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la quiebra de Oasiz muestra sus límites
Hoy la expresión “apocalipsis del ‘retail'” tal vez nos suene a ciencia ficción, pero hubo un tiempo (no hace tanto) en el que pareció una condena inminente para el comercio tradicional. Su lógica era muy sencilla: si la gente podía comprar lo que quisiera a quién quisiera y desde dónde quisiera con un ‘click’, ¿por qué iba a ir a las áreas comerciales de toda la vida, con los costes que eso implica? El tiempo ha demostrado que ni el e-commerce ni el COVID-19 nos han quitado el gusto por ir a centros comerciales, pero eso no significa que estos no busquen reinventarse.
Y en ese intento se aprecian dos estrategias claras: convertirse poco a poco en ‘parques temáticos urbanos’ y espacios que miman el lujo y exclusividad.
Nuevos tiempos, nuevos modelos. Hoy el fantasma del “apocalipsis del ‘retail'” parece ahuyentado (en realidad el fenómeno siempre estuvo más ligado a EEUU que España, donde el mercado está menos saturado), pero eso no significa que los centros comerciales de 2026 puedan seguir viviendo con el modelo que los popularizó hace 30, 20 o 10 años. Al fin y al cabo si podemos comprar lo que sea en AliExpresso Amazon, ¿por qué irse al centro comercial más cercano?
Si podemos ver pelis en Prime o Netflix, ¿para qué vamos a coger el coche, comernos un atasco y pelearnos luego en el parking para ir al cine?


¿Quién va al centro comercial? La pregunta del millón. El sector tiene estudios que detallan el perfil de usuario que acude a sus centros: cuánto tiempo invierten allí, desde dónde se mueven, el peso de los extranjeros, hasta dónde se extiende su “área de influencia”… Un amplio abanico de datos en el que destaca uno en concreto: los clientes pasamos más tiempo allí donde, además de comida, ropa, electrodomésticos o cualquier otra mercancía, nos ofrecen vivencias.
Más allá de la fidelidad de los clientes por su centro comercial de referencia o el factor proximidad, los usuarios parecemos particularmente dispuestos a pasar tiempo en los denominados “centros experience”, aquellos que cuentan con una oferta diferenciada y se venden como lugares para “vivir experiencias”.
Con el reloj en la mano. Lo anterior quizás suene a teoría, pero está perfectamente medido. Un estudio publicado en 2024 por CBRE muestra que, si bien pasamos de media 56 minutos en los centros comerciales en general, cuando hablamos de áreas “experience” ese dato se dispara hasta los 71 o incluso los 100. El doble del tiempo que invertimos en “centros de conveniencia”, aquellos que se apoyan básicamente en supermercados y se enfocan en la alimentación.
El informe detectó además que los “centros ‘Family&Fun'”, dirigidos sobre todo a familias, cuentan con una tasa de fidelidad por parte de sus clientes más elevada que el resto de instalaciones. Ya no son solo naves en las que hacer la compra o tomarse un refresco, son espacios vivibles donde generamos recuerdos.
¿Qué significa eso? Que la gente ya no solo acude a los centros comerciales para comprarse unos zapatos, ver una tele para el salón o llenar la nevera. Eso podemos hacerlo a través de otros canales, incluso sin salir de casa, con el móvil. Lo que buscamos es el factor diferencial, una experiencia o un plus que compense trasladarse hasta el recinto. A nosotros nos compensa el esfuerzo. A los centros les permite conservar su atractivo como espacios en los que “pasar un buen rato” con amigos o familiares, el valor que los volvió populares en el siglo XX.
“Cada vez son más los clientes que buscan experiencias y entretenimiento en los centros comrciales. Muchos integran experiencias en el ‘retail’ para atraer más usuarios”, explicaba ya en 2021 un directivo del Centro Comercial La Vaguada. No es el único que piensa así. En 2024 Diego Ramos publicó en LinkedIn una columna que llegaba a una conclusión similar: ya no nos bastan las mercancías, ahora queremos experiencias, “socializar, divertirse, crear recuerdos”.


