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La meditación está relacionada con un aumento del rendimiento en tareas cognitivas
Respirar es un acto tan instintivo que rara vez le prestamos atención, puesto que, aunque lo hacemos unas 20.000 veces al día, estamos metidos en un estricto “piloto automático” fisiológico del que casi no somos conscientes. Sin embargo, en los últimos años, la neurociencia ha empezado a desentrañar los mecanismos detrás de una práctica que lleva milenios entre nosotros como es la respiración consciente.
Para relajarnos hay muchas técnicas que se anuncian en redes sociales, como por ejemplo el mindfulness o el control de la respiración. Pero aquí hay varias preguntas que nos podemos hacer: ¿funcionan de verdad estas técnicas? ¿Y por qué funcionan? Aquí es donde entra la ciencia, que ha conseguido mapear cómo el simple hecho de alterar nuestro ritmo respiratorio es capaz de modular la atención, la memoria y la actividad de nuestras redes cerebrales.
La base neurológica de este fenómeno se apoya fuertemente en los trabajos de investigadores como Jack L. Feldman, quien ha dedicado su carrera a estudiar el control respiratorio y su profundo vínculo con las emociones y la cognición. Pero ahora se va un paso más allá para entender que las técnicas de control de la respiración son una forma de comunicarnos con el sistema nervioso.
El botón del pánico. Para entender por qué prestar atención a cómo entra y sale el aire de nuestros pulmones tiene un impacto tan masivo, hay que mirar al tronco del encéfalo. Aquí un estudio publicado en Science en 2017 identificó un pequeño pero crítico grupo de neuronas en el complejo preBötzinger, el verdadero “marcapasos” de nuestro ritmo respiratorio.
Con apenas 175 neuronas, sus proyecciones hacían conexión con las áreas del cerebro responsables de la atención, el estado de alerta y el pánico. Es por ello que una respiración lenta y controlada reduce drásticamente la activación de este centro, y por tanto actúa como una forma de echar un freno biológico a las señales de alarma del cerebro.
Más allá de la relajación. Aunque sea lo que más nos venden en el día a día, la realidad es que cuando pasamos a una respiración consciente, también se mejora la atención focalizada, por ejemplo. Esto es lo que dejan ver los estudios de neuroimagen que muestran que el cerebro se ‘ilumina’ en áreas muy específicas cuando se está en un estado de mindfulness. En concreto, se activan las áreas relacionadas con la gestión emocional, la conciencia corporal y la atención focalizada momento a momento.
De hecho, un estudio publicado en Scientific Reports en 2018 demostró que ocho semanas de meditación basada en la atención a la respiración no solo mejoran el rendimiento en la atención selectiva visual y la memoria de trabajo, sino que optimizan la eficiencia de las redes cerebrales.
Lo nuevo que sabemos. Los últimos datos están consolidando la idea de que la respiración es el principal modulador entre nuestro cuerpo y nuestra mente. Diferentes investigaciones apuntan a cómo las conexiones interneuronales se traducen en mejoras tangibles en el control emocional.
Por ejemplo, un trabajo publicado en Frontiers in Human Neuroscience concluye que la respiración a ritmo lento reduce significativamente la ansiedad, mejorando la asimetría alfa frontal media en los electroencefalogramas, que es un conocido biomarcador del control sobre nuestras emociones.
No es magia. Este es un matiz muy importante que tenemos que hacer aquí, puesto que aunque los estudios están de acuerdo al ver que estas técnicas de mindfulness son formidables para reducir el estrés crónico, la ansiedad y la depresión, no son un milagro.
Lo que la ciencia aquí no es que estemos ante una transformación mágica, sino un entrenamiento neurobiológico. Aprender a respirar de forma consciente es, en esencia, aprender a utilizar una interfaz física que la evolución nos ha dado para optimizar la eficiencia de nuestras redes neuronales, mejorar nuestra regulación emocional y mantener el foco en un mundo cada vez más disperso.
Imágenes | Benjamin Child
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que el software siga cabiendo en un disquete
Nos hemos acostumbrado a que el software pese cada vez más. Lo vemos en aplicaciones que tardan en descargarse, en herramientas simples que llegan acompañadas de demasiadas capas y en servicios que prometen comodidad a cambio de ocupar más espacio, consumir más recursos y depender de más piezas invisibles. Por eso resulta llamativo que, en 2026, cuando buena parte de la conversación tecnológica gira alrededor de la IA y de sistemas cada vez más ambiciosos, haya quien reivindique una idea que parece salida de otra época.
La iniciativa se llama Fits on a Floppy y parte de un manifiesto publicado por el desarrollador Matt Sephton. Su regla es tan sencilla como llamativa: una aplicación que quiera lucir su insignia debe tener un tamaño total de descarga inferior a 1,44 MB, la capacidad de un disquete clásico de 3,5 pulgadas. El propio texto lo resume con una frase directa, “el software ha perdido el rumbo”, pero su propuesta no consiste en echar de menos el soporte físico, sino en recuperar la disciplina que imponía trabajar con límites muy estrechos.
