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El Estrecho de Ormuz se ha convertido en una trampa mortal. La solución de Emiratos Árabes es un faraónico “baipás” petrolero a través del desierto

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El nuevo orden energético no se debate en cumbres de traje y corbata, sino que se levanta a contrarreloj bajo el sol abrasador de la península arábiga. Asfixiados por la Tercera Guerra del Golfo, los Emiratos Árabes Unidos han dado un golpe en la mesa: se niegan a dejar la supervivencia de sus rutas comerciales en manos del azar, de la guerra o de sus vecinos. La estrategia es clara: si el estrecho es un campo de minas, construirán una salida trasera.

La noticia que ha sacudido los cimientos de la logística petrolera saltó a la luz pública a través de canales oficiales. Según un comunicado de la propia ADNOC (la petrolera estatal emiratí), su Alteza el Jeque Khaled bin Mohamed bin Zayed ha presidido una reunión clave en la que ha ordenado una directriz urgente: acelerar la construcción del nuevo proyecto “West-East Pipeline” (Gasoducto Oeste-Este).

Pero, ¿de qué infraestructura estamos hablando exactamente? Como apunta el analista energético Javier Blas, la clave de este movimiento es que Emiratos está trazando un segundo oleoducto expresamente diseñado para darle la espalda al Estrecho de Ormuz. La fecha marcada en el calendario es 2027. Cuando abran la llave de paso, esta nueva infraestructura multiplicará por dos el volumen de crudo que el país saca al mundo por el puerto de Fujairah (en el Golfo de Omán). En cifras prácticas, esto supone un salto gigantesco: pasarán de los 1,5 millones de barriles diarios que mueven ahora mismo, a inyectar entre 3 y 3,5 millones.

No es un proyecto improvisado en la última semana. Como señala el analista Bachar El-Halabi, los trabajos de este proyecto comenzaron de forma discreta a principios de 2024, mucho antes de que la guerra en Irán paralizara la región. Sin embargo, el conflicto ha actuado como el “catalizador” definitivo. La guerra no inspiró el oleoducto, pero le ha inyectado la urgencia. 

El “antídoto” logístico

Como se debatía en el medio Amwaj Media, la guerra de Irán ha exhibido de forma descarnada la tremenda vulnerabilidad de los cuellos de botella marítimos (chokepoints). El cierre casi total de Ormuz ha provocado la peor interrupción de suministro de la historia, retirando el 12% del petróleo mundial del mercado.

En este contexto, el oleoducto West-East se erige como un salvavidas. Esta infraestructura emiratí, sumada al gigantesco oleoducto East-West (o Petroline) de 1.200 kilómetros que Arabia Saudí ha reactivado hacia el Mar Rojo, conforman un verdadero “antídoto” logístico. Son rutas de escape que neutralizan el chantaje de Teherán, permitiendo que el crudo salga al mundo sin entrar en el radio de acción de los misiles y bloqueos del Golfo Pérsico. Están, en palabras de los expertos, “comprando un tiempo valiosísimo” para Occidente.

Para entender el privilegio que supone tener esta infraestructura, basta mirar al país vecino: la situación en Irak expone la otra cara de la moneda. Al carecer de salidas alternativas al mar y depender absolutamente de Ormuz, Irak se ha quedado sin espacio físico para almacenar su propio petróleo. Como resultado, Bagdad se ha visto obligada a cerrar el 70% de la producción en sus prolíficos yacimientos del sur y a rogar a la región del Kurdistán que les deje usar un viejo y remendado oleoducto hacia Turquía que apenas logra exportar 250.000 barriles diarios. Irak es un rehén de su propia geografía; Emiratos, por el contrario, está comprando su libertad a base de acero e ingeniería.

