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Este mapa distribuye el “corazón” de Europa sobre la península Ibérica. Y revela la clave del éxito de la región

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Los mapas son útiles, fascinantes y en ocasiones casi casi una forma de arte. Sin embargo no siempre nos permiten comprender bien las dimensiones y distancias reales. Sobre todo cuando hablamos de territorios amplios. Acaba de demostrarlo un mapa publicado en Urbanity.one (y compartido por Madrid Proyecta) con un enfoque peculiar: su autor ha cogido algunas de las principales urbes de Europa Central, las metrópolis de la conocida como “Blue Banana”, y las ha distribuido sobre un plano de la península Ibérica respetando las distancias reales.

El resultado nos recuerda dos cosas. La primera, el considerable tamaño que tiene España. El segundo, lo cerca que están entre sí las ciudades de Centroeuropa, un factor crucial para entender la historia y el desarrollo económico de la región.

Como una imagen vale más que mil palabras, a finales de la década de 1980 el geógrafo Roger Brunet decidió inventarse una metáfora visual para referirse a la región más poblada y urbanizada de Europa. La llamó la “banana azul”.

Mapausar2
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Tal vez suene extraño, pero tiene bastante sentido cuando se coge un mapa. Si se conectan las ciudades del eje industrial europeo, abarcando desde Inglaterra a Países Bajos, Bélgica, Alemania y el norte de Italia, sale eso mismo: el dibujo de un enorme plátano situado más o menos entre Mánchester, Múnich, Zúrich y Roma.

¿Cómo de grande es esa “banana” imaginaria? La primera respuesta que viene a la mente es obvia: mucho ¿no? En Madrid Proyecta han compartido sin embargo un mapa que ayuda a comprender que ese eje abstracto es en realidad mucho más pequeño de lo que sugiere la intuición. Al menos si lo comparamos con España.

El motivo es muy simple. Su autor ha seleccionado las metrópolis que se reparten por ese eje teórico que estructura Europa Central y las ha dispuesto sobre un mapa de la península Ibérica respetando las distancias reales que hay entre ellas.

Blaue Banane
Blaue Banane

El resultado muestra que Cambridge se situaría más o menos dónde está Vigo, Rotterdam quedaría a la altura de Valladolid, Bremen en Pamplona, Stuttgart casi donde está Alicante y París ocuparía más o menos el lugar de Badajoz. En el centro de la península, en Madrid, se localizaría (kilómetro arriba, kilómetro abajo) Düsseldorf y el espacio de Barcelona lo ocuparía Linz, una ciudad austriaca.

El reparto quizás resulte llamativo, pero llega con tirar de Google Maps y su herramienta de medición para comprobar las distancias. Entre Londres y París hay en línea recta unos 340 km, algo menos de los que separan Madrid y Granada. Si tirásemos una línea recta de Roma a Múnich mediría aproximadamente 700 kilómetros, un poco menos de los que hay de Barcelona a Córdoba.

Las comparaciones son interesantes por varias razones. La principal es que nos recuerdan el gran tamaño de España. La península Ibérica mide algo más de 583.000 km2 y España ocupa aproximadamente 505.000, teniendo en cuenta los 12.500 km2 de superficie insular. Eso hace de nuestro país uno de los más extensos del club comunitario, junto con Francia y Suecia y Alemania. 

Una amplia disposición de terreno supone tanto una oportunidad como un desafió en aspectos como distribución de la población o prestación de servicios.

La otra gran conclusión que deja el mapa compartido por Madrid Proyecta es lo cerca que están en realidad las metrópolis centroeuropeas y sus principales polos industriales, núcleos de población y ejes estratégicos de toma de decisión política, una proximidad que ha influido en el propio desarrollo e integración de Europa.

Imágenes | Urbanity.one y Madrid Proyecta (X)

En Xataka | La debacle demográfica en Europa, expuesta en este mapa con un invitado engañoso: Mónaco

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recuperar la primera etapa de un cohete, y lo ha hecho a su manera

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China se parece ahora un poquito más a SpaceX, pues por primera vez ha logrado reciclar la primera etapa de un cohete después de separarse de la segunda, que pudo colocar sin problema su carga útil en órbita terrestre baja. Esto es algo que durante mucho tiempo solo había conseguido la compañía de Elon Musk. Más tarde, Blue Origin se sumó también a la lista. Algunas empresas, como Rocket Lab, han hecho algo parecido, aunque la recuperación ha sido una amerización directamente en el océano, con ayuda de un paracaídas. China, en cambio, ha hecho lo mismo que SpaceX. Tras finalizar con su cometido, la primera etapa del cohete chino ha vuelto a la Tierra y ha aterrizado de forma vertical. Eso sí, no lo ha hecho en la propia base de lanzamiento, sino en un barco en el mar.

