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Según han ido avanzando los primeros meses de 2026, una pregunta ineludible ha ido imponiéndose sobre los calendarios de las grandes compañías que se han hecho públicos: quién iba a tener el valor de plantarle cara a ‘GTA VI‘ en noviembre. El último State of Play de Sony ha dejado más o menos claro que nadie. Pero esa huida colectiva puede tener un precio adicional, más allá del pacto tácito de mantener las distancias con el gigante: todo el peso del otoño se ha desplazado hacia septiembre y octubre, y eso conlleva problemas adicionales.
El State of Play. Hemos tenido avalancha de novedades de Sony, y como era de esperar, ningún juego con fecha confirmada se acercaba a noviembre. De hecho, noviembre es un solar. Algunos de ellos fueron ‘Marvel’s Wolverine’ (15 de septiembre), ‘Control Resonant’ y ‘Silent Hill: Townfall’ (24 de septiembre), ‘Onimusha: Way of the Sword’ (25 de septiembre), ‘Ace Combat 8: Wings of Theve’ (2 de octubre), ‘Rayman Legends Retold’ (1 de octubre), ‘Dune Awakening’ (en consolas el 22 de septiembre). Y ‘Tomb Raider: Legacy of Atlantis’, que prefiere esperar a febrero de 2027.
Y ya sabíamos de antes del evento que ‘Blood of the Dawnwalker’ llegaba el 3 de septiembre y ‘Warhammer 40,000: Dawn of War 4’ y ‘Trails in the Sky 2nd Chapter’ el 17. En Polygon lo describen como “un accidente de 200 coches”: septiembre tiene demasiados juegos grandes pisándose los talones unos a otros, luchando por no acercarse demasiado al fatídico noviembre.
Nadie quiere noviembre. Ya en marzo de 2025 algunos ejecutivos hablaban de evitar la fecha de lanzamientos del ‘GTA VI’ como si fuera la peste. “No tiene sentido nadar contra la corriente”, decía uno. Se ha asumido, no sin cierta sensatez, que competir con el juego de Rockstar directamente es perder dinero. En este State opf Play se ha intuido, en juegos como el nuevo ‘God of War’ o ‘Until Dawn 2’ que los juegos sin fecha a estas alturas se irán directamente a 2027.
Colisiones. Ese es el problema de que todo el peso del otoño aterrice en apenas dos meses. ‘Control Resonant’ y ‘Silent Hill: Townfall’ comparten fecha exacta, el 24 de septiembre. ‘Onimusha’ llega 24 horas después. ‘Wolverine’, nueve días antes. ‘Dune Awakening’ la misma semana. Hay quien afirma que “los espectadores se preguntan cómo van a poder permitirse todos los juegos presentados”. Y no es solo una cuestión de economía doméstica: la cobertura en medios, el espacio en las listas de lanzamientos, críticos que tienen que decidir a qué juego le prestan atención… Con una docena de juegos grandes o muy grandes en dos semanas, es imposible que reciban todos la atención que merecen.
¿Es buena idea? Es comprensible la reacción de las compañías, pero… ¿realmente todos estos juegos tienen que tenerle tanto miedo a GTA VI?. Habrá jugadores del título de Rockstar y de ‘Silent Hill: Townfall’ que coincidan, pero… ¿lo harán todos? ¿Vale la pena renunciar a Halloween y embutir el título de Konami entre ‘Wolverine’ y ‘Onimusha’? El muy familiar, sin nada en común con ‘GTA’ ‘Rayman Legends Retold’ es otro caso: ¿no habría funcionado mejor en el periodo vacacional, quizás en pack con alguna consola para ponérselo fácil a los Reyes?
Muchas preguntas, y sin duda una certeza: hay ocasiones en las que dejarse llevar por el pánico es la peor estrategia.
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En Aragón, las granjas están empezando a hacer algo con sus balsas de purines: cubrirlas de paneles solares
Solo en Aragón hay más de 4.000 granjas de cerdos, explotaciones de las que cada año salen miles y miles de toneladas de carne que luego se comercializa en el resto del mundo. En las cochiqueras en las que cría el ganado se genera sin embargo algo más: una enorme cantidad de purines que representan un auténtico reto medioambiental. Al fin y al cabo esos desechos acaban almacenados en balsas que emiten gases nocivos, como metano, amoniaco u óxido nitroso.
