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las advertencias de Apple a sus inversores

Apple ha admitido en su informe anual, el formulario 10-K, que sus futuros productos podrían no alcanzar la rentabilidad histórica que le ha supuesto el iPhone, entre otras advertencias hechas de cara al futuro hacia sus inversores.
Por qué es importante. Es la primera vez que Apple reconoce tan abiertamente que sus próximos productos podrían no alcanzar los niveles de rentabilidad del iPhone. Supone un cambio en su comunicación con los mercados, como destaca Financial Times.
Tampoco es algo que no se viera venir. Si bien Apple lleva lustros adentrándose en nuevas gamas e industrias, un éxito como el del smartphone, tan universal, tan importante, con un precio promedio de tres cifras y con un ciclo de renovación de entre uno y cinco años, es algo que será muy difícil de volver a ver. La diferencia es que ahora Apple habla abiertamente de ello.
Las advertencias clave.
- Productos futuros: podrían generar “ingresos menores y márgenes de beneficio más bajos”.
- Impacto financiero: estos cambios puede afectar “materialmente” al negocio y a sus resultados.
- Riesgos de la IA. Primera mención específica sobre los riesgos de seguridad de las nuevas funciones de IA.
- Tensiones geopolíticas. Vuelven a aparecer como factor de riesgo tras años de ausencia.
En perspectiva. El documento revela a una Apple particularmente cautelosa de cara al futuro. Antes solo mencionaba que los nuevos productos podrían tener “estructuras de costes más altas”. Ahora advierte explícitamente sobre márgenes más bajos.
También incluye por primera vez una alerta sobre seguridad en IA, justo en el cierre del año en el que Apple Intelligence vio la luz, y ha ampliado la sección de riesgos geopolíticos.
Preocupaciones.
- Las Vision Pro cuestan 3.500 dólares más impuestos y sus ventas iniciales han sido moderadas, algo esperable en un producto así… que hay que ver cómo evoluciona de cara al futuro.
- Los ingresos por el acuerdo con Google, que supone aproximadamente una quinta parte de su beneficio anual, están en riesgo por las decisiones antimonopolio.
- Se avecina una multa importante de la Unión Europea por prácticas con la App Store.
Entre líneas. Apple parece estar preparando el terreno para una era “post-iPhone” que aún tardará en verse pero que acabará llegando. El propio Cook ya ha anticipado algo así en alguna ocasión, dejando en el aire la posibilidad de que sean otros dispositivos quienes a largo plazo acaben reemplazando al iPhone.
En ese terreno cabría esperar la menor rentabilidad, mayores riesgos tecnológicos, una feroz competencia en IA y un escrutinio regulatorio cada vez mayor. Y Apple ya está anticipando algo así.
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eso sí, mejor combinarlo con ejercicio

El ayuno intermitente se ha convertido en una estrategia muy popular entre quienes buscan adelgazar o, cuanto menos, mantener su peso bajo control. Sin embargo, como con la mayoría de las dietas, establecer de forma clara su eficacia resulta a menudo difícil debido a la complejidad de nuestra alimentación, nuestro metabolismo y, en general, de nuestro propio cuerpo.
Nuevas pruebas. Ahora un estudio ha aportado nuevas pruebas de la eficacia del ayuno intermitente. Pruebas que, eso sí, se limitan al contexto en el que esta dieta se combina con ejercicio regular.
El equipo estudió una dieta con una ventana de comidas limitada a las ocho horas (inversamente, 16 horas de ayuno) y observó que de esta forma era posible una pérdida de grasa “pequeña pero significativa” estadísticamente. Todo ello sin sacrificar masa muscular, un detalle destacado por el equipo.
“Observamos que [se lograba] una mayor reducción de grasa y a un menor porcentaje de masa corporal en el tiempo, cuando adultos sanos seguían [un régimen] tanto de ejercicio como de dieta restringida temporalmente, en comparación a quienes solo se ejercitaban durante al menos cuatro semanas”, explicaba en una nota de prensa Nadeeja Wijayatunga, coautora del estudio.
