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cómo aprendimos a cuidar lo que vive en una pantalla
Treinta años después de su lanzamiento en Japón, el Tamagotchi sigue siendo reconocible al primer vistazo. La forma de huevo, los tres botones, la pantalla que apenas muestra unos cuantos píxeles animados. Todo parece sacado directamente de los años noventa y, sin embargo, no estamos ante un objeto congelado en el tiempo. Bandai ha seguido empujando nuevas versiones y el producto continúa encontrando público, tanto entre quienes lo recuerdan de su infancia como entre nuevas generaciones que no vivieron su auge original.
Ese recorrido, desde fenómeno global a icono cultural persistente, no se explica solo como una moda que vuelve. El Tamagotchi instaló una relación distinta con un dispositivo: en su versión original no se usaba cuando apetecía, sino cuando lo reclamaba. Cuidar, alimentar, limpiar y asumir consecuencias formaban parte del trato, con un elemento radical para un juguete electrónico de la época: no había botón de pausa que te rescatara del descuido. Lo que hoy interpretamos como “economía de la atención” todavía no tenía nombre, pero la mecánica ya estaba ahí.
Un juguete japonés que enseñó a convivir con lo digital
Desde el punto de vista funcional, el Tamagotchi es una simulación básica de cuidado y crecimiento encapsulada en un objeto de bolsillo. El dispositivo ejecuta un conjunto de reglas que determinan el estado de la criatura digital, reglas que el usuario solo puede modular parcialmente mediante acciones concretas y repetidas en el tiempo. No hay una curva de aprendizaje compleja ni un final claramente definido, y ahí reside parte de su singularidad frente a otros juguetes electrónicos de su época. Lo importante no es “ganar”, sino sostener el vínculo.
El interés no está en dominar el sistema, sino en convivir con él. Esa lógica, deliberadamente abierta, permitió que el Tamagotchi trascendiera el marco habitual del juguete electrónico y se integrara en la rutina diaria de quienes lo usaban. No se trataba de sentarse a jugar, sino de asumir una presencia que podía exigir intervención a lo largo del día, con independencia del contexto. Es una distinción pequeña sobre el papel, pero enorme en la práctica, porque desplaza el juego de un “rato” a una relación continuada.
Para entender por qué este producto aparece en Japón en 1996, conviene mirar el contexto industrial sin convertirlo en una explicación cultural cerrada. Bandai operaba en un mercado maduro de juguetes y licencias, y a mediados de los noventa buscaba formatos capaces de conectar con un público joven que ya convivía con lo electrónico. Japón, además, era un entorno especialmente habituado a objetos personales portátiles, desde reproductores hasta consolas, y a personajes convertidos en iconos cotidianos. Todo eso no “causó” el Tamagotchi, pero sí lo hizo más legible.


La clave es que el Tamagotchi no se apoyaba en una franquicia conocida ni en una historia previa. Su atractivo se sostenía en una idea sencilla, portátil y fácil de comunicar, reforzada por una estética cercana a la cultura visual japonesa del momento, donde lo pequeño y lo expresivo ya formaban parte del paisaje. Esa combinación ayudó a que el concepto se adoptara con rapidez y, sobre todo, a que se compartiera con naturalidad. No como un aparato raro, sino como un objeto personal que se llevaba encima.
Aunque a menudo se habla del Tamagotchi como un invento singular, su origen es el resultado de una colaboración muy concreta. Akihiro Yokoi, presidente de WiZ, planteó el concepto inicial de una mascota virtual portátil y lo presentó a Bandai a mediados de los noventa. Allí, Aki Maita, responsable del proyecto dentro de la compañía, fue quien transformó esa idea en un producto viable desde el punto de vista técnico y comercial. Esa doble autoría importa porque evita el relato fácil del genio solitario y describe mejor cómo nacen muchos fenómenos de consumo.
El concepto inicial era el de de una mascota virtual portátil.
