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la fiebre por las bodas evento en España

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Las bodas no han desaparecido: se han transformado. Frente a la idea bastante extendida de que “ya nadie se casa”, los datos cuentan otra historia. El número de matrimonios en España se ha mantenido estable en la última década, aunque quienes trabajan en el sector coinciden en que lo que sí ha cambiado de forma profunda es la manera de casarse.

Los salones de boda han dejado de ser el escenario casi exclusivo de estos enlaces; muchas parejas ya conviven antes de dar el “sí, quiero”, y los regalos han pasado del menaje y los electrodomésticos a las transferencias bancarias. Las bodas son hoy más espectaculares y también mucho más caras. Quienes deciden casarse lo hacen asumiendo que se trata de una celebración, en la práctica, a fondo perdido: el dinero que se recupera —cuando se consigue— suele destinarse a cubrir parte de los gastos y, en la mayoría de los casos, ni siquiera alcanza para equilibrar las cuentas.

¿Cuánto cuesta una boda en España?

“Es una locura”, “Para no casarse”, “Mejor no quieras saberlo”… Estas son solo algunas de las frases que dicen muchas parejas cuando hablan del coste o del presupuesto de sus bodas. Especialistas en la industria están de acuerdo en que el costo de estas celebraciones ha aumentado en los últimos años, y se aleja por completo de lo que podían invertir generaciones anteriores. 

“El presupuesto lo marca el número de invitados”, explica Anais Martínez, wedding planner en Dile que sí, pero la media actual para una boda en España se encuentra entre 30.000 y 50.000 euros para 100 o 150 invitados. La experta puntualiza que una boda en Madrid, Cataluña o Baleares siempre será más cara que una en Extremadura o Canarias. En esta horquilla se encuentra la boda de Lara Moreno –que tuvo 100 invitados y costó casi 30.000 euros– y la de Cecilia Parellada –que invitó a 126 personas y gastó 42.550 euros—. 

El encarecimiento de la alimentación, del transporte y, en general, de todos los proveedores implicados en una boda ha empujado al alza el precio final de estas celebraciones, explica Martínez. A este aumento de costes se suma, además, una transformación del propio formato del enlace, con cada vez más elementos que disparan el presupuesto. Las bodas se han vuelto más complejas, como señala Alba Jiménez, de Margo Wedding Planner: “Las parejas ya no quieren que su día sea solo la ceremonia y la posterior comida o cena, sino que quieren que el invitado se lleve el espectáculo completo”.

bodas
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El cubierto solía salir a unos 150€ el invitado. (Unsplash)

Música en directo, cortador de jamón, barra de cócteles, puestos temáticos de comida… “El límite es el presupuesto de la pareja, las opciones son ilimitadas”, explican desde Dile que sí. Las expertas coinciden en que las bodas se han vuelto mucho más complejas en cuanto a logística, detalles, animación… Ya no es suficiente con la comida y la bebida, sino que las parejas buscan hacer su día lo más especial para ellos y sus invitados, llenando el día de estímulos. 

Para Jiménez, que lleva 16 años planificando y organizando bodas, algunas celebraciones “son demasiado”. En los últimos años, explica, la acumulación de “extras” ha convertido muchas bodas en eventos que “se parecen más a un circo”, donde “más es menos”. “En ocasiones parece una gymkana para los invitados: tienen que hacerse la foto en el photocall, después pasar a que les maquillen, estar atentos al espectáculo en directo…”.

“Hoy en día, todo lo que puedas imaginar puede estar en una boda”, explica el equipo de Margo Wedding Planner. Las expertas aseguran haber visto “de todo” en este tipo de celebraciones: desde masajes en los pies para los invitados durante el cóctel hasta empresas que elaboran puros cubanos en directo, pasando por espectáculos con drones, live painting —retratos en acuarela de los invitados—, toros mecánicos, cámaras de vídeo 360, pulpeiros o estaciones gastronómicas personalizadas.