En Aragón han tenido una idea: cubrirlas con placas solares.
De granjas y purines. España es uno de los grandes productores de carne de cerdo de la Unión Europea, algo que es posible gracias a una vasta red formada por miles de explotaciones. El problema es que de ellas no solo salen cabezas de ganado. La industria genera millones de toneladas de purines, un estiércol que puede aprovecharse como fertilizante, pero cuya gestión plantea algunos desafíos.
Aunque la composición varía dependiendo de su origen, por lo general el estiércol de las granjas genera gases de efecto invernadero y contaminantes, incluido metano y amoniaco. No es una cuestión menor si tenemos en cuenta que algunos cálculos estiman que el sector porcino español produce algo más de 60 millones de toneladas de purines cada año.


Un desafío, una oportunidad. La gestión de los purines lleva tiempo bajo la lupa de los ecologistas y está regulada en la ley, que contempla medidas como cubrir al menos parte de las balsas o el uso de sistemas que reduzcan sus emisiones.
Con ese telón de fondo, hace unos años un consorcio formado por la firma aragonesa Intergia Energía Sostenible y otras dos entidades se hicieron una pregunta: ¿Y si se hiciese de la necesidad virtud y se aprovechase el espacio que ocupan las balsas de purines para generar energía? ¿Y si al mismo tiempo que se cubren los depósitos de estiércol para reducir sus emisiones se pudiese expandir la fotovoltaica?
Un “win-win”. El resultado fue un proyecto desarrollado entre 2020 y 2023 que, con el respaldo del fondo europeo Feader y el Gobierno de Aragón, se dedicó a indagar en ese camino. Su idea era muy sencilla: cubrir las balsas de purines con placas solares flotantes para lograr un win-win de manual.
Las emisiones contaminantes se mantienen en los niveles establecidos por la normativa y, al mismo tiempo, las granjas mejoran el rendimiento de sus balsas, convirtiéndolas en fuentes de producción de energía solar. En vez de cubrir tejados o hectáreas de campos con paneles solares, se despliegan directamente sobre depósitos de estiércol.


Repensando los sistemas flotantes. Desde Intergia explican que el proyecto desarrollado entre 2020 y 2023 dejó algunas lecciones interesantes. Por ejemplo, que el amoniaco de los purines acaba oxidando y degradando algunos elementos de las instalaciones fotovoltaicas. En concreto, ciertas partes del sistema de sujeción de los módulos y el cableado. Ahora la compañía ha querido ir un paso más allá y abrir camino.
“Mientras la fotovoltaica flotante ya es ampliamente empleada en cuerpos de agua, como balsas de riego o lagos, su empleo en otros cuerpos líquidos se encuentra en fase de estudio”, reivindica. De ahí que la firma (junto a otros aliados, como la Universidad de Zaragoza) esté impulsado Fotopur, un proyecto que quiere ayudar al sector porcino a reducir sus emisiones al mismo tiempo que genera energía.
Un proyecto, dos apuestas. Para avanzar en esa dirección, la compañía ha montado dos instalaciones piloto con las que espera aprender más sobre el potencial de los paneles fotovoltaicos para cubrir balsas de purines.
De hecho ambas están diseñadas para “maximizar” la reducción de emisiones contaminantes y aguantar la corrosión del amoniaco, aunque se diferencian en un aspecto clave: una de ellas usa piezas comerciales estándar, pensadas para la fotovoltaica flotante; la otra ha sido diseñada desde específicamente para balsas en las que se almacena estiércol de ganado.


Una granja de Zamora. Ese es el lugar donde Fotopur ha montado su primer prototipo. En noviembre instalaron su cubierta fotovoltaica en una balsa de purines de 880 m2 situada en una granja de cría de Calzada de Tera, Zamora. Para ser más preciso, Intergia desplegó una plataforma flotante de 13,5 x 25 m con 56 paneles y una potencia pico de 33,04 kWp. En total, el conjunto de la instalación cubre el 90% de la balsa y sus responsables esperan que ayude a cubrir hasta el 22% de la factura eléctrica de la granja.