El proceso incluyó pruebas con usuarios reales antes de su lanzamiento, algo poco habitual en el desarrollo de juguetes electrónicos de la época. Esos ensayos permitieron ajustar tanto el diseño como el enfoque del producto y revelaron un dato clave para Bandai: el interés surgía con fuerza entre adolescentes, especialmente chicas, lo que influyó en la estética final y en la manera de presentarlo. No es un detalle menor, porque explica por qué el Tamagotchi se convirtió en un objeto social y visible, no en un dispositivo que se escondía.
Si hablamos del nombre, podemos decir que tampoco fue un detalle menor ni una ocurrencia tardía. “Tamagotchi” nace de una combinación deliberada entre tamago, la palabra japonesa para “huevo”, y watch, en referencia a un objeto que se consulta a menudo, adaptado fonéticamente en Japón. Esa elección revela cómo se pensó el producto desde el principio. No como un juguete que se usa de manera puntual, sino como algo que se lleva encima y se mira con frecuencia.


Como decimos, en el modelo original, el dispositivo no ofrecía control total al usuario. No había forma de congelar el sistema ni de proteger a la criatura de las consecuencias del descuido, y esa dureza estaba integrada en la propuesta. La asimetría, en la que el usuario respondía más de lo que mandaba, alteraba la relación tradicional entre jugador y juguete y elevaba el coste emocional del abandono.
Bandai asumió desde el inicio que esa falta de indulgencia formaba parte de la experiencia. El Tamagotchi no estaba diseñado para complacer, sino para exigir constancia y generar implicación. Esa lógica, que hoy asociamos a dinámicas digitales mucho más sofisticadas, fue clave para que el vínculo con la criatura se sintiera menos instrumental y más cercano a una responsabilidad cotidiana.


Cuando el Tamagotchi salió de Japón, lo hizo como suelen hacerlo los fenómenos difíciles de anticipar: más rápido de lo que el mercado podía absorber. En mayo de 1997 llegó a Estados Unidos y, a partir de ahí, se extendió a otros mercados, incluidos países europeos, en un periodo muy corto. Bandai pasó de gestionar un lanzamiento doméstico a lidiar con un producto global, con problemas de abastecimiento, reventa y una presencia constante en medios que no siempre sabían cómo encajar aquel juguete en categorías conocidas.
La popularidad trajo consigo tensiones inesperadas. El dispositivo empezó a aparecer en aulas, exámenes y actividades donde no estaba invitado, y en muchos centros se optó por restringirlo o prohibirlo por las interrupciones que generaba. Esa reacción, lejos de frenar el fenómeno, contribuyó a amplificarlo, porque confirmaba que el Tamagotchi ya no era solo un juguete: era un asunto social. En muy poco tiempo se convirtió en un marcador generacional, algo de lo que se hablaba y que se veía, no un entretenimiento privado.


Cuando la fiebre inicial empezó a diluirse a finales de los noventa, el Tamagotchi no desapareció. Cambió de fase. Bandai optó por reactivarlo con iteraciones técnicas que alteraban la experiencia sin romper su lógica, y ahí aparece un primer salto clave: la conectividad entre dispositivos, inicialmente mediante infrarrojos, que permitía interacción directa entre mascotas. El producto seguía siendo reconocible, pero encontraba una razón nueva para volver, sin depender únicamente del recuerdo.
Ese movimiento marcó un patrón que se repetiría con el tiempo. Cada nueva oleada introducía un cambio tecnológico concreto, como el salto al color, nuevas pantallas o formatos distintos, que servía para atraer a una generación diferente sin borrar la anterior. El Tamagotchi dejaba de ser un fenómeno puntual para convertirse en una marca capaz de reactivarse periódicamente, con ajustes graduales en lugar de reinvenciones agresivas.


