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El James Webb acaba de descubrir agua oxigenada en el sitio más insospechado que se nos podía ocurrir: la luna de Plutón
Los instrumentos del Telescopio Espacial James Webb (JWST) son capaces de alcanzar algunos de los lugares más recónditos del universo en el espacio y el el tiempo. Sin embargo, de vez en cuando apuntan a lugares más cercanos para darnos una perspectiva nueva de nuestro vecindario estelar.
Ampliando el inventario. Es lo que ha ocurrido recientemente: el James Webb ha apuntado hacia la mayor de las lunas de Plutón, Caronte, y ha hallado pruebas de la existencia en su superficie de dos nuevos compuestos, dióxido de carbono (CO2) y peróxido de hidrógeno (agua oxigenada o H2O2).
Según explican desde el SwRI (Southwest Research Institute), institución desde la que se ha liderado el proyecto, el hallazgo añade nuevas materias al “inventario químico” de Carnonte. Un inventario que ya contaba con compuestos como hielo de agua, compuestos con amoniaco y moléculas orgánicas.
“Caronte es el único objeto de tamaño mediano del cinturón de Kuiper (…) que ha sido geológicamente cartografiado, gracias a la misión New Horizons, liderada por el SwRI,” señalaba en una nota de prensa Silvia Protopapa, miembro del equipo responsable del hallazgo. “Caronte no está oscurecida por hielos altamente volátiles como el metano y por ello provee una perspectiva valiosa de los procesos como cómo la exposición a la luz solar y la formación de cráteres afectan a estos cuerpos distantes.”
Infrarrojo cercano. Entre 2022 y 2023 el telescopio apuntó al sistema formado por Plutón y Caronte, obteniendo una cobertura completa del hemisferio norte del satélite. La detección se realizó gracias al espectrógrafo de infrarrojo cercano NIRSpec (Near-Infrared Spectrograph) del JWST.
El instrumento analizó el segmento infrarrojo cercano de la luz reflejada por Caronte. Distintos elementos y moléculas dejan una impronta particular en la manera en la que se refleja la luz en la superficie de un objeto. Analizando esta “huella dactilar” es posible determinar qué compuestos son los que están reflejando esta luz. Cuanto mayor sea el rango del espectro luminoso que analizamos más datos tendremos sobre estos compuestos.
El análisis y su contraste con medidas tomadas en laboratorio, explica el equipo, también sirvió para concluir que el dióxido de carbono presente en la superficie de Caronte formaría una especie de revestimiento cubriendo una capa más profunda con abundante hielo de agua. Los detalles del estudio fueron publicados recientemente en un artículo en la revista Nature Communications.
¿De dónde sale este CO2? Con respecto al origen de este dióxido de carbono, el equipo considera que podría estar en el interior del satélite y que habría llegado a la superficie a través de los procesos de formación de cráteres de Caronte. “Es sabido que el dióxido de carbono estaba presente en la región del disco protoplanetario en la que se formó el sistema de Plutón,” explicaba Protopapa.
¿Agua oxigenada? El agua oxigenada por su parte indica “claramente” que el agua helada de la superficie del satélite es afectada por la radiación ultravioleta que la alcanza, así como por las partículas cargadas que llegan del Sol y del medio interestelar, explica el equipo. Los iones y otras partículas que impactan contra las moléculas de agua son capaces de romperla, tras lo cual sus átomos se recomponen, pudiendo formar moléculas de peróxido de hidrógeno.
Plutón y Caronte. El sistema que forman Plutón y Caronte es singular. Juntos forman un sistema binario que, debido a la escasa diferencia entre las masas de ambos objetos y a su distancia, orbita un centro de gravedad que se encuentra fuera del planeta principal, Plutón. Es decir, tanto Plutón como Caronte dan vueltas a un punto imaginario ubicado cerca del planeta enano.
Conocer la composición de Caronte puede ayudarnos a comprender los misterios del singular sistema. Por ejemplo, revelándonos cómo se formó este satélite. Según explica el astrofísco Brad Tucker (quien no participó en el estudio), nuestra principal hipótesis sobre el nacimiento de Caronte es que fue consecuencia de un ompacto entre Plutón y un asteroide del cinturón de Kuiper. Un nacimiento similar al de nuestra Luna.
Sin embargo esta no es la única posibilidad. Por ejemplo, ambos objetos podrían haber sido resultado de la colisión de otros dos asteroides que habrían quedado desintegrados y recompuestos en este sistema binario. Investigaciones como esta podrán ayudarnos a resolver este enigma.