Durante mucho tiempo, hacer software también consistía en renunciar. Si algo no era necesario, se quedaba fuera, porque la memoria, el almacenamiento y la paciencia del usuario tenían un límite muy visible. Luego llegó una etapa distinta: los equipos empezaron a tener más margen, las descargas dejaron de parecer una aventura y el tamaño de una aplicación dejó de ser una preocupación central. Ahí empezó a abrirse una puerta peligrosa.
El software no ha engordado por accidente
No todo ese crecimiento vino de añadir funciones visibles. Buena parte llegó por debajo, en forma de capas que el usuario no siempre ve: librerías, motores, sistemas de actualización, componentes pensados para sostener más de una versión del mismo producto y dependencias que permiten avanzar más rápido sin resolver cada problema desde cero. Esa forma de construir tiene sentido en muchos casos, sobre todo cuando se quiere mantener el mismo producto en varios sistemas. Pero también cambia la escala.
Ahí entra el valor real de la propuesta de Sephton. Fits on a Floppy no intenta demostrar que todo deba comprimirse hasta caber en 1,44 MB, sino que una restricción artificial puede servir para ordenar prioridades. Si una app nace para resolver una tarea concreta, el manifiesto pide que descargue rápido, arranque sin espera, consuma pocos recursos, sea nativa y evite dependencias innecesarias. La idea de fondo es sencilla: cuanto menos equipaje arrastra una herramienta, más fácil resulta entender qué hace, por qué lo hace y cuánto cuesta mantenerla.
La pregunta, entonces, es si esa disciplina puede volver a tener recorrido fuera del manifiesto. En una parte del software, probablemente sí. No hablamos de navegadores, editores de vídeo o servicios con inteligencia artificial integrada, sino de utilidades pequeñas, herramientas de una sola función y aplicaciones nativas que muchas veces no necesitan cargar con una arquitectura enorme. Ahí el argumento de Sephton resulta más fuerte: si el objetivo es limitado, el tamaño también debería poder serlo. No por nostalgia, sino porque una herramienta simple tiene menos excusas para comportarse como una plataforma completa.
El otro lado de la historia es que buena parte del software no se va a hacer más pequeño. Muchas aplicaciones actuales ya no son solo una ventana con una función concreta: integran cuentas, sincronizan datos, ofrecen colaboración en tiempo real, funcionan en varios sistemas y acumulan funciones que hace años no formaban parte de una aplicación de escritorio. Todo eso puede estar justificado, pero pesa. Por eso la promesa de volver al software ligero tiene límites claros. En muchos productos, la pregunta real no será si pueden caber en un disquete, sino si están creciendo por necesidad o por acumulación.
La gracia del disquete, en realidad, está en que ya no parece razonable. Precisamente por eso obliga a mirar el software desde otro lugar y a preguntarnos si todo ese peso responde a una necesidad real o a una acumulación que nadie se atrevió a revisar. Fits on a Floppy no pretende detener la evolución de las herramientas modernas ni negar que muchas necesitan ser grandes. Su utilidad está en otra parte: recordarnos que la eficiencia también es una decisión de diseño, y que el tamaño de una aplicación dice algo sobre cómo fue pensada.
Imágenes | Fernando Lavin
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Reportan la muerte del cantante Oliver Tree y el influencer Gaspi en accidente de helicópteros en Brasil
La mañana de este domingo se registró la colisión de dos helicópteros en Río de Janeiro, Brasil, que dejó al menos seis personas muertas.
Usuarios en redes sociales y la cadena CNN han reportado que entre las víctimas se encuentra el cantante estadounidense Oliver Tree y el youtuber argentino Gaspar Prim, conocido como Gaspi.
Tras la noticia del accidente, el productor musical Waoo publicó en su cuenta de Instagram una serie de stories en donde lamentaba la muerte de sus amigos, Lucas Frota y Oliver Tree.
“Te amo mucho mi hermano —Lucas—, ¡tú eres la persona más iluminada y maravillosa que he conocido en toda mi vida! Estoy sin alma pero rezando mucho por ti donde quiera que estés”, añadió en una fotografía con el artista Lucas Frota.
Además, también contó que el iba a subir al helicóptero, pero no fue de último momento, porque tenía miedo y sus amigos le consiguieron un automóvil para trasladarse; ha pedido ayuda para dar con la familia del cantante para informar sobre su fallecimiento.
De acuerdo con CNN, los pasajeros eran Oliver Tree Nickel, Lucas Vignale, Gaspar Prim y Lucas Brito Chaves, mientras que los pilotos fueron identificados como Alexandre Souza y Charles Marsillac.
La cadena G1/Globo de Brasil comparte la misma lista de víctimas por este accidente; señala que Lucas Brito Chaves era también conocido como Lucas Frota, un productor musical.
