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así hemos conseguido ponerle fecha por primera vez

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Desde hace décadas, los científicos se han preguntado por el origen de los cóndrulos, unas misteriosas esférulas de silicatos de tamaño milimétrico que forman el componente principal de la mayoría de los meteoritos que caen a la Tierra. Son, en esencia, los ladrillos fundamentales de los asteroides y, por extensión, de los planetas. Ahora, un estudio publicado en Scientific Reports por Sin-iti Sirono y Diego Turrini propone una solución elegante y violenta: su formación fue un efecto secundario directo del nacimiento de Júpiter.

El enigma de las gotas cósmicas. Dentro de los meteoritos más primitivos que llegan a la Tierra, encontramos unas diminutas esferas de material roco, de entre 0,1 y 2 milímetros, llamadas cóndrulos. Estas partículas son increíblemente abundantes, llegando a constituir más de 80% de algunos meteoritos, lo que sugiere que se formaron en un proceso masivo y fundamental en los albores del sistema solar. Los científicos los consideran los componentes básicos a partir de los cuales se formaron los planetas rocosos, incluida la Tierra.

El misterio de cómo se formaron. El problema es que, hasta ahora, nadie había logrado explicar de forma convincente cómo se formaron. Los análisis indican que los cóndrulos fueron gotas de roca fundida que se enfriaron a un ritmo muy concreto, de entre 10 y 1000 kelvins por hora. El misterio radica en qué proceso pudo fundir roca a escala masiva en el frío espacio y luego dispersarla por todo el espacio.

Júpiter, el culpable de la carambola cósmica. Aquí es donde entra la importancia de este reciente estudio científico. Mediante complejas simulaciones numéricas, los investigadores han demostrado que el nacimiento del planeta más grande de nuestro sistema solar fue un evento cataclismo que desató el caos.

A medida que el joven Júpiter crecía y su gravedad se volvía inmensa, empezó a actuar como un tirachinas cósmico, perturbando las órbitas de los planetesimales (cuerpos rocosos de cientos de kilómetros) que son precursores de los planetas y que le rodeaban.

Júpiter como origen de meteoritos. El modelo revela que Júpiter lanzó a enormes velocidades (más de 2 km/s) a los planetesimales ricos en volátiles (como hielo de agua) que se encontraban en las frías regiones exteriores del sistema solar. Estos proyectiles helados fueron catapultados hacia el sistema solar interior, donde impactaron contra los planetesimales rocosos y secos que allí residían.

El vapor de agua como ingrediente secreto. Aquí es donde reside el núcleo del descubrimiento. Las simulaciones de impacto muestran lo que ocurría en estas colisiones de alta velocidad, destacando la fusión instantánea, ya que durante el choque se generaba una enorme cantidad de silicato fundido.

También se detectó una expansión explosiva, haciendo que el hielo contenido en el planetesimal impactor no se derretía, sino que se vaporizaba instantáneamente por el calor, creando una gigantesca nube de gas en rápida expansión. Por último, esta explosión de gas actuó como un spray cósmico, dispersando la roca fundida en incontables gotas diminutas. Al mismo tiempo, la propia expansión del gas enfriaba estas gotas a un ritmo que coincide perfectamente con las mediciones de los cóndrulos

Un descubrimiento que da ‘luz’ al espacio. Este mecanismo explica por primera vez tanto el tamaño milimétrico de los cóndrulos como su particular velocidad de enfriamiento, dos características que habían sido muy difíciles de reconciliar en modelos anteriores.

La partida de nacimiento de Júpiter. La consecuencia más fascinante de este modelo es que nos permite, por primera vez, datar el nacimiento de Júpiter con gran precisión. Los científicos saben, gracias a la datación de meteoritos, que el pico de formación de cóndrulos ocurrió aproximadamente 1,8 millones de años después de la aparición de los primeros sólidos del sistema solar, conocidos como CAIs.

Las simulaciones de Sirono y Turrini muestran que la producción de roca fundida —y, por tanto, de cóndrulos— se dispara justo en el momento en que Júpiter entra en su fase de “acreción de gas desbocada”, es decir, su principal estirón de crecimiento. Al conectar ambos eventos, se puede concluir que Júpiter nació (comenzó su fase de crecimiento principal) unos 1,8 millones de años después del inicio del sistema solar.

Una conclusión que resuelve varios enigmas. Este hallazgo no solo resuelve un viejo misterio sobre nuestros orígenes, sino que también nos proporciona un reloj para calibrar los eventos que dieron forma a nuestro vecindario cósmico. La formación de los “ladrillos” de la Tierra no fue un proceso tranquilo, sino una consecuencia directa del nacimiento violento y caótico de su gigantesco vecino.

En Xataka | Las tormentas solares son cada vez más amenazantes para la Tierra. La NASA quiere prepararse con un “gemelo digital” del Sol

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solo necesita aire, agua y electricidad

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En un mundo ideal, los futuros colonos lunares se alimentarían de lo que da la tierra. No es viable llevar cargas muy pesadas hasta allí, por lo que, una vez agotados los suministros, sería perfecto poder cultivar más. El problema es que “la tierra” en la Luna es el regolito lunar y sus ingredientes son mucho menos propicios para la agricultura que la tierra de nuestro planeta. Por eso, un equipo de científicos japoneses ha estado indagando en busca de un buen fertilizante lunar que haga que ese regolito pueda albergar vida vegetal. Parece que por fin han encontrado uno y lo mejor es que, para fabricarlo, solo necesitan aire atmosférico.