Como siempre, a posteriori. Estamos más que acostumbrados a conocer los grandes logros espaciales de China una vez que ya se han cometido. No suele haber anuncios previos, ni lanzamientos televisados ni una cuenta atrás. Había cierta constancia de que China tenía intención de hacer una recuperación de este tipo, pero no hemos conocido su exitosa culminación hasta que esta ya había finalizado. La encargada de anunciarlo ha sido la China Aerospace Science and Technology Corporation (CASC), una empresa estatal que es el contratista principal de las operaciones espaciales de este país. 

Solo 6 minutos. El lanzamiento del Long March-10B tuvo lugar el 10 de julio a las 12:15 pm hora de Beijing, desde el Centro de Lanzamiento Comercial de Hainan. La primera y la segunda etapa del cohete se separaron, quedando así la primera lista para volver a la Tierra. 6 minutos después, el aterrizaje se produjo en una plataforma marítima, mediante un sistema de captura en red. Esto significa que, en vez de posarse directamente sobre sus propias patas, el cohete es atrapado por una red enorme, que amortigua la caída y lo ayuda a posarse en la plataforma de aterrizaje.

Los pinitos de Japón. Curiosamente, otro país asiático ha hecho estos días sus primeros pinitos hacia el uso de cohetes reutilizables. Se trata de Japón, ya que su agencia espacial, JAXA, ha finalizado con éxito las pruebas del cohete RV-X. Eso sí, es importante incidir en que solo ha sido una prueba. El cohete se elevó 11 metros, se desplazó 16 metros horizontalmente y finalmente aterrizó, todo ello en un lapso de 40 segundos. No se llevó ninguna carga útil, ya que ni siquiera salió a la órbita terrestre baja. Además, es un vehículo pequeño, diseñado para validar la tecnología de reutilización de cohetes, no se trata del modelo final, como sí ocurre con el cohete chino. 

Un cohete chino menos vagando por el espacio. Muchos expertos están preocupados por la cantidad de chatarra que está liberando China en el espacio. La capacidad de reutilizar cohetes no solo será ventajosa para ellos a nivel económico. También reduciría la cantidad de basura espacial asociada a su actividad. Es algo de lo que saben mucho en SpaceX. La empresa ha recibido muchas críticas por su contribución tanto a la contaminación lumínica como a la liberación de basura espacial. Los ambiciosos planes de Elon Musk para ampliar la flota de Starlink requieren muchos lanzamientos, de ahí que se dé mucha importancia a la reutilización de cohetes. 

Con Falcon 9 está más que implementado y el objetivo es llegar a hacerlo también con Starship. Esto no soluciona el problema de la contaminación lumínica, pero es una especie de spacewashing en lo referente a la basura espacial. Quizás el camino de China vaya a ir también por ahí. Desde luego, su actividad en el espacio está siendo cada vez más abundante. Este tipo de iniciativas son clave para que pueda seguir aumentando el ritmo. 

Imagen | 中国新闻社 (no es el cohete de la noticia)

En Xataka | La limpieza orbital ya no es ciencia ficción: el primer servicio regular de recogida de basura espacial llegará en 2027

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“Si te esfuerzas al 95%, equivale al 0%”, un CEO de 22 años defiende la jornada 996 como un “producto” voluntario

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A finales de 2024, Daksh Gupta, fundador y CEO de una pequeña startup de IA de Silicon Valley, escribió un tuit que encendió las redes en su contra. Contaba que su startup no ofrecía conciliación laboral y buscaba a empleados que fueran capaces de comprometerse hasta tal nivel con su empresa que no le importara trabajar 100 horas a la semana con fines de semana incluidos.

En su día, defendió esa exigencia horaria con una frase que se hizo viral: en un mercado tan competitivo, según declaraciones recogidas por Inc.com: “A nadie le importa la tercera mejor empresa, ni siquiera la segunda mejor en ninguna categoría de software. Si te esfuerzas al 95%, es como si no te esforzaras nada”.

El origen del malentendido. Meses después, el joven CEO ha vuelto a dar explicaciones sobre aquella polémica en el pódcast The Peel con Turner Novak, y lo que cuenta cambia bastante la foto. Gupta cuenta que el famoso modelo “996” (de nueve de la mañana a nueve de la noche seis días a la semana) ni siquiera nació como norma de empresa. Las declaraciones surgieron de una entrevista para el San Francisco Standard sobre la vida social de los jóvenes fundadores de Silicon Valley. Le preguntaron qué hacían para divertirse, y él resumió la moda del momento: “996, levantar pesas, no beber, no hacer drogas, correr, comer carne con huevos y casarse joven”, aseguraba Gupta.