Un mercado libre (e inundado) para 2027

Toda esta nueva musculatura logística cobra su verdadero sentido cuando se cruza con otra decisión histórica: el portazo de los Emiratos a la OPEP+. Emiratos ha abandonado formalmente la organización, argumentando la defensa de su “interés nacional”. Tras casi seis décadas, el país ha decidido que sus intereses nacionales ya no caben en las cuotas del cártel. EAU llevaba años acumulando frustración comercial porque la OPEP les obligaba a limitar su bombeo a 3,2 millones de barriles diarios, a pesar de que el país ha invertido agresivamente para alcanzar una capacidad de producción de 5 millones de barriles justo para 2027, el mismo año en que su nuevo megagasoducto hacia Fujairah estará listo. 

Pero como explican diversos medios internacionales, este divorcio no es solo por dinero. Abu Dabi se siente traicionado. Emiratos ha tenido que absorber en solitario buena parte del impacto de misiles y drones iraníes, sintiendo que sus “hermanos” árabes y el Consejo de Cooperación del Golfo le daban la espalda. Por lo que las consecuencias de este cisma serán tectónicas. El cártel ha visto desplomarse su cuota de mercado mundial al 26%. Cuando el Estrecho de Ormuz se reabra y el oleoducto West-East opere a pleno rendimiento, Emiratos inundará el mercado bajo sus propias reglas, dejando a una solitaria Arabia Saudí asumiendo el brutal coste de intentar estabilizar los precios en un mundo de extrema volatilidad.

La guerra fría por el futuro

El órdago emiratí, de hecho, va directamente dirigido a Riad. En la silenciosa guerra fría que libra con Arabia Saudí por la hegemonía regional, Emiratos se niega a ser un actor de reparto frente a la monolítica “Visión 2030” del príncipe Mohamed bin Salman. Según explica Media East Economy, EAU puede permitirse salir de la OPEP y aguantar un pulso a la baja en los precios porque su break-even fiscal ronda los cómodos 45 dólares por barril, frente a las necesidades mucho mayores de sus vecinos. Gracias a la diversificación, Emiratos genera hoy el 25% de su electricidad con la central nuclear de Barakah y cuenta con inmensos parques solares, permitiéndose usar los petrodólares de hoy para financiar el hidrógeno y la tecnología del mañana.

Sin embargo, esta aparente invulnerabilidad tiene un punto ciego terrorífico. Los analistas militares advierten que, en la era de la guerra híbrida, de poco sirve una tubería de acero si un dron de 500 dólares puede paralizar la región. La Tercera Guerra del Golfo ya demostró esta fragilidad cuando un dron alcanzó la gigantesca refinería emiratí de Ruwais. A esto se suma el pánico desencadenado cuando milicias proiraníes amenazaron explícitamente infraestructuras vitales como la central nuclear de Barakah. Emiratos está construyendo su libertad financiera y logística, sí, pero lo está haciendo a través de un campo minado.

El nuevo oleoducto West-East es, en última instancia, mucho más que una maravilla de la ingeniería civil cruzando la aridez del desierto. Es la declaración formal de independencia económica y geopolítica de Emiratos Árabes Unidos. Al combinar su sonada salida del cártel petrolero de la OPEP, su gigantesco blindaje logístico frente al chantaje militar de Irán y su sólida transición hacia un músculo financiero basado en las energías renovables, Abu Dabi ha enviado un mensaje nítido y rotundo a la comunidad internacional. Mientras Oriente Medio arde, los bloqueos asfixian a naciones vecinas y las viejas alianzas del siglo XX se desmoronan bajo el peso de la guerra, Emiratos Árabes Unidos no está esperando a ver qué ocurre; ya está dictando, a golpe de taladro y chequera, las normas de la próxima era energética global.

Imagen | Media office Abu Dhabi y Unsplash

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Mañana regresa a Prime Video uno de los principales héroes de acción de la plataforma, aunque lo hace en un formato inesperado

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Cuando Amazon cerró ‘Jack Ryan de Tom Clancy’ en julio de 2023, la cuarta y última temporada dejó un personaje con las cuentas saldadas. John Krasinski había pasado cinco años encarnando a un analista de la CIA perpetuamente desubicado en un mundo que le sobrepasaba. Pocos esperaban que volviera tan pronto al personaje y, sobre todo, que lo hiciera de esta forma: ‘Jack Ryan: Guerra encubierta’, la primera película derivada de la serie, llega este miércoles 20 de mayo a Prime Video.