Todo ello responde a “una auténtica fiebre por la boda-evento”, explica Ana Torres, periodista especializada en moda, belleza y lifestyle en Mediaset. Identifica un afán por “convertir el enlace en algo casi cinematográfico. Ya no se trata solo de casarse, sino de crear el momento, la imagen perfecta y el recuerdo inolvidable. Cada vez se busca más que la boda sea una experiencia única, casi irrepetible, donde todo esté pensado para impactar: el lugar, la decoración, el vestido, la música o incluso la narrativa que se construye alrededor del enlace”.


boda 2
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(Unsplash)

Como corrobora Jiménez, los “añadidos” que convierten la boda en un evento cada vez más espectacular pueden incorporarse en prácticamente cualquier momento de la celebración. “En el vestido, por ejemplo, una novia puede gastar 1.500 euros o decidirse por uno de 10.000; y si la boda es en iglesia, la pareja puede optar por el coro de la parroquia o contratar una agrupación musical profesional. Todo suma”, explica.

Estas son tendencias que se han extendido en los últimos años, según las expertas, y que apenas se veían hace años. Para Lara Moreno, estas elecciones dependen mucho de la edad, pero también de la personalidad de cada uno. “En nuestra generación sí que veo bodas mucho más elaboradas y caras. El año pasado una tía de mi pareja se casó y simplemente fueron al juzgado y después hicieron comida, pero otros amigos nuestros se casan en dos años y pretenden gastar todo lo que ahorren en ese tiempo”.

El balance económico del “sí, quiero”

El aumento de los costes y la deriva hacia bodas cada vez más cargadas han encarecido notablemente las ceremonias. Como señalan las expertas, hace años no era extraño que las parejas llegaran a cubrir buena parte —o incluso la totalidad— de lo invertido gracias a los regalos de los invitados. Hoy, sin embargo, ese escenario resulta prácticamente impensable si se atiende solo al dinero que aportan los asistentes.

La manera de dar los regalos a la pareja también ha cambiado. Antes, lo más común era hacer una “lista de bodas”, en la que los novios –que no solían vivir juntos– enumeraban qué necesitaban para empezar su vida en común. Hoy en día, como explica Martínez, “la mayoría viven juntos y no necesitan amueblar una casa, que era el concepto de antes. Lo que necesitan es dinero para pagar la boda o la luna de miel (…) El 90% de ellos da el número de cuenta”.

Con el dinero de los invitados, los novios tratan de cubrir la mayor parte del coste que ha tenido la celebración, pero la mayoría de las veces no es suficiente. “La media que dan los invitados es entre 150 y 200 euros”, explica Jiménez, “lo que ni de lejos cubre lo que se suelen gastar los novios por persona”. Solo el cubierto puede rondar ya esos 150 euros, a lo que hay que sumar los detalles, la barra libre, los puestos de cócteles o los espectáculos contratados.


boda
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(Unsplash)

“Hace años el regalo de los invitados permitía cubrir el cubierto e incluso llevarse algo de dinero; hoy, ni de lejos”, explica Jiménez. “Las aportaciones se han quedado prácticamente estancadas mientras los costes no han dejado de subir, y muchas parejas ni siquiera llegan a cubrir el catering”. En la misma línea, Martínez coincide en que “los novios no se casan para hacer negocio: no es rentable casarse pensando en recuperar la inversión”. 

Solo las parejas que optan por ceremonias más austeras pueden acercarse a ese equilibrio, “no para ganar dinero, sino, como mucho, para que quede lo comido por lo servido”. Vanessa Moreno, de Elite Bodas, resume: “Las parejas no celebran pensando en que van a recuperar.  Actualmente en torno al 50% de la inversión es lo que se obtiene de regalos”.

En muchos casos hay un tercer actor clave en este equilibrio económico: las familias. 

