la nómina, también lo hace en poder salir a su hora y poder dedicarle tiempo a su vida personal.
El paro que marca el paso. Para entender ese giro hay que mirar primero a la realidad de esta generación. Según datos del INE, el paro juvenil en España se situó en el 24,5% en el primer trimestre de 2026. Es casi el doble de la media que maneja Eurostat para el conjunto de la Unión Europea, algo por encima del 15%, pero la mitad del 42,91% que teníamos hace una década.
Tal y como apunta el ‘I Barómetro Retos y Aprendizajes. Posturas juveniles sobre los desafíos formativos y profesionales’ elaborado por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud y Banco Santander, esa presión está condicionando incluso decisiones tan importantes como elegir qué estudiar.
La urgencia del salario, aunque sea precario. Según datos de ese informe, el 64,7% de los jóvenes admite que decide su futuro pensando en ganar dinero cuanto antes, no en el trabajo que le gustaría hacer de verdad. “Quiero tener ya como una estabilidad. Entonces me apremia por eso, porque no quiero vivir constantemente como al límite, quiero tener esa estabilidad”, aseguraba uno de los jóvenes participantes del estudio.
Seis de cada diez creen, además, que hay factores ajenos a su esfuerzo que frenan el avance en su carrera laboral: precariedad, falta de oportunidades y presión económica se sitúan entre las más mencionadas. Y aun así, el 67% no contempla tirar la toalla pese a las dificultades para prosperar en su carrera laboral, alejándose del estereotipo de la juventud desmotivada.
El éxito cambia de definición. Con ese punto de partida, los jóvenes de la generación Z han cambiado la definición de lo que se considera triunfar en el trabajo. Antes el éxito consistía en subir de categoría y de sueldo cada pocos años. Ahora entran en la ecuación el tiempo libre, la salud mental y un ambiente de trabajo que no queme. La conciliación deja de ser un extra y pasa a ser condición de entrada.
El informe Workmonitor de Randstad marca un punto de inflexión: el equilibrio entre vida y trabajo ya pesa más que el sueldo a la hora de valorar un empleo. Más de la mitad de los encuestados dejaría su puesto si le impide vivir fuera de la oficina.
Lo que piden: orientación y educación financiera. Según los datos del Barómetro del Centro Reina Sofía, la generación Z tampoco pide un milagro, solo una guía para desarrollar sus capacidades profesionales. El 75,7% quiere entender mejor qué le interesa antes de decidir su carrera, mientras que el 74% reclama más información sobre las salidas laborales reales de cada opción formativa. Es decir, no perder el tiempo estudiando una carrera que les deje en una vía muerta. Y más del 73% echa en falta formación financiera básica para gestionar su día a día.
El resultado de todo ello es que en el futuro vamos a tener menos jóvenes dispuestos a sacrificar tiempo de su vida personal por un poco más de sueldo, y más empresas que van a tener que ofrecer ambas cosas como incentivo si quieren retener talento.
Imagen | Unsplash (Vitaly Gariev)
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A la generación Z le contaron que el éxito laboral era tener un buen salario. Tener más vida se ha convertido en su nuevo lujo
La generación Z está dibujando un nuevo escenario laboral y tenemos varios ejemplos de ello: tienen un concepto distinto de las relaciones laborales del que tenían las generaciones anteriores y su definición de compromiso ahora se rige por unas reglas que exigen reprocidad a las empresas.
No es raro. Esta generación ha visto cómo sus padres han trabajado sin parar y llegar igual de ahogados a fin de mes. Por eso, cuando los jóvenes hablan de éxito laboral, ya no piensan solo en la nómina, también lo hace en poder salir a su hora y poder dedicarle tiempo a su vida personal.
El paro que marca el paso. Para entender ese giro hay que mirar primero a la realidad de esta generación. Según datos del INE, el paro juvenil en España se situó en el 24,5% en el primer trimestre de 2026. Es casi el doble de la media que maneja Eurostat para el conjunto de la Unión Europea, algo por encima del 15%, pero la mitad del 42,91% que teníamos hace una década.
Tal y como apunta el ‘I Barómetro Retos y Aprendizajes. Posturas juveniles sobre los desafíos formativos y profesionales’ elaborado por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud y Banco Santander, esa presión está condicionando incluso decisiones tan importantes como elegir qué estudiar.
La urgencia del salario, aunque sea precario. Según datos de ese informe, el 64,7% de los jóvenes admite que decide su futuro pensando en ganar dinero cuanto antes, no en el trabajo que le gustaría hacer de verdad. “Quiero tener ya como una estabilidad. Entonces me apremia por eso, porque no quiero vivir constantemente como al límite, quiero tener esa estabilidad”, aseguraba uno de los jóvenes participantes del estudio.
Seis de cada diez creen, además, que hay factores ajenos a su esfuerzo que frenan el avance en su carrera laboral: precariedad, falta de oportunidades y presión económica se sitúan entre las más mencionadas. Y aun así, el 67% no contempla tirar la toalla pese a las dificultades para prosperar en su carrera laboral, alejándose del estereotipo de la juventud desmotivada.