Imagen | NASA, APL, SwRI
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Chile tiene uno de los cielos más valiosos de la Tierra. Las renovables lo están poniendo contra las cuerdas
Chile tiene un diamante de 105.000 km². El desierto de Atacama es uno de los más importantes del mundo debido a su aridez extrema. Es por ello que resulta clave para estudiar la adaptabilidad de fauna y flora a unas condiciones muy duras de sequía y salinidad, pero también es una joya para la observación espacial y las energías renovables. Pero hay mezclas que no funcionan, y Atacama es el ejemplo de cómo uno de los mejores laboratorios naturales para la transición energética y uno de los mejores lugares para mirar el universo no combinan bien.
Spoiler: han ganado los astrónomos. Por el momento.
La batería de Atacama. No es la primera vez que dos disciplinas chocan en el desierto de Atacama. Por sus condiciones, este desierto se ha convertido en la pila renovable del país. No sólo triunfan los proyectos de energía solar, sino también los parques de aerogeneradores. Y tan importante como esto: uno de sus salares esconde una de las reservas de litio más importantes del mundo.
Esto es vital para construir baterías para la transición energética de los automóviles, por ejemplo, pero el precio está siendo demasiado alto: estamos acabando con la biodiversidad. En paralelo a esta batalla se ha librado otra: la de un enorme proyecto de energía renovable para crear hidrógeno verde que entraba en conflicto con uno de los observatorios más importantes del mundo: el Observatorio Paranal del Observatorio Europeo Astral.
La amenaza del INNA. La estadounidense AES Corporation, de la mano de la filial chilena AES Andes, estaba preparando la construcción de un parque fotovoltaico de más de 3.000 hectáreas, turbinas eólicas e instalaciones de refinado para producir hidrógeno verde y amoníaco. El hidrógeno verde es una de las cuentas pendientes de la energía y es positivo, pero había un problema: estaría a sólo 10 kilómetros del observatorio.
Los astrónomos pusieron el grito en el cielo apuntando que las microvibraciones de la instalación, el polvo y, sobre todo, la contaminación lumínica perturbarían la labor diaria en unas instalaciones que se encuentran en un lugar privilegiado, precisamente, porque están en mitad de ninguna parte. Esta instalación es de importancia global porque alberga el Very Large Telescope (uno de los más potentes del mundo) y tendrá tanto el Extremely Large Telescope como el Cherenkov Telescope Array Observatory. Lo de los nombres de los telescopios es una cosa.
Los científicos que trabajan en el observatorio se pusieron de acuerdo para firmar una carta abierta en la que apuntaban que la construcción de las instalaciones pondría en grave peligro las misiones que allí se desarrollaban, describiendo el programa como “una amenaza inminente” para la capacidad de la humanidad de investigar el cosmos.
Victoria. Tras meses de pelea, los astrónomos ganaron. Fue a comienzos de este año cuando AES Andes anunció que abandonaría el proyecto, apuntando que se centraría en otras instalaciones, pero mencionando que el INNA era “totalmente compatible con las actividades de la región”.
Ya no era una pelea sólo del Observatorio Paranal debido a que en la zona hay unos 30 sitios astronómicos, muchos de ellos internacionales, y su importancia es la que es porque, aparte de la nula contaminación lumínica, se estima que hay más de 300 noches cada año sin lluvias ni nubes que interfieran con la labor científica.
Sí, pero. El problema es que una cosa son los intereses de los astrónomos e investigadores del universo y otra es la prioridad de las energéticas… y de hasta el mismísimo país. Los investigadores apuntan que cada vez hay más presiones por convertir el desierto de Atacama en esa mencionada ‘pila’ de Chile, y el INNA no ha sido la única amenaza que han experimentado los observatorios.
En 1955, una importante estación solar operada por la Institución Smithsonian de Estados Unidos se vio obligada a cerrar debido a la expansión minera en la zona. Unda-Sanzana, director del Centro de Astronomía de la Universidad de Antofagasta, apunta que “hemos tenido 70 años para aprender de la historia y evitar repetir esos mismos errores”, lamentando lo cerca que han estado de revivir la situación.
Y el problema es que las cosas no han cambiado demasiado. Esta victoria ha sido sufrida, pero los astrónomos apuntan que las leyes chilenas de preservación del cielo siguen siendo laxas y están desactualizadas, por lo que habría que poner remedio a esto en lugar de pelear cada batalla de forma individual.
Imagen | G. Hüdepohl/ESO
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Tras la gasolina, la guerra de Irán está a punto de disparar el precio de algo igual de doloroso: tu ropa de Zara
Durante la crisis del petróleo de 1973, varias industrias que parecían completamente ajenas a la energía, como la del plástico o los fertilizantes, descubrieron de golpe que sus costes podían dispararse en cuestión de semanas por decisiones tomadas a miles de kilómetros, alterando precios y cadenas de suministro en sectores donde nadie miraba al barril de crudo.
