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España tenía una red eléctrica completamente saturada. Y entonces llegaron los centros de datos para reventarla aún más

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Imagina una autopista por la que ya no cabe ni un solo vehículo más. Pero el problema no es que falte asfalto, sino que los coches no saben circular de forma eficiente y guardan distancias de seguridad kilométricas. La red eléctrica española era exactamente eso. Llevaba años operando al límite de su capacidad administrativa, y de repente, ha llegado a la rampa de acceso un convoy de camiones de tonelaje industrial y apetito voraz: los centros de datos.

Estas megainfraestructuras, pilares de la inteligencia artificial y la nube, prometen regar la economía de millones, pero su brutal necesidad de suministro amenazaba con reventar las costuras de un sistema eléctrico ya de por sí saturado. Para evitar el colapso y no dejar escapar el tren de la reindustrialización, el Gobierno ha tenido que reaccionar y cambiar radicalmente las reglas técnicas del juego.

El colapso de la capacidad en cascada. Para entender el colapso hay que mirar cómo ha cambiado nuestra forma de consumir energía. La transición energética está reconfigurando profundamente el modelo en todo el territorio nacional. Las solicitudes para conectarse a las redes de transporte y distribución se han disparado. A la electrificación de la industria y el hidrógeno renovable se suma ahora el consumo masivo asociado a los centros de datos para la inteligencia artificial. El problema estalló cuando la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) estableció un “criterio dinámico” para calcular cuánta capacidad de acceso había disponible en las zonas compartidas por varios nudos de la red.

Como detalla el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) en su nota de prensa, aplicar este criterio significa que un único acceso solicitado en un nudo puede provocar un “efecto en cascada que drena capacidad en el resto de nudos que comparten la zona”, bloqueando peticiones a decenas de kilómetros de distancia. Básicamente, un gran centro de datos pide paso y, automáticamente, el sistema bloquea administrativamente los nudos vecinos por precaución, aunque físicamente los cables tengan espacio de sobra.

Inversiones en el aire y el fantasma del apagón. Las consecuencias de este embotellamiento afectan directamente a la economía real y a la seguridad nacional.

  • Parálisis inmobiliaria e industrial. La situación es tan crítica que, como ya adelantamos en nuestra cobertura anterior citando a la patronal Asprima, el año pasado solo se concedió el 12% de las solicitudes de conexión para nuevos desarrollos urbanísticos. Hay 350.000 viviendas en riesgo simplemente por falta de potencia eléctrica.
  • El riesgo de un “cero” eléctrico. El Boletín Oficial del Estado advierte de que el aumento de instalaciones que no son capaces de soportar “huecos de tensión” supone un riesgo altísimo. Si hay una perturbación y estos generadores se desconectan masivamente, se producen flujos de intercambio incompatibles con las limitadas interconexiones de España con Europa. Como recuerda el diario El País, el objetivo es evitar a toda costa que se repitan apagones masivos como el que sufrió la península ibérica el 28 de abril de 2025.
  • No basta con poner más cables. En las zonas limitadas por este criterio dinámico ya no es posible habilitar nueva capacidad simplemente invirtiendo dinero en reforzar la red con “más cobre”. El experto en el sector Joaquín Coronado lo resume a la perfección: la demanda tiene que ser 100% activa; debe aportar flexibilidad y comprometerse con la estabilidad del sistema.

La cirugía de urgencia del Gobierno. Para desatascar este nudo gordiano, el Gobierno y los reguladores han lanzado un plan de choque a tres bandas:

