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Razer ha tenido una idea loca y es ponerle cámaras con IA a unos auriculares. Los he probado y me han dado que pensar
Project Motoko. Me gusta pensar que es una referencia a Motoko Kusanagi, el protagonista de ‘Ghost in the Shell‘, pero en cualquier caso, ese es el nombre que recibe el nuevo concepto de Razer. Efectivamente, son unos auriculares con dos cámaras e inteligencia artificial cuya propuesta es bastante interesante: ¿y si, en lugar de gafas inteligentes, llevásemos auriculares inteligentes?
La compañía ha aprovechado el MWC 2026 que ha tenido lugar estos días en Barcelona para enseñarlos y he tenido ocasión de echarles el guante en el stand de Qualcomm (luego veremos por qué). De momento, el prototipo, porque es eso, un prototipo, tienen ciertas asperezas que limar, pero la idea de fondo me ha gustado mucho. Vayamos por partes.

Project Motoko de Razer | Imagen: Xataka
La idea de fondo. Como salta a la vista en las fotos, uso gafas. Gafas normales, aunque graduadas. Si quisiera usar unas gafas conectadas tendría que cambiar mis gafas y comprar una montura, que no es barata, además de los cristales graduados. Pues como yo, la mitad de la población mundial. Es decir, que las gafas inteligentes tienen un pequeño problema de penetración:
- Tienen que convencer a los usuarios de gafas de que cambien sus gafas.
- Tienen que convencer a los que no usan gafas de que usen gafas.
La idea de Razer. Quizá sea más fácil convencer al usuario de que, en lugar de unas gafas, use unos auriculares de diadema inteligentes. Estos dispositivos son agnósticos a que las personas vean mejor o peor y, en realidad, pueden ofrecer una experiencia similar e incluso mejor en ciertos aspectos, porque al ser más grandes pueden ofrecer más autonomía y potencia. Actualmente, las Meta Ray-Ban 2 se mueven en la horquilla de las ocho horas, por ejemplo.

Así luce el prototipo de Project Motoko | Image: Xataka
La contraparte, claro, es llevar unos auriculares grandes todo el día. Son menos disimulados y no los vas a llevar en momentos importantes de tu vida (o sí, escuchamos pero no juzgamos). Sea como fuere, las gafas ahí tienen ventaja, pero eso no hace que la propuesta de Razer tenga menos sentido y hasta pueda tener un encaje ya no en el gaming o en el día a día, sino en materia de accesibilidad.
De qué va esto. Project Motoko son unos auriculares de diadema (bastante cómodos, he de añadir) con dos cámaras gran angular de 12 megapíxeles a la altura de los ojos, una a cada lado, y varios micrófonos de campo lejano y cercano. Es como tener un par de ojos conectados a la IA que ven lo que nosotros vemos. La experiencia, evidentemente, variará en función de si somos usuarios de pago o gratis de los chatbots.
En lugar de usar una IA propietaria, el dispositivo se puede conectar a todas las plataformas, a saber Grok, ChatGPT, Google Gemini y hasta Perplexity. Parte del proceso se hace en la nube, pero gracias a un chip de Qualcomm indeterminado (por ahora), también habrá capacidades de procesamiento local para ciertos comandos.

Las cámaras se encuentran a la altura de los ojos | Imagen: Xataka
El funcionamiento es simple. Miras algo, digamos un menú de un restaurante; le preguntas algo a la IA de viva voz y esta te responde. Durante la demo le preguntamos a los auriculares si un ingrediente sobre una mesa era apto para intolerantes a la lactosa, e incluso qué podíamos fabricar con los objetos de nuestro inventario en ‘Minecraft’, y respondió sin problemas. También reconoció edificios, lugares y texto, traduciendo un menú en japonés y dándonos recomendaciones según nuestras preferencias.
Al prototipo le falta todavía, pero funcionar, funciona. Razer todavía está puliendo algunas cuestiones de conectividad e interacción, pero la compañía es positiva en que lo lanzarán en algún momento. No tienen claro cuándo, pero el producto avanza en buena dirección, según explicaron desde Razer.

