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La generación Z ha acuñado un nuevo término para quienes quieren salir a su hora y no busca ascensos: minimalismo profesional
La generación Z está cambiando la forma en que se entiende el trabajo y el éxito profesional. Mientras que generaciones anteriores perseguían ascensos y largas jornadas laborales, para esta generación hay nuevas prioridades que van más allá del trabajo. No se trata de pereza ni falta de ambición, sino de un cambio de enfoque que prioriza la calidad de vida y el equilibrio entre lo laboral y lo personal, todo ello en un momento marcado por la incertidumbre económica, los despidos masivos y la IA.
Este cambio ha quedado registrado bajo el término “minimalismo profesional”, que refleja cómo muchos jóvenes prefieren mantener sus trabajos con el esfuerzo justo para garantizar su seguridad financiera, pero sin buscar ascensos que impliquen mayores responsabilidades que, además, no se acompañen de un incremento salarial. En su lugar, dedican sus energías en actividades que les apasionan fuera del horario laboral.
No lo llames holgazán, llámalo minimalismo profesional. Según una de las acepciones del diccionario de la RAE, el minimalismo es la “tendencia estética e intelectual que busca la expresión de lo esencial eliminando lo superfluo”. Esa definición, aplicada al ámbito laboral, se traduciría en eliminar de la ecuación todo aquello que no aporta beneficios, como horas extraordinarias, llevarse el trabajo a casa o correr el riesgo de enfermar a causa del trabajo.
El minimalismo profesional busca simplificar el trabajo diario y limitar las responsabilidades a lo estrictamente necesario para cumplir con lo establecido en su contrato laboral. De ese modo, los trabajadores más jóvenes no agotan sus energías en largas jornadas laborales, sino que procuran salir a su hora y no ceder tiempo personal al trabajo.
Siete de cada diez jóvenes no quiere ser jefe. Según una encuesta de junio de 2025 de Glassdoor a más de 1.000 usuarios de su plataforma de empleo, el 68 % de los trabajadores de la generación Z afirmó que no buscaría un puesto directivo si no fuera por el sueldo o el cargo, un claro rechazo a la tradicional escalera corporativa que las generaciones anteriores ascendían con entusiasmo.
Chris Martin, director de investigación de Glassdoor, este modelo cree que representa “un cambio consciente que nos aleja de la dependencia de un solo empleador, establece límites claros y genera múltiples fuentes de ingresos para la estabilidad financiera”. Para la generación Z, esta modalidad no significa ser perezoso ni trabajar menos, sino posicionarse contra la presión de la “cultura del ajetreo“.
Pluriempleo sin responsabilidades. Aunque rechazan determinados aspectos del trabajo que las generaciones anteriores habían abrazado, la generación Z sigue siendo ambiciosa, pero lo es a su manera. De hecho, según otra encuesta llevada a cabo por Harris Poll entre usuarios de Glassdoor, el 57% de estos jóvenes tienen al menos un segundo empleo, comparados con el 48% de los millennials que confiesa ser pluriempleado, el 31 % de la Generación X y el 21 % de los Baby Boomers.
Esto demuestra que la generación Z prefiere garantizar su estabilidad financiera con varios empleos sin responsabilidades, en lugar de darlo todo en un solo empleo que, el día menos pensado, pueden perder. Como aseguraba Martin, “No es que la generación Z rechace el trabajo. Rechaza una versión obsoleta del trabajo que se les ha vendido”.
El verdadero trabajo es no dejarse llevar. Tras una progresiva degradación de la relación de confianza entre empleado y empresa, que ha terminado con trabajadores con años de dedicación a sus empresas despedidos, la generación Z ha comenzado a aplicar las mismas reglas de lealtad a las empresas.
En lugar de priorizar el trabajo por encima de su vida laboral, los jóvenes han comenzado a poner límites al tiempo y esfuerzo que dedican al empleo, evitando que el cansancio y el burnout del trabajo arruine el tiempo que dedican a su vida personal. Tal y como destacaba Fast Company, uno de los de los jóvenes participantes en la encuesta, comentaba que ” Si la gente realmente se apasionara por su trabajo, no ganaría nada. La pasión es para el trabajo de 5 a 9, el que viene después del de 9 a 5″.