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el caza imposible “árbol de Navidad”
En el verano de 1955, los habitantes de Nevada comenzaron a informar de extraños objetos volando a alturas imposibles. Décadas después, documentos desclasificados de la CIA revelaron que gran parte de aquellos supuestos ovnis eran en realidad prototipos secretos que se probaban en Groom Lake, la instalación que acabaría siendo conocida mundialmente como Área 51.
Una imagen borrosa y una idea olvidada. Todo comenzó hace unos días con una captura térmica tomada cerca de Groom Lake, la instalación más conocida como Área 51. La imagen mostraba una aeronave de forma extraña, aparentemente sin cola, con grandes canards delanteros y unas alas poco convencionales. La calidad del vídeo impide identificar con certeza qué es exactamente, pero bastó para desencadenar una avalancha de teorías.
Lo más llamativo es que la silueta ha llevado a varios especialistas a rescatar una idea que parecía enterrada desde hace más de cuarenta años: un concepto experimental de caza furtivo diseñado en 1983 que recibió el apodo informal de “Christmas Tree Fighter” o caza árbol de Navidad.

Imagen térmica aparecida cerca de Área 51
El regreso del avión de combate imposible. Ese diseño de 1983 fue creado por Darold Cummings, uno de los ingenieros que más tarde participaría en el desarrollo del YF-23. En aquella época, Northrop buscaba formas radicales de construir un avión de combate con una firma radar extremadamente reducida. Cummings propuso el DP-21, una aeronave con una geometría tan extrema que muchos la consideraron imposible de volar.
Su configuración buscaba alcanzar una característica muy codiciada en el diseño furtivo: una estructura de solo cuatro grandes reflejos radar principales, algo parecido a lo conseguido por el bombardero B-2. El problema era que la tecnología de control de vuelo de los años ochenta no podía manejar con seguridad un aparato tan inestable. Por eso el concepto quedó archivado como una curiosidad técnica más que como un proyecto real.

Proyecto del caza “árbol de Navidad”
Por qué ha despertado tanto interés una foto. La aeronave observada cerca de Área 51 presenta algunos rasgos que recuerdan vagamente a aquel DP-21. Destaca especialmente la forma de la sección frontal, que en determinadas imágenes parece dibujar una especie de doble punta de flecha. También coinciden la ausencia de superficies de cola tradicionales, la presencia de grandes canards y una distribución general de alas y fuselaje que se aleja de los diseños convencionales.
Nadie afirma que se trate de una evolución directa del proyecto de Cummings, pero la comparación resulta inevitable porque la imagen parece recuperar soluciones aerodinámicas que durante décadas se consideraron demasiado complejas o arriesgadas para convertirse en un avión operativo.
Las pistas apuntan al F-47. La teoría dominante es que la aeronave podría estar relacionada con los demostradores tecnológicos del programa NGAD, del que surgirá el futuro F-47 estadounidense. Las formas generales coinciden con varios elementos visibles en los pocos diseños oficiales publicados hasta ahora: grandes canards, alas muy retrasadas, ausencia de estabilizadores verticales y una configuración optimizada para la furtividad.
Además, algunos investigadores han señalado que la silueta parece haber estado escondida durante años a plena vista. Un parche oficial de la oficina responsable del F-47 incluía una figura estilizada que, observada con detenimiento, guarda sorprendentes similitudes con el aparato captado en la imagen térmica. No sería la primera vez que un programa ultrasecreto deja pistas visuales aparentemente inocentes en insignias y emblemas internos.
Décadas de experimentos ocultos. La posible aeronave también parece reunir influencias de otros programas experimentales desarrollados por Boeing y sus predecesores. Entre ellos destacan el X-36, un demostrador sin cola diseñado para explorar nuevas formas de maniobrabilidad, y el Bird of Prey, uno de los proyectos más secretos de los años noventa. Ambos apostaban por configuraciones extremadamente poco convencionales y por reducir al máximo la firma radar.
Recordaban en TWZ que las tecnologías probadas en aquellos programas nunca desaparecieron realmente, sino que siguieron evolucionando dentro de proyectos clasificados. La captura obtenida cerca de Área 51 podría ser la primera evidencia pública de hasta dónde ha llegado esa evolución.
Un misterio sin resolver. La realidad es que nadie fuera de los círculos más restringidos del Pentágono sabe qué muestra exactamente la grabación. Podría ser un demostrador del F-47, un prototipo relacionado con el futuro caza naval F/A-XX, un proyecto de Northrop Grumman o incluso una plataforma experimental completamente distinta. Lo único evidente es que la imagen ha logrado algo poco habitual: devolver al primer plano una idea nacida en 1983 que muchos consideraban una nota a pie de página en la historia de la aviación.
Cuarenta años después, el supuesto “caza árbol de Navidad” vuelve a ser relevante porque una sombra captada en el cielo del desierto de Nevada parece sugerir que algunas de las ideas más extrañas del pasado podrían haber encontrado por fin la tecnología necesaria para hacerse realidad.
Imagen | X, DAROLD CUMMINGS
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