15 estudios. En su análisis, el equipo realizó una revisión sistemática de la literatura científica que estudiaba los impactos de este tipo de intervenciones. Encontraron así 15 trabajos recientes en los que se analizaba el efecto combinado de ayuno intermitente y ejercicio sobre nuestro peso. A partir de los resultados descritos en estos estudios, el equipo realizó un metaanálisis, es decir un estudio cuantitativo para estimar un efecto promedio.
En su estudio de estudios, el equipo observó un cambio estadísticamente significativo, una pérdida de masa corporal que no se asociaba a una pérdida de masa muscular. El análisis también señaló que variables como al edad, índice de masa corporal, o el tipo de ejercicio con el que se acompañaba la dieta, entre otros factores, no afectaban a este resultado.
Los detalles de este trabajo fueron publicados en un artículo en la revista International Journal of Obesity.
Más fácil que contar calorías. Quizás porque resulta más fácil contar las horas que contar las calorías, el ayuno intermitente se ha convertido en la opción predilecta de muchos. Pero a veces lo fácil no resulta lo más efectivo y sabemos ya a estas alturas que las dietas milagro no existen. Es por eso que poner a prueba las virtudes y los límites de este tipo de estrategias sea importante.
Cabe señalar que existen diversas formas de ayuno intermitente, en función de la frecuencia con la que ayunamos y de la fracción de tiempo del día que dedicamos al ayuno y al alimento. El éxito o fracaso de estas estrategias también puede depender de que otros factores como tener una dieta variada en las horas que dedicamos a la comida e incluso factores que podrían parecer irrelevantes como nuestro sueño.
En Xataka | Del estómago al cerebro, el ayuno intermitente afecta de formas insospechadas a nuestro cuerpo
Imagen | the5th
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En plena crisis de natalidad, en EEUU hay un movimiento que aspira a dar un vuelco a su demografía: el pronatalismo

“Quiero más bebés en Estados Unidos de América”. La frase es de J.D. Vance e importa sobre todo por dos razones. La primera, porque aunque el republicano había mostrado antes su obsesión por las tasas de natalidad, ese comentario en concreto lo soltó en enero, durante su primer discurso público como vicepresidente del país. El segundo motivo es que al pronunciarlo Vance hizo algo más que dar su su opinión personal: conectó con un movimiento que, si bien no es nuevo, parece estar ganando peso (y visibilidad) en los EEUU de Trump: el pronatalismo.
Y Vance no es la única figura mediática (ni siquiera en la administración Trump) en sintonizar con un discurso que va más allá de EEUU y llega a España.
¿Qué es el pronatalismo? Grosso modo, el pronatalismo es una ideología que aboga por el aumento de la tasa de natalidad de un país. Así lo define el Cambridge Dictionary, que incide en que su objetivo básico es incrementar la población sin tener que apoyarse en la llegada de inmigrantes. Esa, claro, es la definición a trazo grueso. Si bajamos al detalle se aprecian muchos más matices y una mezcla de ideologías que no siempre coinciden ni en el fondo ni en las formas.
“Puede estar motivado por imperativos culturales, religiosos, geopolíticos o económicos”, comenta en The Conversation Céline Delacroix, profesora de la Universidad de Ottawa, y añade: sus políticas “pueden manifestarse de diversas maneras, abarcando desde medidas blandas, como estigmatizar a quienes deciden no tener hijos, a otras duras, incluido restringir el acceso a los anticonceptivos”.
Un objetivo, varias razones


Si bien la meta pronatalista está clara, el argumentario que la acompaña (y justifica) no siempre lo está tanto. Bajo su amplio y difuso paraguas se agrupan conservadores con motivaciones religiosas que ven en la familia un pilar social, pero también voces más coincidentes con Musk. En su caso la clave no es tanto religiosa como el temor al colapso demográfico y sus consecuencias a nivel social y económico. La opción de abrir las puertas a la migración quedaría descartada para ellos por su miedo a que acabe debilitando la cultura del país que la recibe.
Quizás el ejemplo más conocido de ese último perfil es el matrimonio formado por Simone y Malcolm Collins, los impulsores de la organización Pronatalist. A pesar de que ninguno de los dos llega a los 40 años, la pareja espera ya su quinto hijo y aspira a tener como mínimo dos más. Sin embargo lo más llamativo de su caso no son las cifras, sino es el ideario que los ha llevado a abrazar el pronatalismo.