Imagen | Unsplah (Mushvig Niftaliyev)
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El gran plan de Aragón para llenar sus embalses de paneles solares acaba de naufragar por culpa de un olvido burocrático
Hay una imagen que resume nuestra época: embalses cubiertos de paneles solares flotando como nenúfares tecnológicos. Era la gran apuesta del Gobierno para exprimir las energías limpias sin consumir suelo. Sin embargo, ese paisaje acaba de chocar de frente contra el Tribunal Supremo. Según la hoja de ruta climática nacional, España tiene que alcanzar en 2030 una penetración de renovables del 42% en el consumo final de energía y del 74% en la generación eléctrica. El agua de los pantanos, libre de conflictos por el uso de la tierra agrícola o forestal, parecía el escenario ideal. Pero las prisas legislativas han truncado el plan.
El Tribunal Supremo da la razón a Aragón. La Sección Quinta de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo ha declarado nulo el Real Decreto 662/2024, de 9 de julio. Lo ha hecho estimando un recurso interpuesto por la Comunidad Autónoma de Aragón.
La sentencia anula de pleno derecho la normativa y condena al Estado al pago de las costas procesales. El Ejecutivo autonómico aragonés tenía plena legitimidad para recurrir, ya que, como avaló el tribunal, la ejecución de este decreto afectaba directamente a sus competencias en ordenación del territorio, medio ambiente, turismo y aprovechamientos hidroeléctricos.
Pero, ¿en qué consistía? Publicado en el Boletín Oficial del Estado, el objetivo del texto era desarrollar el régimen al que debía someterse la instalación de estas plantas en embalses de gestión estatal. El preámbulo de la norma defendía con firmeza la tecnología, asegurando que estos sistemas tienen un mejor rendimiento energético por el efecto de enfriamiento del agua, reducen la evaporación al proyectar sombra y ralentizan el crecimiento de fitoplancton en aguas con riesgo de eutrofización.
Para poner orden en este despliegue, el Gobierno articuló un estricto sistema de concesiones temporales que limitaba la explotación de las plantas a un máximo de 25 años, incluyendo las prórrogas. El texto normativo también imponía límites de espacio según el estado ecológico de las aguas. Asimismo, las condiciones exigían a los promotores una fianza provisional de 4.000 euros por megavatio (MW) instalado solo para la solicitud —que pasaba a ser de hasta 12.000 euros por MW para responder por daños al dominio público—, todo ello condicionado a la presentación de estudios ambientales, la vigilancia de especies invasoras y un programa de seguimiento continuo para evaluar la calidad del agua.
El tropiezo legal: legislar sin preguntar. El problema central no fue el contenido de la norma, sino cómo se aprobó. El Gobierno omitió el trámite de consulta pública previa a ciudadanos y colectivos afectados. Este es un trámite que la sentencia considera inexcusable, y su omisión ha sido el clavo en el ataúd del decreto.
El Estado intentó justificar este atajo legal en los tribunales con dos argumentos que el Supremo ha desmontado. En primer lugar, la Abogacía del Estado alegó que había una situación extraordinaria de interés público debido al encarecimiento de la energía por la guerra en Ucrania. El Alto Tribunal rechazó esta premisa recordando su propia doctrina: para saltarse la consulta pública no basta con que haya urgencia, la norma también debe ser de carácter puramente organizativo o presupuestario, algo que no ocurre en este caso.
En segundo lugar, el Gobierno intentó ampararse en una vía de “tramitación urgente”. La respuesta de los magistrados fue contundente: “En este caso no se puede prescindir del citado trámite porque ni existe declaración de urgencia ni el procedimiento se desarrolló sobre esa base jurídica”. No hubo acuerdo del Consejo de Ministros que avalara la prisa; por tanto, el atajo fue ilegal.