Lara y su pareja Adrián, que se casaron este verano, sabían que el día de su boda iba a ser una inversión que no iban a recuperar. Se gastaron casi 30.000 euros en total, y de sus invitados y familiares recibieron 20 .000: “Esto hizo que al final la boda nos saliera por 10.000 euros”. Ellos tampoco tuvieron lista de bodas, pero no todos sus regalos fueron transferencias: “Mi mejor amiga me regaló la cola del vestido, los pendientes mi tía, mis padres los anillos y mi primo la charanga”, cuenta Lara en conversación con Xataka.  

Cecilia, que se casó en 2024, vivió una situación parecida a la de Lara y Adrián: el coste total de su boda fue de 42.000 euros, de los que 32.000 llegaron a través de regalos y aportaciones familiares, de modo que el gasto final para la pareja fue de unos 10.000 euros. Estos casos reflejan una dinámica habitual en muchas bodas actuales: el equilibrio económico no depende solo de los invitados, sino de una combinación de regalos y apoyo económico de la familia. 


boda evento
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(Unsplash)

Los gastos asociados a una boda despiertan interés en redes sociales. Son muchas las parejas y wedding planners que desglosan en vídeos o publicaciones el precio medio de un vestido, el banquete, el fotógrafo o el DJ. Al mismo tiempo, varios usuarios comentan que hoy resulta prácticamente imposible recuperar con los regalos todo lo invertido en ese día. Es el caso de Noemí, que compartió en su perfil de TikTok que es “imposible” que una boda se “autopague”. 

Esta experiencia se repite en otros comentarios de la plataforma:  “Nosotros cubrimos parte pero no todo, para nada fue un negocio, una familia de 6 nos regaló una lámpara”; “Me casé el sábado y ya te digo que no jajaja no se autopaga”… 

Influencia de las redes sociales

A pesar de que los costes aumentan y la posibilidad de cubrir los gastos gracias a los invitados disminuye, el número de matrimonios en España se ha mantenido estable desde hace más de una década. En 2024 se celebraron más de 175.000 enlaces, una cifra prácticamente idéntica a la de 2010. Esta estabilidad, sin embargo, nos coloca muy por detrás de otros países europeos. 

Según Eurostat, en 2023 España registró 3,5 matrimonios por cada mil habitantes, lo que la sitúa en el puesto 24 de los 28 países con datos disponibles. Se trata de una tasa sensiblemente inferior a la de décadas pasadas —tuvimos 7,4 matrimonios por mil habitantes en 1964 y 5,4 en el año 2000— y que confirma que España nunca ha sido uno de los países más proclives al matrimonio, muy por detrás de otros como Alemania, Suecia, Polonia, Turquía o Moldavia.

Torres, periodista especializada en contenido lifestyle, identifica un interés claro y marcado de la población en todo lo que rodea a las bodas. Explica que se trata de un contenido “muy aspiracional y muy visual, y eso engancha”. “A los lectores les atrae tanto el componente emocional como el visual”, “cada vez interesa más el cómo se casa alguien que el hecho de que se case”. 

A pesar de que la prensa del corazón ha dado siempre mucha importancia a los enlaces entre personajes famosos, las redes sociales también han revolucionado la industria: “Las redes han cambiado para muchos la forma de entender una boda. Muchas celebraciones ya se piensan casi desde el punto de vista de cómo van a verse en Instagram o TikTok”.


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(Adi Albulescu/Unsplash)

Desde Elite Bodas viven a menudo que sus clientas les pidan “una boda como las de Instagram. Quieren tener bodas estilo Vogue, con todo lujo de detalles, personalizadas, divertidas…”. La inspiración que pueden facilitar las redes sociales o los enlaces de parejas famosas puede ayudar a futuros novios, pero para Martínez también existe una cara negativa: “En ocasiones puede generar frustración, porque pueden crear unas expectativas que no pueden permitirse. No todo el mundo puede tener un espectáculo de drones como Tamara Falcó”. 

Muchos de los “extras” de las bodas de influencers son posibles gracias a su trabajo o colaboraciones, lo que hace que sean “bodas extremadamente caras si las trasladamos a una persona anónima”. 

