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Marte era el gran campo de batalla espacial entre China y EEUU. Ahora es la Luna (y hay demasiado en juego)
Durante años, Marte ha sido el gran horizonte de la exploración espacial: el destino inevitable al que, más pronto que tarde, debía dirigirse la humanidad. A comienzos de este año, Elon Musk, uno de los principales impulsores de esa narrativa, aseguraba que Estados Unidos podría aterrizar en el planeta rojo en un plazo de entre cinco y diez años. En paralelo, en China, distintas voces de su sector aeroespacial situaban la primera misión tripulada marciana en torno a 2033. El mensaje era claro: la carrera por Marte ya estaba en marcha.
Sobre el papel, los plazos resultan tan estimulantes como desafiantes. Porque enviar humanos a Marte no es una simple evolución de lo ya conseguido, sino un salto de escala. La propia NASA ha detallado la enorme complejidad técnica que implica una misión de este tipo: desde sistemas de entrada, descenso y aterrizaje capaces de posar cargas pesadas en una atmósfera extremadamente tenue, hasta infraestructuras que garanticen energía, comunicaciones y soporte vital durante estancias prolongadas. No es lo mismo depositar un rover de una tonelada que hacer descender decenas de toneladas de módulos habitables y equipamiento crítico.
La carrera ya no mira a Marte mira al polo sur lunar
Sin embargo, mientras Marte acaparaba titulares, la estrategia real ha ido tomando otro rumbo. A medida que el Programa Artemis de la NASA y el Programa Chino de Exploración Lunar han consolidado calendarios, inversiones e hitos tecnológicos, el foco se ha desplazado hacia un objetivo más inmediato y pragmático: la Luna. Todo parece indicar que no se trata de renunciar a Marte, sino de asumir que el camino más sensato pasa por etapas intermedias. En ambos casos, el satélite se perfila como banco de pruebas tecnológico, plataforma logística y experiencia operativa antes de afrontar un viaje de meses y millones de kilómetros.
La nueva carrera espacial, por tanto, no se está librando, al menos de momento, a decenas de millones de kilómetros, sino a unos 400.000 kilómetros de distancia. Esa proximidad cambia la ecuación: reduce tiempos de tránsito, facilita el envío de suministros y permite reaccionar ante imprevistos con márgenes razonables. Pero, sobre todo, abre la puerta a algo que empieza a tomar forma: el nacimiento de una economía lunar. Bases permanentes, experimentos científicos, contratos de transporte y desarrollo de infraestructuras podrían convertir a la Luna no solo en un destino, sino en un nodo clave de la expansión humana en el espacio.
El epicentro de esta nueva fase no es un lugar cualquiera, sino el entorno del cráter Shackleton, en el polo sur lunar. Una oscuridad permanente, como podemos observar en la foto que acompaña este artículo, ha alimentado la hipótesis de que en sus zonas en sombra podría conservarse hielo de agua. Esa posibilidad explica que tanto Estados Unidos como China apunten a esta región en sus próximos aterrizajes, con el objetivo declarado de estudiar y, eventualmente, aprovechar esos recursos. En términos prácticos, hablamos de agua para consumo, generación de oxígeno y producción de hidrógeno y oxígeno como propelente, siempre que la tecnología y la viabilidad económica lo permitan.

Borde iluminado e interior sombreado del cráter Shackleton
La pregunta, entonces, no es solo qué hay en el polo sur, sino qué cambia si esos recursos se confirman como utilizables. En ese escenario, la Luna dejaría de ser únicamente un destino científico para convertirse en una pieza funcional dentro de la arquitectura espacial. No hablamos todavía de explotación industrial, sino de algo más básico: reducir la dependencia absoluta de la Tierra en cada misión. Ese matiz introduce una dimensión económica real en la carrera lunar, porque altera la lógica de costes, transporte y planificación de futuras operaciones.
Aquí es donde la noción de cadena de suministro Tierra-Luna deja de sonar futurista y empieza a encajar en calendarios concretos. Si bien la economía lunar, con su propia cadena de suministro, puede parecer un concepto lejano, sus bases comienzan a construirse. En el lado estadounidense, esa arquitectura empieza a tomar forma con misiones muy concretas. Firefly Aerospace lanzó el 15 de enero su módulo Blue Ghost 1, integrado en la iniciativa Servicios de carga útil lunar comercial de la NASA. Se trata de una misión que pretende demostrar cómo sería un sistema de entrega de carga a nuestro satélite cuando alunice el 2 de marzo.