Por qué importa: forma, no fondo. Hay un matiz crucial que cambia la lectura de esta noticia. El Tribunal Supremo no ha dictaminado que poner paneles solares sobre el agua sea una mala idea o que sea perjudicial. De hecho, rechazó el resto de quejas presentadas por Aragón, resolviendo que el texto no vulneraba los principios de buena regulación ni la seguridad jurídica.
Estamos ante lo que los juristas llaman un vicio formal de procedimiento. La ley cae únicamente porque el Gobierno no escuchó a las partes implicadas antes de actuar. Resulta especialmente irónico que el propio Consejo de Estado ya hubiera advertido al Ejecutivo durante la fase de borrador de que esta materia iba a necesitar, a medio plazo, una regulación mucho más completa y sistemática.
¿Y ahora qué? El sector de las renovables, que veía en las plataformas flotantes una alternativa inmejorable para esquivar la polémica del consumo de suelo agrícola, se queda en un limbo. Toda la regulación del decreto se esfuma, incluyendo la modificación del Reglamento del Dominio Público Hidráulico de 1986 que articulaba estas concesiones. Mientras tanto, en los territorios afectados la cautela ya es una realidad. La Confederación Hidrográfica del Ebro, por ejemplo, ya había vetado previamente la instalación de estas plantas flotantes en los pantanos del Cinca.
La base legal que permite estas instalaciones sigue existiendo en la Ley de Aguas. Lo que ha caído es el desarrollo reglamentario, por lo que el Gobierno puede volver a la casilla de salida y redactar un nuevo reglamento. Pero tendrá que hacerlo cumpliendo escrupulosamente los pasos que esta vez ignoró. Ha quedado demostrado que las prisas en la transición energética tienen un alto coste legal. El decreto que iba a ordenar los paneles solares sobre el agua ha naufragado. Por no haber escuchado antes.
Imagen | RawPixel
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China por fin tiene un procesador de escritorio competitivo. Su problema es que va seis años por detrás de Intel
China tiene su propia alternativa a los procesadores para PC, servidores y centros de datos que fabrican Intel, AMD y otras compañías. Loongson es una de las pocas empresas chinas que puede fabricar microprocesadores avanzados. Le seguimos la pista desde hace varios años debido a que en el actual clima de tensión geopolítica ha adquirido más relevancia que nunca, y no cabe duda de que su velocidad de crucero es alta.
A finales de diciembre de 2022 esta compañía lanzó su CPU 3A5000 de 32 núcleos, un procesador de propósito general con microarquitectura LoongArch implementada por esta compañía sobre la arquitectura MIPS. Y en febrero de 2024 presentó su procesador para servidores LS3C6000, una CPU con tecnología DragonChain que podía ser escalada hasta alcanzar 64 núcleos.
Su último hito no es la presentación de un nuevo chip. La razón por la que hemos decidido volver a hablaros de esta compañía china es que hace apenas una semana confirmó que ha distribuido más de un millón de unidades de su procesador de escritorio insignia, lo que representa un hito en los esfuerzos de China para construir una industria de los semiconductores autosuficiente.
La CPU 3A6000 ha sido diseñada y fabricada íntegramente en China
Loongson implementa sus procesadores sobre la arquitectura MIPS, pero la microarquitectura de estos chips ha sido diseñada expresamente por los ingenieros de la Academia China de Ciencias. Al no utilizar las arquitecturas x86-64 o ARM, esta empresa ha podido continuar refinando sus diseños sin verse condicionada por las sanciones de EEUU. Sea como sea, Loongson se dedica al diseño de microprocesadores, pero no tiene la capacidad de fabricarlos por sí misma.
China hace poco tiempo no tenía ninguna alternativa a las CPU de origen estadounidense
De esto se encarga SMIC (Semiconductor Manufacturing International Corp), que es el mayor fabricante de semiconductores de China, de la misma forma en que TSMC produce los circuitos integrados que diseñan AMD, Apple, NVIDIA o Qualcomm. Según la publicación Fast Technology, la tercera generación de chips de Loongson, a la que pertenecen las CPU 3A6600, 3B6600 y 3C6600, tiene un rendimiento equiparable al de los procesadores Intel Core de 12ª y 13ª generación.
