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Jesús no nació en el año 1 ni el 25 de diciembre. Esto es lo que sabemos sobre su fecha real y exacta de nacimiento

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Con Jesús de Nazaret ocurre algo curioso. Pocos personajes han sido más celebrados, discutidos y revisados a lo largo de los siglos. Hoy los historiadores suelen coincidir en que (pese a que no hay evidencias materiales de su existencia) fue una figura histórica que puede enmarcarse en la Galilea de hace 2.000 años. Sin embargo y a pesar de toda la atención que ha recibido durante los últimos 20 siglos, hay ciertos datos clave de su biografía que siguen envueltos en sombras. 

Por ejemplo la fecha de su nacimiento. Y con “fecha” no nos referimos solo al día, también al año. Puestos a discutir incluso podríamos cuestionar dónde nació.

Lo habitual es pensar que Jesús llegó al mundo un 25 de diciembre en Belén de Judea y que seis días después la humanidad (al menos Occidente o el Occidente de influencia cristiana) entró en una nueva era, una en la que la historia quedó dislocada en dos etapas que aún hoy usamos en pleno siglo XXI, seamos o no cristianos: la anterior y la posterior al nacimiento de Cristo (Anno Domini).

¿Totalmente normal, no? Es decir, ¿por qué si no íbamos a celebrar cada 25 de diciembre la Navidad, palabra que parte del latín “https://www.xataka.com/magnet/nativitas” (“nacimiento”)? ¿Y por qué hablamos de años a.C. y d.C. si no es por el nacimiento de Cristo? 

La realidad es más complicada y tiene algunos claroscuros.

¿Qué sabemos del nacimiento de Jesús?

Fere
Fere

La respuesta a la pregunta anterior es muy simple: poco.

Los historiadores suelen coincidir en que hay básicamente dos fuentes para abordar el tema del nacimiento de Jesús y ambas están plasmadas en la misma obra: el Nuevo Testamento de la Biblia. Una pista nos la da el evangelista Mateo. La otra, Lucas. El problema no es solo la escasez de información, sino que ambos textos se escribieron muchas décadas después de los hechos que narran. Para ser más precisos, hacia el 80 y 90 d.C., medio siglo después de la crucifixión.

Por supuesto en el Nuevo Testamento hay textos más antiguos (como las cartas de Pablo o incluso el evangelio de Marcos, escrito hacia el 70 d.C.), pero sirven de poco si lo que nos interesa es la infancia (y sobre todo el natalicio) de Jesús.

Teniendo en cuenta las pocas referencias que hay y la importancia del tema (hablamos del nacimiento del personaje central de una de las religiones más influyentes de la historia), lo lógico sería que Mateo y Lucas coinciden en sus relatos. No es así. En sus textos ambos nos ofrecen lo que los expertos llaman “anclajes cronológicos”, referencias que nos ayudan a datar el natalicio de Jesús, pero esas pistas son escasas y no acaban de encajar del todo entre sí.

¿Qué nos dicen exactamente? Veamos.

“Y cuando Jesús nació en Belén de Judea en los días del rey Herodes, he aquí unos magos vinieron del orienta a Jerusalén, diciendo: ‘¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente y venimos a adorarle. Al oír esto Herodes se turbó y Jerusalén con él”.

Mateo 2:2-4

“Y aconteció en aquellos días que salió un edicto de parte de Augusto César, que toda la tierra fuese empadronada. Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad. 

Entonces subió José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David, para ser empadronado con María, su mujer, desposada con él, la que estaba encinta. Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días en que ella había de dar a luz”.

Lucas 2:2-7

Aunque a priori no lo parezca, ambos pasajes ocultan una pequeña discordancia, como explica en Desperta Ferro el profesor Javier Alonso, filólogo, historiador y biblista. El evangelista Mateo (y Lucas) nos dice que Jesús nació en tiempos del rey Herodes, pero luego Lucas precisa que María salió de cuentas mientras ella y José viajaban para cumplir con el censo ordenado en tiempos de Augusto. 

Si repasamos la historia comprobamos que ambos “anclajes” chocan entre sí. Herodes el Grande, mandatario a las órdenes de Roma, gobernó Judea más o menos entre el 40 y 4 a.C, año de su muerte. En cuanto al padrón del que nos habla Lucas, los historiadores creen que coincidió con el censo realizado por Quirino en tiempos de Augusto, un hecho mencionado por Flavio Josefo.