Son precisamente estos casos —en los que a veces incluso se venden reportajes de la ceremonia— donde la pareja puede no solo recuperar la inversión, sino incluso tener beneficios. Al igual que antes las bodas de famosos se convertían en exclusivas para revistas del corazón, hoy muchos influencers aprovechan su enlace como una oportunidad para ganar visibilidad y sacar rédito económico mediante colaboraciones con marcas. Todo ello, advierte Martínez, con el riesgo de que la boda se parezca más a un evento corporativo que a una celebración personal.

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Imagen | Carlo Buttinoni



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los nuevos valen hasta 300 euros

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El otro día, mientras me lavaba los dientes, mi cepillo eléctrico hizo un ruido extraño. No le di mayor importancia, pero pocos días después se repitió y esta vez vino acompañado de una clara bajada en la potencia. Finalmente ocurrió lo que se veía venir: dejó de funcionar. 

Lo compré en 2020 por 17,99 euros, por lo que estoy más que satisfecha con el servicio prestado. Además, me pilló justo el día que acababan las ofertas de primavera de Amazon, así que corrí a buscar un sustituto. Lo que me encontré me dejó bastante sorprendida.

Una oferta enorme (y carísima)

Hace seis años que compré mi malogrado cepillo Oral-B Vitality. Seis años en los que no me he enterado de qué se cocía en el mercado de los cepillos de dientes eléctricos, por lo que sea, tampoco me ha interesado. Antes de nada, aclaro que directamente me fui a ver la oferta de Oral-B porque estaba contenta con mi anterior cepillo, pero sobre todo porque aún tenía varios cabezales por estrenar. 

En 2020 era conocedora de que había modelos bastante más caros que el que yo elegí y de hecho esta vez entré a Amazon con la idea de mirar algún modelo un poco más avanzado, lo que no esperaba era encontrarme con estos precios. 

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La portada de ofertas de primavera de Oral B

La oferta más destacada en la página de Oral-B es el Oral-B iO 10, que costaba 299 euros (hoy cuesta 309 euros), pero los que le seguían no se quedaban cortos; 289, 199, alguno de 129 euros… una auténtica locura. En qué momento los cepillos eléctricos se han convertido en un producto de lujo, pensé. 

Estos cepillos ultracaros tienen pantalla a color, base magnética, estuche de viaje con función carga, siete modos de limpieza y por supuesto IA, que no falte la IA. Entiendo que muchas de estas funciones serán muy prácticas y tienen su público, pero personalmente no me pienso gastar tres cifras en un cepillo de dientes.

Además de los precios, hay un montón de modelos y cuesta bastante entender cuales son sus diferencias. De repente me vi buscando comparativas y leyendo hojas de especificaciones. Para un cepillo de dientes. 

La premiumización de lo cotidiano

Es un fenómeno que afecta a todo tipo de productos y servicios. Lo estamos viendo con las panaderías gourmet, las cafeterías de especialidad y hasta con los kebabs. Otro establecimiento que hemos visto premiumizarse recientemente son las papelerías.  Son productos tradicionalmente baratos a los que se les da una pátina de lujo y exclusividad para justificar precios mucho más elevados.

Con los cepillos de dientes eléctricos se suma además el punto techie. En los móviles ya hace mucho que superamos la barrera de los 1.000 euros y lo tenemos normalizado, pero en su día también nos parecía una locura. Lo han conseguido a base de funciones exclusivas, diseños con materiales premium y también el fenómeno de la compra aspiracional.

No me esperaba que con los cepillos de dientes hubiera pasado lo mismo; dotándolos de infinidad de funciones, justifican pagar 300 euros por algo tan básico como es lavarnos los dientes.

El elegido

Oral B
Oral B

Viendo los precios y sabiendo que no pensaba pagar más de 50 euros, mi abanico se redujo drásticamente. El Oral-B iO 2 era una de las opciones que barajé. Cuesta 50 euros y no es el modelo más básico de todos. Entre sus ventajas está que viene con un estuche de viaje y un soporte para guardar dos cabezales, además de un sensor de presión y temporizador.