Los Collins se definen como tecnopuritanos, ateos, anti racistas, defensores de los derechos LGBTQ+ y su visión del pronatalismo contempla el uso de la fecundación in vitro o selección genética. Es más, ellos mismos han recurrido a ambos, incluido el Test Genético Preimplantacional (PGT) para descartar embriones con riesgo de padecer cáncer o “problemas de salud mental” para los que no hay tratamiento de calidad”. “Obviamente analizamos el coeficiente intelectual”, añaden.
¿Es algo nuevo? No. El natalismo o pronatalismo existe desde hace varias décadas, pero en EEUU ha cobrado una visibilidad notable por varias razones, más allá de la expectación que puedan despertar casos como el del matrimonio Collins. Uno de esos motivos, fundamental para entender su auge, es el declive de la natalidad de EEUU. La otra es la notoriedad de ciertas figuras en sintonía con el objetivo principal de los natalistas: incentivar la tasa de natalidad del país.
Vance es uno de ellos. Otro es Musk, quien tiene al menos 11 vástagos y en 2022 llegó a tuitear que “el colapso de la tasa de natalidad es, con diferencia, la mayor amenaza que afronta la civilización”. El propio Donald Trump ha reconocido abiertamente que quiere impulsar un nuevo “baby boom” en EEUU.
El movimiento más revelador sin embargo lo ha hecho otro alto cargo de Washington, el secretario de Transporte, Sean Duffy. Padre de nueve hijos, Duffy ha pasado de la retórica a los hechos al firmar un memorando que prioriza los proyectos dirigidos a comunidades con tasas de matrimonio y natalidad elevadas. Hay quien lo ha interpretado como un claro ejemplo de “política pronatalista”.
La decisión del departamento de Transportes es interesante porque, por más que Trump persiga un nuevo baby boom o Vance comparta su deseo de ver más bebés estadounidenses, hay una cuestión que sigue pendiente: ¿Cómo lograrlo?
Al fin y al cabo EEUU no es el primer país que se propone aumentar su tasa de natalidad y otros muchos, como Japón, China o Corea del Sur, han comprobado lo complicado que resulta. El salto de la teoría a los hechos es también relevante para los natalistas porque transparenta sus tensiones y diferencias internas.
La revista The Atlantic lo refleja bien en un artículo titulado “La soledad del pronatalista conservador”. Para incentivar la natalidad hay fórmulas de corte conservador, como fomentar los valores de la familia; pero también otras liberales, como otorgar más subsidios a los padres o apostar por políticas de promoción de la vivienda, una solución que choca a priori con los esfuerzos de Donald Trump (y Musk) por lograr todo lo contrario: meter la tijera en la Administración.
Otro punto de roce es el que representan los Collins: el uso de la fecundación in vitro y otras prácticas que despiertan recelos entre los antiabortistas.
La conexión con Europa (y España)
El pronatalismo tiene partidarios, pero también detractores. Y hay unos cuantos motivos que lo explican. Aunque gente como los Collins intenten marcar distancias con el racismo, hasta hace no tanto los pronatalistas más activos en EEUU eran los nacionalistas blancos preocupados por que otras comunidades los superasen en número. Su auge reciente está además muy ligado con los discursos de figuras de la derecha, como Elon Musk o J.D. Vance, que pronunció su famoso “Quiero más bebés” durante la Marcha por la Vida, una acto contra el aborto.
El resultado es que las formaciones de extrema derecha han capitalizado el discurso pronatalista como reacción al feminismo y la defensa de la autonomía sexual que lleva años dominando en la esfera pública. También a la inmigración. España deja un buen ejemplo. Hace unos días la diputada de Vox Rocío de Meer lamentaba que, pese a que el país está inmersa en “una emergencia demográfica”, el Gobierno opta por “importar masivamente a los hijos de otros”.
“Parece que llevan muchísimo tiempo hablándonos de una emergencia climática que nadie ve y que todo el mundo padece en forma de pequeñas restricciones en sus entornos cotidianos. Y, sin embargo, la verdadera emergencia, la demográfica, cómo nuestros pueblos se están vaciando, esto es algo que sí que estamos viendo y de lo que nadie está hablando”, subraya la diputada de Vox.
