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así es la locomotora a baterías más grande del mundo

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Hay lugares donde la escala lo condiciona todo, y Port Hedland es uno de ellos. En este punto del noroeste de Australia ha aparecido una locomotora que busca abrirse hueco en un territorio dominado durante décadas por el diésel. Progress Rail la presenta como la locomotora eléctrica a baterías más grande del mundo, y lo relevante es que no llega para una foto, sino para encajar en una operación minera real. Es el tipo de movimiento que, si funciona, podría tener implicaciones prácticas en un sector poco dado a cambios.

Desde el punto de vista industrial, la clave no es solo que la locomotora exista, sino que ya esté en el lugar donde se espera que trabaje. Fortescue dice que estas locomotoras eléctricas están destinadas a operar en su red minera con el objetivo declarado de reducir el uso de combustibles fósiles y mejorar la eficiencia energética del sistema ferroviario. El interés del anuncio reside en esa aplicación directa, en una infraestructura diseñada para cargas constantes y exigentes. A partir de ahora, será el funcionamiento real el que determine si esta apuesta puede escalarse más allá de las primeras unidades.

Del diésel a las baterías en el corazón de la minería australiana

La locomotora que ha llegado a Australia Occidental es una EMD SD70J-BB, uno de los desarrollos de Progress Rail en electrificación ferroviaria mediante baterías. A nivel técnico, combina una arquitectura de ocho ejes con una batería de gran capacidad, que en la serie Joule puede llegar a 14,5 MWh. En cuanto al peso, Progress Rail habla de 265 toneladas en una comunicación reciente, mientras que su ficha técnica del modelo lo sitúa en 245 toneladas, una diferencia que la propia documentación no aclara y que puede depender de la configuración.

El trayecto seguido por la locomotora ayuda a entender en qué punto se encuentra esta iniciativa. Embarcada desde Sete Lagoas, en Brasil, la unidad fue transportada por mar bordeando África, con paso por Sudáfrica, antes de llegar a Australia. Este tipo de logística es habitual cuando se trata de equipos singulares y no de flotas completas, y encaja con la idea de una introducción gradual. El traslado, por sí solo, sugiere que el proyecto está todavía en una fase temprana de despliegue operativo.

Fortescue define estas unidades como Battery Electric Locomotives, o BEL, un concepto que traslada al ferrocarril pesado principios ya conocidos en otros ámbitos eléctricos. En este caso, la locomotora funciona con energía almacenada en baterías y recupera parte de esa energía durante la frenada, un aspecto especialmente relevante en trayectos con carga y pendientes. La compañía ha señalado que este sistema permite recuperar entre el 40% y el 60% de la energía empleada, aunque esa cifra depende del perfil de la línea y del tipo de operación.

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El discurso ambiental de Fortescue acompaña este despliegue con cifras ambiciosas. La empresa asegura que sus locomotoras eléctricas podrían eliminar en conjunto cerca de un millón de litros de diésel cada año, siempre que operen según los escenarios previstos. También ha destacado que la energía utilizada procede de su propia infraestructura renovable en Pilbara, un elemento clave para que la reducción de emisiones sea efectiva.

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Progress Rail sitúa el nivel de ruido de esta locomotora por debajo de los 70 dB durante la operación, un registro bajo para los estándares del ferrocarril pesado. En términos comparativos, una locomotora diésel convencional suele situarse por encima de ese umbral, sobre todo en aceleraciones y trabajos a baja velocidad. Esta diferencia no es solo una cuestión de confort, sino que influye en las condiciones de trabajo en entornos industriales donde las máquinas operan durante turnos prolongados. La reducción acústica se suma así a otros cambios operativos derivados de la electrificación, más allá del consumo energético.

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Desde el punto de vista técnico, la comparación más directa es con locomotoras diésel de carga pesada que dominan hoy la minería ferroviaria. Estas máquinas destacan por su autonomía y por una logística conocida, mientras que la alternativa eléctrica introduce nuevas variables, como la gestión de la energía almacenada y los tiempos de recarga. Frente a propuestas híbridas, que combinan motores térmicos y baterías, la SD70J-BB apuesta por un esquema totalmente eléctrico, con menos elementos asociados a la combustión y con potencial para simplificar parte del mantenimiento. A cambio, aumenta la dependencia de la infraestructura energética y de una planificación más estricta.