Lo interesante son sus componentes. La compañía utilizó un sistema fotovoltaico flotante comercial usado en balsas de agua. Es decir, no se creó específicamente para balsas de purín. Lo que han hecho Intergia y el resto de socios de Fotopur es aplicar pequeños cambios. Por ejemplo, para evitar la corrosión sustituyeron las piezas de acero que venían de fábrica por otras de aluminio e inoxidables. Para reducir el rozamiento también incorporaron una lámina plástica.
… Y una explotación de Zaragoza. El otro prototipo se montó semanas más tarde en una granja de cebo de Tauste, en Zaragoza, y a diferencia de la versión de Castilla y León se diseñó específicamente para su uso en balsas de purines.
Por ejemplo, sus creadores idearon un sistema que “minimiza la superficie de contacto aire-purín entre los elementos flotantes y que facilitará el soporte de los paneles fotovoltaicos”. Otra de las tareas que han tenido que afrontar es “diseñar una estructura específica”, formada por una matriz de vigas de aluminio anodizado anclados a la plataforma y con escuadras que permiten que los paneles tengan una inclinación de 15º. En total acogen 16 paneles con una potencia de 9,44 kWp. Los tornillos son de aluminio y acero inoxidable para evitar la corrosión.
Si se cumplen los planes de sus autores la plataforma flotante cubrirá “de manera efectiva” del 10% de la superficie de la balsa y su producción fotovoltaica alcanzará los 15,2 Mwh/año, suficiente para cubrir hasta el 53% de la demanda eléctrica de la granja. Ese plus, reivindica Intergia, permitirá a la explotación aragonesa reducir su consumo de combustible, “caro y contaminante”.
¿Y ahora, qué? Con sus prototipos Fotopur aspira a seguir avanzando en el camino que ya se abrió en 2020, solucionar los problemas que entonces se identificaron y demostrar las ventajas de cubrir las balsas de purines con paneles solares.
Ahora, una vez montadas las instalaciones de Zamora y Zaragoza, los expertos se dedicarán a controlar dos parámetros: las emisiones de gases contaminantes y la energía generada. “El análisis de las mediciones permitirá identificar cuál de los dos sistemas es más eficaz” y cuál resulta más rentable con miras a llevarlo al mercado.
Imágenes | Intergia 1 y 2
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matar a los enemigos con un acierto del 100%
El último Plan Quinquenal de China deja claro un objetivo a corto plazo: convertirse en la primera potencia mundial. Esto abarca numerosos ámbitos como el de la energía (tanto renovables como nucleares), el tecnológico con la IA, la robótica y el desarrollo de chips propios, la educación gracias a nuevas tecnologías y el militar. Curiosamente, todos están entrelazados y hay algo que lleva sonando un tiempo: el armamento futurista.
Como el resto de potencias, China no duda en mostrar su potencial militar, pero estos últimos meses estamos viendo que el discurso está centrado en unas capacidades que, hasta hace no tanto, parecían más propias del campo de la ciencia ficción. Lo último es una tecnología para que un enjambre de drones sean capaces de orquestarse de forma autónoma en el campo de batalla con un único objetivo.
Cazar y destruir a los enemigos hasta que no quede ni uno.
HG-STR. Bautizado como ‘Heterogeneus Graph Spation-Temporal Razoning’, o HG-STR, estamos hablando de un algoritmo que sería el cerebro de una flota de drones de ala fija que no necesitaría humanos para operar. Actualmente, la mayoría de las operaciones que involucran drones siguen requiriendo de un humano a los mandos (a veces, esos mandos son objetos tan cotidianos como una Steam Deck o el mando de Xbox). Sin embargo, el HG-STR supondría un cambio de paradigma.
Según una fuente no revelada por SCMP, esta tecnología abre las puertas a un futuro en el que los enjambres de drones podrían enviarse a un ambiente hostil de alto riesgo en el que no hay contacto con operarios humanos, pero sí una orden clara en la programación: acabar con todos los enemigos.
Cambio de reglas. Actualmente, los modelos híbridos o “tradicionales” operan con una sola base de datos que une la información de aliados, enemigos y el terreno en el que operan. En diferentes ambientes cuando los drones operan de forma autónoma, esto crea confusión y por eso se necesita un humano tomando la orden final. Con este desarrollo, la cosa cambia.
El algoritmo tiene diferentes ‘apartados’ o buzones a los que manda la información que tiene que procesar. En lugar de operar con una única base de datos, toma decisiones en función de su un ‘objeto’ es amigo, enemigo o un área de búsqueda. En el caso de ser un aliado no hace nada; si es un área de búsqueda se esfuerza por dar con el enemigo; si es un enemigo, dispara.