El problema, recuerda Alonso, es que Quirino gobernó hacia el 6 d.C. la región que abarca Judea, años después de la muerte de Herodes. ¿Conclusión? Ambos evangelistas están trazando en realidad un marco temporal bastante amplio, de una década, que podría fijarse entre los años previos a la muerte del rey y 6.d.C. “Hay Una diferencia de mínimo 10 años entre Mateo y Lucas”, explica Alonso.

¿Por qué decimos que Jesús nació cuando nació?

Llegados a este punto esa es la pregunta más razonable. Si los evangelistas apuntan a un horizonte temporal que arranca varios años antes de nuestra era (Anno Domini), ¿por qué diablos decimos que Jesús nació unos días antes del I d.C.? ¿Quién y cómo fijó esa fecha? Para responder a esas cuestiones hay que remontarse unos cuantos siglos atrás, aunque sin llegar a la era de Herodes.

Nuestra atención se centrará a comienzos del V d.C., cuando a instancias del Papa el monje escita Dionisio ‘el Exiguo’ se lanzó a una tarea peliaguda: calcular la fecha del nacimiento de Cristo. Quizás suene raro que tantos siglos después los seguidores de Jesús se preocupasen de esa cuestión, pero en juego había un tema primordial: aclarar cuándo debía celebrarse la Pascua (Computus paschalis), la principal celebración de la cristiandad. Su fecha dependía de los ciclos lunares y obligaba a tener en cuenta cuestiones como los meses sinódicos y años solares.  

Dionisio echó mano de toda su erudición (y no era poca) para remontarse siglos atrás y desveló la fecha del alumbramiento de Cristo con una precisión pasmosa: finales del año 753 ad urbe condita, es decir, desde la fundación de Roma. 

Su cálculo podría haber pasado sin pena ni gloria si no fuera porque sirvió para dislocar toda la historia (al menos a ojos de Occidente) en dos etapas: a.C. y d.C., dos bloques que quedaron divididos a finales de ese año. Con su trabajo, puso la puntilla a la era diocleciana, que arrancaba con la coronación de Diocleciano.

El problema es que el monje patinó. Se supone que para sus cuentas tuvo en cuenta el reinado de Herodes I el Grande y la fecha de fundación de Roma, pero sorprendentemente le bailaron los números. Como precisa Alonso, su propuesta apunta a un momento (754 ad urbe condita) en el que Herodes ya llevaba unos cuantos años muerto, lo que choca con el evangelio de Mateo. Tampoco acaba de encajar con el Lucas poque es algo anterior al famoso censo de Quirino.

 ¿Se equivocó el sapientísimo monje bizantino? Otro misterio.

¿De dónde viene lo del 25 de diciembre?

Si el año de nacimiento de Jesús es terreno resbaladizo más aún lo es la fecha exacta, con día y mes. Sí, lo celebramos el 25 de diciembre; pero en realidad eso tiene más que ver con la estrategia política que con la historiografía. En este caso la explicación se remonta al siglo IV, en el que el Imperio abrazó el cristianismo.

Tras la convocatoria del Concilio de Nicea (325 d.C.) y sobre todo el edicto del emperador Teodosio I el Grande (380 d.C.) el cristianismo pasó a convertirse en la religión fuerte de Roma. Una cosa era sin embargo proclamar que la doctrina de Jesús de Narazet era la doctrina del Estado y otra muy distinta que el mensaje calase realmente en una población que ya tenía sus propios ritos y costumbres. Para facilitar el trance se recurrió a una vieja (y efectiva) táctica: la asimilación.

Más o menos en la época del año en la que nosotros adornamos nuestras ciudades con miles de luces led la Roma imperial celebraba sus Saturnales, una fiesta pagana celebrada en honor a Saturno y en la que abundaban también la comida, los regalos y los festejos. Eso sí, en vez de incidir en mensajes de paz y confraternidad reinaba una relajación más similar a la del carnaval.

 Al fin y al cabo coincidía con la época del año en la que los días (horas de luz) empiezan a crecer de nuevo, marcando el ‘nacimiento’ del Sol Invicto.