La llegada de estas locomotoras no puede entenderse sin el papel de las compañías implicadas. Progress Rail, adquirida por Caterpillar en 2006, ofrece locomotoras diésel y también alternativas como baterías, híbridas o hidrógeno, y ahora busca colocar estas soluciones en entornos de alta exigencia. Fortescue, por su parte, intenta reducir la huella energética de una de las cadenas logísticas más intensivas de la minería, y encaja estas unidades en su narrativa pública de descarbonización.

A partir de ahora, el foco se desplaza a la operación. Queda por ver cómo se comportará esta locomotora en servicio continuado, cuál será su disponibilidad real y qué exigencias añadirá en mantenimiento e infraestructura energética. También será clave observar si las estimaciones sobre ahorro de combustible y eficiencia se confirman con datos acumulados en condiciones reales de carga.

Imágenes | Progress Rail

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la quiebra de Oasiz muestra sus límites

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Hoy la expresión “apocalipsis del ‘retail'” tal vez nos suene a ciencia ficción, pero hubo un tiempo (no hace tanto) en el que pareció una condena inminente para el comercio tradicional. Su lógica era muy sencilla: si la gente podía comprar lo que quisiera a quién quisiera y desde dónde quisiera con un ‘click’, ¿por qué iba a ir a las áreas comerciales de toda la vida, con los costes que eso implica? El tiempo ha demostrado que ni el e-commerce ni el COVID-19 nos han quitado el gusto por ir a centros comerciales, pero eso no significa que estos no busquen reinventarse.

Y en ese intento se aprecian dos estrategias claras: convertirse poco a poco en ‘parques temáticos urbanos’ y espacios que miman el lujo y exclusividad.

Nuevos tiempos, nuevos modelos. Hoy el fantasma del “apocalipsis del ‘retail'” parece ahuyentado (en realidad el fenómeno siempre estuvo más ligado a EEUU que España, donde el mercado está menos saturado), pero eso no significa que los centros comerciales de 2026 puedan seguir viviendo con el modelo que los popularizó hace 30, 20 o 10 años. Al fin y al cabo si podemos comprar lo que sea en AliExpresso Amazon, ¿por qué irse al centro comercial más cercano? 

Si podemos ver pelis en Prime o Netflix, ¿para qué vamos a coger el coche, comernos un atasco y pelearnos luego en el parking para ir al cine?

La Fincae
La Fincae

¿Quién va al centro comercial? La pregunta del millón. El sector tiene estudios que detallan el perfil de usuario que acude a sus centros: cuánto tiempo invierten allí, desde dónde se mueven, el peso de los extranjeros, hasta dónde se extiende su “área de influencia”… Un amplio abanico de datos en el que destaca uno en concreto: los clientes pasamos más tiempo allí donde, además de comida, ropa, electrodomésticos o cualquier otra mercancía, nos ofrecen vivencias. 

Más allá de la fidelidad de los clientes por su centro comercial de referencia o el factor proximidad, los usuarios parecemos particularmente dispuestos a pasar tiempo en los denominados “centros experience”, aquellos que cuentan con una oferta diferenciada y se venden como lugares para “vivir experiencias”.

Con el reloj en la mano. Lo anterior quizás suene a teoría, pero está perfectamente medido. Un estudio publicado en 2024 por CBRE muestra que, si bien pasamos de media 56 minutos en los centros comerciales en general, cuando hablamos de áreas “experience” ese dato se dispara hasta los 71 o incluso los 100. El doble del tiempo que invertimos en “centros de conveniencia”, aquellos que se apoyan básicamente en supermercados y se enfocan en la alimentación. 

El informe detectó además que los “centros ‘Family&Fun'”, dirigidos sobre todo a familias, cuentan con una tasa de fidelidad por parte de sus clientes más elevada que el resto de instalaciones. Ya no son solo naves en las que hacer la compra o tomarse un refresco, son espacios vivibles donde generamos recuerdos.

¿Qué significa eso? Que la gente ya no solo acude a los centros comerciales para comprarse unos zapatos, ver una tele para el salón o llenar la nevera. Eso podemos hacerlo a través de otros canales, incluso sin salir de casa, con el móvil. Lo que buscamos es el factor diferencial, una experiencia o un plus que compense trasladarse hasta el recinto. A nosotros nos compensa el esfuerzo. A los centros les permite conservar su atractivo como espacios en los que “pasar un buen rato” con amigos o familiares, el valor que los volvió populares en el siglo XX.