  • El nuevo Real Decreto del MITECO. El Ministerio ha sacado a audiencia pública (hasta el 16 de marzo) una norma que actualiza las exigencias técnicas para conectarse a la red. La clave maestra es que ahora se exige que las demandas “soporten huecos de tensión”, no introduzcan oscilaciones adversas y mantengan la calidad de la onda. Al obligar a las instalaciones a no desconectarse ante pequeñas perturbaciones, se reduce el número de nudos afectados en las zonas compartidas. Esta simple medida técnica podría hacer aflorar un 50% más de capacidad en unos 900 nudos de conexión a la red de alta tensión. 
  • Los “permisos flexibles” de la CNMC. Para acabar con el modelo binario (o te doy toda la capacidad o te la deniego), la CNMC ha propuesto cuatro nuevos tipos de permisos, como ya desglosamos en Xataka. Estos van desde permitir el consumo solo en ciertas franjas horarias, hasta permisos “dinámicos” donde el operador puede desconectar remotamente a un centro de datos si hay una emergencia en la red.
  • La “amnistía técnica” para los gigantes de los datos. En paralelo, el Ministerio de Industria ha eliminado de urgencia el requisito de las “horas valle”. Antes, para recibir ayudas, se debía consumir de noche, un absurdo para un centro de datos (que opera 24/7) y para la España actual, donde la energía solar ha tumbado los precios al mediodía.

El coste ciudadano y la letra pequeña. La maniobra del Gobierno no solo responde a una urgencia nacional, sino que sitúa a España como pionera en el continente. El país se está anticipando a la actualización de los códigos de red europeos, desplegando una batería de especificaciones técnicas de forma simultánea que ya se considera un hito a nivel mundial, como detalla El País. En este despliegue, la nueva normativa salda además una deuda histórica con el almacenamiento de energía: las baterías contarán por fin con un marco normativo propio y específico, dejando de ser tratadas administrativamente como simples instalaciones de “generación por analogía”.

Sin embargo, esta profunda digitalización para que la red soporte un modo de operación tan complejo no saldrá gratis, y la factura de la modernización acabará asomando en el bolsillo del consumidor. Las previsiones para 2026 ya estiman subidas directas en los recibos ciudadanos, con un incremento del 4% en los peajes y un nada desdeñable 10,5% en los cargos del sistema eléctrico. Y mientras los ciudadanos asumen el coste técnico, los gigantes de los datos —destinatarios de esta alfombra roja regulatoria— prefieren mantener la cautela ante el eterno escollo burocrático español. El sector tecnológico advierte de que falta una pieza clave en el puzle: si el Gobierno no incluye expresamente el Código Nacional de Actividad Económica (CNAE) correspondiente al “Proceso de datos” en la lista oficial de sectores con derecho a recibir las millonarias ayudas electrointensivas, todas estas facilidades técnicas terminarán siendo papel mojado.

De la red de cables a la red inteligente. España tiene todo el potencial natural e inversor para transformar su modelo productivo y pasar de ser el país del “sol y playa” al país del “sol y datos”. Sin embargo, como demuestra esta crisis de capacidad, la red eléctrica ha dejado de ser una simple infraestructura de cables para convertirse en una institución inteligente que requiere una gestión milimétrica.

Darle flexibilidad al sistema, exigir robustez a los nuevos gigantes tecnológicos y agilizar la burocracia han dejado de ser opciones técnicas. Son, hoy por hoy, la única vía de escape realista para evitar que la reindustrialización verde, la revolución de la inteligencia artificial y la construcción de vivienda mueran de éxito por la falta de un simple enchufe .

Imagen | Freepik y Nekib Ahmed

Xataka | España tiene un plan para captar más centros de datos que nadie: “blindarles” ante los costes de la energía

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La explosión nuclear que cambió el mundo también creó un material que no existe en ningún otro lugar del universo conocido

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El 16 de julio de 1945, la primera detonación de una bomba atómica —conocida como la prueba Trinity— cambió el curso de la historia y dejó una huella imborrable en el desierto de Nuevo México. La explosión del dispositivo de plutonio liberó una energía equivalente a 21 kilotones de TNT, suficiente para vaporizar la torre de prueba de 30 metros, los kilómetros de cables de cobre que conectaban los instrumentos de grabación y la propia arena del desierto. Todo este material, arrastrado por la inmensa bola de fuego, llovió en forma de fragmentos vítreos fundidos, creando una forma única de materia conocida hoy como trinitita.