No es la primera vez que la formación de extrema derecha toca el tema. Vox ha hecho de la “crisis demográfica” uno de sus grandes frentes de batalla y ha abogado abiertamente por incentivar la natalidad entre los españoles. “Los progres de todos los partidos, del PSOE o del PP, nos dicen que en España hacen falta 25 millones de inmigrantes en los próximos 35 años, cuando lo que hace falta son 25 millones de niños… ¡españoles!”, ha llegado a clamar su líder, Santiago Abascal.
Discursos más o menos similares se han escuchado también en la Hungría de Viktor Orbán (“No necesitamos cifras, necesitamos niños húngaros”) o la Italia de Meloni (“Hemos hecho de la natalidad y de la familia una prioridad absoluta”). Y llega una búsqueda rápida para comprobar también su huella en las redes.
Otro dato revelador es que gran parte de los rostros más visibles del protanalismo son hombres. Algo que no es casual. La caída de la natalidad coincidió en gran medida parte con el acceso de las mujeres a la formación, el mercado laboral y los anticonceptivos, por lo que, desliza The Atlantic, hay quien puede ver con recelo que el pronatalistas quieran replantearse esa ecuación.
Algunos expertos, como la profesora Céline Delacroix, ya han levantado la voz para advertir de los peligros de apostar por las políticas que “priorizan los objetivos demográficos”, anteponiéndolos incluso a “la autonomía reproductiva”.
“Las políticas que priorizan los objetivos demográficos sobre el poder de una persona para tomar sus decisiones reproductivas, han conducido a consecuencias devastadoras”, previene Delacroix antes de recordar las medidas adoptadas en los 80 en Rumanía por Nicolae Ceausescu. Y añade: “Las narrativas pronatalistas también socavan los esfuerzos por reducir el impacto en el medio ambiente”.
Más allá de las palabras de Vance o los objetivos de los pronatalistas, hay una realidad que marca la demografía estadounidense, al igual que la de otras muchas naciones: el declive de la natalidad. Desde 2008 la tasa de fecundidad de EEUU está por debajo de 2,1, lo que significa que resulta insuficiente para, como mínimo, mantener estable la población actual del país. En 2022 estaba ya en 1,7. En otros países el panorama es todavía peor. En Corea del Sur, apenas llega al 0,75.
Los neonatalistas advierten de la “bomba de relojería” que representan esas cifras y previenen sobre los retos de una sociedad envejecida en la que no haya una población en edad laboral capaz de sostener los sistemas de pensiones. “Habrá países con ancianos muriendo de hambre”, advierte Malcolm Collins.
En el polo puesto están quienes recuerdan que la población global seguirá aumentando en las próximas décadas (hay estimaciones que apuntan que superará los 10.000 millones de personas en 2100) y no hay datos qué muestren qué niveles puede albergar realmente el planeta “de forma sostenible”, una cuestión ligada en gran medida a factores como la tecnología o los niveles de consumo.
Imágenes | Jonathan Borba (Unsplash), Gage Skidmore (Flickr) y Gabriel Tovar (Unsplash)
En Xataka | “Un infierno dulce”: hablamos con la gente que ha decidido tener más de tres hijos en España en pleno 2025
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cómo ha declarado beneficios tras 18 años perdiendo dinero

- Primer acto: en Xataka contamos que Spotify había tenido el primer beneficio trimestral de su historia. Febrero de 2019.
- Segundo acto: en Xataka contamos que Spotify ya encadenaba dos trimestres en verde y se asomaba a su primer año rentable. Julio de 2024.
- Tercer acto: en Xataka contamos que Spotify ha anunciado, ahora sí, que 2024 fue el primer año rentable de su historia. Febrero de 2025.
Seis años han pasado del primer acto en los que seis continentes ha conquistado Spotify, como seis son las letras que tiene profit, las mismas que tiene ‘dinero’, las cuerdas de una guitarra y las caras de un dado que por fin ha ganado. El dígito que ha conjurado la alquimia perfecta, que no es la de convertir el agua en vino sino la de transformar la sangría en elixir para inversores.
1.138 millones de euros de beneficio neto.