Llegué a tenerlo en la cesta, pero finalmente acabé comprándome el Oral-B Vitality Pro, que básicamente es el mismo modelo que ya compré en 2020, pero con un par de funciones nuevas y diseño en color negro. Pagué 22 euros y espero que me dure otros seis años.

Imágenes | Xataka, Amazon

En Xataka | El precio de la vivienda en España ya está más alto que en el pico de la burbuja. Pero el dato tiene un pequeño truco

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Tras años ausente, Aragón ha reintroducido a dos linces ibéricos. La pregunta es si es postureo o ayuda de verdad

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Aragón se ha convertido en la primera comunidad autónoma del noroeste peninsular que buscar recuperar el lince ibérico. Y sí, es un hito histórico que pasará a los anales de los manuales de conservación; pero la pregunta es otra: ¿tiene algún sentido (a nivel ecológico, social o económico) seguir metiendo linces en dónde hacía décadas que no los había o estamos en medio de una operación de marketing político que saldrá caro?

La respuesta es más compleja de lo que parece. 

¿Qué ha pasado? El 17 de marzo de 2026, Jorge Azcón liberó los dos primeros ejemplares de lince ibérico en una finca de Torrecilla de Valmadrid (Zaragoza). Tienen un año, la hembra viene de Portugal y el macho de Doñana. 

“El paso dado hoy es un hito en la recuperación de biodiversidad en la comunidad”, explicó el presidente en funciones. Y es, en cierta forma, la idea generalizada en casi todas las comunidades de España: el lince ibérico se ha convertido en nuestro ‘oso panda’, un animal al que le tenemos cariño, un símbolo del país y una aspiración social. 

 ¿Tiene sentido volver a introducir al lince? Para el lince, sí. Aunque hemos avanzado mucho desde 2002 (cuando había apenas 94 linces confinados en Andalucía), aún no hemos llegado al “estado de conservación favorable”. Esto es, a los 3.500 ejemplares (ahora hay 2.401) y las 750 hembras reproductoras (hay 470). 

Desde que echó a andar en 2019, el proyecto LIFE LynxConnect ha intentado llevar a la práctica una idea muy sencilla: tener muchos linces no sirve de nada si esos linces están confinados en solo un par de sitios. Necesitábamos diversos núcleos y necesitábamos conectarlos entre sí.

Sobre todo, porque el cambio climático también está afectando a todo el territorio nacional. El norte peninsular es cada vez más seco y tiene mayores poblaciones de conejos: por ello, se ha hecho viable que existan ya al menos dos poblaciones (en Cuenca y en Palencia) que están completamente fuera de la distribución histórica reciente del lince.

¿Y para las zonas donde se suelta? A corto plazo, también es buena notiica. De hecho, el movimiento de Aragón no se entiende sin un hehco básico: los fondos europeos que ayudan a este tipo de programas (920.000 euros en este caso) caducaban este mismo año. 

A medio o largo plazo, depende de muchos factores: fundamentalmente, porque todo depende de los conejos. 

¿Conejos? ¿Qué pasa con los conejos? Los conejos representan entre un 80 y un 90% de la dieta de los linces. De hecho, estos roedores se encuentran en la base de la cadena trófica de más de 30 especies.

La buena noticia es que, como alertaba hace unas semanas la Unión de Agricultores y Ganaderos de Castilla la Mancha “la proliferación de conejos es un problema que se prolonga ya por diez años, hablan de ‘plaga’ que está amenazando los olivares y los cultivos de pistacho y almendros, y exigen que se controlen las poblaciones de estos animales”.

La mala es que no están donde deberían. La historia de los conejos españoles es compleja. Su declive se asociada a la mixomatosis, primero (mediados del siglo XX); sigue con la enfermedad hemorrágica del conejo en los 80; y se complica con la llegada en 2012 de una nueva variante (RHDV2) que afecta a las poblaciones justo cuando empezaban a recuperarse.