Plasma verde para obtener un fertilizante lunar. Estos científicos, procedentes de la Universidad de Tohoku y la Agencia Espacial Japonesa (JAXA), han obtenido su fertilizante lunar con solo tres ingredientes: aire atmosférico, plasma y agua. Al entrar en contacto con el plasma (un gas ionizado con electricidad), el nitrógeno y el oxígeno presentes en el aire atmosférico reaccionan para dar lugar a pentaóxido de dinitrógeno. Después, este se disuelve en agua para transformarse en nitrato, un ion nitrogenado muy necesario para el crecimiento vegetal. Los suelos terrestres fértiles suelen ser ricos en este ion, por lo que las plantas lo absorben y fijan directamente. Si no está presente o escasea, como ocurre en el regolito lunar, debe añadirse por medio de fertilizantes como el que se ha obtenido con este proceso.

Ojo con la atmósfera. En ese mismo mundo ideal, debería valer con el aire ilimitado de la atmósfera lunar. Desgraciadamente, la luna no tiene una atmósfera propiamente dicha, por lo que se usaría el aire atmosférico que se introducirá en las estancias habitables de las bases lunares. No es un mundo ideal, pero sigue siendo una buena opción.

Un proceso muy eficiente. Es cierto que ya existe un proceso industrial para fijar nitrógeno a partir del aire atmosférico: la reacción de Haber-Bosch. El problema es que, con ella, se gasta muchísima energía. Es totalmente inviable en la Luna. En cambio, el proceso de obtención de fertilizante lunar mediante plasma es muy eficiente energéticamente. Se gastan menos de 100 vatios y no es necesario recurrir a combustibles fósiles ni nada parecido.

Plantas de arroz bien nutridas. Para comprobar si el fertilizante lunar funciona, estos científicos lo probaron sobre un simulador de regolito, sobre el que sembraron plántulas de arroz. Los resultados fueron muy buenos. Para empezar, el inhóspito pH alcalino del regolito se mejoró bastante, disminuyendo de 9,09 a 6,76. También se extrajeron más eficientemente ciertos nutrientes que normalmente no pueden absorberse directamente del regolito, como el calcio, el magnesio y el potasio. En cambio, los iones tóxicos, como el Al3+, quedaron recluidos en el polvo lunar en vez de pasar a las plantas. Con todo esto, el arroz creció mucho mejor que cuando el simulante de regolito se regó con agua pura, sin fertilizante lunar.

Fertilizante Lunar
Fertilizante Lunar

Otros beneficios. En este y otros estudios de estos científicos se ha visto que el fertilizante lunar no solo aporta los nutrientes necesarios para las plantas. También mejora el crecimiento vegetal, potencia su sistema inmunitario y las protege frente a algunos de los riesgos asociados a la microgravedad.

Utilidad más allá de la Luna. En realidad, nuestro propio planeta está repleto de terrenos infértiles. Por eso, estos científicos creen que este fertilizante tan eficiente puede ser también útil en la Tierra. Al fin y al cabo, las plantas son las mismas aquí que en la Luna y la necesidad de ahorrar energía también impera aquí abajo. Aunque este tipo de estudios se lleven a cabo con la vista puesta en las futuras bases lunares, no debemos dejar de lado lo que ya está bajo nuestros pies. Nuestros suelos también lo necesitan. 

Imagen | Magnific | Toshiro Kaneko

En Xataka |  La guerra de Irán ha roto el comercio mundial de fertilizantes. Y eso son pésimas noticias para la cesta de la compra

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es una reacción muy “humana”

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Es posible que alguno, en algún momento, haya tenido a ese compañero de trabajo prepotente que siempre alardea de sus éxitos y comete un error garrafal que resuena por toda la empresa. En ese momento, a más de uno es posible que se le alegre el rostro por ese fallo y se pregunte al momento: ¿Soy una mala persona por ello? Y la realidad es que, en términos generales, la respuesta es no

Está documentado. Esta reacción para la ciencia tiene un nombre específico, que es ‘schadenfreude‘, que viene del alemán Schaden, daño, y Freude, alegría. Y la evidencia académica nos advierte que reducirla a una simple “maldad” o, por el contrario, a una reacción inofensiva, es ignorar el fascinante cableado de nuestro cerebro social.

Entendiéndola. Para entender la schadenfreude no hay que mirar a los manuales de psiquiatría buscando un trastorno clínico, sino a las resonancias magnéticas funcionales. Y en esto mismo se basó una investigación publicada en el año 2009 en la revista Science, donde los investigadores descubrieron que la envidia y la schadenfreude están íntimamente conectadas en el cerebro.