Cambiando el ancla. En su opinión los parques de entretenimiento se han convertido en “el nuevo ancla” de los centros comerciales. Si antes estos recintos presumían de la presencia de grandes cadenas (Fnac, Mediamarkt, Ikea) como su plato estrella, hoy publicitan otros ganchos: piscinas para surf o buceo, tirolinas, rocodromos, skateparks, pistas de hielo, túneles de viento, escape rooms…
“Los visitantes esperan vivir experiencias, no les vale solo comprar, para eso tienen el mercado digital”, comentan desde Caleido a elEconomista. Es la misma filosofía que en su día llevó a los centros comerciales de pasar de tener poco más que hipermercados a incluir cines y boleras… solo que multiplicado por mil.
Parques temáticos y lujo. El resultado es una suerte de parques temáticos urbanos de los que abundan los ejemplos, tanto de complejos en marcha como de otros proyectados: X Madrid, Oasiz (Madrid), Breogán Park (A Coruña), Infinity Valencia o Nasas Madrid, por citar algunos. Otros espacios comerciales apuestan también por otra forma de ofrecer un plus al usuario: la exclusividad, el lujo.
Es el caso por ejemplo de LaFinca Grand Café, que se publicita como un espacio con “servicios premium” y “alta cocina”, o de McArthurGlen Designer Outelt Málaga, que abrió sus puertas hace varios años con marcas premium.
La apuesta por la exclusividad tampoco es nueva (no es nada que no se haya visto en espacios como Las Roazas Village, La Roca Village, L’illa Diagonal o Galerías Canalejas), pero ayuda también a algunos centros comerciales a buscar su lugar diferenciado. No solo eso. También les permite ponérselo más fácil a la hora de capturar cierto perfil de cliente, visitantes que acuden a España para practicar “turismo de compras”, un perfil en el que destacan estadounidenses y chinos.
La espada de Damocles. Tal vez parezca una cuestión sin importancia, pero acertar con la estrategia es clave en un sector en transformación y cada vez más competitivo. Los centros comerciales quizás no hayan sobrevivido al “apocalipsis del ‘retail'” y sigan captando miles de usuarios (su patronal calcula que durante la primera mitad de 2025 sus ventas se incrementaron un 6% y la afluencia de clientes un 3,4%), pero no tienen el éxito garantizado. Ni mucho menos.
Que incluso las apuestas más ambiciosas pueden patinar nos lo ha recordado Oasiz, el centro comercial más grande de todo Madrid y que se ha visto forzado a entrar en concurso de acreedores. Al fin y al cabo mueven miles de millones de euros, pero también exigen cuantiosas inversiones, más cuantiosas cuanto más necesitan apostar por una oferta de ocio diferenciada (piscinas de olas, pistas de esquí, enormes tirolinas, escape rooms…) o captar a marcas exclusivas.
Imágenes | Merlin Properties, LaFinca Gran Café y Jorge Franganillo (Flickr)
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la ciencia tiene un nuevo número mágico (y una regla de oro sobre cómo darlos)
Uno de los mantras que se ha repetido en numerosas ocasiones es que si o si se tienen que dar 10.000 pasos al día para poder gozar de una buena salud. Nuestras pulseras de actividad tienen parte de culpa, ya que nos dan hasta premios por llegar a esta meta o nos recuerdan que no hemos conseguido alcanzarla. Pero este número nació como una estrategia de marketing en Japón en los años 60 y ahora la ciencia va haciendo cada vez más matices con respecto a esta cifra para darle más importancia a cómo se anda.
El estudio. Las pruebas más recientes que tenemos al respecto las encontramos publicadas en la prestigiosa revista The Lancet en julio de 2025, que combinó 57 estudios y analizó 31 cohortes distintas de personas para poder llegar a una conclusión lo más robusta posible.