Esa fue la cifra que Spotify presentó para ese ejercicio memorable que fue 2024, el que cambió su historia.


Es un hito, un hitazo, que muchos creían imposible. Durante todo este tiempo, el gigante del streaming musical y niña bonita del emprendimiento tecnológico europeo ha quemado dinero mientras construía un imperio de 675 millones de usuarios. Un 40% de ellos, de pago.


¿Cómo ha transformado pérdidas sistemáticas en beneficios?
Y sobre todo: ¿quién ha pagado el precio de esta metamorfosis?
La ecuación imposible: pagar a la industria y ganar dinero
Spotify nació con una contradicción aparentemente irresoluble: la regla del 70-30. Aproximadamente el 70% de sus ingresos se destinaba a pagar derechos musicales (royalties, regalías) a sellos discográficos, artistas y editoriales. Con el 30% restante debía cubrir tecnología, marketing, desarrollo de producto, oficinas globales y los salarios de más de 9.000 empleados cualificados.
La matemática parecía condenarla a un déficit eterno.
Mientras Apple Music o YouTube Music podían permitirse operar sin prácticamente beneficios –subsidiados por sus matrices multimillonarias–, Spotify no tenía otra opción que encontrar rentabilidad intrínseca o morir. El camino ha sido largo y controvertido.
Daniel Ek, fundador y CEO de Spotify, lo resumió con brutal franqueza: “Durante muchos años, Spotify ha estado enfocada en impulsar el crecimiento a gran escala. La rentabilidad no nos preocupaba”.
Este cambio de mentalidad ha cristalizado en tres grandes transformaciones:
Aumento de precios tras una década congelados
Tras mantener su clásico precio de 9,99 dólares o euros durante más de una década, Spotify acabó subiendo sus tarifas. Rompió un tabú autoimpuesto: el de no ser un doble dígito. Dos rondas de aumentos en varios mercados elevaron el plan individual: una sencilla maniobra que impulsó el ingreso medio por usuario y disparó el margen bruto al 32,2%. Su récord.
Spotify descubrió que los usuarios no se fugaban en masa ante un aumento moderado del precio. Especialmente en un contexto en el que casi todo el entretenimiento digital (Netflix, Disney+, Apple TV+, todas las marcas que ha ido lanzando HBO) subía tarifas.
La magia de la inelasticidad de precios permitió que su base de 263 millones de suscriptores de pago generara más ingresos sin un aumento proporcional en costes. Ta-da.
De plataforma musical a ecosistema multimedia: menos regalías por hora de uso
La jugada maestra de Spotify ha sido su estratégica diversificación. Ya no es sólo una aplicación para escuchar música, sino un “ecosistema de audio y vídeo”, como han insistido desde la empresa una y otra vez, con:
- 6,5 millones de podcasts.
- 330.000 videopodcasts.
- 350.000 audiolibros.
No será que no lo avisamos.
Esta expansión multiproducto tiene una ventaja financiera oculta: cuando un usuario escucha un podcast o ve un videopodcast, Spotify no paga royalties por la reproducción. A diferencia de la música, donde cada stream genera un pago a discográficas, los podcasts y vídeos son monetizados principalmente vía publicidad o acuerdos directos con creadores, con un coste unitario mucho menor. Así lo contamos hace seis años, cuando la sueca abrazó este modelo.
Como dijimos, esa fue su jugada perfecta: que el usuario siga en la app pero sin que le cueste tanto dinero a la empresa. Con más de 270 millones de usuarios consumiendo contenido en vídeo, Spotify logró reducir paulatinamente el coste promedio por hora de uso. Si un usuario pasa una hora escuchando su podcast favorito en lugar de música, Spotify ahorra buena plata en pagos a discográficas.
Año cero: la era de la eficiencia
Cuando Spotify anunció en diciembre de 2023 que recortaría aproximadamente el 17% de su plantilla —unos 1.500 empleados—, pocos imaginaban que ese sería el amargo catalizador final que por fin llevaría a la empresa a la rentabilidad. Fue la tercera ronda de despidos en menos de 12 meses.