En paralelo a estas misiones de carga, Blue Origin prepara su propio movimiento hacia el polo sur lunar. La compañía fundada por Jeff Bezos trabaja en el primer vuelo de demostración de su módulo de carga Blue Moon Mark 1, conocido como MK1, previsto para comienzos de 2026. El aterrizador, de ocho metros de altura, despegará a bordo del cohete New Glenn y deberá validar sistemas clave antes de cualquier operación más ambiciosa. Cabe señalar que la misión no implica extracción de recursos, pero sí es un paso necesario para operar en el entorno donde se concentran las expectativas sobre el hielo.

Render de una base multicúpula en construcción en la Luna
La buena noticia es que el MK1 ha sido sometido a pruebas en el Johnson Space Center de la NASA, incluidas simulaciones en cámara de vacío térmico para reproducir las condiciones extremas del espacio y de la superficie lunar. Si supera esta fase y la integración final con el lanzador, la nave podría convertirse en un activo relevante para futuras misiones al polo sur. Otro dato importante es que la agencia estadounidense ya ha seleccionado este módulo para transportar el rover VIPER en 2027, cuya tarea será buscar volátiles como el hielo de agua en regiones permanentemente en sombra.
En el lado chino, la pieza central es la misión Chang’e 7, concebida como un despliegue más complejo que un simple aterrizador. La misión apunta a agosto a bordo de un cohete Larga Marcha 5 e incluirá un orbitador, un módulo de aterrizaje, un rover y una pequeña sonda saltadora. El conjunto tiene como objetivo operar en las proximidades del polo sur lunar, donde se concentrarán los experimentos orientados a estudiar la superficie y buscar indicios de hielo en regiones permanentemente en sombra.

Render del módulo de aterrizaje Blue Moon Mark 1 de Blue Origin y el VIPER
Si el calendario se cumple, China podría realizar estas mediciones antes de que el rover VIPER estadounidense llegue al terreno en 2027. Eso otorgaría a Pekín ventaja en la obtención de datos directos sobre el recurso más codiciado de la región. Ahora bien, esto no implica control soberano sobre la zona, algo que el Tratado del Espacio Ultraterrestre prohíbe, pero sí una posición inicial para definir prácticas operativas y acumular experiencia en el terreno.
Ese primer movimiento, en términos económicos, no implica bandera ni frontera, pero sí experiencia acumulada, estándares técnicos propios y relaciones contractuales que pueden marcar el rumbo de la actividad posterior. En un entorno donde todavía no existe un mercado lunar consolidado, la definición de procedimientos, tecnologías y protocolos adquiere un peso estratégico. La carrera, por tanto, no se juega solo en la superficie, sino también en la capacidad de establecer las reglas de hecho de una actividad que apenas comienza.
Ese primer movimiento, en términos económicos, no implica bandera ni frontera, pero sí experiencia acumulada
Si el agua marca la agenda inmediata, el helio-3 ocupa un plano mucho más incierto. La Agencia Espacial Europea recuerda que la Luna ha sido bombardeada durante miles de millones de años por el viento solar y que, a diferencia de la Tierra, carece de magnetosfera que desvíe esas partículas. Esa acumulación potencial en el regolito ha alimentado la idea de utilizar este isótopo como combustible en reactores de fusión. Sin embargo, la propia agencia subraya que hasta ahora no ha sido posible generar una reacción de fusión de helio con producción neta de energía. El helio-3 aparece así como una expectativa a largo plazo más que como un objetivo operativo de esta década.
La dimensión económica de la carrera lunar no se limita a la explotación de recursos, sino que abarca toda la arquitectura de servicios que la hace posible. La NASA ha optado por un modelo en el que empresas privadas asumen parte del transporte y de la logística, generando un ecosistema de contratos que moviliza inversión y desarrollo tecnológico. China, por su parte, integra sus misiones dentro de una estrategia estatal más amplia, con el polo sur como escenario prioritario para consolidar capacidades propias.
Marte sigue siendo el destino que alimenta discursos y calendarios ambiciosos, pero la lógica operativa de esta década apunta a otro lugar. Antes de enviar tripulaciones a millones de kilómetros, Estados Unidos y China necesitan demostrar que pueden aterrizar con precisión, operar con continuidad y sostener infraestructuras en un entorno real. La Luna ofrece ese laboratorio a escala, con distancias que permiten corregir errores y con recursos cuya utilidad puede comprobarse sobre el terreno. En ese tránsito entre la ambición marciana y la realidad técnica es donde se está definiendo la verdadera prioridad.