La gran mayoría de esta trinitita es de un clásico color verde, pero existe una variante mucho más rara denominada “trinitita roja”, cuyo color se atribuye a la presencia de óxido de cobre formado cuando las líneas de transmisión se vaporizaron en la explosión. Es precisamente en el interior de esta rara variante donde los científicos han descubierto estructuras cristalinas inéditas. Las violentas condiciones de la detonación sometieron a los materiales a temperaturas de alrededor de 1.500 °C y presiones extremas de 5 a 8 gigapascales. La materia se vaporizó, se mezcló y se enfrió tan sumamente rápido —en cuestión de segundos— que los átomos no tuvieron tiempo de organizarse en estructuras estables, forjando formas de materia que nunca habían existido en nuestro planeta.

Un hallazgo sin precedentes. Casi 80 años después de aquella primera explosión nuclear, un equipo de investigación internacional liderado por Luca Bindi, geólogo de la Universidad de Florencia, ha logrado identificar un nuevo material oculto en estas muestras. Tal y como explica la investigación, se trata de un “clatrato”: una red química con forma de jaula que atrapa otros átomos en su interior. Este nuevo cristal está construido con jaulas de silicio de 12 y 14 caras que encierran átomos de calcio, cobre y pequeñas cantidades de hierro. Representa la primera vez que se confirma cristalográficamente la presencia de un clatrato entre los productos sólidos de una explosión nuclear.

Que este descubrimiento llegue ahora, en 2026, no es casualidad. Las muestras de trinitita roja son escasísimas y difíciles de obtener, y solo los avances recientes en técnicas de difracción de rayos X a escala nanoscópica han permitido identificar estructuras tan diminutas dentro de microgotas metálicas incrustadas en el vidrio. La tecnología, sencillamente, no estaba antes a la altura del material.

El cuasicristal que llegó primero. La historia se vuelve aún más fascinante porque este descubrimiento se suma a otro hallazgo monumental realizado por el mismo equipo en 2021: la identificación de un cuasicristal en la misma trinitita roja. A diferencia de los cristales ordinarios —como la sal o el cuarzo, que poseen un patrón atómico que se repite con precisión—, los cuasicristales rompen las reglas de la cristalografía clásica. Sus átomos están ordenados, pero sin repetirse periódicamente, lo que genera simetrías que un cristal convencional tiene prohibidas. 

El encontrado en Trinity exhibe una simetría icosaédrica de cinco pliegues y está compuesto por silicio, cobre, calcio y hierro. No solo es el cuasicristal creado por el ser humano más antiguo que se conoce: tiene la increíble propiedad de que su momento exacto de creación quedó indeleblemente grabado en los registros históricos.

El papel decisivo del cobre. Lo más elegante del nuevo estudio es el mecanismo que explica por qué en la misma explosión se formaron dos estructuras tan distintas. La clave estuvo en la concentración de cobre disponible durante el enfriamiento. 

En las microzonas donde los niveles de cobre eran bajos —alrededor del 10 al 11%— las condiciones permitieron que la estructura de jaula del clatrato se estabilizara. Donde había más cobre, esa misma estructura colapsaba y los átomos se reorganizaban en la geometría prohibida del cuasicristal. Dos destinos radicalmente distintos, separados por una diferencia microscópica de composición química, en el mismo instante y el mismo lugar.

El poder de los laboratorios naturales. Descubrir estas arquitecturas a escala microscópica es revolucionario porque, como explica Terry C. Wallace, director emérito del Laboratorio Nacional de Los Álamos y coautor de la investigación del cuasicristal, estas estructuras requieren entornos extremos que rara vez existen en la Tierra: choques, temperaturas y presiones colosales, comparables solo a los impactos de hipervelocidad de meteoritos o a las propias detonaciones nucleares. Eventos destructivos que, paradójicamente, actúan como laboratorios capaces de producir lo que ningún laboratorio convencional puede replicar.

Una herramienta para la seguridad global. Más allá de la ciencia de materiales, este tipo de investigaciones tiene aplicaciones directas en el campo de la no proliferación nuclear. Comprender el diseño de los programas de armas nucleares de otros países es un enorme desafío forense. Los científicos suelen rastrear gases y residuos radiactivos en las zonas de prueba, pero esas firmas decaen inevitablemente con el paso del tiempo.