“Cada vez son más los clientes que buscan experiencias y entretenimiento en los centros comrciales. Muchos integran experiencias en el ‘retail’ para atraer más usuarios”, explicaba ya en 2021 un directivo del Centro Comercial La Vaguada. No es el único que piensa así. En 2024 Diego Ramos publicó en LinkedIn una columna que llegaba a una conclusión similar: ya no nos bastan las mercancías, ahora queremos experiencias, “socializar, divertirse, crear recuerdos”.

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Cambiando el ancla. En su opinión los parques de entretenimiento se han convertido en “el nuevo ancla” de los centros comerciales. Si antes estos recintos presumían de la presencia de grandes cadenas (Fnac, Mediamarkt, Ikea) como su plato estrella, hoy publicitan otros ganchos: piscinas para surf o buceo, tirolinas, rocodromos, skateparks, pistas de hielo, túneles de viento, escape rooms… 

“Los visitantes esperan vivir experiencias, no les vale solo comprar, para eso tienen el mercado digital”, comentan desde Caleido a elEconomista. Es la misma filosofía que en su día llevó a los centros comerciales de pasar de tener poco más que hipermercados a incluir cines y boleras… solo que multiplicado por mil.

Parques temáticos y lujo. El resultado es una suerte de parques temáticos urbanos de los que abundan los ejemplos, tanto de complejos en marcha como de otros proyectados: X Madrid, Oasiz (Madrid), Breogán Park (A Coruña), Infinity Valencia o Nasas Madrid, por citar algunos. Otros espacios comerciales apuestan también por otra forma de ofrecer un plus al usuario: la exclusividad, el lujo. 

Es el caso por ejemplo de LaFinca Grand Café, que se publicita como un espacio con “servicios premium” y “alta cocina”, o de McArthurGlen Designer Outelt Málaga, que abrió sus puertas hace varios años con marcas premium.

La apuesta por la exclusividad tampoco es nueva (no es nada que no se haya visto en espacios como Las Roazas Village, La Roca Village, L’illa Diagonal o Galerías Canalejas), pero ayuda también a algunos centros comerciales a buscar su lugar diferenciado. No solo eso. También les permite ponérselo más fácil a la hora de capturar cierto perfil de cliente, visitantes que acuden a España para practicar “turismo de compras”, un perfil en el que destacan estadounidenses y chinos.

La espada de Damocles. Tal vez parezca una cuestión sin importancia, pero acertar con la estrategia es clave en un sector en transformación y cada vez más competitivo. Los centros comerciales quizás no hayan sobrevivido al “apocalipsis del ‘retail'” y sigan captando miles de usuarios (su patronal calcula que durante la primera mitad de 2025 sus ventas se incrementaron un 6% y la afluencia de clientes un 3,4%), pero no tienen el éxito garantizado. Ni mucho menos.

Que incluso las apuestas más ambiciosas pueden patinar nos lo ha recordado Oasiz, el centro comercial más grande de todo Madrid y que se ha visto forzado a entrar en concurso de acreedores. Al fin y al cabo mueven miles de millones de euros, pero también exigen cuantiosas inversiones, más cuantiosas cuanto más necesitan apostar por una oferta de ocio diferenciada (piscinas de olas, pistas de esquí, enormes tirolinas, escape rooms…) o captar a marcas exclusivas.

Imágenes | Merlin Properties, LaFinca Gran Café y Jorge Franganillo (Flickr)

En Xataka | Un centro comercial con 13 niveles y 600 tiendas no es una excentricidad. En China es la nueva forma de entender el consumo

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una caña de pescar y un coche con misiles

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La guerra de drones se ha convertido en una guerra de volumen, y eso obliga a Ucrania a encontrar soluciones que funcionen no solo una vez, sino, si hace falta, cien veces por noche: si Rusia lanza oleadas de Shaheds y aparatos señuelo para saturar, la respuesta no puede depender siempre de misiles caros, radares pesados o sistemas escasos. Los últimos inventos son el mejor ejemplo.

Creatividad sin lujo. Lo que está emergiendo es una defensa aérea “de campaña”, móvil y pragmática, donde lo decisivo no es tanto el diseño perfecto sino la capacidad de reaccionar rápido, moverse más rápido aún y derribar lo suficiente para que el cielo siga siendo utilizable. 

En ese marco, dos ideas aparentemente absurdas (un coche ligero armado con misiles guiados y un dron interceptor con lo que parece una caña de pescar) están mostrando una lógica implacable: si el enemigo convierte el aire en una autopista de amenazas baratas, tú conviertes el derribo en un gesto simple, repetible y adaptable.