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Tomarse una cervecita bajo el sol era el problema. El lúpulo residual de fabricarla es la solución
Cuando te untas con protector solar, la mayoría de ingredientes convencionales que bloquean el sol son sintéticos. El problema está en que los filtros UV químicos que hacen que las cremas solares sean efectivas son disruptores endocrinos, pueden penetrar en la piel y son tóxicos para los arrecifes de coral. Así que la industria lleva años buscando alternativas sostenibles que proporcionen esa protección minimizando el impacto ambiental. Un equipo de investigación de la Universidad de São Paulo ha encontrado una alternativa natural que además normalmente acaba en la basura: los restos de lúpulo descartados tras fabricar cerveza.
El hallazgo. Resulta que el lúpulo usado en la producción cervecera, un residuo generado a gran escala, puede servir para mejorar significativamente la protección solar. Mediante un proceso de maceración y percolación en etanol, se extraen los compuestos bioactivos del lúpulo descartado y se incorporan a formulaciones de protector solar.
Cuando mezclaron un 10% de ese extracto con los filtros UV habituales, el protector solar resultante multiplicó por más de tres su factor de protección: pasó de 53 a 178 en las pruebas de laboratorio. Curiosamente, ese lúpulo usado funcionó mejor que el lúpulo sin usar, aunque los autores admiten que el mecanismo exacto por el que ocurre esto todavía no está claro.
Por qué es importante. Aproximadamente el 85% de los compuestos bioactivos del lúpulo permanece intacto en el material descartado tras la lupulación en seco (dry-hopping), lo que convierte ese residuo en una materia prima funcional que hoy mayoritariamente se tira o se usa como pienso. Revalorizarlo como ingrediente cosmético reduce el impacto ambiental de la industria cervecera, abre una vía hacia protectores solares más sostenibles y potencialmente más baratos, y encaja directamente con los principios de la economía circular.
Contexto. El lúpulo contiene una familia de compuestos con propiedades demostradas sobre la piel: reducen la inflamación, neutralizan radicales libres e incluso frenan enzimas que degradan el colágeno. Especialmente relevante es el xanthohumol, un polifenol con propiedades antioxidantes, antiinflamatorias e inhibidoras de metaloproteinasas en fibroblastos dérmicos. La clave está en cómo se procesa el lúpulo: cuando se añade en frío tras la fermentación, sin hervir, el xanthohumol no se degrada térmicamente y permanece intacto en el residuo, lo que explica en parte por qué el material reutilizado resulta más activo que el lúpulo fresco.
Cómo lo hacen. El equipo partió de los restos de lúpulo de una cervecería artesanal, los sumergió en alcohol etílico para extraer sus compuestos, secó el resultado y lo incorporó al 10% en una crema solar estándar que ya llevaba dos filtros UV convencionales. Luego midieron cuánta radiación ultravioleta bloqueaba esa crema usando equipos de referencia internacional, los mismos que emplean las autoridades sanitarias para certificar protectores solares.
Sí, pero. Como reconoce el propio equipo de investigación, todos los resultados son exclusivamente in vitro, ya que usaron placas y no piel humana. Asimismo, no hay ensayos clínicos que estudien si la crema es estable con el paso del tiempo ni de si puede causar irritaciones. Además, no queda claro por qué funciona tan bien.
Como señala el propio coordinador André Rolim Baby en la nota de la Agencia FAPESP, antes de cualquier aplicación comercial serán necesarios estudios de estabilidad, estandarización de activos y evaluación clínica de seguridad y eficacia. Por otro lado, la variabilidad en la composición del lúpulo reutilizado (depende de la variedad, el proceso de dry-hopping o su origen) complica la estandarización: para que un filtro sea aprobado por autoridades como la Comisión Europea (Reglamento CE 1223/2009) o la FDA en Estados Unidos, es necesario que exista consistencia química lote a lote.
Portada | Onela Ymeri y Urban Gyllström
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El mundo depende del gas para producir alimentos. Paraguay cree tener la solución definitiva gracias a la represa de Itaipú
En medio de un escenario de alta tensión en Medio Oriente y rutas comerciales amenazadas, un proyecto en el corazón de Sudamérica promete cambiar las reglas del juego para la agricultura global. La empresa británica Atome ha dado la luz verde definitiva para la construcción de Villeta, una planta de fertilizantes en Paraguay valorada en 665 millones de dólares, que eliminará por completo el uso de combustibles fósiles en su producción.