“En los últimos dos años, hemos invertido significativamente en negocios adyacentes. Algunos han funcionado, otros no. Demasiado capital se destinó a iniciativas que no generaban el valor esperado”, reconoció entonces Daniel Ek en una carta a los empleados.
Un clásico de la empresa tecnológica.
Este reconocimiento marcó el fin de una era de crecimiento a toda costa y el comienzo de lo que internamente llamaron “el año de la monetización”. La empresa cambió su enfoque: de expandirse indefinidamente a maximizar el valor de cada usuario y cada hora de contenido consumido.
Era el efecto directo de la presión de Wall Street. Tras años de tolerancia –y fomento– de empresas tecnológicas deficitarias, los inversores ya habían cambiado de mentalidad. Las subidas de los tipos de interés y un entorno económico más exigente obligaron a las empresas a demostrar que podían ganar dinero, no solo crecer.
“Hemos operado con demasiados y muy dispersos recursos”, escribió Ek. “Hoy tratamos de ser más eficientes”. Negro sobre blanco.
La austeridad se tradujo en una mejora tangible en los resultados. Los gastos operativos pasaron de representar el 30% de los ingresos en 2023 al 24% en 2024. Este ajuste permitió que el aumento de ingresos del 18% no se disipara en nuevos costes, sino que llegara directamente a la cuenta de resultados. La magia ya empezaba a hacer efecto.
Esta maniobra también tuvo otra lectura: Spotify había desistido del sueño de convertirse en el “Netflix del audio”, al menos en cuanto a producción de contenidos exclusivos carísimos. Las compras de Gimlet, Parcast y The Ringer, así como los contratos millonarios con figuras como Joe Rogan y los Obama, no dieron el rendimiento esperado. A lo largo de 2023 y 2024, la empresa cerró o redujo varias de estas apuestas, centrándose en un modelo más sostenible.
El golpe a los pequeños: “Si no llegas a mil, no existes”
En el camino hacia la rentabilidad, Spotify tomó decisiones que alteraron notablemente las reglas del juego para los creadores. Quizás la más controvertida: desde abril de 2024, cualquier canción que no superara las 1.000 reproducciones anuales dejaría de generar royalties.
Esta medida, según Spotify, buscaba redirigir cerca de 40 millones de dólares —anteriormente desperdigados en micropagos ineficientes— hacia artistas con mayor audiencia. “Se trata de optimizar el reparto de ingresos y evitar dispersarlos en cantidades ínfimas”, explicó un portavoz de la compañía.
Denis Ladegaillerie, CEO de Believe (empresa matriz de la distribuidora TuneCore), fue uno de los más críticos con esta decisión: “¿Qué mensaje enviamos a los nuevos artistas si no reciben ninguna compensación hasta superar un umbral de reproducciones?”, cuestionó.
Si bien la medida puede parecer razonable desde una perspectiva de eficiencia —muchos pagos eran tan pequeños que ni siquiera llegaban a procesarse por no alcanzar los mínimos bancarios—, también estaba enviando un mensaje desalentador a artistas emergentes: si no consigues cierta escala, no verás recompensa alguna.
Más aún, hubo quienes plantearon que ese iba a ser solo el primer paso. Es decir: dejar la puerta abierta a que en el futuro no fueran 1.000, sino 5.000 o 10.000 reproducciones, cercenando más artistas por el camino. Más rentabilidad a costa de menor diversidad musical.
Mientras tanto, Spotify fue adoptando otras medidas para “limpiar” su catálogo, incluyendo restricciones a los sonidos ambientales y de ruido blanco, que generaban muchas reproducciones pasivas con poca relevancia. Combatir el contenido gris o directamente fraudulento es necesario, pero estas políticas también afectaron por el camino a creadores legítimos de contenido ambiental o meditativo.
La inequidad del reparto: 10.000 millones que no llegan a todos
El modelo económico del streaming genera cifras impresionantes a nivel global, pero enormes disparidades en la distribución. Spotify anunció a principios de este año que pagó más de 10.000 millones de dólares a la industria musical durante 2024, lo que eleva su contribución total a cerca de 60.000 millones desde su fundación en 2006.
En un hilo publicado en X hace apenas unos días, Daniel Ek defendía este récord: “Spotify paga más que cualquier otro minorista de música, más que cualquier otro servicio de streaming musical. Eso es un hecho”.