Christ With Beards
Christ With Beards

Para festejar ese renacimiento se reservaba una jornada especial: el 25 de diciembre. En la Roma del siglo IV que abrazó el cristianismo la asimilación fue clara y directa: si ese era el día del nacimiento del Sol, ¿no debía de ser también el día del nacimiento de Cristo? No fue solo una cuestión espontánea y popular. Las autoridades eclesiásticas, con Julio I y Liberio a la cabeza, favorecieron la idea. El natalicio de Jesús pasó a encajar así con el solsticio de invierno y las Saturnales.

¿Cuándo nació entonces Jesús?

La respuesta breve es que no podemos precisarlo. Nno sabemos el día exacto y tampoco podemos concretar el año, aunque manejamos un marco acotado si tomamos como referencia la muerte de Herodes y el censo de Quirino. 

Eso no quiere decir que la pregunta siga coleando dos milenios después. Por ejemplo, hay quien ha buscado anclajes temporales en otras etapas de la biografía de Jesús, como su crucifixión. En ella asoma el nombre de Poncio Pilatos, que ejerció su prefectura en la provincia romana de Judea entre el 26 y 36 d.C. Otra referencia valiosa es cuándo empezó a predicar, en el 15º año de Tiberio.

“Si hacemos caso a Mateo y Jesús nació en el 4 a.C., tiene sentido. Moriría en el año 30 y tendría, quizás, unos 34 años”, explica a la BBC Alonso. Lo que sabemos sobre la edad que tenía al morir y su predicación permite a algunos autores trazar un marco que coincide con los últimos años del reinado de Herodes. Hay quien ha ido incluso más allá, saliéndose de ese horizonte y apuntando a un mes en concreto: diciembre del 1 a.C., basándose en las peregrinaciones judías.

La realidad es que es complicado dar respuestas certezas. 

Y lo en parte por la mentalidad de los primeros cristianos. 

Primero porque pudieron estar tentados de incluir referencias para que el nacimiento de Jesús se ajustase mejor a las profecías. “Lo del censo de Quirino no encaja, y se entiende que Lucas lo usara como excusa para mover a unas personas que son de Nazaret, en el norte de Israel, hasta Belén, que es donde tiene que nacer el mesías, pero nada más”, señala Alonso. “Es un artificio literario”.

La otra razón es que la fecha del nacimiento de Cristo igual nos intriga a nosotros, pero desde luego no era algo que quitase el sueño a las primeras comunidades critianas, más centradas en el futuro, en la llegada de un Reino de los Cielos que se prometía inminente, que en el pasado terrenal de Jesús.

Imágenes | Wikipedia 1, 2 y 3 

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Una planta estaba al borde de la extinción en el desierto de Mojave. Entonces construyeron un parque solar encima

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El desierto de Mojave no es sólo un paraíso a la hora de filmar películas, ambientar videojuegos y bautizar sistemas operativos: es también el hogar de miles de especies de plantas que están habituadas a un clima extremadamente hostil. Se estima que hay unas 2.000 especies y una muy concreta está en peligro de extinción. Hasta que decidieron construir encima una de las mayores plantas fotovoltaicas de Estados Unidos.

El Gemini Solar Project.

En corto. La revista Frontiers in Ecology and Evolution reveló hace unas semanas los resultados de un curioso estudio. La planta ‘threecorner milkvetch’ (que tiene nombre de todo excepto de planta) pasó de 12 ejemplares en el desierto de Mojave a 93. Esta planta estaba siendo evaluada para su inclusión en la Ley de Especies en peligro de Estados Unidos y no sólo ha multiplicado su número: las nuevas plantas son más grandes y producen más flores.

Y “sólo” han tenido que construirle encima una de las mayores plantas fotovoltaicas de América, junto a Guanchoi en Chile, para conseguirlo.

Threecorner milkvetch. Se trata de una planta rastrera que tiene unas necesidades curiosas: sólo crece en suelos arenosos del desierto de Mojave. Sin embargo, es dependiente de las lluvias porque su semilla permanece latente en el suelo y sólo germina y se reproduce con precipitaciones favorables. En años secos, permanece completamente desapercibida, esperando que llueva un poco.