Una cuestión de seguridad alimentaria. Como detalla Financial Times, la dependencia de la industria de los fertilizantes respecto al gas natural es un talón de Aquiles para la economía global. Tradicionalmente, la mayor parte del fertilizante nitrogenado se produce combinando nitrógeno del aire con hidrógeno extraído del gas natural. Sin embargo, Villeta utilizará electricidad renovable para separar el hidrógeno del agua (electrólisis).
Para Olivier Mussat, director ejecutivo de Atome, el enfoque del proyecto va mucho más allá de la sostenibilidad. “No es una historia ecológica, es en realidad una historia de seguridad alimentaria”, declaró en FT. La advertencia de Mussat no es menor, ya que entre una cuarta parte y un tercio de las exportaciones mundiales de fertilizantes nitrogenados pasan por el Estrecho de Ormuz. Con los recientes conflictos, los envíos de gas han caído, elevando los precios y levantando alarmas sobre una posible crisis alimentaria. Para América Latina, una potencia agroexportadora pero altamente dependiente de fertilizantes importados, el proyecto funciona como una “cobertura estructural” contra la volatilidad geopolítica.
El hito financiero que observa Wall Street. Atome logró cerrar un paquete de financiamiento que incluye 420 millones de dólares en deuda y 245 millones en capital. Este respaldo proviene de prestamistas de desarrollo del calibre de la Corporación Financiera Internacional (IFC) y el Banco Europeo de Inversiones (BEI), junto con el fondo de inversión especializado en hidrógeno Hy24.
“Hemos demostrado que realmente se puede cerrar y financiar a escala industrial una instalación de fertilizantes verdes. Nunca se había hecho antes”, aseguró Mussat. Por su parte, Pierre-Etienne Franc, director ejecutivo de Hy24, explicó a la prensa que tener fuentes de energía baratas y no fósiles ofrece “una ruta hacia el fertilizante verde que va a ser localizada”, independizando a la industria de los precios de las materias primas dictados por el gas natural.
La viabilidad técnica. Históricamente, el hidrógeno verde ha sido demasiado costoso para competir con su contraparte fósil. Sin embargo, la ventaja competitiva de Paraguay cambia la ecuación. La planta Villeta operará con electrolizadores a gran escala alimentados por la represa hidroeléctrica de Itaipú (compartida entre Paraguay y Brasil). Según las proyecciones de la empresa, los costos de electricidad rondarán apenas los 30 dólares por megavatio-hora bajo un acuerdo a largo plazo.
Esta viabilidad técnica y económica fue suficiente para convencer al gigante noruego de los fertilizantes, Yara International, de firmar un contrato vinculante de 10 años para comprar la totalidad de la producción de la planta, estimada en unas 260.000 toneladas anuales, un detalle exhaustivamente cubierto por la prensa industrial.
La mirada desde Asunción. Durante décadas, Paraguay ha exportado a precios muy bajos su excedente de energía generada en Itaipú hacia sus vecinos, Brasil y Argentina. Para la prensa local, la instalación de Atome representa un cambio de paradigma histórico. Significa tomar esa energía limpia y utilizarla dentro del territorio nacional para generar empleos locales y producir un bien con alto valor agregado.
Aunque Villeta representará menos del 1% del mercado global de fertilizantes nitrogenados cuando comience a producir en 2029, sus patrocinadores y los observadores del mercado coinciden en algo fundamental: si el modelo paraguayo funciona, podría convertirse en la plantilla definitiva para liberar a la agricultura mundial de su dependencia de los combustibles fósiles.
Imagen | Atome
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es la entrada secreta al lugar más seguro de EEUU
En 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, el presidente Franklin D. Roosevelt mandó construir bajo la Casa Blanca un refugio secreto con muros de hormigón y puertas de acero, un espacio pensado para desaparecer de la superficie en cuestión de segundos si Washington era atacada. Durante décadas, aquel lugar apenas apareció en documentos oficiales y su existencia se movió entre rumores y relatos fragmentarios. Pero la idea que dejó aquel proyecto sigue siendo inquietante: en ciertos edificios, lo más importante nunca está a la vista.
Un edificio que esconde mucho más. La Casa Blanca siempre ha sido un ejemplo de arquitectura donde la apariencia engaña, con un diseño que oculta bajo su superficie una compleja red de espacios técnicos y de seguridad desarrollados durante décadas.
Esa lógica se mantiene en la mayor reforma planteada hasta ahora, que no solo transforma su silueta visible, sino que aprovecha la oportunidad constructiva para intervenir en lo que nunca se ve. Como ha ocurrido en otras grandes remodelaciones del complejo, el verdadero alcance del proyecto se mide más bajo tierra que en lo que sobresale sobre el césped.