Detalle de la posición de la cámara y los micrófonos | Imagen: Xataka
Las asperezas. La demo tenía algunos flecos, como que los auriculares no eran capaces de grabar vídeo en vivo y no capturaban la imagen si no se lo pedíamos, me explico. Para generar una receta con los ingredientes sobre una mesa había que indicarle expresamente que sacara una foto y, luego, el comando. Eso no es lenguaje natural. No es natural decir “saca una foto y dime si”, sino que una interacción normal sería “oye, ¿con esto que tengo que puedo hacer?”.
La idea es que invoquemos a la IA usando un botón localizado en los auriculares, por lo que tendría sentido que, en un producto final, al pulsar ese botón los auriculares comiencen a registrar la imagen en vivo. No una estática, sino un feed de vídeo como hace Gemini Live. Y en ese sentido, tampoco está definido de momento el aviso para terceros de que están siendo grabados con los auriculares. En las gafas de Meta se enciende una luz blanca cuando grabas, por ejemplo. De todas maneras, no me parece algo que no se pueda arreglar vía software de cara a un producto final. La fecha de lanzamiento no está confirmada, como tampoco lo está el precio.

Project Motoko | Imagen: Xataka
A lo mejor la chicha no está en el día a día. Aunque es tentador pensar en un producto acompañante para el día a día, sobre todo si trabajas con auriculares o sueles llevarlos por la calle (no es mi caso), donde creo que Project Motoko podría tener un enorme impacto es en dos terrenos: la generación de vídeo para entrenar robots humanoides y la accesibilidad.
Por un lado, los auriculares capturan lo que vemos nosotros (más, de hecho, al tener mayor campo de visión), por lo que grabando cómo se realiza un proceso industrial manual se podrían generar los recursos necesarios para entrenar algoritmos de machine learning enfocados a robots. Al fin y al cabo, una IA aprende a base de ver la misma acción miles, millones de veces, pero para que eso sea posible tiene que tener vídeos, muchos vídeos muy específicos que, por supuesto, no abundan.
Por otro lado, las personas con problemas de visión tienen en unos auriculares como estos un poderoso aliado. Aunque sería necesario implementar una función de grabación de vídeo en vivo, las personas ciegas o con discapacidad visual podrían usarlos para recibir indicaciones, avisos en tiempo casi real de posibles riesgos u obstáculos en el camino o traducciones de contenido no disponible en braille. Al menos sobre el papel, el factor forma habilita una mayor autonomía que unas gafas. Habría que habilitar un passtrough para el sonido externo o reducir el aislamiento de alguna forma, pero la posibilidad está ahí.
Imágenes | Xataka
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cinco cosas que van mucho mejor que usando WiFi 6
Llevamos meses escuchando hablar de WiFi 7 –bajo el nombre técnico de la versión 802.11be–, pero no ha sido hasta hace apenas unas semanas cuando gigantes como Movistar han empezado a implementar sus nuevos routers compatibles con esta tecnología. Las promesas son claras: mayor capacidad de tráfico, menor latencia, mejor cobertura… Vamos a intentar poner un poco de orden y a explicar en un lenguaje llano qué ganamos exactamente al pasar a un router WiFi 7.
Velocidad. WiFi 7 es una tecnología notablemente más rápida que WiFi 6. En concreto, tiene una velocidad teórica hasta 4,8 veces más rápida en condiciones ideales. Por ejemplo, si tenemos un smartphone compatible, podemos alcanzar velocidades de hasta 5 Gbps. En otras palabras, si tienes contratada fibra de 10 Gbps, un router WiFi 7 es un aliado imprescindible.
Latencia. Un dato estrechamente ligado a la velocidad es la latencia: de nada sirve una conexión rápida si la latencia es alta. WiFi 7 es capaz de combinar las bandas de 2,4 y 5 GHz bajo el nombre de MLO (Multi-Link-Operation).
En otras palabras, WiFi 7 abre varios carriles en la autovía en lugar de uno solo: se pueden usar ambas bandas a la vez, lo que alivia la congestión de forma inmediata.
Cobertura. Contar con esta doble vía no solo permite reducir latencia, WiFi 7 también permite disfrutar de una mejor cobertura. La banda 2,4 GHz permite llegar más lejos, pero es más lenta que la de 5 GHz. Esta última es especialmente rápida, pero pierde fuerza con la distancia y los obstáculos físicos.
Con WiFi 7, el dispositivo puede alternar entre ambas sin que notes el cambio, por lo que notarás que siempre tienes disponible la mejor cobertura de red.
