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La hora marcada: El clásico de terror de la televisión mexicana

Si un género ha tenido gran conexión con el público mexicano, ése es el terror. Experimentar lo desconocido, sentir pánico ante presencias de otro mundo, o descubrir todo tipo de criaturas es algo que los mexicanos disfrutan, al menos en la pantalla. Sin importar los actores que participen, de dónde provenga su historia, o incluso la calidad de las mismas, es común que las producciones de terror se coloquen entre lo más visto en taquilla o streaming. Pero ese éxito no es algo reciente. A finales de los años 80, el terror tenía a México en vilo gracias a La hora marcada, serie que no sólo fascinó y aterró a millones de espectadores, también catapultó el talento de mexicanos como Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón, que hoy tienen más de un Óscar en su haber.
El fenómeno
La hora marcada fue una creación de la productora Carmen Armendáriz (María Félix: La Doña). Su intención era traer el terror al público mexicano, justo de la forma en que proyectos como La dimensión desconocida marcaron un antes y un después en Norteamérica. Se trató de una producción pionera para la televisión mexicana, ya que el terror era un género destinado al cine. Como explotarlo de la manera correcta resultaba caro, ningún productor o creativo se atrevía a llevarlo para la pantalla chica. En un país donde el melodrama era el género predilecto de los espectadores, apostar por el terror resultaba arriesgado.
El equipo de La hora marcada decidió que, si iban a realizar un género “complicado” para la televisión, entonces lo harían bien. Carmen Armendáriz se reunió con un equipo que involucró a importantes directores y guionistas de la época, como Gilberto de Anda, José Luis García Agraz , Jorge Prior, Alejandro Licona y Juan Mora Catlett, entre otros. La premisa del proyecto era sencilla: en vez de contar una sólo historia a lo largo de todos sus capítulos, La hora marcada se enfocó en el formato antológico. Es decir, cada capítulo abría y cerraba una trama diferente con el miedo, lo desconocido y la fantasía como factores en común.
“Normalmente, yo hago lo que a mí me gustaría ver en la televisión y así nació La hora marcada”, rememoró Armendáriz en entrevista con Javier Poza en Fórmula en 2022. “Lo hicimos desde el corazón. Pero no teníamos idea de que estos muchachos iban a llegar tan lejos y tan arriba, desde ‘El Chivo’ hasta Cuarón y el ‘Gordo’ Del Toro. Se hizo un gran proyecto y yo estoy muy orgullosa de él”.

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Otro aspecto que compartían los capítulos era la aparición de la “Mujer de negro”. Dicha representación de “la muerte” se encargaba de hilar los capítulos, y fue el único personaje que apareció en todos. Su atuendo, compuesto de vestido largo y sombrero negro ponía tensos a los espectadores, y es que ella sólo se paraba y observaba a las víctimas de los fenómenos paranormales. Así recuerda Frances Ondiviela, una de las actrices que le dio vida al peculiar personaje, cómo eran las filmaciones en entrevista con El heraldo de México:
“Era muy divertido hacer el programa, a veces teníamos llamados nocturnos en los que me recogían a la una de la madrugada para ir al set. Muchas veces hacía un frío intenso que sólo aguantábamos con una taza de chocolate caliente y pan. De inmediato empezaba la charla, y las historias de panteones no faltaban, pero era un ambiente increíble”.
La actriz de origen español considera que gran parte del éxito de La hora marcada se debió a los temas que tocaron. Había historias de aparecidos, algunas criaturas fantásticas, maldiciones familiares, e incluso la búsqueda de la juventud eterna. Sin importar qué aspecto del terror se disfrutara más, siempre había algo atractivo para el público. La hora marcada se transmitió de 1988 a 1990, Televisa apostó por hacerlo en su canal principal, el llamado Canal de las Estrellas, todos los martes en punto de las 10 p.m., justo después de la telenovela de más éxito.
El experimento resultó. Se produjeron más de 100 episodios, y poco a poco más figuras de renombre participaron en el elenco. Una vez que terminó la serie, actores de cine, televisión y teatro ya habían formado parte de ella. Patricia Reyes Spíndola, Jacqueline Andere, Humberto Zurita, Margarita Isabel, María Rojo, Gonzalo Vega, Angélica María, Marga López, Ofelia Guilmáin, Claudia Islas, Evita Múñoz “Chachita”, Roberto Sosa, Daniel Giménez Cacho, Carmen Salinas, Arcelia Ramírez, Eduardo Palomo, Enrique Rocha, Erika Buenfil y Pedro Armendáriz Jr. fueron algunos de los actores que estelarizaron capítulos.
En años posteriores, otros proyectos intentaron copiar la fórmula de La hora marcada. TV Azteca produjo el unitario Lo que la gente cuenta, mientras que Televisa hizo lo mismo con 13 miedos. Se podría decir que éste último proyecto fue el que más bebió de la obra de Carmen Armendáriz. Además de adoptar el formato de media hora, la serie producida por Lemon Films utilizó la figura de un hombre vestido de negro para hablar sobre los “miedos” explorados en cada capítulo. Si en La hora marcada se hablaba de “la muerte”, en 13 miedos se representaba al diablo. Evidentemente, ninguno llegó al mismo nivel de éxito.