Y es tan escasa que la especie sigue bajo evaluación para considerarla como amenazada o en peligro de extinción bajo las normas del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos. En el mismo desierto hay otra especie amenazada: la tortuga del desierto Gopherus agassizii. El hábitat de las dos especies debería ser el último sobre el que se decidiera construir una planta fotovoltaica, pero ahí está el Gemini Solar Project.

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La planta

Megaplanta. Cuando se va a realizar una instalación así en el desierto, se emplea una técnica conocida como de desbroce y nivelación. En esencia, se arranca toda la vegetación, se nivela el terreno y se prepara para instalar los pilares de las placas solares. No sólo se crea un paisaje lunar, sino que se destruye cualquier tipo de semilla latente bajo la superficie, como puede ser la del threecorner milkvetch. Sin embargo, el enfoque del Gemini Solar Project fue distinto.

La empresa quería el terreno porque es especialmente ‘fértil’ dentro de EEUU para cosechar la luz solar, pero había que hacer concesiones. Una era minimizar la alteración del hábitat de ambas especies para conservar la superficie desértica con todos sus recursos biológicos, preservar la capa superior del suelo y adaptar la instalación al relieve natural. En la web del Servicio Geológico de EEUU podemos ver fotos de tortuguitas entre los paneles.

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Funciona. Esto es parte de lo que conocemos como la ‘ecovoltaica’, con una rama bautizada ‘agrovoltaica’ de la que también hemos hablado y que, aunque se puede usar por parte de las empresas como lavado de cara, sirve para unir las actividades energéticas con las agrarias. En el estudio sobre la el impacto del Gemini Solar Project y la evolución de la planta, la investigadora Tiffany Pereira descubrió lo que hemos comentado: había más plantas y estaban más saludables.

Esto demostró que la empresa energética había cumplido su parte de no arrasar el suelo porque las semillas habían podido germinar, pero dieron con algo más. Las plantas dentro de la instalación evolucionaron antes que las que se encuentran fuera de la misma y crecieron no bajo los paneles, sino en las franjas entre las hileras. Esto implica que siguen necesitando luz solar intensa para madurar.

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La zona amarilla es donde da el Sol más horas. La azul la franja que varía dependiendo de la posición del Sol. La roja donde nunca da la luz directa

Vale, pero entonces… ¿cuál es el papel de los paneles en la evolución mejorada de estas plantas? La hipótesis que manejan los investigadores es que los paneles proporcionan sombra parcial sobre el suelo, ralentizando la evaporación. Ya hemos dicho que las semillas están latentes hasta que tienen las condiciones de humedad necesarias para germinar, y en este contexto, un microclima más húmedo ha permitido a las plantas crecer más y producir más semillas.

No todo el campo es orégano. Ahora bien, como casi todo estudio científico, se mira la otra cara de la moneda. Las precipitaciones estos últimos años han sido favorables y habría que ver qué ocurre con periodos de sequía prolongada. En unos años se podría hablar de efectos a largo plazo. Pero, además, esa ausencia de plantas debajo de los paneles podría indicar una posible pérdida de hábitat potencial en años muy húmedos.

De la manera que sea, el estudio de Pereira no es aislado. Otros estudios apuntan a mejoras tanto en el número de especies de plantas con flores como de polinizadores en instalaciones agrovoltaicas en un estado como Minnesota. Y en China también hay indicadores de que esas plantas fotovoltaicas en los desiertos está contribuyendo a la construcción de bolsas de humedad en la que las plantas pueden prosperar de forma más sencilla.

Como decíamos, queda por ver ese impacto de los paneles en la creación de una “nueva” biodiversidad a largo plazo, pero de momento, lo que es evidente es que no hace falta arrasar un terreno para construir una planta fotovoltaica.

Imágenes | DRI, Tiffany Pereira, Gemini Solar Project

En Xatka | El mayor fiasco de la energía solar está en el desierto de Nevada: no sirve y su promotor culpa a una empresa española

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Si la pregunta es “cómo conocí a vuestra madre”, este gráfico revela cuantísimo ha cambiado la respuesta desde 1930

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Permíteme una pregunta indiscreta si es que tienes pareja: ¿cómo os conocisteis?.  Un rápido repaso a mi alrededor me devuelve alguna respuesta como “de clase”, también otras como “amigos en común” y para bastantes casos saldría Tinder a la palestra. Bueno, y también sé de algún caso de Twitter o hasta de compartir foro. Soy millennial y el grueso de mi entorno también. Si le formulase esta misma pregunta a mi madre o si se la hiciera a mi abuela (si estuviera viva), puede que encontrase las mismas respuestas, pero las proporciones cambiarían. 