Estabilidad. El mismo principio se aplica a la estabilidad de red. En un router tradicional, elegimos a qué banda conectarnos. Por lo general, solemos conectarnos a la banda más rápida de 5 GHz. Es la banda idónea para jugar, descargar archivos y realizar tareas que requieran la máxima velocidad, pero no es tan estable como la 2,4 GHz.
Al trabajar con MLO, notaremos una conexión mucho más estable, algo que se notará especialmente en casas con varias plantas, habitaciones alejadas del router, edificios concurridos, y en los momentos en los que la banda de 5 GHz no proporcione la estabilidad necesaria.
Escenarios de uso. El último punto tiene que ver con el resumen general de los routers WiFi 7: son sencillamente mejores en todo. Nos permiten aprovechar las nuevas tarifas de los operadores, mejora la cobertura del hogar, incrementa el ancho de banda de forma notable, y permite disfrutar de la máxima velocidad contratada incluso en habitaciones en las que antes podíamos tener limitaciones.
WiFi 7 permite que jugar online, descargar archivos, subir archivos, o realizar cualquier tipo de tarea de alta demanda pueda realizarse en cualquier parte de la casa.
Profundiza. 2026 va a ser el año de la tecnología XGS-PON, con la fibra de 10 GBps empezando a incluirse en los grandes operadores. Un estándar en el que se lleva trabajando desde hace más de diez años, y en la que Movistar, Orange y Digi están empezando a liderar.
Orange instala aún routers WiFi 6E, Digi permite instalar el router WiFi 7 a partir de 750 MBps, pero Movistar siempre va a incluir el router WiFi 7. Una guerra que comenzará a recrudecerse cuando el resto de operadores empiece a competir por ofrecer WiFi 7, y que marcará un antes y un después en nuestra conexión de red.
En Xataka | Modo Bridge del router Smart WiFi 7 de Movistar: cómo configurarlo para usar un router neutro con él
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Amancio Ortega se ha subido a su yate
El verano se acerca y, mientras la mayoría de mortales nos afanamos por intentar meternos con cierta dignidad en el mismo bañador del año pasado, los millonarios ponen a punto sus yates para hacerse a la mar. Del mismo modo que Mercadona marca el inicio de la Navidad cuando saca los turrones, Amancio Ortega ha vuelto a hacer lo que suele marcar, para muchos, el arranque extraoficial del verano en Galicia: salir a navegar por la ría de Aldán a bordo de su yate Valoria B.
Tal y como adelantaba el Faro de Vigo, el millonario de 90 años ha aprovechado las altas temperaturas que se han registrado en los últimos días para dejarse ver en las cubiertas de su yate familiar acompañado por su mujer, Flora Pérez, y un grupo reducido de amigos, en una escapada de fin de semana que vuelve a poner al Valoria B en el centro de sus planes estivales.
Un verano que empieza en Aldán
La imagen se repite casi como un ritual: cuando el Valoria B asoma su proa por las Rías Baixas, el verano de Ortega se da por inaugurado. En esta ocasión, la navegación arrancó en la ría de Aldán, en Cangas, un lugar que la familia Ortega frecuenta por la privacidad que ofrecen sus pequeños puertos y por un entorno que muchos describen como uno de los rincones más tranquilos de la costa gallega.
Tal y como detalla El Mundo, el millonario fundador de Inditex pasó unos días de descanso disfrutando del mar desde el yate que fondeó frente al muelle de Aldán y la antigua nave de la conservera de Ameixide, un escenario muy habitual en las escapadas discretas del empresario.
El Valoria B fue diseñado por la holandesa Feadship en 2018, empresa que también construyó el Drizzle, su anterior yate de lujo que el millonario vendió. El Valoria B se construyó para moverse con soltura por la costa española, algo que encaja con el uso que la familia Ortega le da desde hace años. El yate tiene un perfil clásico, tres cubiertas y cinco estancias principales, una distribución que prioriza el uso privado y las estancias cortas a bordo en familia o con amigos.
Tiene 47,3 metros de eslora y necesita una tripulación de nueve personas para operarlo, ofreciendo una autonomía de 4.000 millas náuticas a una velocidad máxima de 14,5 nudos. Es decir, no se trata de un yate para grandes travesías, sino para sino para navegar con comodidad y discreción por la costa gallega invitando a sus ocupantes a bajar a tierra para disfrutar de sus playas y de la gastronomía gallega.