El éxito cambia de definición. Con ese punto de partida, los jóvenes de la generación Z han cambiado la definición de lo que se considera triunfar en el trabajo. Antes el éxito consistía en subir de categoría y de sueldo cada pocos años. Ahora entran en la ecuación el tiempo libre, la salud mental y un ambiente de trabajo que no queme. La conciliación deja de ser un extra y pasa a ser condición de entrada.
El informe Workmonitor de Randstad marca un punto de inflexión: el equilibrio entre vida y trabajo ya pesa más que el sueldo a la hora de valorar un empleo. Más de la mitad de los encuestados dejaría su puesto si le impide vivir fuera de la oficina.
Lo que piden: orientación y educación financiera. Según los datos del Barómetro del Centro Reina Sofía, la generación Z tampoco pide un milagro, solo una guía para desarrollar sus capacidades profesionales. El 75,7% quiere entender mejor qué le interesa antes de decidir su carrera, mientras que el 74% reclama más información sobre las salidas laborales reales de cada opción formativa. Es decir, no perder el tiempo estudiando una carrera que les deje en una vía muerta. Y más del 73% echa en falta formación financiera básica para gestionar su día a día.
El resultado de todo ello es que en el futuro vamos a tener menos jóvenes dispuestos a sacrificar tiempo de su vida personal por un poco más de sueldo, y más empresas que van a tener que ofrecer ambas cosas como incentivo si quieren retener talento.
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EEUU ha puesto en servicio una nueva arma antisatélite. Lo más llamativo es que no dispara nada
Durante décadas, cuando hablábamos de armas contra satélites, la imagen mental era casi siempre la misma: un misil, un impacto y más basura espacial. Pero la guerra espacial no siempre necesita una explosión para ser eficaz. A veces basta con actuar sobre lo que no vemos: el enlace que conecta un satélite con quienes dependen de él. Eso es lo que hace especialmente llamativo el último paso de EEUU. No estamos ante un sistema pensado para derribar un objeto en órbita, sino ante uno que apunta a algo menos visible y mucho más cotidiano en cualquier operación militar moderna: las comunicaciones.
Atacar la comunicaciones. El U.S. Space Force Combat Forces Command aceptó operacionalmente el pasado 8 de junio a Meadowlands, una nueva incorporación a su familia de sistemas de guerra electromagnética. No es un programa aislado: la Space Force lo describe como una actualización del Counter Communications System 10.2 y afirma que puede detectar, negar, interrumpir y degradar capacidades adversarias en defensa activa de los objetivos de la fuerza conjunta. Su operación queda en manos de Mission Delta 3, Space Electromagnetic Warfare.
La clave está en la señal. Un satélite no es solo un objeto en órbita, sino una cadena de enlaces, antenas, estaciones terrestres y usuarios que necesitan comunicarse con él. Meadowlands actúa sobre esa parte menos visible del sistema. L3Harris, contratista del programa, describe el Counter Communications System como una plataforma terrestre desplegable orientada a negar comunicaciones de satélites en órbita, y presenta Meadowlands como una versión más compacta y móvil.
Un cambio de época. Meadowlands encaja en una transformación más amplia del conflicto en el espacio. La Secure World Foundation clasifica las capacidades contraespaciales en varias familias, desde capacidades coorbitales y misiles de ascenso directo hasta guerra electrónica, energía dirigida y capacidades ciber. Esa distinción importa porque no todas buscan destruir un satélite. Algunas, como la guerra electromagnética, persiguen degradar servicios, limitar comunicaciones o alterar el acceso a una capacidad espacial durante una operación concreta. La propia Space Force lo encuadra en esa primera línea invisible del espectro electromagnético.
Mirando los precedentes. Cuando un arma antisatélite destruye físicamente su objetivo, el problema no termina con el impacto: empieza una nube de restos que puede seguir orbitando durante años. El U.S. Space Command aseguró que la prueba rusa de ascenso directo contra Cosmos 1408, en 2021, produjo más de 1.500 piezas rastreables. La NASA ya había documentado algo parecido tras la prueba china contra Fengyun-1C, en 2007, con más de 2.000 fragmentos de unos 10 centímetros o más identificados. Meadowlands pertenece a otra lógica: actuar sin añadir más chatarra al entorno orbital.
La paradoja. Cuanto menos se parece Meadowlands a un arma antisatélite convencional, mejor se entiende por qué importa. Su valor no está en convertir un satélite en restos orbitales, sino en actuar sobre la capa que permite aprovecharlo en una operación real. Esa diferencia ayuda a explicar el movimiento de EEUU y también el cambio de fondo que estamos viendo en el espacio militar. El campo de batalla no está solo en la órbita ni en los objetos que la recorren. También está en las señales, en los enlaces y en la capacidad de mantenerlos cuando más falta hacen.
Imágenes | Fuerza Espacial de Estados Unidos
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