Treinta años después, el Tamagotchi no se sostiene únicamente como un recuerdo de los noventa. Bandai ha señalado un repunte en la tracción comercial de la marca en los últimos años, impulsado en buena medida por el público adulto que lo conoció en su infancia, y lo ha acompañado con nuevas líneas y lanzamientos.
El entorno en el que hoy existe el Tamagotchi no se parece en nada al de finales de los noventa. Las mascotas virtuales se han multiplicado en forma de aplicaciones móviles y de juguetes conectados que integran sensores, conexión permanente y, en algunos casos, funciones basadas en IA. En ese contexto, el Tamagotchi no puede competir por realismo ni por amplitud de funciones, y tampoco parece interesado en hacerlo.
La estrategia, más que tecnológica, es de posicionamiento. En lugar de maximizar capacidades y acercarse a un “compañero inteligente”, el Tamagotchi se mantiene como un dispositivo con reglas claras y una experiencia acotada, incluso cuando incorpora conectividad en modelos recientes. No es una renuncia a lo moderno, sino una forma de preservar su identidad frente a un ecosistema saturado de pantallas y servicios. Su atractivo reside en esa mezcla de sencillez, tangibilidad y previsibilidad, no en prometer una relación perfecta.
Imágenes | Antonio Rubio | BANDAI (1, 2, 3)
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El supuesto hackeo de PcComponentes afecta a 16 millones de clientes. Es otra pesadilla para ataques de phishing
En Hackmanac son frecuentes las alertas de ciberseguridad que informan de supuestos hackeos y robos masivos de datos por todo el mundo. Uno de los últimos avisos, publicado ayer, afecta a una empresa española en alza: PcComponentes. De confirmarse, el supuesto robo de datos habría afectado a un enorme número de usuarios.
16 millones de afectados. Según dichos datos, un ciberatacante usando el alias ‘daghetiaw’ afirmó haber logrado infiltrarse en PcComponentes. Al hacerlo ha conseguido los datos de 16,3 millones de clientes, en concreto:
- DNI/NIF
- Pedidos y facturas
- Dirección
- Detalles de contacto (teléfono)
- Metadatos de la tarjeta de crédito (tipo, fecha de caducidad)
- Dirección IP
Una muestra que parece confirmar el hackeo. El autor del ciberataque ha querido demostrar que la base de datos que ha logrado obtener es legítima, y para ello ha publicado un extracto gratuito de 500.000 usuarios. Esa ya es una muy mala señal y parece confirmar que ese hackeo y ese robo masivo de datos ha sido en efecto exitoso.
Ya hubo problemas hace un año. Un usuario de X llamado 0xBogart, experto en ciberseguridad, comentaba el descubrimiento indicando que hace un año reportó un fallo de seguridad a los responsables de PcComponentes. Dicho fallo exponía una base de datos con las credenciales de acceso.
Y todo cuadra. En El Chapuzas Informático han contactado con 0xBogart y han obtenido más datos sobre aquel incidente. Este usuario habla de hecho de que ya se sustrajo una base en datos de agosto de 2023 y que entonces “tenía 11.951.125 usuarios, tiene sentido que en 2026 tengan 16 millones”. Este experto tuvo acceso durante cinco años a los servidores de PcComponentes, y solo lo perdió “cuando abandonaron su centro de datos por Amazon Web Services”, indica en el texto de El Chapuzas Informático.
Pc Componentes no ha confirmado el hackeo. De momento los responsables de Pc Componentes no han confirmado ni negado el robo masivo de datos. En Xataka estamos intentando contactar con la empresa para aclarar los detalles. Mientras, sus responsables tienen 72 horas desde que se descubrió el hackeo para avisar a la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD).
Lo próximo: ataques de phishing. Este nuevo robo masivo de datos supone una potencial pesadilla para los clientes de PcComponentes. Si se confirma el hackeo, todos esos datos podrían ser usados para ataques de phishing mucho más convincentes: cuanta más información tienen los ciberatacantes de nosotros, más pueden “convencernos” con mensajes que parecen ser auténticos y que nos logran confundir. Lo estamos viendo por doquier: los robos de datos son un filón para los ciberdelincuentes que luego los usan por ejemplo para el envío masivos de SMS para estafar a los usuarios de esas empresas expuestas.