Un buggy con misiles. La primera sorpresa es una plataforma que parece más propia de una patrulla improvisada que de una batería antiaérea: un vehículo ligero de cuatro ruedas, tipo buggy todoterreno, capaz de moverse por barro, campo abierto o carretera y lanzar misiles guiados desde un doble lanzador montado en la parte trasera. Su valor no está solo en disparar, sino en llegar a tiempo: los Shaheds vuelan por encima de los 160 km/h y el margen entre detectar, posicionarse y tirar es mínimo, así que la movilidad se vuelve una condición de supervivencia operativa. 

En vez de esperar al dron, esta defensa aérea sale a buscarlo, se coloca donde conviene, lanza y vuelve a moverse. Que una sola dotación haya acumulado más de veinte derribos sugiere que, al menos en ciertos sectores y ventanas, el sistema está funcionando como herramienta de “cierre rápido del cielo”, un tipo de caza antiaérea que no necesita grandes infraestructuras para producir resultados.

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Hellfire en tierra. El detalle técnico más llamativo es el tipo de munición: por su forma, el lanzador recuerda a los Hellfire estadounidenses, misiles pensados originalmente para plataformas aéreas como helicópteros o drones armados, y que en variantes avanzadas pueden actuar en modo “dispara y olvida” gracias a guiado por radar. Sobre el papel, es un salto enorme frente a soluciones de emergencia como ametralladoras montadas en camiones, que sufren cuando el enemigo sube altitud, aumenta número y complica el enganche. 

Pero aquí aparece la tensión central de esta guerra: derribar un dron relativamente barato con un misil comparativamente caro es, en términos económicos, una decisión incómoda. Aun así, la guerra no se decide solo por el coste unitario, sino por la capacidad de impedir que el enemigo golpee infraestructura, agote defensas y normalice el daño. En algunas circunstancias, pagar más por cada derribo puede ser racional si se evita impactos estratégicos o preserva otras municiones críticas.

La "caña de pescar"
La "caña de pescar"

La “caña de pescar”

La “caña de pescar” en el cielo. La segunda idea parece directamente un invento de trinchera: un dron interceptor equipado con una varilla sobresaliente y una cuerda fina colgando, tensada por un pequeño peso, que se usa para enredar las hélices de drones enemigos tipo cuadricóptero. 

En la práctica, el interceptor no necesita explotar ni acertar un golpe perfecto: le basta pasar por encima, “peinar” el objetivo y dejar que el hilo haga el trabajo sucio, convirtiendo la física en arma. Si se quiere, es una respuesta elegantemente brutal a un problema moderno: cuando la guerra electrónica evoluciona, los drones se vuelven más resistentes al bloqueo y al jamming, así que vuelve a ganar valor lo mecánico que no se puede “parchear” con software. Enredar una hélice es la forma más directa de decirle a un dron que da igual lo inteligente que sea: sin rotación, se cae.

Antijamming y lo tangible. Estas tácticas reflejan una adaptación más profunda: el campo de batalla está empujando a ambos bandos a combinar interferencia electrónica con soluciones físicas, porque el duelo entre contramedidas y contra-contramedidas ya no garantiza resultados estables.

Redes, cuerdas, interceptores baratos, choques controlados, “capturas” en vuelo: todo apunta a una tendencia donde el derribo de drones pequeños se parece menos a la defensa aérea clásica y más a un oficio artesanal acelerado por la urgencia. Incluso fuera de Ucrania se están probando lanzadores de redes integrados en drones o dispositivos portátiles, pero aquí la innovación no nace de laboratorios, sino de unidades que necesitan que algo funcione cuanto antes.

Dos amenazas, dos soluciones. Además, lo interesante es que no compiten entre sí: cada sistema parece optimizado para un tipo de presa distinta. El vehículo con misiles apunta al problema grande y repetitivo de los drones de ala fija estilo Shahed/Geran, rápidos, persistentes, usados en ataques masivos y a veces acompañados de señuelos para saturar. 

La “caña de pescar”, en cambio, es una herramienta más quirúrgica contra cuadricópteros, que suelen operar cerca del frente, espiar, corregir fuego o atacar con munición ligera. Uno es caza de carretera contra objetivos que vienen de lejos, y el otro es lucha cuerpo a cuerpo en el aire, casi un combate de contacto. Juntos dibujan un mapa claro: Ucrania no busca una única solución milagrosa, sino una caja de herramientas donde cada truco cubre una parte del arsenal enemigo.