Sin embargo, reconoció una verdad incómoda: “Spotify no paga directamente a artistas o compositores. Como todos los demás servicios de streaming, pagamos a los titulares de derechos, como discográficas o editores. Esos titulares son responsables de transferir los ingresos del streaming a los artistas o compositores”.
Y añadió: “Lo que sí sabemos es que Spotify paga aproximadamente dos tercios de cada dólar que generamos de la música a los titulares de derechos. Por eso, siempre es desafortunado y francamente decepcionante escuchar historias donde la mayoría de esos pagos no llegan a un artista o compositor”.
Esta distancia entre lo que Spotify paga y lo que los artistas reciben se refleja en un largo reportaje publicado por Variety, que revela una realidad compleja bajo las cifras brillantes. Según el informe ‘Loud & Clear’ de Spotify, en 2024 unos 1.500 artistas generaron más de un millón de dólares en royalties solo de Spotify. El número de creadores generando royalties en cada umbral —desde 1.000 hasta 10 millones de dólares anuales— se ha triplicado desde 2017.
Sin embargo, como señala Variety, estas cifras deben matizarse. El dinero no llega íntegro a los bolsillos de los artistas. Las discográficas y distribuidoras toman su porcentaje, los productores reciben otra parte, los managers otro tanto… “Cualquier noción de que cada uno de esos 1.500 artistas está embolsándose un millón de dólares anuales (o más) de Spotify, por no hablar de todos los servicios de streaming, es tremendamente inexacta”, advierte Variety.
Por otro lado, merece la pena comentar algo que publicó hace unos días Damon Krukowsi, antiguo miembro de Galaxie 500, una banda icónica de la esfera indie, en su Substack: desconfía de las cifras publicadas por Spotify y recuerda que no son cifras auditadas. Además, subraya que Spotify no es el retailer como el que se quiere vender para justificar su comisión, ya que su actividad es licenciar la música, no venderla. Y en ese modelo, bares, tiendas o películas son más generosos con los titulares de los derechos: no pagan un 30%, sino un 50%.
El sistema es especialmente injusto para los compositores. Según datos de MIDIA Research citados por Variety, de los aproximadamente 0,004 dólares generados por cada reproducción en Spotify, el lado de la grabación (incluyendo discográfica, distribuidor y artista) recibe el 56%; Spotify se queda con el 30%; y el lado editorial (que incluye a la editorial, la organización de derechos de ejecución y el compositor) recibe apenas el 14%.
De ese 14%, el compositor obtiene el 68%, lo que representa una fracción minúscula del total. Y considerando que la mayoría de canciones populares hoy tienen entre tres y doce compositores que se reparten ese porcentaje, “el cerebro humano ni siquiera puede comprender la cantidad infinitesimal que ganan los creadores de la mayoría de las canciones por cada reproducción”, según Variety.
Hot take.
El elefante en la habitación: los mínimos legales
Uno de los aspectos menos conocidos del modelo económico de Spotify es cómo se determinan las tarifas editoriales (lo que se paga a compositores y editores). Mientras que las tasas para grabaciones se negocian directamente entre Spotify y las discográficas, las tarifas editoriales en Estados Unidos están establecidas por el Copyright Royalty Board (CRB), mediante un proceso que la industria editorial considera obsoleto.
Aunque estas tasas han ido aumentando gradualmente —para el período 2023-2027, el CRB incrementó un 23% la tarifa pagada a compositores y editores musicales, hasta el 15,35% de los ingresos de un servicio de streaming en EE.UU.—, siguen estando muy por debajo de lo que reciben las discográficas por las grabaciones.
“Esta disparidad no fue instituida por Spotify ni por ningún servicio de streaming”, aclara Variety, aunque Spotify ha luchado activamente contra aumentos más notables. La empresa acaba de recibir duras críticas de la industria musical —e incluso una demanda— por su reciente paquete de música-audiolibros, que según estimaciones de Billboard reducirá los royalties pagados a las empresas musicales en 150 millones de dólares durante el próximo año.
Una maniobra que “pudo haber deleitado a los accionistas, pero fue una gran pérdida para los creadores de música”, según evalúa Variety.