Los resultados. En pocas palabras, podemos afirmar que el mantra de dar 10.000 pasos está más que desmontado, puesto que ya alcanzando 7.000 pasos al día se consigue tener un 47% menos de mortalidad por cualquier causa, y un 25% menos de riesgo de padecer una enfermedad cardiovascular frente a quienes solo dan 2.000 pasos diarios de media.
Esto es lo que apuntan también diferentes organizaciones de referencia en el mundo de la cardiología, como la American College of Cardiology, que afirman que el beneficio sobre la salud sigue una curva en la que la mayor caída del riesgo de mortalidad ocurre antes de llegar a los 10.000 pasos, fijando la nueva meta en los 7.000-8.000 pasos diarios.
No vale el paseo. Para muchos, todos los pasos que hay en el contador de la actividad física son iguales, ya sean los primeros de la mañana para ir al baño como los que damos mientras vemos los escaparates por el centro comercial. Pero la realidad es que no son pasos ‘productivos’, puesto que para llegar a estos 7.000 pasos que no aseguran una reducción de la mortalidad, la intensidad de la marcha importa mucho más que el número.
Cómo llegar aquí. Aquí Harvard Health lo resume a la perfección al apuntar que caminar se convierte en un ejercicio aeróbico moderado solo cuando incrementamos la intensidad hasta notar un pulso más alto y una respiración más exigente. Para tener una idea, si estamos aquí, nos podemos situar en la situación en la que aún se puede hablar, pero solo en frases cortas.
Si queremos tener una cifra encima de la mesa, podemos quedarnos con llegar hasta los 100 pasos por minuto, que puede estar en torno a los 4,5 km por hora si queremos llevarlo a cabo también en una cinta de correr en el gimnasio.
Es importante. Hacer estos pasos a diario es importante, ya que está demostrado que la velocidad de la caminata adecuada está directamente vinculada con la reducción significativa de casos de infarto, ictus e insuficiencia cardiaca, especialmente en personas que ya sufren hipertensión.
Imágenes | Drazen Zigic en Magnific
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“Adolescencia” se lleva cuatro galardones en los premios BAFTA, incluyendo mejor actor de reparto para Owen Cooper
EFE.- La serie británica “Adolescencia” (Adolescence), de Netflix, se coronó este domingo como la gran triunfadora en la ceremonia de entrega de los premios BAFTA de televisión, tras acumular un total de cuatro máscaras doradas, incluida la categoría de mejor miniserie dramática.
“Adolescencia”, creada por los británicos Jack Thorne y Stephen Graham, relata la historia de Jamie (Owen Cooper), un niño de 13 años acusado del asesinato de una compañera de su escuela, y a lo largo de sus cuatro capítulos —rodados en plano secuencia— explora cómo internet impulsa la violencia, el acoso escolar o la misoginia entre los adolescentes.
El exitoso drama criminal de Netflix, que acumula 142 millones de visualizaciones y es el segundo título más visto de la historia de la plataforma (sólo por detrás de la primera temporada de “Merlina”), también partía como el favorito para estos BAFTA televisivos.
De hecho, el galardón inicial de la noche, el de mejor actor de reparto, fue a parar a manos del joven Owen Cooper, que con tan sólo 16 años se consagra como una de las grandes promesas del panorama actual, gracias a su celebrado debut actoral en “Adolescencia”.
Guiños a los Beatles
Cooper agregó así el primer BAFTA a su ya engrosada lista de éxitos, tras haber obtenido un Globo de Oro, un Emmy y un Actor Award, y rindió homenaje a los Beatles cuando subió a recoger la máscara dorada.
“En palabras de John Lennon: no conseguirás nada si no tienes la visión de imaginarlo. Así que creo que sólo necesitas tres cosas para ser exitoso: una obsesión, un sueño y, en tercer lugar, a los Beatles”, comentó el joven actor.
“Lo que necesitamos es amor, namasté”, dijo Stephen Graham —continuando la referencia de Cooper al cuarteto de su Liverpool natal— tras ganar el BAFTA a mejor actor protagonista por su papel en “Adolescencia”, pues además de estar detrás de la creación de la serie también interpreta a Eddie, el padre del niño.