O de suplantación de identidad. También está el peligro de la suplantación de identidad: los datos robados permiten crear un “perfil de usuario” con el que un ciberdelincuente puede hacerse pasar por una persona para engañar a otra con técnicas de ingeniería social. Si la base de datos se ha filtrado hay poco que los clientes de PcComponentes puedan hacer porque su información ya estará expuesta. No ha quedado claro si hay contraseñas incluidas de acceso a la web de la empresa en el robo masivo de datos, pero nuestra recomendación es cambiar esa contraseña de acceso lo antes posible.
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El futuro de la energía pasa por la fusión, y China pretende encender la primera bombilla con el poder del Sol en 2030
Cuando pensamos en la energía del futuro, es fácil que pensemos en las renovables. Buena parte de Europa lleva un tiempo funcionando con renovables, China es una potencia en expansión y hasta algunos estados de Estados Unidos están viendo sus bondades. Sin embargo, el futuro pasa por la energía nuclear. Pero no por la fisión, sino por la fusión. Y China acaba de dar un paso de gigante en las previsiones de su programa BEST con un único objetivo.
Replicar el proceso que alimenta al Sol.
China y la energía definitiva. La fusión y la fisión son reacciones nucleares que liberan la energía del núcleo del átomo, y ahí terminan sus semejanzas. De forma muy resumida, la fisión consiste en romper núcleos de átomos pesados como el uranio para liberar la energía. Es el proceso que usamos en las centrales nucleares actuales, y logramos hace décadas que fuera algo estable. La fusión es el proceso inverso: une átomos ligeros para generar energía. Es tremendamente inestable y el calor generado es descomunal, pero el proceso genera una cantidad de energía muy superior.
Imitar ese poder de las estrellas es extremadamente complejo, pero llevamos años intentando replicarlo por un motivo muy simple: se estima que ofrecerá energía casi ilimitada y sin desechos de larga duración, algo contra lo que la fisión nuclear no puede competir. China es uno de los países que más está empujando el desarrollo de las centrales de fusión nuclear, tanto que pretende poner la primera planta en marcha una década antes que sus competidores.
EAST. Son las siglas de ‘Experimental Advanced Superconducting Tokamak’, un programa experimental que China desarrolla desde 2006 para probar la viabilidad de la energía de fusión comercial. Tras marcar algunos récords de temperatura y tiempo de funcionamiento, en 2021 lograron una operación continua de plasma durante 17 minutos en los que el núcleo funcionó a 70 millones de grados Celsius. Son cinco veces la temperatura del Sol y, aunque anteriormente se lograron temperaturas de hasta 160 millones de grados durante 20 segundos, lo ideal es mantener una altísima temperatura durante el mayor tiempo posible.
Se han seguido dando pasos y los investigadores descubrieron recientemente que el reactor podía trabajar a un 165% de su capacidad teórica máxima sin sufrir disrupciones. Por contextualizar, es como si tenemos un motor diseñado para ir a 200 km/h, pero descubrimos que podemos circular a 330 km/h de forma constante sin que se sobrecaliente. En definitiva: China está dando pasos para controlar el enorme desafío que representa el confinamiento magnético de plasma.
BEST. El ‘Burning Plasma Experimental Superconducting Tokamak’, por su parte, es la punta de lanza de su programa de fusión nuclear. Si EAST es la prueba de concepto, BEST es la demostración de viabilidad. Los pasos de EAST son los que se irán replicando en BEST, un reactor construido a una mayor escala que operará durante menos tiempo de forma mantenida, pero en unas condiciones de mayor ganancia energética.