Los cristales formados en el sitio del estallido, en cambio, son prácticamente eternos. Las muestras de trinitita roja aún conservan isótopos radiactivos que permiten calcular con gran precisión variables como la distancia exacta al hipocentro de la explosión. Wallace lo resume con claridad: si la ciencia logra establecer una explicación termodinámica precisa de cómo se forman estos cristales, se podría obtener una imagen completa de la bomba y los materiales utilizados, dotando al mundo de una nueva herramienta para vigilar explosiones nucleares ilícitas. Una marca de tiempo que no se puede falsificar ni borrar.

El paradójico legado de Trinity. El estudio de la trinitita demuestra cómo la materia es capaz de reorganizarse de maneras asombrosas bajo condiciones inimaginablemente hostiles. Resulta una paradoja casi poética que un evento diseñado para la destrucción haya dejado, 80 años después, un legado oculto de perfección geométrica microscópica que hoy es útil para el futuro humano.

Este descubrimiento no solo es una ventana a la creación de materiales y tecnologías energéticas de vanguardia, sino que funciona como una brújula para futuras investigaciones. Tal como concluyen los expertos en su publicación académica, examinar los restos de otros fenómenos naturales extremos y fugaces, como las fulguritas forjadas por el impacto de los rayos o las rocas sometidas a los cráteres de meteoritos, podría seguir revelando configuraciones de la materia insólitas. 

Aún hoy, ocultas bajo las cicatrices de la destrucción, aguardan estructuras que continúan desafiando nuestra comprensión fundamental del universo.

Imagen | PNAS y Unsplash

Xataka | Europa tira 16.000 millones al año en basura electrónica. España acaba de encender el primer horno de Europa para recuperarlos

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En 1972 Italia quiso meter una ciudad entera en un edificio de un kilómetro. Medio siglo después sigue pagando las consecuencias

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El mismo año en que comenzaba la construcción del complejo Corviale, las autoridades estadounidenses iniciaron la demolición de Pruitt–Igoe, un gigantesco complejo de vivienda pública que había sido presentado apenas dos décadas antes como el futuro de la ciudad moderna. La coincidencia fue casi simbólica: mientras un país derribaba una de sus grandes utopías urbanísticas, otro empezaba a construir una nueva.

Una ciudad dentro de un edificio. Durante los años setenta, Italia creyó que podía resolver varios problemas urbanos de una sola vez. Roma crecía a gran velocidad, los barrios periféricos se multiplicaban y la vivienda pública se enfrentaba a una demanda cada vez mayor. La respuesta fue el Corviale, una gigantesca estructura residencial de casi un kilómetro de longitud concebida para albergar a unas 8.500 personas. 

Su arquitecto, Mario Fiorentino, no imaginó simplemente un bloque de viviendas, sino una auténtica ciudad lineal donde las calles serían pasillos, las plazas surgirían de los espacios comunes y los servicios cotidianos convivirían con los hogares. Aquella visión pretendía demostrar que la arquitectura podía reorganizar la vida urbana desde sus cimientos.

Corviale 5581484963
Corviale 5581484963

Una utopía que nunca llegó a completarse. El problema apareció antes incluso de que el proyecto terminara de construirse. La empresa encargada de las obras quebró en 1982 y gran parte de los elementos esenciales del diseño original jamás llegaron a materializarse. La famosa planta intermedia destinada a comercios, oficinas, servicios y espacios comunitarios quedó vacía y acabó siendo ocupada por familias que buscaban un lugar donde vivir. 

Lo que debía convertirse en el corazón social del complejo terminó transformándose en un laberinto de viviendas improvisadas. Muchos de los equipamientos previstos tampoco llegaron a construirse, dejando incompleta la infraestructura que debía convertir el edificio en una ciudad autosuficiente.

