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¿Se puede amar/odiar una película sin haberla entendido?

“Una manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros” [vía]. Definir el arte es sencillo; entenderlo no siempre lo es. Como prueba basta recordar el recorrido histórico de las llamadas bellas artes –arquitectura, danza, escultura, música, pintura y literatura–, que pasaron de lo tradicional a lo innovador tras una larga evolución que no siempre fue bien recibida por una sociedad que batallaba por comprender el significado de las obras más novedosas. El cine, también conocido como el séptimo arte, no es la excepción a la regla.
Aunque mucho se ha debatido sobre cómo no todas las películas se merecen esta etiqueta, es un hecho que muchos creadores –también catalogados como autores– se han decantado por una narrativa clásica dotada de temas, símbolos y reflexiones que están sujetos a la interpretación de las audiencias. Más desafiante es el caso de aquellos cineastas que han retado los viejos convencionalismos para la concepción de proyectos muchos más elaborados y cuyas tramas no siempre son plenamente comprendidas por el público.
Esto ha provocado toda clase de reacciones encontradas que van del aplauso al desprecio, así como el surgimiento de una duda recurrente: ¿se pueda amar u odiar una película sin entender del todo su significado?

El tabú de pensar el cine
¿En qué radica la calidad de una expresión artística? En el caso de la pintura, se pensaba en su capacidad para imitar la realidad, hasta que el impresionismo cuestionó la premisa. Caso similar al de la música, que dejó atrás los convencionalismos de su periodo clásico para centrarse en las emociones con el modernismo. La transición fue difícil en ambos casos, pero no impidió la evolución y posterior ascenso como auténtico arte.
El caso del cine es más difícil de analizar: su juventud, al acumular poco más de un siglo de historia –la primera proyección de los Lumière se realizó en 1895–; sus bases que se apoyan en artes narrativas, visuales y sonoras; la incorporación de otras disciplinas como el dibujo, la escultura, la actuación y la fotografía. Esto resulta en un arte mixto que debe ser supervisado por un director para evitar el caos.
Los análisis más convencionales suelen medir la calidad de una película según los valores de su dirección, guion y actuación, así como de otros elementos técnicos como la dirección artística, la música o el vestuario. Esta práctica puede funcionar en la mayoría de los casos, pero se complica con todas aquellas historias que se oponen los convencionalismos narrativos en busca de propuestas distintas. Esto ha provocado que críticos como Alan Stone de Boston Review juzguen duramente aquellas películas en las que “casi nadie sabe con certeza lo que ha visto después de un visionado”, una opinión que fuera desafiada por Roger Ebert al considerarla “muy cierta. Pero cierta para todas las grandes películas, pues sólo sabes con certeza lo que has visto después de ver una película superficial”.

Voces alternativas
Cualquiera puede tomar una cámara y filmar. Esto no significa que cualquiera pueda hacer una película y menos aún, que sea capaz de transmitir mensajes, abordar temas, provocar sensaciones y generar reflexiones en sus audiencias. Como prueba basta recordar la trayectoria de grandes creativos que han batallado con la incomprensión del público tras el estreno de obras que se han distanciado de los parámetros preestablecidos.
Tal fue el caso del surrealista Luis Buñuel con Un perro andaluz (1929), realizada en colaboración Salvador Dalí cuando “él soñó con su mano que estaba llena de hormigas. Y yo soñé con un cuchillo cortando un ojo. Él me dijo que podíamos hacer una película con eso”, explicaría el realizador años más tarde [vía]. La falta de una trama convencional, sus abruptos saltos temporales y la brutalidad de sus imágenes le llevó a temer una reacción violenta del público, al grado que llevó rocas al estreno para defenderse en caso de ser necesario. El filme recibió algunas denuncias ante las autoridades, pero la reacción fue mayoritariamente positiva, lo que resultó en ocho meses de proyecciones. Buñuel lo atribuyó a que “las fuentes en las que se inspira el film son las de la poesía, liberada del lastre de la razón, de la tradición y de la moral. Su propósito, provocar en el espectador reacciones instintivas de atracción o de repulsión. La experiencia ha demostrado que este objetivo fue plenamente conseguido” [vía]. Hoy es celebrada como una obra maestra y una pieza indispensable del celuloide, aunque su brutal construcción sigue siendo motivo de debates y cuestionamientos.
No menos radical fue el caso de Fantasía (1940) con la que Walt Disney intentó elevar el estatus de la animación al emplear la música clásica como hilo conductor de toda clase de historias. Una dramática evolución de lo hecho con las Sinfonías Bobas que dejaba atrás el humor para adentrarse de lleno en la expresión artística. La crítica alabó el filme, mientras que numerosos compositores encabezados por Igor Stravinsky –el único vivo cuya música es empleada en la cinta– se molestaron al considerar que las imágenes impedían que las audiencias se dejaran llevar por el sonido. Su fracaso en la taquilla fue atribuido a la II Guerra Mundial, al abrupto cambio de estilo e incluso las pretensiones del creativo. La popularidad sólo incrementó hasta 1969, cuando la época permitió promocionarla como una experiencia psicodélica. Muchos siguen sin apreciar su valía, lo que no ha impedido que el American Film Institute la catalogue entre las cien películas imprescindibles de todos los tiempos.
Más drástico fue el caso de Federico Fellini, quien abandonó sus bases neorrealistas tras el éxito de La Strada (1954) para experimentar con historias cimentadas sobre el valor de la imagen. La transición es evidente en La Dolce Vita (1960) y muy especialmente en 8 ½ (1963), para después dispararse con títulos como Roma (1972), Amarcord (1973) e Intervista (1987) que suscitaron debates sobre una auténtica caída libre del italiano. Roger Ebert difiere al asegurar que sólo “lucha por la naturaleza de su imagen […]. La película es para las imágenes y éstas funcionan mejor cuando son libres para evocar muchas asociaciones y no están vinculadas a propósitos estrictamente definidos” [vía].
Este último fue una gran influencia para David Lynch, quien ha cimentado buena parte de su obra en ensoñaciones pesadillescas difíciles de etiquetar que deambulan entre el surrealismo y el realismo mágico. A pesar del culto alcanzado, el cineasta se ha quitado la etiqueta de artista al asegurar que “no sé de dónde vienen [mis ideas]. Por eso pienso que no puedo tener ningún crédito de lo que he hecho” y explicar que sus cintas carecen de mensajes, pues “obtengo las ideas en fragmentos y sólo cuando algunos se unen puedo decir que algo trata de esto o aquello” [vía]. Todo esto es evidente en títulos como Eraserhead (1977), El hombre elefante (1980), Twin Peaks (1990) y Mulholland Drive (2001), e irónicamente ha provocado que Dune (1984) sea visto por algunos como su proyecto más asequible, pero también como el más impersonal de todos y el que menos respeta su visión.