La guerra del coste. Lo hemos contado antes. En el fondo, todo vuelve al mismo dilema: cómo derribar mucho sin arruinarte. Ucrania ya está usando interceptores FPV rápidos que pueden costar muy poco en comparación con sistemas tradicionales, pero requieren operador, pericia y tiempo de persecución, lo que limita su escalabilidad. 

Ese buggy con misiles ofrece derribos más “limpios” y con menos carga humana en el guiado final, pero obliga a seleccionar bien cuándo merece la pena gastar ese disparo. La “caña” es lo contrario: un intento de hacer el derribo tan barato como un simple gesto, economía extrema. Dicho de otra forma: la defensa aérea  ya no es solo tecnología avanzada: es contabilidad táctica aplicada al minuto.

Imagen | Ukraine Air Command Central

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México ha decidido registrar todas las líneas telefónicas del país. Las teleoperadoras han decidido desafiarlo

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El padrón nacional de telefonía móvil acaba de arrancar en México y ya enfrenta su primera gran prueba. Y es que apenas unos días después de que entrara en vigor el registro obligatorio de líneas, los principales operadores del país se han reunido con la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRT) para solicitar un aplazamiento. Para los operadores, los plazos son prácticamente imposibles de cumplir y a eso hay que sumar el hecho de que los sistemas técnicos han mostrado fallos desde el primer día.

El desafío en cifras. México cuenta con más de 158 millones de líneas telefónicas activas que deben registrarse antes del 30 de junio de 2026. Esto significa que operadores como Telcel, AT&T, Telefónica y los Operadores Móviles Virtuales (OMV) tendrían que registrar conjuntamente 923.977 líneas cada día durante 172 días para cumplir el plazo establecido. Una meta complicada de cumplir.

Reunión. Según informa el medio Expansión, representantes de Telefónica, los OMV, Televisa y la Canieti, que agrupa a empresas como AT&T, acudieron el pasado viernes a una reunión con la CRT para insistir en la prórroga. El principal argumento fue que la industria solo tuvo 30 días naturales para desarrollar, probar e implementar plataformas capacitadas para desarrollar un proceso de tal envergadura.

Según cuenta el medio, la Canieti había solicitado formalmente un aplazamiento desde el 30 de diciembre, pero no obtuvo respuesta del regulador.

Los problemas técnicos ya son visibles. Telcel informó de intermitencias en sus plataformas derivadas de la alta demanda de usuarios intentando completar el trámite de manera simultánea. Además, surgieron denuncias sobre una posible vulnerabilidad de seguridad en su portal que habría expuesto datos personales de clientes, aunque la compañía aseguró haber corregido el fallo de inmediato. La CRT se limitó a reconocer que hubo “intermitencias en diversas plataformas” sin entrar en detalles.

El coste económico. Más allá de los retos técnicos, el padrón supone una carga financiera considerable. Un empresario de un OMV explicaba al medio Expansión que cada vinculación tiene un coste de 3,45 pesos (unos 17 céntimos de euro), cantidad que contempla únicamente la verificación del usuario con sus datos, sin incluir impuestos. El problema se agrava porque según cuenta, el registro no siempre se completa al primer intento y puede requerir hasta tres o cinco intentos por línea.

Las estimaciones de la CRT apuntan a una inversión total superior a 4.053 millones de pesos (unos 194,5 millones de euros), de los cuales apenas 22 millones de pesos se destinarían al desarrollo de la plataforma y la verificación de identidad correspondería al mayor peso de la cantidad con 4.031 millones.

Preocupación. La Asociación Mexicana de Operadores Móviles Virtuales (AMOMVAC) también se ha sumado a la petición de aplazamiento, según cuentan desde Mobile Time. Aunque reconocen el objetivo de seguridad del padrón, que es combatir la extorsión telefónica, y que según el Secretariado Ejecutivo dejó 6.880 víctimas entre enero y julio, advierten sobre riesgos operativos, económicos y sociales.

La principal preocupación de la asociación viene asociada a las comunidades rurales y poblaciones con baja alfabetización digital, donde la telefonía móvil es un servicio esencial y existe el riesgo de que miles de líneas queden suspendidas si sus titulares no logran completar el trámite.

Y ahora qué. Por el momento, la CRT no ha respondido oficialmente a las solicitudes de prórroga y el calendario se mantiene sin cambios: el plazo vence el 30 de junio de 2026. A partir del 1 de julio, las líneas no registradas serán suspendidas, tanto de prepago como de pospago.

Imagen de portada | Chantel y Pepu Rica

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