Corviale 5581475097
Corviale 5581475097

Cuando la arquitectura condiciona la vida cotidiana. Con el paso de los años, Corviale empezó a demostrar que los edificios no son simples contenedores donde vive la gente. Sus largos corredores, sus escasos accesos, la compleja circulación interior y la enorme escala del conjunto comenzaron a influir en la forma en que los residentes se relacionaban entre sí

Los ascensores se averiaban constantemente, obligando a miles de personas a recorrer grandes distancias para entrar o salir de sus casas. El sistema centralizado de calefacción provocó conflictos entre residentes, ocupantes irregulares y administraciones sobre quién debía asumir los costes. Algunos investigadores llegaron a describir el edificio como una pequeña ciudad cuyos problemas de gobernanza estaban directamente vinculados a sus características físicas.

Corviale 5581481121
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Del símbolo del futuro al símbolo del fracaso. A medida que el deterioro avanzaba, Corviale empezó a acumular una reputación cada vez más negativa. Para muchos se convirtió en el ejemplo perfecto de los excesos del urbanismo monumental de posguerra. Sus críticos lo describían como un monstruo de hormigón, una prisión residencial o una muestra de cómo ciertas ideologías urbanísticas habían ignorado las necesidades reales de las personas. 

Las ocupaciones ilegales, los problemas de mantenimiento, la presencia de actividades delictivas y el abandono institucional reforzaron esa percepción. Durante años surgieron propuestas para derribarlo por completo y sustituirlo por barrios tradicionales de menor escala, conectados mediante calles, plazas y edificios más próximos a las dimensiones humanas.

Giuditto Miele Alla Cerimonia Di Inizio Lavori Del Complesso Corviale
Giuditto Miele Alla Cerimonia Di Inizio Lavori Del Complesso Corviale

Giuditto Miele en la ceremonia de colocación de la primera piedra del complejo Corviale

La batalla por decidir su destino. Sin embargo, Corviale nunca fue demolido. A diferencia de muchas otras grandes urbanizaciones europeas de posguerra, logró sobrevivir a los intentos de derribo. Parte de la explicación reside en su creciente valor simbólico. Lo que para unos era un fracaso urbanístico, para otros representaba una pieza irrepetible de la historia arquitectónica italiana. 

El edificio terminó obteniendo protección patrimonial y pasó a formar parte del debate nacional sobre qué hacer con las grandes utopías del siglo XX. La discusión dejó de centrarse únicamente en si el proyecto había funcionado o no para convertirse en una pregunta más compleja: cómo transformar una estructura tan gigantesca sin destruirla.

Medio siglo de reformas para corregir una idea. Las últimas décadas han estado marcadas por una sucesión casi constante de proyectos de regeneración. Concursos internacionales, asociaciones vecinales, arquitectos y administraciones públicas han intentado adaptar el complejo a las necesidades actuales. Algunas intervenciones han regularizado espacios ocupados, otras han rehabilitado zonas comunes y varias buscan recuperar la escala peatonal mediante nuevos espacios públicos y áreas verdes. 

Ningún otro conjunto residencial de Roma ha recibido una inversión pública tan intensa y prolongada. La paradoja en este caso es más que evidente: el edificio que nació para simplificar la vida urbana se ha convertido en una de las operaciones de regeneración más complejas de la ciudad.

Consecuencias de una gran apuesta. La historia del Corviale sigue fascinando porque trasciende la arquitectura. Es el relato de una época que creyó que los problemas sociales podían resolverse mediante grandes soluciones físicas y de una ciudad que continúa lidiando con las consecuencias de aquella apuesta. El edificio, por cierto, sigue en pie, habitado por miles de personas y sometido a continuas transformaciones. 

Para algunos demuestra los límites de las grandes visiones urbanísticas, para otros, la capacidad de una comunidad para adaptarse a un proyecto inacabado. Lo cierto es que medio siglo después, Roma sigue dedicando recursos, tiempo y energía a gestionar una estructura concebida para funcionar como una ciudad completa. 

Y quizá esa sea la prueba más clara de que Corviale nunca dejó de ser exactamente eso: una urbe encerrada dentro de un edificio.