Nuevas visiones
Aunque es común escuchar que las tendencias narrativas del cine se han simplificado con los años hasta alcanzar un punto muerto en el siglo XXI, existen voces realizadoras cuyas respectivas visiones arrojan todo tipo de retos para las audiencias. Uno de los mayores ejemplos de ello es Terrence Malick, quien luego de una larga ausencia realizadora, alcanzó la plenitud con El árbol de la vida (2011), un coming-of-age poco ortodoxo que aborda temas como el paso del tiempo, la divinidad, la vida y la muerte a partir de una historia no-lineal que es acompañada por imágenes que representan la creación de todas las cosas. Público y crítica batallaron por definirla y aun así le dieron el estatus de obra maestra tras compararla, no con otras películas, sino a las sensaciones provocadas por un clásico literario como Hojas de hierba (1855) de Walt Whitman.
Las emociones generadas por Charlie Kaufman no son tan fáciles de calificar, pues su obra ha combinado elementos metafísicos y surrealistas para una profunda exploración de la mente humana. Su punto de partida fue ¿Quieres ser John Malkovich? (1999) que fue alabada por la originalidad de sus portales cerebrales, pero sus deseos por seguir sorprendiendo desembocaron en historias e imágenes cada vez más enrevesadas como Nueva York en escena (2008) y Pienso en el final (2020), lo que ha llevado a lecturas más elaboradas y opiniones cada vez más encontradas ante la incomprensión. A pesar de esta aparente complejidad, el creativo está convencido de que su trabajo está diseñado “para que sea resuelto. Es por lo que está pasando el personaje. O lo entiendes o no» [vía].
Más controvertido es lo hecho por Christopher Nolan, cuya labor le ha valido comparativos con leyendas como Alfred Hitchcock y Stanley Kubrick. El primero por el uso recurrente del suspenso en historias diseñadas para el disfrute de las audiencias; el segundo por el aprovechamiento de la espectacularidad visual para la creación de reflexiones filosóficas; y en ambos casos por el compromiso mostrado con todas las áreas de la producción, lo que le ha valido la etiqueta de autor. Estas cualidades han inspirado incontables discusiones alrededor de títulos que trasladan el factor humano a historias regidas por principios físicos como son el tiempo y el espacio. Sucedió con El origen (2010) y el totem que define el destino de su protagonista; con Interestelar (2014) y el amor como clave para la salvación humana; finalmente con Tenet, un filme de espías cuya narrativa reversible y mensajes encriptados ha generado cuestionamientos sobre si estamos ante una obra maestra o una trama básica retorcida por las pretensiones del británico. Estas etiquetas no parecen ser una gran preocupación para Nolan, quien explicó a Cine PREMIERE que “las mejores películas son aquellas que logran tener un diálogo entre la audiencia y el director, donde el realizador puede acercar al público al tema que está tratando y que puedan participar. Para mí, Tenet no es una lectura sino una conversación«.

Entender una película
La creación artística va más allá de los impulsos aislados que cualquiera sentiría frente a un lienzo, una hoja o una cámara. Es un canal con el que los artistas intentan transmitir una expresión o un sentimiento. Bajo esta premisa, el historiador artístico Erwin Panofsky considera que la mejor forma de entender el arte es con una exploración sensorial que inicia con ver/oír, continúa con mirar/escuchar y culmina con el pensamiento. Un paso decisivo que implica la búsqueda de reflexiones, no con el afán de hallar respuestas concretas pues no se trata de una ciencia exacta, sino de interpretaciones que pueden requerir un conocimiento del contexto o del trasfondo del autor, pero también una apertura emocional ante las manifestaciones más abstractas.
“El caso del cine es especialmente propenso al análisis”, asegura el guionista Álvaro del Amo. “Y no sólo aquellos films que aparecen con el énfasis en la dificultad, sino que cualquier film […]. El cine así se levanta como un arte vivo y polémico. La forma no es […] envoltura de convenciones o ritual de oscuros signos, sino que se observa como despliegue de posibilidades expresivas, como una obra de arte susceptible de ser leída de diferentes maneras, a distintas calas, con una amplia gama de contenidos, situados a diversos niveles”.
Las interpretaciones son infinitas y el entendimiento absoluto quizá no siempre sea posible, pero si la película en cuestión fomenta el diálogo y produce sensaciones en sus audiencias, bien puede decirse que el trabajo está hecho.

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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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