Curiosamente, según Fast Technology el modelo 3B6600 en particular es el que rivaliza con estas CPU de Intel y las propuestas equiparables de AMD. De hecho, según SCMP la propia Loongson ha reconocido que el rendimiento de sus procesadores para equipos de escritorio es equiparable al de los chips de Intel lanzados alrededor de 2020. Seis años es mucho tiempo en este sector, pero es importante que no pasemos por alto que China hace poco no tenía ninguna alternativa a las CPU de origen estadounidense.
Este logro de Loongson está enmarcado en el esfuerzo de canalización de recursos de Pekín para reducir la dependencia de China de la tecnología de semiconductores extranjera. No obstante, esta estrategia se ha acelerado en respuesta a los restrictivos controles de exportación estadounidenses que limitan el acceso de China a chips avanzados, software de diseño de circuitos integrados y servicios de fabricación de semiconductores de última generación. Será interesante comprobar si Loongson consigue finalmente ponerse al día con Intel y AMD.
Imagen | TSMC
Más información | SCMP
En Xataka | China despega en ordenadores cuánticos: ya tiene listo el primero de doble núcleo y 200 cúbits del planeta
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así afecta al sueño irse a la cama con el estómago lleno
Cerrar el ordenador tarde, llegar a casa arrastrando los pies y sentarse a cenar a las diez de la noche. Para nosotros es una estampa costumbrista; para el resto de Europa, una excentricidad incomprensible. Sin embargo, el choque no es solo cultural sino también biológico. Aunque nuestra “normalidad” social nos dicte que la cena se sirve cuando ya es noche cerrada, nuestro cuerpo cuenta una historia muy distinta. Evolutivamente, nuestro organismo no está diseñado para digerir grandes cantidades de comida cuando el sol se ha puesto.
No se trata únicamente de contar las calorías que ponemos en el plato; el problema real, el que actúa como una auténtica bomba de relojería para nuestra salud, es lo que marca el reloj cuando nos llevamos el tenedor a la boca. Cenar tarde está alterando nuestro metabolismo, saboteando nuestra calidad de sueño y, silenciosamente, elevando nuestro riesgo cardiovascular.
Tu páncreas no sabe que en España se cena tarde. Para entender este fenómeno, debemos mirar hacia la crononutrición, un campo de estudio emergente que investiga la estrecha relación entre la ingesta de alimentos y los ritmos circadianos. Nuestro cuerpo funciona como una orquesta perfectamente sincronizada por la luz y la oscuridad.
Al cenar a deshoras estamos desincronizando los “relojes periféricos” de células vitales situadas en el páncreas o el hígado. El horario de las comidas actúa como una señal crítica para estos relojes biológicos periféricos, los cuales pueden modular la calidad de nuestro sueño al regular el ritmo de nuestro reloj central. La consecuencia inmediata es un empeoramiento drástico de la tolerancia a la glucosa y de la secreción de insulina.
Cuando realmente deberíamos estar durmiendo. Aquí el cuerpo entra en conflicto. Por un lado, se produce una gran liberación de cortisol (la conocida hormona del estrés) y, por otro, se retrasa la liberación de melatonina, que es la llave maestra para conciliar el sueño. De hecho, los datos a gran escala respaldan esto: análisis exhaustivos de los patrones de crononutrición revelan que los horarios de comida más tardíos —incluyendo la primera comida, la comida intermedia y la última del día—, así como un mayor número de ingestas, están directamente asociados con puntuaciones más altas en el Índice de Calidad del Sueño de Pittsburgh (PSQI), lo que se traduce en un peor descanso.
A esto se suma un problema puramente mecánico: una brecha de tiempo reducida entre la última comida y la hora de acostarse puede provocar un período de latencia del sueño prolongado, es decir, damos más vueltas en la cama antes de lograr dormirnos. Y hacer la digestión tumbados es la receta perfecta para la aparición del reflujo gástrico, un malestar capaz de arruinar la noche de cualquiera.