Según uno de los autores del estudio publicado en la principal revista de aviación de China y revisado por pares, “esto permite que el enjambre entienda de forma instantánea a quién ayudar y a quién cazar. Esta adaptabilidad es importante porque los sistemas basados en reglas fallan cuando el enemigo no sigue lo previsto, mientras que HG-STR es capaz de adaptarse.
Orden en el caos. Algo clave aquí es la velocidad. El investigador apunta que, cuando un dron está en combate, es demasiado lento en la toma de decisiones. “En el fragor de la batalla, tardan segundos en decidir, siendo un tiempo en el que un avión no tripulado puede volar casi 600 metros a ciegas, suponiendo un retraso fatal en la guerra electromagnética”. HG-STR, sin embargo, toma decisiones en apenas 6,6 milisegundos. Prácticamente en tiempo real.
Es ese caos donde el equipo de investigadores ha querido centrarse gracias a una solución interesante: dotar a cada dron de una “memoria”. Aunque haya un algoritmo central, si uno de los drones pierde contacto con sus compañeros, ‘tira’ de la memoria para recordar dónde estaban sus aliados antes de perder contacto y dónde vieron enemigos por última vez.
Una vez ordenadas esas prioridades, el dron busca su objetivo y entra en juego otra decisión: ¿ataco o sigo buscando? Hecho esto, elige un objetivo específico y, por último, decide cuánta munición necesita para abatirlo. En lugar de haber un conjunto de instrucciones generales, el software del dron divide los problemas por capas, evitando la saturación al tener que procesarlo todo a la vez.
“Mátalos a todos”. En el estudio se apunta que HG-STR es el primer algoritmo conocido capaz de lograr una tasa de muerte del 100% mientras opera de forma autónoma y lo suficientemente rápido como para poder reaccionar en tiempo real en las rápidas y cambiantes condiciones de un campo de guerra moderno.
Todo esto da miedo, pero lo más terrorífico es que, según los experimentos, los investigadores realizaron diferentes simulaciones en las que pusieron a prueba ese sistema autónomo. En escenarios complicados en los que limitaron los sistemas de comunicación, afirman que el algoritmo logró una tasa de muerte del 100% en objetivos enemigos, incluidos los ocultos a simple vista.
Ahora se centran en escalar el sistema, ya que se han dado cuenta de que el algoritmo se puede adaptar a otros contextos de campos de batalla más grandes, más objetivos y más drones de forma simultánea sin necesidad de realizar un nuevo entrenamiento de la IA.
Contexto. Como digo, este estudio no llega en un vacío, sino en el contexto de la aceleración de China hacia la guerra autónoma con drones. Hace unos meses ya nos hicimos eco de la manda de “lobos” robóticos que ya estaban haciendo maniobras junto a soldados de carne y hueso, pero a lo largo de estos últimos dos años hemos asistido a otras demostraciones en las que soldados individuales pueden controlar un par de cientos de drones para que operen de forma autónoma, así como otro armamento robótico y hasta conceptos de ‘naves’ que parecen sacados de ‘Star Wars’.
Es, en definitiva, un paso más hacia lo que ya se conoce como la guerra sin intervención humana en la que las máquinas son las que toman las decisiones de forma independiente. Y, lejos de ser una iniciativa privada, este HG-STR ha sido financiado por la Fundación Nacional de Ciencias Naturales de China, lo que da una muestra de lo que decíamos al comienzo del artículo: dentro del Plan Quinquenal, todo está conectado.
Sólo imagina que las grandes potencias pusieran toda esta tecnología para cumplir otros objetivos humanitarios en lugar de para encontrar formas más eficientes y eficaces de acabar los unos con los otros.
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Hemos pasado años desentrañando una señal del espacio que no debería existir. Y al fin tenemos una “piedra Rosetta” para descifrarla
Corría el año 2018 cuando un equipo de científicos australianos detectó una extraña señal de radio en el plano de la Vía Láctea. El pulso de radio era demasiado lento para cualquier objeto astronómico conocido. Parecía más bien algún tipo de anomalía o error de los telescopios que un nuevo descubrimiento. Sin embargo, en 2025 se localizó otra señal similar. Y luego otra y otra más. Actualmente, hay registradas al menos 12 de estas señales, que han sido bautizadas como transitorios de radio de largo periodo (LPTs).