Objetivo: 2030. China comenzó la construcción del BEST en 2023 y espera completarlo de cara a 2027 para empezar a realizar pruebas con plasma. Si sale bien, el reactor CFETR será el que vierta energía de fusión a la red. En un comunicado publicado por el medio estatal Xinhua, vemos que la intención es generar electricidad de cara a 2030 y empezar a hacerlo de forma comercial para 2035.
De llegar al objetivo, China será el primer país que podrá emular de forma comercial el poder del Sol para encender la “primera bombilla de fusión nuclear” de la historia. Aunque, claro, Estados Unidos y Massachusetts también dicen que serán los primeros.
No son los únicos. Si llegan al objetivo, será un paso fundamental en la consecución de energía de nueva generación, y quieren llegar a ese futuro una década antes que el resto de países, o eso apunta China. Se espera que en esta carrera por la fusión nuclear, el BEST empiece a operar de forma comercial entre 2030 y 2035. Mientras tanto, en Francia se encuentra el ITER. Con 24.000 millones de euros en presupuesto, es el programa internacional más caro de la historia, sólo superado por el Programa Apolo, la Estación Espacial Internacional, el Proyecto Manhattan o el sistema GPS.
Apunta a ser potentísimo, pero lleva retrasos constantes, un presupuesto que se ha desbordado y una fecha operativa que no se ha cumplido. En Estados Unidos, una startup privada está construyendo SPARC, mucho más pequeño que el ITER, pero más rentable. Reino Unido tiene el STEP, Japón el JT-60SA y Rusia el T-15MD híbrido. Hablar de fechas es complicado, ya que había pruebas que se esperaban conseguir en 2025 y no se lograron… y se habla de entre 2040 y 2060 para la viabilidad comercial de esta energía “de las estrellas”, aunque los calendarios se han ido reajustando.
China ha convertido la energía de nueva generación en una cuestión de Estado, y veremos si cumplen su objetivo de empezar a producir en 2030. Y, aunque parece que tenemos que meter la inteligencia artificial hasta en la sopa, las descomunales necesidades energéticas de esta tecnología están incentivando que se den avances en la fusión nuclear. Puede que el chiste de que a la energía de fusión nuclear siempre le quedan 30 años para llegar, haya llegado a su fin.
Imágenes | Oak Ridge National Laboratory, NASA
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Canadá le ha abierto la puerta a los coches eléctricos chinos. EEUU advierte: “se van a arrepentir”
Canadá ha reabierto las puertas de los vehículos eléctricos procedentes de China, dando un giro radical a su política comercial. El pasado viernes, el primer ministro Mark Carney redujo los aranceles del 100% al 6,1%, lo que podría llevar el mercado automovilístico canadiense a un nuevo horizonte. Bajo estas líneas te contamos qué puede implicar esto.
Cambio. La jugada llega un año después de que Canadá impusiera aranceles masivos a los vehículos eléctricos chinos, siguiendo los pasos de Estados Unidos bajo la administración Biden. El argumento, tal y como describen desde la BBC, fue que consideraban que China estaba ejecutando ‘una política de sobreproducción deliberada’.
Ahora, con las relaciones entre Canadá y Estados Unidos en un terreno algo delicado bajo la administración Trump, el Gobierno canadiense ha optado por diversificar sus alianzas comerciales. “Tomamos el mundo tal como es, no como nos gustaría que fuera”, contaba Carney.
Cantidades. El acuerdo inicial permite la entrada de hasta 49.000 vehículos eléctricos anuales desde China con el arancel reducido del 6,1%. Esta cifra representa aproximadamente el 3% del mercado canadiense total, que ronda los dos millones de vehículos al año, según cuenta el medio Driving.
Según el primer ministro, la cuota podría aumentar hasta alcanzar los 70.000 vehículos en un plazo de cinco años. Además, el acuerdo estipula que, en ese periodo, más del 50% de estos vehículos deberán ser modelos asequibles con un precio de importación inferior a 35.000 dólares canadienses (unos 21.569 euros al cambio).