Cuando Amazon estrenó la serie en 2018, el streaming aún era un fenómeno incipiente. Amazon necesitaba un producto de acción de alto presupuesto, y optó por este conocido analista de la CIA que ya había tenido cuatro intérpretes previos: Alec Baldwin, Harrison Ford, Ben Affleck y Chris Pine. Krasinski se quedó con el personaje durante toda la singladura televisiva, lo que permitió desarrollar al personaje con mayor detalle que sus anteriores encarnaciones. La serie fue un éxito: el 37% de los usuarios de Prime Video visionaron la serie durante el primer mes. 

En 2024, Amazon MGM Studios anunció la producción de una película que continuaría la serie. La última vez que vimos a Ryan protagonizar un largometraje fue en ‘Jack Ryan: Operación Sombra’ en 2014, con Chris Pine. Aquí, a Krasinski le acompaña Sienna Miller como agente del MI6. La trama sigue a Ryan, retirado de la acción pero arrastrado de vuelta cuando descubre una unidad de operaciones clandestinas corrupta conocida como Proyecto Starling.

La película llega en un momento peculiar para Prime Video. La plataforma ha construido en los últimos años un ecosistema de acción muy sólido, con series como ‘Fallout’, ‘The Boys’ y, sobre todo, ‘Reacher’, epítome de ese subgénero de thrillers y acción “para padres” al que también pertenece Jack Ryan. La tercera temporada de ‘Reacher’ acumuló 54,6 millones de espectadores globales en sus primeras dos semanas. No es de extrañar que Amazon ya haya sugerido que ‘Guerra encubierta’ no es un final, sino un nuevo capítulo.

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La misión conjunta entre Europa y China ya está en el espacio. Lo verdaderamente importante llega ahora

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Por fin, a pesar del aplazamiento del pasado mes de abril, SMILE se ha lanzado con éxito. La misión que une a China y Europa para estudiar cómo interaccionan los vientos solares con la magnetosfera terrestre partió del Puerto Espacial de Kurú, en la Guayana Francesa, a las 03:52 GMT (05:52, hora peninsular española). Por delante le quedan al menos 3 años de trabajo, pero antes de empezar con su labor deberá dar algunos pasos previos.

Viaje a la órbita final. Durante los primeros  25 días de la misión, SMILE deberá encender sus motores 11 veces. Esto le va a permitir alargar gradualmente su órbita alrededor de los polos terrestres, hasta alcanzar los 121.000 km sobre el Polo Norte y los 5.000 km sobre el Polo Sur. Una vez en su órbita final, alrededor del 13 de junio, llegará el momento de poner a punto todos sus instrumentos.

El despliegue final. Remotamente, desde Tierra, los ingenieros de la misión comprobarán que todos los instrumentos de SMILE funcionan adecuadamente. Para eso, algunos deben cambiar su conformación. Concretamente, será necesario desplegar el brazo del magnetómetro y abrir el obturador de la cámara de rayos X y la tapa de la cámara ultravioleta. Cada uno de estos puntos es esencial para el buen desarrollo de la misión.

Las primeras imágenes. Una vez comprobados los experimentos, SMILE comenzará con su trabajo. Las primeras imágenes se enviarán a la Tierra para su análisis tres meses después. 

La misión. SMILE estudiará la interacción de la actividad solar con el escudo que utiliza la Tierra para protegerse de ella. Aunque otras misiones han realizado tareas similares, será la primera vez que se tomen imágenes globales de dicha interacción, tanto en rayos X como en ultravioleta. 

Esto nos aportará un conocimiento mejor que el actual sobre las tormentas solares y cómo afectan a nuestro planeta. Y es que no solo nos dibujan auroras preciosas en el cielo. También pueden afectar a las telecomunicaciones, a veces de forma preocupante. Es importante entenderlas y saber predecir en la medida de lo posible los efectos perjudiciales que podrían provocar. 