A todo esos problemas sanitarios, hay que sumar los cambios del paisaje y la desaparición de lindes, barbechos y refugios tradicionales. 

Y el resultado es que los conejos han buscado una nueva casa. Así taludes y márgenes de las carreteras se han convertido en hábitats tremendamente favorables (e incluso en vectores de movimiento) y las zonas con comida constante (regadíos/cultivos) son atractores naturales de esas poblaciones reducidas. 

Los agricultores temen que la llegada del lince no consiga controlar la plaga y, en cambio, como endurecerá las normativas de conservación, puede hacer que las poblaciones de conejo se disparen. ¿Llevan razón? Es difícil de decir. Pero lo vamos a descubrir.

Imagen | Jorge Azcón – Gobierno de Aragón

En Xataka | España, tierra de conejos (amenazados): la especie ha pasado de “plaga” a estar en peligro

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“El paso dado hoy es un hito en la recuperación de biodiversidad en la comunidad”, explicó el presidente en funciones. Y es, en cierta forma, la idea generalizada en casi todas las comunidades de España: el lince ibérico se ha convertido en nuestro ‘oso panda’, un animal al que le tenemos cariño, un símbolo del país y una aspiración social. 

 ¿Tiene sentido volver a introducir al lince? Para el lince, sí. Aunque hemos avanzado mucho desde 2002 (cuando había apenas 94 linces confinados en Andalucía), aún no hemos llegado al “estado de conservación favorable”. Esto es, a los 3.500 ejemplares (ahora hay 2.401) y las 750 hembras reproductoras (hay 470). 

Desde que echó a andar en 2019, el proyecto LIFE LynxConnect ha intentado llevar a la práctica una idea muy sencilla: tener muchos linces no sirve de nada si esos linces están confinados en solo un par de sitios. Necesitábamos diversos núcleos y necesitábamos conectarlos entre sí.

Sobre todo, porque el cambio climático también está afectando a todo el territorio nacional. El norte peninsular es cada vez más seco y tiene mayores poblaciones de conejos: por ello, se ha hecho viable que existan ya al menos dos poblaciones (en Cuenca y en Palencia) que están completamente fuera de la distribución histórica reciente del lince.

¿Y para las zonas donde se suelta? A corto plazo, también es buena notiica. De hecho, el movimiento de Aragón no se entiende sin un hehco básico: los fondos europeos que ayudan a este tipo de programas (920.000 euros en este caso) caducaban este mismo año. 

A medio o largo plazo, depende de muchos factores: fundamentalmente, porque todo depende de los conejos. 

¿Conejos? ¿Qué pasa con los conejos? Los conejos representan entre un 80 y un 90% de la dieta de los linces. De hecho, estos roedores se encuentran en la base de la cadena trófica de más de 30 especies.

La buena noticia es que, como alertaba hace unas semanas la Unión de Agricultores y Ganaderos de Castilla la Mancha “la proliferación de conejos es un problema que se prolonga ya por diez años, hablan de ‘plaga’ que está amenazando los olivares y los cultivos de pistacho y almendros, y exigen que se controlen las poblaciones de estos animales”.

La mala es que no están donde deberían. La historia de los conejos españoles es compleja. Su declive se asociada a la mixomatosis, primero (mediados del siglo XX); sigue con la enfermedad hemorrágica del conejo en los 80; y se complica con la llegada en 2012 de una nueva variante (RHDV2) que afecta a las poblaciones justo cuando empezaban a recuperarse.

A todo esos problemas sanitarios, hay que sumar los cambios del paisaje y la desaparición de lindes, barbechos y refugios tradicionales. 

Y el resultado es que los conejos han buscado una nueva casa. Así taludes y márgenes de las carreteras se han convertido en hábitats tremendamente favorables (e incluso en vectores de movimiento) y las zonas con comida constante (regadíos/cultivos) son atractores naturales de esas poblaciones reducidas. 

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