Del petróleo al armario. Contaba el fin de semana Reuters que el encarecimiento de la energía tras la guerra en Irán está empezando a filtrarse mucho más allá de la gasolina o el transporte, alcanzando un terreno menos evidente: la ropa que llega a las tiendas.
El vínculo es directo, porque buena parte de la industria textil depende de derivados del petróleo, y cualquier tensión en ese mercado se transmite rápidamente a los materiales que sostienen la producción global de prendas.
La pieza clave. El poliéster domina la industria textil mundial con una presencia masiva en casi todo tipo de prendas, desde ropa deportiva hasta vestidos cotidianos. El problema es que su fabricación depende de compuestos como el PTA y el MEG, cuyo coste se ha disparado cerca de un 30% debido a la subida del crudo, el encarecimiento de proveedores asiáticos y las disrupciones en Oriente Medio.
Esta presión convierte al poliéster en el punto de entrada de la crisis energética en la moda, trasladando el impacto desde los mercados energéticos hasta el tejido mismo de la industria.
La cadena que empieza romperse. Recordaba Reuters que el golpe se está sintiendo con especial intensidad en India y Bangladesh, dos pilares de la producción global de ropa. Fábricas que antes operaban a pleno rendimiento han reducido drásticamente su actividad, con telares parados, producción recortada a menos de la mitad y dificultades para cumplir pedidos internacionales.
A esto se suma la escasez de mano de obra en algunos centros textiles, provocada por problemas energéticos básicos como la falta de gas, lo que añade otra capa de tensión a un sistema ya al límite.


Ganar tiempo sin escape. Aquí surgen los grandes nombres, donde empresas como Inditex o H&M todavía no están trasladando de inmediato el impacto al consumidor gracias a compras anticipadas y planificación de inventarios, lo que les ha permitido atenuar y amortiguar el golpe en el corto plazo.
Aun así, los proveedores ya están anunciando subidas de precios y el margen de absorción tiene un límite meridianamente claro. Plus: el uso de poliéster reciclado ofrece cierto alivio, aunque su peso sigue siendo reducido dentro del total global, lo que limita su capacidad para compensar la presión actual.
Los costes suben, la demanda tiembla. Así, el aumento de precios empieza a trasladarse a hilos, tintes, transporte y componentes esenciales, generando un efecto en cadena que puede acabar afectando al volumen de pedidos.
Por su parte, los fabricantes advierten que, si la situación se prolonga, la producción caerá y los consumidores reducirán compras ante precios más altos. El fenómeno, conocido como destrucción de demanda, introduce un riesgo añadido: una caída simultánea de oferta y consumo que afecta a toda la industria.
No es solo la camisa de Zara, también el calzado. Sí, porque el impacto del petróleo apunta a extenderse también al sector del calzado, donde materiales derivados como espumas, adhesivos o suelas sintéticas dependen igualmente de productos petroquímicos.
Dicho de otra forma, esto significa que la presión sobre costes no se va a limitar a camisetas o pantalones, sino que alcanza a una amplia gama de productos, complicando la planificación de precios y la estabilidad del mercado.
La crisis donde nadie miraba. En definitiva, lo que comenzó como una subida en los precios energéticos se está transformando en un problema estructural para la industria de la moda.
De fondo, la dependencia del petróleo en materiales clave convierte cualquier conflicto en una variable directa sobre el precio final de las prendas. Y a medida que la presión se acumula en la cadena de suministro, el impacto deja de ser invisible o mínimo para empezar a acercarse lenta pero inexorablemente al bolsillo del consumidor, señalando un cambio profundo en cómo la geopolítica puede acabar reflejándose en algo tan cotidiano como la camisa que hasta ahora comprabas por 20 euros.
Imagen | NASA, Leitonmahillo
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crónica de un colapso anunciado y registrado casi en vivo por la NASA
La Ciudad de México se enfrenta a uno de los desafíos geológicos más complejos que existen y no son los terremotos: es la subsidencia acelerada por la actividad humana. ¿Qué es eso? El hundimiento lento y progresivo del suelo. Una de las causas está en la extracción de demasiada agua del subsuelo porque ese agua en parte sujeta el terreno desde dentro. Si no hay agua, los sedimentos se compactan por acción de la gravedad y como resultado, la superficie desciende.
Ciudad de México lleva más de un siglo hundiéndose por esta razón y la reciente misión satelital NISAR, una colaboración entre la NASA y su homólogo indio ISRO, ha puesto en marcha una vigilancia sin precedentes que ya da sus frutos: la cartografía más detallada y reciente de este fenómeno en la capital mexicana para vigilar su hundimiento casi en tiempo real. Es más que un mapa: es una herramienta de supervivencia para una ciudad habitada por más de 20 millones de personas.