Su anterior yate, el Drizzle, tenía 67 metros de eslora, lo cual complicaba su amarre en los pequeños puertos gallegos que el fundador de Zara visita habitualmente en sus travesías veraniegas.
Discreto sí, pero sin olvidar que hay millonarios a bordo
Aunque Ortega no usa este barco de forma ostentosa, algo que no hace en ningún aspecto de su vida, el Valoria B sí reúne varias características propias de un yate de alta gama.
Amancio Ortega pagó 30 millones de euros por el Valoria B y ha fijado su base en el puerto de Sanxenxo. Las cubiertas del Valoria B son más abiertas de lo habitual, de forma que incluso desde los salones interiores, se puede disfrutar de los paisajes de la costa gallega.
La amplitud de sus cubiertas principales, rematadas con maderas nobles y tejidos de alta gama invitan a compartir tiempo con amigos y familiares. El Valoria B también tiene una gran plataforma de baño en la popa, lo que facilita a los huéspedes acceder al agua y disfrutar de una variedad de deportes acuáticos. Los huéspedes pueden aprovechar la colección de juguetes acuáticos del yate, que incluye motos acuáticas, tablas de remo y equipo de snorkel.
El nombre de Valoria B rinde homenaje a Valoria la Buena (Valladolid), el pueblo natal de la madre de Amancio Ortega, y además, el nombre recupera la línea del primer yate Valoria que la familia tuvo antes de pasar a otros barcos mayores. Esa continuidad ayuda a entender por qué el empresario sigue vinculando este yate a sus veranos gallegos.
Imagen | Feadship, GTRES
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lo que pide Elon Musk para que funcione
La escena tuvo lugar hace relativamente poco tiempo, cuando varios drones navales ucranianos quedaron temporalmente inutilizados durante una operación en el mar Negro tras problemas de conectividad vinculados a Starlink. El episodio dejó una conclusión incómoda para muchos estrategas occidentales: algunas de las armas más modernas del planeta dependen de una red privada controlada por una sola empresa.
La guerra “barata” que empezó a salir cara. Estados Unidos lleva años persiguiendo una idea obsesiva: sustituir parte de sus carísimos misiles de precisión por una copia del arma iraní y rusa por excelencia: los enjambres de drones kamikaze mucho más baratos, fabricables en masa y capaces de saturar defensas enemigas. El dron LUCAS nació precisamente para eso. Cada unidad cuesta apenas una fracción de un Tomahawk y puede lanzarse en grandes cantidades contra objetivos lejanos.
Sobre el papel parecía la fórmula perfecta para la guerra moderna. El problema apareció cuando esos drones comenzaron a utilizarse masivamente contra Irán y Washington descubrió algo incómodo: el arma no depende solo del explosivo o del fuselaje, sino de la conexión satelital que la guía. Y esa conexión tiene dueño. SpaceX decidió entonces que el Pentágono estaba pagando demasiado poco por usar Starlink y Starshield en operaciones de combate reales.