Imagen | Wikimedia, Umberto Rotundo, Alessandro Pace

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China no puede comprar los mejores chips de Nvidia. Así que Alibaba ha decidido conectar los suyos y venderlos como si fueran uno solo

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Alibaba no quiere que su infraestructura de inteligencia artificial (IA) siga dependiendo de las tecnologías de Nvidia. Poco a poco las mayores compañías de tecnología de China están asumiendo la petición que el Gobierno de Xi Jinping les hizo a principios de octubre de 2024: en la medida de lo posible debían utilizar chips producidos en China. Diez meses después esta recomendación se transformó en una exigencia.

Y es que los centros de datos que pertenecen al Estado en todo el país debían utilizar al menos un 50% de circuitos integrados chinos en sus servidores. Este escenario favorece sobre todo a Huawei, Moore Threads y Cambricon Technologies porque son los principales fabricantes de GPU para IA de China, pero también viene de maravilla a Alibaba. De hecho, Alibaba Cloud, su filial de computación en la nube, ha dado un paso hacia delante muy importante.

Hace unos días presentó un nuevo chip para IA, el Zhenwu M890, y oficializó un itinerario muy ambicioso que describe qué soluciones va a desarrollar durante los próximos tres años. Esta GPU ha sido diseñada por T-Head, la división de semiconductores que Alibaba fundó en 2018. Incorpora 144 GB de memoria HBM3 y alcanza una velocidad de transferencia de interconexión entre chips de hasta 800 GB/s. Como estamos a punto de descubrir, esta última prestación es esencial en la estrategia que ha puesto a punto Alibaba para competir en el mercado del hardware para IA.

Alibaba se va a gastar 53.000 millones de dólares en su infraestructura

Según Alibaba, el rendimiento de su chip Zhenwu M890 triplica el de su predecesor. Además, ha sido diseñado para rendir bien tanto durante el entrenamiento de los modelos de IA de vanguardia como durante la inferencia. Un apunte importante: la inferencia es a grandes rasgos el proceso computacional que llevan a cabo los modelos de lenguaje con el propósito de generar las respuestas que corresponden a las peticiones que reciben.

Alibaba quiere competir de tú a tú con Nvidia en el despliegue de infraestructuras para centros de datos

No obstante, hay otro dato relevante que merece la pena que no pasemos por alto: en operaciones de precisión media (FP16) el chip Zhenwu M890 alcanza 0,6 petaflops, un rendimiento equiparable al de la GPU A100 de Nvidia y tres veces superior al del chip H20. Por otro lado, el chip de interconexión ICN Switch permite enlazar hasta 128 GPU M890 para que trabajen al unísono. Alibaba asegura que esta arquitectura consigue que estas GPU funcionen como un único chip, lo que, sobre el papel, le permitirá competir de tú a tú con Nvidia en el despliegue de infraestructuras para centros de datos.

En lo que se refiere al itinerario que seguirá hasta 2028, esta compañía china ha anticipado que planea lanzar el Zhenwu V900 durante el tercer trimestre de 2027. Según Alibaba, implementará una arquitectura de computación paralela propia notablemente mejorada, tendrá un rendimiento tres veces superior al del chip M890, se apoyará en 216 GB de memoria y alcanzará una velocidad de transferencia de interconexión de 1.200 GB/s. El Zhenwu J900 llegará durante el tercer trimestre de 2028 con otro salto arquitectónico de mayor calado.

Este roadmap refleja que Alibaba va con todo. De hecho, también ha anunciado que va a respaldar este plan con una inversión en infraestructura de 380.000 millones de yuanes (unos 53.000 millones de dólares) durante los próximos tres años. Es el mayor compromiso de este tipo en la historia de la compañía. Además, T-Head está planificando su salida a bolsa para financiar un programa de inversión en infraestructura más agresivo, lo que la colocaría en competencia directa con Cambricon Technologies y la línea Ascend de Huawei en el mercado doméstico de chips para IA.

Imagen | Alibaba

Más información | Alibaba | ChinaDaily

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