Alguien sacó esa frase de contexto. Se convirtió en titular, y el titular se convirtió en polémica. Sin embargo, Gupta no niega que en su startup, se está aplicando el modelo de jornada “996”. Reconoce que su equipo trabaja de nueve a nueve y media de la noche, y buena parte del fin de semana. Pero rechaza la etiqueta “996” sin matices. Según su opinión, ese término: “implica imposición y suena a una fábrica de 2008 en un país del tercer mundo”, señala el joven CEO y eso implica algo que él quiere evitar a toda costa: la imposición.

El trabajo, según Gupta, es un producto. La idea central que defiende el CEO de Greptile en la entrevista con Turner Novak es que los puestos de trabajo en su empresa son, literalmente, “un producto”. Ofrece sueldos altos, un paquete de acciones inusualmente generoso para una startup en su fase de expansión, y proyectos técnicos duros en un equipo pequeño. A cambio, pide entrega total.

Para evitar sorpresas, dice que trata a cada candidato “como a un inversor”. Les enseña los ingresos de la empresa, el crecimiento, la satisfacción de los clientes. Les deja hablar con empleados e inversores antes de firmar nada. “El producto es ese: si te resulta atractivo, entonces deberías unirte a nosotros. Voy a ser muy transparente sobre lo que es”, destaca Gupta. Quien busque un horario cómodo y estabilidad, según Gupta, simplemente no encaja: “ese no es el producto aquí”, resume sin rodeos.

No es el único apóstol del esfuerzo extremo. Pese a ser un enfoque bastante singular con respecto al concepto empleado/accionista, Gupta no ha inventado ninguna fórmula que no se aplique ya en otras empresas de Silicon Valley. Lucy Guo, cofundadora de Scale AI, defiende semanas de 90 horas como el estándar deseable. Otros jóvenes fundadores han cambiado las fiestas y la vida social por jornadas de 92 horas, sin alcohol de por medio. Grandes tiburones de Silicon Valley como Elon Musk y Serguéi Brin llevan años pidiendo entre 60 y 80 horas semanales a sus plantillas.

Lo curioso es el momento. China prohibió el 996 por ley hace cinco años. El Tribunal Supremo Popular lo declaró ilegal en 2021, tras varias muertes de empleados por exceso de horas. Silicon Valley está resucitando, casi con orgullo, el mismo modelo de jornada laboral que Pekín archivó como un tremendo error.

El otro lado del argumento. No todo el ecosistema aplaude. Suranga Chandratillake, socio de Balderton Capital, cree que este discurso viene sobre todo de inversores que nunca fundaron nada y solo buscan un retorno rápido de su inversión a costa del sobreesfuerzo de los empleados. Amelia Miller, de la plataforma de empleo Ivee, va más allá y asegura que exigir siete días de trabajo sin descanso es directamente una mala señal a la hora de invertir.

Los números le dan parte de razón. Según CB Insights, el agotamiento del equipo fundador figura detrás de un 5% de los cierres de startups analizados. No es la causa principal, pero tampoco una anécdota. Mientras tanto, OpenAI publica informes que piden semanas de cuatro días gracias a la IA, justo cuando otras empresas del sector exigen lo contrario a sus ingenieros. Esa contradicción, de momento, sigue sin respuesta.

En Xataka | Trabajar más de 60 horas a la semana no es sano: Japón está empezando a aprenderlo por la fuerza

Imagen | Unsplash (Paymo), The Peel

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Muere el actor Sam Neill, interpretó al paleontólogo en “Jurassic Park”; “fue repentino”, dijo su familia

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AP.- El actor neozelandés Sam Neill, conocido por protagonizar la película de dinosaurios “Jurassic Park” (“Parque Jurásico”) y “The Piano” (“El Piano”), ha muerto a los 78 años de edad.

Sam Neill reveló en 2023 que le habían diagnosticado un linfoma de células T angioinmunoblástico, un tipo raro de linfoma no Hodgkin. El actor murió el lunes en Sydney, según un comunicado publicado en la página de redes sociales del actor.

Su muerte en Sydney fue “repentina e inesperada”, según el comunicado, que añadió que “seguía libre de cáncer” cuando murió. No se precisó una causa de muerte en específico.

“Sam estaba rodeado de su familia y falleció con la dignidad que ha caracterizado toda su vida”, escribió su familia.

El protagonista de “Jurassic Park” fue uno de los numerosos actores y directores que alcanzaron la fama internacional tras la explosión del cine australiano que comenzó a finales de la década de 1970, una lista que incluye a Paul Hogan, Mel Gibson, Geoffrey Rush, Russell Crowe, Jane Campion, Peter Weir y Gillian Armstrong.