Comes lo mismo que tu vecino madrugador y engordas más. Según el estudio publicado en The Journal of Clinical Endocrinology and Metabolism, los adultos que cenan a las 22:00 horas queman un 10% menos de grasa y sufren un pico de azúcar en sangre un 20% mayor que aquellos que cenan a las 18:00, incluso si ambos grupos comen exactamente lo mismo y se acuestan a la misma hora. Alexis Supan, dietista de la Clínica Cleveland, lo resumía a la perfección: “Cuando comes tarde por la noche estás yendo en contra del ritmo circadiano de tu cuerpo”. El límite natural debería marcarlo el inicio de la secreción de melatonina.
La investigadora Marta Garaulet, referencia mundial en crononutrición, ya demostró que las personas que comen más tarde al mediodía pierden menos peso que quienes comen temprano, incluso cuando consumen las mismas calorías, gastan la misma energía y duermen lo mismo. La hora, por sí sola, marca la diferencia.
Las consecuencias de ignorar este límite van mucho más allá de la báscula. Un estudio liderado por el instituto ISGlobal, basado en la cohorte NutriNet-Santé con más de 100.000 participantes, concluyó que cenar después de las 21:00 horas se asocia con un mayor riesgo cardiovascular, impactando de forma especial en el riesgo de enfermedad cerebrovascular en mujeres. A nivel emocional, un metaanálisis reciente de 2025 detalla que comer tarde empeora los ritmos de neurotransmisores clave como la serotonina y la dopamina, incrementando el riesgo de depresión.
Encima le propinamos dos golpes al mismo reloj. Pero hay un factor moderno que empeora este escenario: las pantallas. No solo cenamos tarde, sino que lo hacemos bajo el haz de nuestros teléfonos móviles. La luz de cualquier tipo suprime la melatonina, pero como advierte Harvard, la luz azul nocturna lo hace de forma mucho más potente, bloqueándola el doble de tiempo que otras luces y desfasando nuestros ritmos circadianos hasta tres horas. Estudios clínicos recientes han demostrado que la exposición a la luz LED azul suprime de manera significativa la secreción de melatonina tras dos horas de exposición y mantiene esa supresión a lo largo del tiempo. Cenamos tarde y luego miramos el móvil en la cama: una combinación que nuestro reloj biológico sencillamente no puede encajar.
Nuestros hijos van camino del mismo error. El problema se agrava cuando miramos a las nuevas generaciones. La revista The Lancet ha advertido que España podría situarse como el cuarto país del mundo con mayor obesidad infantil en 2050. El proyecto VALORNUT de la Universidad Complutense ha arrojado luz sobre esto: las cenas tardías y las “ventanas alimentarias” muy prolongadas en niños se traducen en dietas más improvisadas, de menor valor nutricional y peores perfiles de colesterol. Además, el 60% de estos niños duerme menos horas. La recomendación de los expertos es clara: concentrar todas las comidas en un período inferior a 12 horas.
La solución pasa por ajustar el reloj. Entonces, ¿cuándo deberíamos cenar? La regla de oro consensuada por los expertos es dejar pasar entre tres y cuatro horas entre la última comida y el momento de ir a dormir. Si tomamos la media española de acostarse sobre las 00:30, deberíamos estar terminando de cenar, como muy tarde, a las 21:00.
Aquí conviene matizar el contexto. Llevamos décadas amortiguando en parte este golpe metabólico gracias a un pilar cultural: la dieta mediterránea española tiende a hacer de la cena una ingesta mucho más ligera que la comida del mediodía, dejando el peso energético del día en horas más tempranas. No es lo mismo una cena tardía, copiosa y ultraprocesada seguida de un viaje directo a la cama, que una cena ligera con algo de actividad física previa al sueño. Ese matiz importa.
Lo que no admite matices es la dirección que señala la ciencia. Si el apetito aprieta a última hora, un picoteo ligero a base de frutas o verduras es perfectamente válido, siempre alejado del alcohol y la cafeína. Pero si queremos frenar la obesidad, cuidar nuestro corazón y volver a dormir profundamente, debemos aceptar una nueva realidad nutricional: el cuándo comemos se ha vuelto exactamente igual de importante que el qué comemos. Es hora de volver a sincronizar nuestros platos con el sol.
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