La Academia británica de Cine y Televisión reconoció asimismo a Christine Demarco, que encarna a Manda, la madre de Cooper en “Adolescencia”, como mejor actriz de reparto.
A las cuatro máscaras conseguidas por la serie de Netflix este domingo hay que sumarle otros dos galardones, el de mejor dirección y mejor sonido, en los premios de la técnica, que se celebraron en una ceremonia diferente el fin de semana pasado.
Un foco en Medio Oriente
La gran sorpresa de la noche se dio en la categoría de mejor actriz, donde se impuso Narges Rashidi, por su papel protagonista en la miniserie de la BBC “Prisioner 951”, y quien recordó durante su discurso de aceptación que ella era una niña nacida en Irán “que sobrevivió a la guerra con siete años”.
“Otros muchos niños ahora en Irán, Gaza, Ucrania y Sudán nunca tendrán esa oportunidad. Las historias que contamos importan”, agregó la actriz.
El conflicto en Medio Oriente, o más bien su seguimiento periodístico, también obtuvo varios reconocimientos. El documental “Gaza: Médicos bajo ataque”, de la cadena británica Channel 4, consiguió el BAFTA en la categoría de actualidad, e “Israel-Irán: La guerra de los 12 días”, también del mismo medio, logró la máscara de mejor cobertura informativa.
“The Studio” y “Código de Silencio”, también premiadas
El BAFTA a mejor serie dramática se lo llevó el título de ITV “Code of Silence” (Código de Silencio), sobre una persona sorda que ofrece su ayuda a la policía gracias a su habilidad de leer los labios.
Aunque el grueso de la ceremonia celebró la excelencia de la televisión británica, también reconoció a la comedia estadounidense de Apple TV+ “The Studio”, protagonizada por el canadiense Seth Rogen y la fallecida Catherine O’Hara, como la mejor serie internacional.
La ceremonia, presentada por el comediante británico Greg Davies, hizo gala del característico humor británico y fue más desenfadada que la de los BAFTA de cine, si bien no faltaron los momentos emotivos, como el de la artista noruega Aurora, que puso voz al tradicional “In Memoriam”.
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El día que una pequeña disputa por la tecla Tab acabó revelando la gran diferencia entre IBM y Microsoft
Hay compañías que han vivido tanto que su historia ya no se cuenta solo a través de grandes lanzamientos, adquisiciones o batallas comerciales. También se cuenta en los detalles pequeños, en esas escenas aparentemente menores que, vistas con el paso del tiempo, terminan explicando mejor una época que muchos comunicados oficiales. Microsoft e IBM pertenecen a esa categoría. Sus caminos se cruzaron cuando el ordenador personal todavía estaba definiendo muchas de sus reglas, y algunas de aquellas discusiones, incluso las más diminutas, dejaron al descubierto algo más profundo que una diferencia técnica.
La escena la ha recuperado Raymond Chen, un veterano ingeniero de Microsoft que lleva más de tres décadas vinculado a la evolución de Windows y que desde hace años reúne en The Old New Thing algunas de las historias más curiosas del ecosistema Windows y Microsoft. Chen no presenta el episodio como una vivencia propia, sino como el recuerdo de un colega que fue destinado a las oficinas de IBM en Boca Raton, Florida, durante la colaboración entre ambas compañías en OS/2.
OS/2 era mucho más que otro nombre perdido en la historia del software. IBM y Microsoft lo presentaron en 1987 como un sistema operativo pensado para la línea IBM PS/2 y llamado a llevar el PC más allá de las limitaciones de DOS, con una base más moderna y ambiciones propias de una informática que empezaba a mirar más lejos. La colaboración venía de un acuerdo de desarrollo conjunto firmado en 1985, cuando el proyecto todavía no se llamaba OS/2. En ese contexto, cualquier decisión de interfaz podía tener más peso del que parece hoy, porque muchas convenciones del PC moderno todavía estaban asentándose.