Un semillero de talento
A 35 años de que debutara en televisión, La hora marcada sigue en la mente de muchos espectadores. Pero también en la de quienes trabajaron para ella. Actualmente, no podríamos hablar de cine mexicano sin mencionar los nombres de Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Emmanuel Lubezki. Los tres cineastas han puesto el nombre de México en alto gracias a su trabajo en cintas como La forma del agua, Gravedad y El renacido, respectivamente, pero no sólo tienen en común su origen mexicano. En algún momento, los tres formaron parte de La hora marcada.
La primera participación importante de Cuarón se dio en el episodio 22, titulado “No estoy jugando”. Éste narraba la historia de un joven enamorado de una mujer que no le correspondía. Harto de la situación, decide hacer un pacto para poseer el cuerpo del hombre al que ella sí ama. Dirigió a Rafael Sánchez Navarro, Mariagna Prats y Guillermo García Cantú. En aquellos tiempos, Del Toro aún no recibía una oportunidad de dirigir, pero sí formaba parte del equipo técnico: se encargaba de aspectos como el maquillaje de los personajes.
“Alfonso y yo nos conocimos en los 80s”, mencionó Del Toro para Deadline. “Habíamos escuchado el trabajo del otro por amigos en común. Y recuerdo pensar: ‘¿Quién es este tipo que a todos les cae bien? ¿Por qué a todos les agrada?’ Nos conocimos en la sala de espera de La hora marcada, un programa en el que yo iba a realizar los efectos de maquillaje y Alfonso escribía y dirigía. Recuerdo haberle dicho: ´Mira, haré el maquillaje si me dejas dirigir y escribir algunos episodios´”.
Afortunadamente, las intenciones de Del Toro se convirtieron en realidad. Ambos se unieron para “De ogros”, uno de los episodios más recordados del proyecto. Cuarón dirigió una historia escrita por el tapatío, y Emmanuel Lubezki se encargó de la fotografía. Lejos estaban de imaginar que, años después, sus nombres serían reconocidos en ceremonias tan importantes como los premios Óscar. Para muchos seguidores, “De ogros” funcionó como un breve pero contundente adelanto del estilo que Del Toro derrocharía en futuros proyectos.

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El primer episodio que dirigió fue “Con todo para llevar”. En él, un joven disfruta de una hamburguesa en un restaurante, pero la actitud de los empleados le hace pensar que la carne de su platillo quizá no provenga de un animal. Posteriormente, coqueteó con la ciencia ficción en “La cosa”, donde una criatura amenaza a un hombre que presenció un incidente de tránsito.
Irónicamente, La hora marcada no sólo permitió que estos tres talentosos mexicanos trabajaran juntos, también fortaleció una amistad duradera hasta nuestros días. Sin embargo, no todo fue miel sobre hojuelas. Para tener el honor de dirigir un episodio en la serie del momento, Cuarón inició como asistente de dirección. Ahí aprendió todo lo necesario para después hacerse cargo de sus propias historias. Del Toro participó en el maquillaje y los efectos especiales, e incluso hubo ciertos roces entre ambos. Cuarón dirigió un episodio inspirado en un relato de Stephen King, y Del Toro lo cuestionó por el resultado, que no fue de su agrado.
Así recordó Guillermo del Toro su paso por La hora marcada en entrevista para Cine PREMIERE en 2018:
“A mí me encanta haberlo hecho. Carmen Armendáriz fue una santa patrona de mi generación —y otras— del quehacer cinematográfico en México. Era un momento bien difícil para el cine aquí. Tras la generación de [Arturo] Ripstein, [Felipe] Cazals y [Jorge] Fons, vino un silencio muy denso. Y luego vino la siguiente generación que entró completamente en La hora marcada y nos permitió ejercer a nosotros ahí. Primero como maquillistas, como diseñadores de monstruos, como actores, guionistas y directores. Yo hice veintitantos capítulos de La hora marcada. Era padrísimo. Fue un momento bien bonito”.
En total, Alfonso Cuarón dirigió 7 episodios, mientras que Guillermo del Toro escribió 5 y dirigió 6, pero colaboró en más de 20.
Sin embargo, no fueron los únicos grandes cineastas que iniciaron en esta producción de Televisa. El cineasta Luis Estrada (El infierno), y los directores de fotografía Guillermo Navarro (El laberinto del fauno) y Rodrigo Prieto (Los asesinos de la luna) también aterrorizaron al público en sus primeros años de carrera. Si alguna vez dudaron del impacto de La hora marcada, sólo hace falta ver hasta dónde llegaron todos ellos. No sólo se trató de un proyecto exitoso, también fue un semillero de talentos. Y demostró lo que la televisión abierta mexicana podía lograr con talento, esfuerzo, respeto por el público… y por las fuerzas del más allá.
Si quieren conocer este clásico por primera vez, o recordar esas aterradoras noches de martes frente a la pantalla del Canal 2, varios capítulos de La hora marcada se encuentran disponibles en el catálogo de ViX. ¿Listos para ser víctimas de la “Mujer de negro”?
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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
Staff Cine PREMIERE Este texto fue ideado, creado y desarrollado al mismo tiempo por un equipo de expertos trabajando en armonía. Todos juntos. Una letra cada uno.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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