De salón de baile a infraestructura estratégica. El nuevo salón proyectado, de unos 90.000 metros cuadrados y capacidad para mil personas, se presenta oficialmente como una solución a la falta de espacio para grandes eventos dentro del recinto presidencial.
Sin embargo, desde el inicio ha estado ligado a un argumento de seguridad, especialmente tras los incidentes recientes que han puesto en evidencia las limitaciones de sedes externas como por ejemplo hoteles. La idea no es solo concentrar actos en un entorno controlado, sino integrarlos dentro de un espacio diseñado desde cero con criterios de protección avanzada.

El presidente Trump le mostró una maqueta del nuevo ala este proyectada al primer ministro australiano Anthony Albanese el 20 de octubre de 2025
La arquitectura como excusa. El elemento clave del proyecto apunta a que no está en la sala en sí, sino en lo que permite construir debajo de ella. Diversas declaraciones oficiales han descrito el salón como una estructura que “cubre” un complejo mucho mayor, diseñado con materiales resistentes a explosiones, sistemas antidrón y comunicaciones seguras.
Este enfoque responde a una lógica conocida en la propia Casa Blanca a lo largo de la historia: aprovechar cualquier obra en superficie para ampliar o modernizar infraestructuras subterráneas sin alterar en exceso el conjunto histórico visible.

Maqueta del ala este/salón de baile propuesta de la Casa Blanca (fotografía publicada por la Casa Blanca el 22 de octubre de 2025)
El heredero del búnker más seguro de EEUU. Recordaba hace unos días Time que bajo el ala este demolida se encontraba el Presidential Emergency Operations Center, el histórico búnker construido durante la Segunda Guerra Mundial y ampliado en sucesivas reformas.
Este espacio, concebido como refugio y centro de mando en caso de crisis, ha evolucionado con cada generación para adaptarse a nuevas amenazas, desde la guerra nuclear hasta el terrorismo. La reforma actual apunta a sustituirlo por una versión más avanzada, manteniendo su función como el punto más seguro del país en situaciones extremas.

El vicepresidente Dick Cheney con altos funcionarios en el Centro Presidencial de Operaciones de Emergencia el 11 de septiembre de 2001
Un complejo más allá de un simple refugio. Los planes conocidos describen una instalación que combina múltiples funciones en un mismo núcleo subterráneo. Se incluyen refugios reforzados, instalaciones médicas, sistemas de bioseguridad y centros de comunicaciones de alta seguridad capaces de sostener el funcionamiento del gobierno en condiciones críticas.
Desde esa perspectiva, más que un búnker tradicional, se trata de un entorno preparado para operar durante crisis prolongadas, integrando capacidades militares y civiles en un mismo espacio protegido.


Entre legalidad, patrimonio y seguridad. Es uno de los grandes debates de la nación en estos momentos, porque el proyecto ha generado un conflicto jurídico y político significativo al plantear hasta qué punto un presidente puede transformar la Casa Blanca sin aprobación del Congreso.
Mientras grupos de preservación denuncian la demolición del ala este y el impacto sobre el patrimonio histórico, la administración defiende que la obra es imprescindible para la seguridad nacional. Los tribunales han optado por una solución intermedia, bloqueando parcialmente la construcción visible mientras permiten avanzar en los elementos considerados críticos para la protección.
El momento perfecto. Qué duda cabe, el reciente incidente de seguridad en un evento oficial ha servido como argumento para reforzar la urgencia del proyecto por parte de la administración, al evidenciar las vulnerabilidades de los espacios externos.
Desde esta perspectiva, el nuevo salón no solo responde a una necesidad logística, sino a un cambio en la forma de gestionar la seguridad presidencial. La combinación de evento y protección en un mismo lugar se presenta como una solución que evita depender de entornos menos controlados.
La entrada discreta al lugar más seguro. En conjunto, la polémica reforma apunta a redefinir la Casa Blanca como una estructura dual donde lo visible cumple una función representativa y lo oculto concentra el verdadero núcleo de poder y seguridad.
El nuevo salón de baile actúa así como la pieza arquitectónica que, llegado el caso, permite dar acceso, cobertura y sentido a una infraestructura subterránea mucho más ambiciosa. Quizás por ello, más que una ampliación estética o funcional, el proyecto se entiende como una puerta discreta hacia el espacio mejor protegido de Estados Unidos, un búnker anti todo donde se garantiza la continuidad del gobierno en cualquier escenario imaginable.
Imagen | White House, National Archives
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