Dos compañías muy parecidas y también muy distintas
El problema es que aquella colaboración reunía a dos compañías en momentos muy distintos de su vida. Microsoft era todavía una empresa joven, muy pegada al software y a una manera de trabajar más directa, mientras que IBM llegaba con décadas de historia, una estructura enorme y el peso de una cultura corporativa mucho más asentada. Chen lo resume como un choque de percepciones: desde Microsoft se veía a IBM como atrapada en una burocracia sin sentido, y desde IBM se miraba a Microsoft como unos de hackers indisciplinados. Su propio matiz es importante: probablemente había algo de razón en ambas lecturas.


La anécdota concreta empieza en Boca Raton, donde un colega de Chen trabajaba asignado a las oficinas de IBM. En algún momento surgió una discusión sobre qué tecla debía utilizarse para pasar de un campo a otro dentro de los cuadros de diálogo. El ingeniero de Microsoft tomó una decisión que hoy nos resulta casi invisible por lo asumida que está: usar Tab para esa función. A IBM no le convenció la elección y pidió que el asunto se elevara al responsable de aquel ingeniero en Redmond, una reacción que ya dejaba entrever hasta qué punto la discrepancia iba más allá de la propia tecla.
En Redmond, la petición no se entendió como un asunto que mereciera subir mucho más. El responsable del ingeniero respondió con una idea muy clara: si Microsoft había enviado a alguien a Boca Raton, era para que pudiera resolver allí decisiones como esa. Traducido a un tono más institucional, el mensaje que volvió a IBM fue que Microsoft apoyaba la elección de la tecla Tab. La reacción de IBM fue justo la contraria. En lugar de cerrar la discusión, la compañía la elevó por su propia cadena de mando hasta un vicepresidente, varios niveles por encima de quienes estaban programando.


IBM no solo había elevado la discusión, también quería una respuesta a la misma altura jerárquica. Si su vicepresidente estaba en contra de usar Tab, Microsoft debía encontrar a alguien equivalente para sostener lo contrario. El colega de Chen respondió entonces con una frase maravillosa, traducida aquí al español: “La madre de Bill Gates no está interesada en la tecla Tab”. Era una forma bastante fina de decir que aquello no merecía seguir subiendo por el ascensor corporativo. No hacía falta subir hasta las alturas de Microsoft para decidir cómo se pasaba de un campo a otro en un cuadro de diálogo.
La frase funcionó, al menos según el relato de Chen: aparentemente, después de aquella respuesta, la discusión terminó y Tab se mantuvo como la tecla elegida para avanzar entre campos. El detalle tiene gracia porque hoy casi nadie se detiene a pensar en ello: simplemente pulsamos Tab y esperamos que el cursor salte al siguiente espacio disponible. Pero hubo un momento en el que esa convención no estaba tan cerrada. Y lo que vemos en esta historia es justamente eso: una pequeña decisión de interfaz convertida en terreno de choque entre costumbre, jerarquía y criterio técnico.
La fecha exacta, sin embargo, no aparece en el relato de Chen. Sabemos que el episodio pertenece a los años de colaboración entre Microsoft e IBM alrededor de OS/2, cuyo acuerdo de desarrollo conjunto se remonta a 1985 y cuya llegada pública se produjo en 1987. Eso nos permite acotar el contexto, pero no fijar el día ni el año de la discusión por Tab.
Hay muchas decisiones detrás de los productos y servicios que usamos a diario. Algunas son enormes y visibles, pero otras pasan por debajo del radar: una tecla, un gesto, una convención de interfaz que aprendemos una vez y repetimos durante años sin preguntarnos de dónde salió. Seguramente muchas tienen una historia detrás, aunque la mayoría nunca trasciende y otras no serían especialmente interesantes. De vez en cuando, sin embargo, aparece una anécdota como esta y nos permite asomarnos a algo que casi nunca vemos: cómo se manejan las cosas dentro de las empresas que construyen la tecnología que usamos.
Imágenes | Kaatvrtg (Wikimedia Commons) |
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