Fecha. Aunque no existe una fecha exacta confirmada, varios medios vaticinan su llegada para las próximas semanas. Addisu Lashitew, profesor asociado de la DeGroote School of Business de la Universidad McMaster, contaba a la CBC que los fabricantes chinos tienen capacidad para acelerar la producción y realizar envíos rápidamente. BYD, el mayor fabricante chino de vehículos eléctricos, opera incluso sus propios buques de carga, lo que podría acortar aún más los tiempos de envío.
Marcas que llegarán primero. Curiosamente, las primeras marcas en beneficiarse de esta apertura no serán necesariamente las puramente chinas. Tesla está en una posición privilegiada para aprovechar el acuerdo de inmediato, según cuentan desde Reuters. La compañía de Elon Musk ya había equipado su planta de Shanghái en 2023 para fabricar una versión específica del Model Y destinada a Canadá, llegando a exportar más de 44.000 vehículos ese año antes de que entraran en vigor los aranceles del 100%.
Otras marcas con presencia previa incluyen Volvo y Polestar, ambas propiedad del grupo chino Geely. Para las marcas puramente chinas como BYD o Nio, el proceso será algo más lento, ya que deberán establecer redes de concesionarios, cadenas de servicio y mercados de repuestos desde cero.
Reacción política dispar. El primer ministro de Saskatchewan (provincia de Canadá), Scott Moe, celebró el acuerdo como “muy buenas noticias”, especialmente porque China se ha comprometido a reducir los aranceles sobre productos agrícolas canadienses como la colza.
Sin embargo, el primer ministro de Ontario, Doug Ford, criticó duramente la medida, calificando los vehículos eléctricos chinos como “coches espía subvencionados” y advirtiendo que el acuerdo “dañaría nuestra economía y provocaría pérdidas de empleo”. Por poner en contexto, es en Ontario la provincia donde se concentra la industria automovilística canadiense.
La respuesta de EEUU. El representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, calificó el acuerdo de “problemático” y advirtió que Canadá podría arrepentirse. Sin embargo, el presidente Trump declaraba que era “algo bueno” y que “si puedes conseguir un acuerdo con China, deberías hacerlo”.
El reflejo de Japón. En 1981, Canadá llegó a un acuerdo similar con Japón, asignando cuotas de unidades en vez de precios. El resultado fue que los fabricantes japoneses simplemente subieron de gama: los Civic se convirtieron en Accord, los Corolla en Camry. En dos o tres años, el precio medio de un coche japonés importado pasó de 8.000 a 14.000 dólares, tal y como recuerda Greig Mordue, director del programa de Máster en Ingeniería y Políticas Públicas de la Universidad McMaster, al medio Driving.
Sin embargo, ese acuerdo también trajo consigo que Honda y Toyota establecieran plantas de producción en Canadá, convirtiéndose hoy en los dos mayores fabricantes de vehículos del país. De hecho, según reveló un alto funcionario canadiense a la CBC, el gobierno quiere explorar la idea de crear empresas conjuntas e inversiones con compañías chinas en los próximos tres años para construir un vehículo eléctrico canadiense con el know-how chino.
Más competencia. Lashitew recalca que la entrada de vehículos chinos más económicos obligará a otros fabricantes a bajar sus precios, lo que haría los vehículos eléctricos más accesibles para los consumidores y ayudaría a Canadá a avanzar hacia sus objetivos de reducción de emisiones. “Con los vehículos eléctricos todavía entre un 30% y un 50% más caros que los coches de gasolina comparables, reducir las barreras comerciales aliviaría significativamente la limitación de asequibilidad”, señaló.
Imagen de portada | aboodi vesakaran y Xataka
En Xataka | Los coches están tan absurdamente caros que FIAT ya tiene un plan para solucionarlo: limitarlos a 117km/h
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