No obstante, desde hace 20 años hay una forma de ligar prevalece abrumadoramente frente al resto, considerando el “éxito” como tener pareja: internet gana por goleada

Aunque como yo puedes hacer ese repaso rápido a tu entorno, hay alguien que lo ha hecho más y mejor (estadísticamente hablando): un equipo de la Universidad de Stanford ha repetido este estudio titulado “How the couples meet and stay together” durante varios años que, aunque puedes leer, James Eagle ha convertido en un recurso visual donde analizar cómo ha cambiado ese modus operandi de ligar con el paso del tiempo: un vídeo de un minuto de lo más revelador.

Este vídeo recoge casi un siglo de hábitos de ligar: desde 1930 hasta 2024 y en él aparecen opciones clásicas como amigos, familia, en un bar, en el trabajo, vecinos, en la universidad o en el colegio, en la iglesia y por supuesto, en internet. Obviamente, en los años 30 y las décadas posteriores, la opción de Online era un tremendo cero. Pero ojo porque en 1981 comienza tímidamente con un 0,01%. 

En los años 30, para ligar lo mejor era que tu prima te presentase a tu futurible pareja (seguido por amistades y el colegio): la familia como celestina que duró hasta 1944, momento en el que fue desbancado por las amistades. Conforme las opciones de ocio comienzan a popularizarse y la mujer accede al mundo laboral, vamos viendo como “en el trabajo” o “en un bar” van ganando terreno hasta que llegan a compartir el podio con tus amistades allá por los 80.

De cómo la democratización de internet cambió las citas

Los 90 es un momento crítico: el online comienza un ascenso meteórico que lo consolida allá como método más infalible para echarse pareja en 2011, desbancando a esas eternas amistades que llevan ayudándonos a ligar desde tiempos inmemoriales. 

Tan llamativo como el subidón y consolidación total de internet es la caída drástica de todas las demás opciones: en los últimos 10 años hemos pasado de que solo las amistades aguanten el tipo con un 20% de cuota a que en 2024, el año del fin del vídeo, ligar por internet se consolide como el método por antonomasia con más de un 60% del pastel. Que tus colegas te presenten a tu pareja pasa en apenas uno de cada 10 casos, algo que tiene sentido en una sociedad cada vez más individualista, lo que complica hasta hacer nuevas amistades.

Si eres una persona soltera, está claro que las apps son el sitio para encontrar citas, según este estudio. Sin embargo, las apps de ligar ya no convencen tanto, especialmente a las nuevas generaciones: este informe de Evenbrite que data de 2024 revela cómo la Gen Z y millennials empiezan a estar cansados del formato. 

Porque aunque siguen ligando por internet, ya no es como antes: prefieren pedir el Instagram a pedir una cita por Tinder. El miedo al “fracaso público” está matando el flirteo tradicional. Sin embargo, internet como método de ligue sigue más fuerte que nunca: porque antes de que existieran las apps, ya ligábamos en los sitios más insospechados. Sin ir más lejos, en el mítico chat de Terra.

En Xataka | Tinder ha entendido algo incómodo: los jóvenes están solos y ya no quieren ligar como antes

En Xataka | El mundo vive una crisis de emparejamientos. 5.000 estudiantes y un algoritmo están experimentando para arreglarla

Portada | James Eagle

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Llevamos años hablando de la “jornada 996” en las empresas chinas. La realidad es más compleja: la “jornada 323”

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En China hay más de 1.400 millones de personas y cerca de una cuarta parte de su población activa trabaja vinculada al sector público, un universo laboral tan descomunal que cualquier generalización suele quedarse corta. Así, entre tópicos globales y realidades cotidianas, la distancia puede ser mayor de lo que parece.