Lo que pasa en el cerebro. De esta manera, se pudo ver que cuando las personas estudiadas sentían envidia, se activaba la corteza cingulada anterior dorsal, una región asociada al dolor físico. Pero cuando esa persona envidiada sufría una desgracia, la actividad se trasladaba al estriado ventral, el núcleo central del circuito de recompensa de nuestro cerebro.

En otras palabras, podemos decir que, neurológicamente, ver caer a quien envidiamos genera una recompensa genuina. Sin embargo, estudios fundamentales como los de la neurocientífica Tania Singer matizan esto al apuntar que estas respuestas no surgen porque tengamos un “gen de la maldad” o una “hormona de la felicidad” sádica, sino porque nuestras redes cerebrales están constantemente monitorizando la comparación social y la justicia percibida.

El termostato de la empatía. Si la schadenfreude fuera pura crueldad, nos reiríamos de las desgracias de nuestros seres queridos, y no lo hacemos en realidad. Aquí es donde entra un trabajo de investigación que demostró que el placer ante el fracaso ajeno se dispara bajo condiciones muy específicas. 

Por ejemplo, cuando una persona es percibida como un rival, cuando se tiene un estatus superior o cuando representa una amenaza para nuestra autoestima, es cuando sentimos este placer cuando comete algún tipo de error. Es por ello que la schadenfreude es el reverso oscuro de la empatía, ya que nuestra capacidad de empatizar se “apaga” temporalmente cuando el sufrimiento del otro equilibra una balanza que considerábamos injusta o cuando reafirma la posición de nuestra “tribu”.

Desde niños. Esta no es una reacción que aparece en la edad adulta, sino que en experimentos con niños pequeños han demostrado que también existe esta respuesta de alegría ante un evento de este tipo, especialmente en contextos de desigualdad. Por ejemplo, si un niño ve que otro recibe un trato injustamente favorable y luego este último sufre un pequeño percance, el primer niño muestra signos de satisfacción. 

Imágenes | Alexey Demidov 

En Xataka | La ciencia siguió a 184 adolescentes 25 años para averiguar el origen de la empatía. Esperemos no pase lo mismo con la maldad

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es una reacción muy “humana”

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Es posible que alguno, en algún momento, haya tenido a ese compañero de trabajo prepotente que siempre alardea de sus éxitos y comete un error garrafal que resuena por toda la empresa. En ese momento, a más de uno es posible que se le alegre el rostro por ese fallo y se pregunte al momento: ¿Soy una mala persona por ello? Y la realidad es que, en términos generales, la respuesta es no

Está documentado. Esta reacción para la ciencia tiene un nombre específico, que es ‘schadenfreude‘, que viene del alemán Schaden, daño, y Freude, alegría. Y la evidencia académica nos advierte que reducirla a una simple “maldad” o, por el contrario, a una reacción inofensiva, es ignorar el fascinante cableado de nuestro cerebro social.

Entendiéndola. Para entender la schadenfreude no hay que mirar a los manuales de psiquiatría buscando un trastorno clínico, sino a las resonancias magnéticas funcionales. Y en esto mismo se basó una investigación publicada en el año 2009 en la revista Science, donde los investigadores descubrieron que la envidia y la schadenfreude están íntimamente conectadas en el cerebro.

Lo que pasa en el cerebro. De esta manera, se pudo ver que cuando las personas estudiadas sentían envidia, se activaba la corteza cingulada anterior dorsal, una región asociada al dolor físico. Pero cuando esa persona envidiada sufría una desgracia, la actividad se trasladaba al estriado ventral, el núcleo central del circuito de recompensa de nuestro cerebro.

En otras palabras, podemos decir que, neurológicamente, ver caer a quien envidiamos genera una recompensa genuina. Sin embargo, estudios fundamentales como los de la neurocientífica Tania Singer matizan esto al apuntar que estas respuestas no surgen porque tengamos un “gen de la maldad” o una “hormona de la felicidad” sádica, sino porque nuestras redes cerebrales están constantemente monitorizando la comparación social y la justicia percibida.

El termostato de la empatía. Si la schadenfreude fuera pura crueldad, nos reiríamos de las desgracias de nuestros seres queridos, y no lo hacemos en realidad. Aquí es donde entra un trabajo de investigación que demostró que el placer ante el fracaso ajeno se dispara bajo condiciones muy específicas. 

Por ejemplo, cuando una persona es percibida como un rival, cuando se tiene un estatus superior o cuando representa una amenaza para nuestra autoestima, es cuando sentimos este placer cuando comete algún tipo de error. Es por ello que la schadenfreude es el reverso oscuro de la empatía, ya que nuestra capacidad de empatizar se “apaga” temporalmente cuando el sufrimiento del otro equilibra una balanza que considerábamos injusta o cuando reafirma la posición de nuestra “tribu”.

Desde niños. Esta no es una reacción que aparece en la edad adulta, sino que en experimentos con niños pequeños han demostrado que también existe esta respuesta de alegría ante un evento de este tipo, especialmente en contextos de desigualdad. Por ejemplo, si un niño ve que otro recibe un trato injustamente favorable y luego este último sufre un pequeño percance, el primer niño muestra signos de satisfacción. 

Imágenes | Alexey Demidov 

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