Ciudad de México se hunde. La primera vez que se reportó la subsidencia en México fue en 1925. Los datos desde 1898 hasta 2005 evidencian un hundimiento constante durante todo el periodo, con una tasa máxima de 40 centímetros al año entre 1998 y 2002. Ni es nuevo ni es algo pequeño y además, es un proceso acumulativo y mayoritariamente irreversible. Así que Ciudad de México se está deformando.
Los datos del Sentinel-1 mostraban que la superficie del suelo se hunde a una tasa de 35 cm por año dentro de la ciudad, mientras que las zonas de la periferia sufren una ligera elevación de unos dos centímetros al año como respuesta elástica a esa pérdida de masa de agua. Los nuevos datos del NISAR apenas abarcan tres meses (de octubre de 2025 a enero de 2026) y su lectura es tan sencilla como alarmante: el tono azul oscuro marca aquellas zonas que se hunden más de 2 centímetros al mes por subsidencia.
Por qué es importante. El problema es de seguridad pública y económico. El Economista se hace eco de un estudio de Ingeniería y Gestión Hídrica que cuantifica los daños estructurales derivados de la subsidencia: unos 67.926 millones de pesos al año (unos 3.312 millones de euros) en tuberías, averías, fracturas de edificios, entre otros. Podría parecer que el hecho de hundirse en sí fuera lo peor, pero lo verdaderamente destructivo es la diferencia de velocidad entre aquellas zonas que bajan más rápido que otras, lo que causa daños progresivos en las infraestructuras en tanto en cuanto genera tensiones estructurales críticas para el diseño de infraestructuras.
Además de los daños materiales, la subsidencia altera la respuesta sísmica del suelo, aumenta el riesgo de inundaciones graves al modificar el drenaje natural de la cuenca y favorece la migración de sales y contaminantes en los acuíferos, lo que afecta a la calidad del agua. En pocas palabras, dispara las alarmas ante una futura crisis hídrica.
Contexto. El origen del problema es una combinación de factores geológicos naturales y decisiones históricas de urbanismo. La Ciudad de México se construyó sobre el antiguo lecho del lago Texcoco, drenado por los conquistadores españoles. Al drenar el lago, la ciudad quedó asentada sobre su antiguo lecho, formado por arcillas lacustres de origen volcánico y orgánico. En condiciones naturales estas arcillas sostenían el ecosistema del lago sin colapsar. Sin embargo, el desarrollo de la ciudad y la extracción de agua ha hecho que el equilibrio se rompa: el limo se compacta y hace que el suelo se contraiga y se hunda.
El crecimiento urbano de Ciudad de México impide que las lluvias recarguen los acuíferos porque cada vez hay más suelo cubierto por superficies impermeables como asfalto. Es un círculo vicioso: hay menos recarga natural del acuífero, lo que obliga a bombear más agua, la compactación se acelera y agrava el hundimiento, dañando las infraestructuras.
No hay vuelta atrás. Cuando el esfuerzo de soportar la ciudad sobre sus hombros supera la tensión de preconsolidación (el límite de resistencia de la arcilla), las láminas minerales colapsan y se reordenan de forma definitiva. Es un camino de no retorno: aunque se dejara de extraer agua mañana, buena parte del hundimiento acumulado no puede revertirse. La ciudad literalmente ha perdido metros de altura que nunca recuperará.
Lo que sí puede controlarse son los daños, lo que pasa por un cambio en la gestión hídrica donde reducir la dependencia de los acuíferos es algo esencial. Eso sí, implica buscar otros recursos hídricos como trasvases o reciclar el agua, además de facilitar la penetración del agua en el subsuelo. Estas medidas no van a revertir el daño causado, pero al menos ralentizarían el hundimiento y ofrecerían un alternativa de acceso al agua a una megaurbe.
La tecnología detrás del mapa. El satélite NISAR es el primero en llevar dos instrumentos de radar de apertura sintética a diferentes longitudes de onda y es capaz de monitorizar las superficies terrestres y de hielo de la Tierra dos veces cada 12 días gracias a un enorme reflector de antena de 12 metros de diámetro. La técnica empleada se llama interferometría SAR (InSAR) y consiste en comparar dos imágenes de radar tomadas en distintos momentos: al medir los cambios de fase de la señal se pueden detectar desplazamientos de terreno de apenas milímetros.
La gran ventaja de NISAR frente a sus predecesores es su banda L (longitud de onda de unos 24 centímetros), lo que le permite trabajar incluso en terrenos con vegetación densa o mucha humedad donde otros radares como el Sentinel-1 perdían calidad. Esta herramienta convierte a NISAR en un sistema de alerta temprana global para ciudades que se enfrenten a riesgos similares.
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Portada | NASA y Alexis Tostado
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