El mito exportado del 996. Lo hemos contado en más de una ocasión, pero que algo se repita muchas veces no significa que sea la norma. Llevamos tanto tiempo escuchando que China aplica la infame jornada 996 (trabajar de 9:00 a.m. a 9:00 p.m., seis días a la semana), que el propio concepto ha terminado por convertirse en símbolo de una supuesta ética laboral sobrehumana, aunque en su origen fue una crítica a un modelo abusivo dentro del sector tecnológico y nunca una norma general. 

Sobre el papel, la ley china fija semanas de cinco días y 40 horas, aunque su aplicación sea irregular y los sindicatos oficiales carezcan de poder real, y aunque existan sectores como el trabajo migrante o la economía de plataformas donde las jornadas son duras y los derechos escasos. En cualquier caso, contaban en un reportaje de Foreigh Policy que el 996 ha prosperado en Occidente porque encaja con el temor recurrente a que China “trabaje más” y supere a sus rivales, pero esa narrativa simplifica hasta deshumanizar a esos 1.400 millones de personas. Además, oculta una realidad mucho más diversa.

La herencia del trabajo como ideología. Lo cierto es que la cultura laboral china no nace con las tecnológicas de Shenzhen, sino con una tradición marcada por el maoísmo y la herencia del estajanovismo soviético, una donde se glorificaba el sacrificio productivo y consolidó el peso social del danwei o unidad de trabajo. 

En ese sentido, recordaba el analista James Palmer que no fue hasta 1995 cuando se formalizó el fin de semana de dos días, y durante décadas el empleo fue no solo fuente de ingresos, sino núcleo de identidad, vivienda y red social. Ese pasado explica la coexistencia de prácticas intensas con otras profundamente burocráticas, donde la obediencia política y el cumplimiento de cuotas pesan tanto como la eficiencia real.

La realidad silenciosa del 323. Como decíamos al inicio, más allá del mito del 996, una parte significativa del empleo chino (en torno al 23% de la población activa) se concentra en el sector público, donde predomina un patrón informal que se resume como 323: tres horas de trabajo por la mañana, una pausa de dos o incluso tres horas para comer y dormir la siesta, y otras tres horas por la tarde. 

Esa larga interrupción es, de hecho, casi sagrada y ha resistido intentos de reforma, con oficinas que atenúan luces o habilitan espacios para descansar, en una rutina que sorprende a quien espera hiperproductividad constante. El ritmo puede ser laxo en tiempos tranquilos y frenético al final del año para cumplir objetivos administrativos, a menudo acompañados de ajustes contables creativos.

Burocracia, patronazgo y trabajos fantasma. Recordaban en FP que el 323 convive con prácticas menos visibles como los empleos ficticios otorgados por patronazgo, desde puestos donde apenas se trabaja hasta cargos “sin presencia” que sirven para recompensar lealtades o esquivar requisitos formales. En ese entorno, la flexibilidad y la frustración coexisten: una oficina puede cerrar durante una pausa prolongada, pero también mostrar indulgencia ante retrasos formales.

Y cuando el liderazgo político endurece el tono, como ocurrió con la campaña anticorrupción iniciada en 2013 o con exigencias extraordinarias como las impuestas a docentes para registrar vacunaciones en 2022, la intensidad aumenta y muchas de las comodidades desaparecen temporalmente.

Socialización obligatoria y disciplina. Además, hay que tener en cuenta que la vida laboral oficial incluye banquetes, brindis y encuentros colectivos que refuerzan jerarquías y redes informales, rituales que pueden convertirse en una carga más que en un privilegio y que fueron brevemente contenidos por las campañas disciplinarias antes de regresar con el tiempo. 

Ese vaivén entre laxitud cotidiana y presión política explica por qué el 323 tiene sentido dentro del sistema: no responde a una ética de ocio, sino a una administración que alterna fases de baja exigencia con ráfagas de movilización. Dicho de forma clara: frente al relato simplista del 996, la realidad es más contradictoria y menos hiperbólica, una cultura laboral fragmentada donde la jornada depende tanto del sector y del clima político como de la voluntad individual.

Imagen | International Labour Organization ILO

En Xataka | China se las prometía muy felices con la jornada 996. Hasta que se dieron cuenta de que era un disparo en el pie

En Xataka | China se hizo famosa por sus jornadas laborales eternas. La solución ha sido echar a la calle a los empleados a su hora

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