Elon Musk controla una pieza crítica. La disputa que ha desvelado en exclusiva Reuters revela hasta qué punto el ejército estadounidense se ha vuelto dependiente de SpaceX. Los drones LUCAS utilizan terminales Starshield para comunicarse, coordinar ataques y operar a enormes distancias. Sin esa red espacial, buena parte de las capacidades avanzadas del sistema simplemente desaparecen.
El Pentágono argumentaba que los drones solo utilizaban la conexión durante minutos u horas y que pagar 25.000 dólares por terminal era absurdo para un aparato kamikaze relativamente barato. SpaceX respondió que el uso militar real se parecía más a un servicio aeronáutico premium que a una conexión terrestre convencional. El resultado fue surrealista: el coste de la conectividad casi duplicó el precio operativo de algunos drones diseñados precisamente para ser baratos.


La paradoja de la guerra autónoma. El caso expone una contradicción enorme en la revolución militar actual. Los ejércitos quieren armas autónomas, baratas y masivas, pero esas plataformas dependen cada vez más de infraestructuras extremadamente complejas y concentradas en pocas manos privadas. Los nuevos enjambres de drones estadounidenses necesitan transmitir datos, compartir objetivos, coordinarse y recibir órdenes en tiempo real a miles de kilómetros.
Eso obliga a utilizar redes orbitales gigantescas capaces de mantener cobertura global permanente. Hoy ninguna empresa ofrece algo comparable a Starlink. SpaceX controla más del 60% de todos los satélites operativos del planeta y se ha convertido en una capa crítica de las comunicaciones militares occidentales. El Pentágono empieza a descubrir que la verdadera ventaja estratégica no está solo en fabricar drones baratos, sino en quién posee el cielo que conecta esas máquinas.


Ucrania y el peligro. La guerra de Ucrania llevaba tiempo advirtiendo sobre este problema. Starlink se convirtió allí en un elemento esencial para las operaciones ucranianas y rusas, y también en una fuente constante de tensiones políticas y militares. En algunos momentos, restricciones impuestas por SpaceX afectaron operaciones concretas y dejaron claro algo incómodo para Washington: una empresa privada podía alterar el funcionamiento de sistemas militares en plena guerra.
Ahora el escenario se repite con Irán, pero de una forma todavía más delicada porque el propio Pentágono negocia directamente las tarifas mientras desarrolla armas que dependen completamente de esa infraestructura orbital. Incluso pruebas navales estadounidenses quedaron paralizadas anteriormente tras apagones globales de Starlink que dejaron drones marítimos flotando sin conexión.
La nueva industria militar. Recordaban en TWZ que, durante décadas, el poder militar estadounidense dependió principalmente de gigantes clásicos de defensa como Lockheed Martin, Boeing o Raytheon. SpaceX ha cambiado completamente ese equilibrio. La empresa no solo lanza cohetes o fabrica satélites, controla redes de comunicación globales, infraestructuras orbitales, sistemas de datos y tecnologías que empiezan a ser imprescindibles para la guerra autónoma.
Eso le otorga una posición de fuerza inédita frente al gobierno estadounidense. A diferencia de los contratistas tradicionales, SpaceX tiene además un enorme negocio comercial independiente y no depende exclusivamente del Pentágono. De hecho, algunos analistas ya describen la situación con crudeza: Estados Unidos tiene a SpaceX “agarrándolo por el cuello” porque no existe hoy una alternativa comparable capaz de ofrecer cobertura global similar a costes razonables.
La guerra pasa por el espacio. Lo importante posiblemente sea que la discusión apenas acaba de empezar. Los drones LUCAS son solo una pieza inicial de una transformación militar mucho más profunda donde enjambres autónomos, sistemas orbitales y redes de inteligencia artificial funcionarán como un único ecosistema conectado. El Pentágono quiere que futuros drones puedan cooperar entre sí, adaptarse automáticamente al combate y atacar objetivos con mínima supervisión humana.
Pero cuanto más sofisticados se vuelvan esos sistemas, más dependerán de conexiones permanentes de alta capacidad. Y eso convierte al espacio en el auténtico centro de gravedad de la guerra moderna. La gran ironía es que Estados Unidos diseñó drones baratos para evitar gastar millones en cada misil y ha terminado descubriendo que el coste estratégico más importante quizá no esté en el arma, sino en quién cobra por mantenerla conectada.
Imagen | CENTCOM, Official SpaceX Photos
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