Tenía un amplio registro, que le llevó a actuar junto a Helena Bonham Carter en la comedia de Alan Ayckbourn “The Revengers Comedies’” (“El juego de la venganza”), pasando por cortarle el dedo a Hunter en “The Piano”, hasta sacarse los ojos en la película de terror de ciencia ficción “Event Horizon” (“La nave del terror”).

En “Omen III: The Final Conflict” (“La última profecía”), interpretó a Damien el Anticristo y también interpretó al cardenal Thomas Wolsey en “The Tudors” (“Los Tudor”).

El actor llamó por primera vez la atención del público internacional en la película de 1979 de Armstrong “My Brilliant Career” (“Mi brillante carrera”), que también presentó a Judy Davis. Más tarde apareció en “Dead Calm” (“Terror a bordo”) de Phillip Noyce, un elegante thriller ambientado en el mar y coprotagonizado por la entonces relativamente desconocida actriz: Nicole Kidman.

Sam Neill coprotagonizó dos veces con Meryl Streep, en “Plenty” del director australiano Fred Schepisi y —de nuevo para Schepisi— en “A Cry in the Dark” (“Un llanto en la oscuridad”), una película sobre las sensacionalistas consecuencias de que un dingo matara a un bebé en el interior de Australia.

Obtuvo una nominación al Emmy por su actuación en el papel principal de la miniserie de 1998 “Merlin” y otra como narrador de “Wild New Zealand” de 2017.

Pero quizá alcanzó su mayor nivel de fama en “Jurassic Park” al interpretar al paleontólogo Alan Grant, a quien convocan a una isla frente a Costa Rica donde se ha construido un parque temático para albergar manadas de dinosaurios clonados. Coprotagonizó junto a Laura Dern, Jeff Goldblum y Richard Attenborough.

Su personaje era reflexivo y razonable, un científico que advirtió al creador del parque temático antes del caos: “Los dinosaurios y el hombre, dos especies separadas por 65 millones de años de evolución, de repente han sido arrojadas de nuevo a la mezcla juntas. ¿Cómo podemos tener la más mínima idea de qué esperar?”.

Alan Grant sobrevivió a los aterradores acontecimientos cuando las criaturas escapan, pero no regresó para “The Lost World: Jurassic Park II” en 1997. Volvió para el tercer episodio en 2001 y “Jurassic World: Dominion” en 2022.

“Probablemente sea un poco tarde para aprender estas cosas”, dijo al Daily News de Nueva York en 2001, “pero por fin siento que he descubierto cómo ser un héroe de acción. Estoy más contento con ‘Grant’ esta vez. Es duro y curtido, pero parece que sabe lo que está haciendo”.

Nacido en 1947 en Irlanda del Norte, Sam Neill emigró a Nueva Zelanda a los 7 años de edad. Su familia se estableció en Dunedin, en la Isla Sur, y fue enviado a un internado en Christchurch. Después de la universidad, asumió el papel principal en “Sleeping Dogs” en 1977, el primer largometraje realizado en Nueva Zelanda en más de una década.

Otros papeles cinematográficos de Neill incluyeron interpretar a un oficial de submarino soviético que memorablemente sueña con un hogar en Montana en “The Hunt for Red October” (“La caza del Octubre Rojo”) y a un investigador en “In the Mouth of Madness” (“En la boca del miedo”) del director John Carpenter.

En televisión, Neill interpretó al maligno Chester Campbell en la serie de TV “Peaky Blinders” y a Thomas Jefferson en la miniserie de cuatro horas de CBS “Sally Hemings: An American Tragedy”. En Apple TV+, participó en “Invasion”, interpretando al sheriff de Oklahoma John Bell Tyson, un hombre al final de su carrera que busca su propósito. En 2024 protagonizó junto a Annette Bening la serie de Peacock “Apples Never Fall” (“Un revés inesperado”).

Neill también era viticultor y, bajo su marca Two Paddocks, produjo vinos pinot noir y riesling de su bodega en la región de Central Otago, en la isla Sur de Nueva Zelanda.

En redes sociales, a menudo publicaba imágenes de los animales de su granja, muchos de ellos nombrados cariñosamente en honor a celebridades y amigos, como la gallina Laura Dern, el pato Kylie Minogue y la vaca Helena Bonham Carter.

Sus memorias “Did I Ever Tell You This?” se publicaron en marzo de 2023 y recibió el título de caballero en reconocimiento a su “destacada contribución al cine”, un título aprobado por la difunta reina Isabel II.

“No puedo fingir que el último año no haya tenido sus momentos oscuros”, dijo Neill a The Guardian en 2023, refiriéndose a su diagnóstico y tratamiento de cáncer. “Pero esos momentos oscuros hacen que la luz se destaque con nitidez, ¿sabes?, y me han hecho estar agradecido por cada día y enormemente agradecido por todos mis amigos”.

Le sobreviven cuatro hijos y ocho nietos.

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