Tecnología y algoritmos: la cara B del disco
La rentabilidad de Spotify no se explica solo por recortes o aumentos de precios. La empresa también ha logrado avances en eficiencia tecnológica, que le han permitido servir contenido a cientos de millones de usuarios con un coste de infraestructura relativamente bajo.
Su apuesta por la IA, materializada en funciones como el DJ de Spotify lanzado en 2023, busca aumentar el engagement sin incrementar proporcionalmente los costes. El DJ genera recomendaciones personalizadas y comentarios contextuales, creando una experiencia más inmersiva que retiene a los usuarios por más tiempo.
Para 2024, Spotify dijo que su sistema de recomendación basado en IA había mejorado notablemente el descubrimiento musical, con más de 3.000 millones de playlists personalizadas generadas mensualmente. Esta eficiencia algorítmica no solo mejora la experiencia del usuario, sino que optimiza la distribución del contenido y reduce los costes operativos. Win-win-win.
“Hemos invertido millones en construir algoritmos que entiendan los gustos musicales y faciliten el descubrimiento”, explicó Gustav Söderström, director de tecnología y coproductor de Spotify, en la presentación de resultados de 2024. “Esa inversión ahora da frutos en forma de mayor retención y menor coste por usuario”.
Tras años cuestionando si Spotify podría ser rentable algún día, Wall Street ha recibido el giro con entusiasmo desbordado. Las acciones se dispararon un 11% tras el anuncio en febrero y han continuado su ascenso meteórico. En estos últimos días la capitalización bursátil de Spotify ha llegado a superar los 124.000 millones de dólares, valor superior al de las grandes discográficas Universal Music Group y Warner Music Group. Juntas.


La narrativa ha cambiado, ha pasado de “¿podrá conseguirlo?” a “¿cuánto más puede crecer?”. Ahora Daniel Ek ha definido a 2024 como “el año de la monetización” y promete que 2025 será “el año de la ejecución acelerada”.
Ganadores y perdedores
Tras casi dos décadas, Spotify ha encontrado la fórmula de la rentabilidad. Este hito marca un punto de inflexión no solo para la empresa sueca, sino para toda la industria musical.
Los ganadores son evidentes:
- Accionistas que vieron dispararse el valor de la empresa.
- Ejecutivos cuyas decisiones finalmente dieron resultado.
- El ecosistema tecnológico europeo, que ahora puede presumir de un campeón global rentable.
Las grandes discográficas también han salido relativamente bien paradas, recibiendo cantidades récord cada año y manteniendo su posición dominante en el ecosistema.
Sin embargo, la historia también tiene perdedores claros:
- Artistas emergentes afectados por el umbral de reproducciones.
- Compositores que reciben fracciones minúsculas por cada reproducción.
- Y empleados despedidos en nombre de la eficiencia operativa.
Como sintetizó Daniel Ek: “Al final del día, los artistas están haciendo cosas increíbles y los fans alrededor del mundo están decidiendo quién tiene éxito. Estamos orgullosos de jugar un papel en eso”.
Pero la pregunta clave sigue sin responderse: ¿evolucionará ese “papel” de Spotify hacia un sistema más equitativo para todos los participantes del ecosistema musical, o la presión por mantener la rentabilidad simplemente reforzará las desigualdades existentes?
Como explica Variety, “el sistema de pago del streaming necesita una revisión urgente” ahora que ha demostrado poder generar beneficios sustanciales.
Lo cierto es que, como con tantas revoluciones tecnológicas, la transformación digital de la música ha creado un mundo donde nunca se ha consumido tanta música, nunca la industria ha estado tan cerca de recuperar su valor histórico pre-digital… y sin embargo, paradójicamente, nunca ha sido tan difícil para un artista promedio vivir exclusivamente de su música. La risa va por barrios y el negocio va por géneros. La cara agridulce de esta historia.
El tiempo dirá si el triunfo financiero de Spotify representa un punto de partida para un sistema más sostenible para todos, o simplemente la consolidación de un modelo que beneficia desproporcionadamente a unos pocos privilegiados. De momento, 1.138 millones de euros de beneficio neto demuestran que la ecuación imposible, finalmente, tenía solución.
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