Cada una de ellas incluye una nueva característica que hace imposible encontrar un hilo conductor. O al menos había sido así hasta ahora, pues un nuevo grupo de investigadores australianos ha localizado una señal que reúne varias de las piezas del rompecabezas. Ha sido tan útil que coloquialmente la han bautizado como una piedra Rosetta del espacio.
Todas las piezas juntas. La señal localizada en 2018 (aunque se publicó en 2022) ocurría cada 18,18 minutos. Con esa periodicidad, una estrella de la Vía Láctea aumentaba su brillo durante 30-60 segundos, para luego reducirlo de nuevo. Más tarde se localizó un fenómeno similar, en el que se pudo ver más allá. Se identificó un sistema binario formado por una enana blanca y una enana roja. La interacción entre ambas producía la emisión de ondas de radio. Sin embargo, cuando se detectó otro LPT, las emisiones no eran de ondas de radio, sino de rayos X. ¿Cómo se iba a definir un solo fenómeno si cada cual era distinto al anterior?
La clave, finalmente, ha sido otro LPT, localizado inicialmente por el telescopio ASKAP, de la Organización de Investigación Científica e Industrial de la Commonwealth (CSIRO). Con él, y con la colaboración de otros telescopios, se ha identificado un sistema binario compuesto por una enana blanca y una enana roja, cuya interacción da lugar a un cambio de brillo periódico, acompañado de la emisión de ondas de radio y rayos X. Todo en uno. Con todas las piezas, ya sí se ha podido reconstruir el evento.
Cuatro telescopios para reconstruir la historia. El nuevo LPT ha sido bautizado como ASKAP J1745-5051. No se puede saber exactamente a qué distancia está, aunque las estimaciones lo sitúan entre una distancia de 1.300 a 30.000 años luz. Las observaciones realizadas con el radiotelescopio ASKAP permitieron localizar una emisión periódica de ondas de radio cada 81 minutos, que se correspondía con un posible LPT.
Con el fin de comprobar si se daban el resto de condiciones que se habían observado individualmente, se observó con otros tres telescopios. Por un lado, los telescopios espaciales Swift y Einstein Probe, con los que se detectaron emisiones de rayos X. Por otro lado, con el Telescopio de Investigación Astrofísica del Sur (SOAR). Con este se identificó un sistema binario compuesto por una enana blanca y una enana roja que orbitan entre sí con un periodo de 81 minutos. Todo cuadra.
La historia completa. La conclusión al unir todas las piezas es la siguiente. En cada órbita, la enana blanca, que tiene una gran masa concentrada en muy poco espacio, atrae gravitatoriamente a la enana roja y le extrae material. Este es canalizado por el campo magnético de la propia enana blanca hasta llegar a su superficie, donde choca, produciéndose un aumento de temperatura de millones de grados centígrados. Además, esta interacción tan violenta provoca la liberación de energía en forma de rayos X. Por otro lado, el gas acelerado por los campos magnéticos en choque de ambas estrellas es el que parece producir las señales de radio.
Una piedra Rosetta. El investigador principal de este nuevo estudio se llama Kovi Rose. Podríamos pensar que esto ha tenido que ver en el hecho de que se hable del hallazgo como una piedra Rosetta espacial. Y quizás haya influido un poco, pero la realidad es que hay más motivos. La piedra Rosetta original fue un fragmento de roca egipcia en el que había un texto escrito en tres idiomas distintos: griego antiguo, jeroglíficos y escritura demótica.
Gracias a que los arqueólogos de la época sabían hablar griego, pudieron usarlo como base para entender los jeroglíficos. Un idioma les permitió reconstruir otro. En este caso, el nuevo hallazgo también está en tres idiomas: las ondas de radio, detectadas por ASKAP, los rayos X, con los que trabajan Swift y Einstein Probe, y la luz visible de SOAR. Tres idiomas, tres piezas que al leerse juntas pueden ayudar a entender mucho mejor el conjunto. Con esta piedra Rosetta, los autores del estudio esperan poder desentrañar muchas de esas señales misteriosas del Universo.
Imagen | Hans Hillewaert (Wikimedia Commons)/Magnific
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