Al menos tres años. La duración nominal de la misión será de 3 años. Esto significa que está diseñada para alcanzar sus objetivos principales en este tiempo. La inversión económica de las agencias espaciales europea y china se ha centrado en garantizar esta duración. Sin embargo, eso no quiere decir que dentro de tres años se vaya a desorbitar la nave o que se vayan a apagar todos sus instrumentos. Si sigue funcionando adecuadamente, se podría alargar mucho su vida útil.

El caso de Cluster. Cluster fue una misión de la ESA cuyo objetivo era también medir el entorno magnético de la Tierra. En cierto modo, se podría considerar una predecesora de SMILE. Su lanzamiento se produjo en el año 2000 y permaneció activa hasta 2024. Sin embargo, su duración nominal inicialmente era de 2 años. Una vez llegada la fecha de jubilación, se comprobó que Cluster estaba totalmente en forma, por lo que se decidió invertir en ella durante mucho más tiempo. 

Quizás pase algo parecido con SMILE. De momento, habrá que ir paso a paso. Para empezar, debe llegar a su órbita operativa. Una vez allí, empieza la magia. O mejor dicho: la ciencia. 

Imagen | ESA

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China acaba de darles una misión mucho más ambiciosa

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Cada vez que le pedimos algo a una IA, la escena parece casi invisible: escribimos una frase, recibimos una respuesta y seguimos adelante. Pero detrás de esa aparente ligereza hay edificios llenos de servidores, sistemas de refrigeración funcionando sin descanso y una demanda eléctrica que no deja de crecer. La nube, por mucho que la llamemos nube, tiene suelo, cables, calor y consumo. Y precisamente por eso empieza a cobrar sentido una idea que hace no tanto sonaba a experimento extraño: sacar parte de esa infraestructura de tierra firme y llevarla al mar.

China ya lo está llevando al terreno comercial. MERICS señala que el país ha presentado el primer centro de datos submarino comercial en Hainan y un módulo alimentado por energía eólica marina en Shanghái, dos movimientos que apuntan en una misma dirección: comprobar si esta arquitectura puede dejar de ser una rareza técnica y convertirse en una pieza aprovechable dentro de su despliegue digital. La novedad no está solo en sumergir servidores, sino en plantearlos como una posible respuesta a tres tensiones que ya pesan sobre la infraestructura de la IA: energía, refrigeración y suelo.

Hainan es la primera pieza de ese salto. Las pruebas piloto del centro de datos submarino de Hainan empezaron en 2023, primero con servicios de almacenamiento para el puerto de libre comercio de la isla y operadores de telecomunicaciones, antes de extenderse a empresas cloud y de IA. El proyecto no juega en la liga de los grandes centros de datos terrestres, pero sí tiene una escala suficiente para dejar de ser una simple maqueta: cada cabina está situada a 35 metros bajo el agua, cuenta con 24 racks y puede albergar hasta 500 servidores. Su valor está precisamente ahí: demostrar que China está intentando convertir una idea experimental en una infraestructura comercial real.

Shanghái como escaparate energético. Si Hainan representa el salto comercial, Shanghái añade la pieza que hace que la historia sea más ambiciosa: la integración directa con energía eólica marina. Este proyecto está frente a Lingang, donde CGTN sitúa una plataforma submarina ya operativa y conectada directamente a un parque eólico marino cercano. La inversión total prevista es de 1.600 millones de yuanes, unos 235 millones de dólares según esa fuente, y la instalación parte de una fase piloto de 2,3 MW, mientras que el proyecto completo está previsto que alcance los 24 MW.

Refrigerar sin pelear contra el entorno. Esa es la promesa técnica que explica buena parte del interés por estos centros de datos submarinos. El medio estatal chino recuerda que las instalaciones terrestres pueden dedicar hasta el 40% de su electricidad a refrigeración, un problema especialmente visible cuando hablamos de racks cada vez más densos. Bajo el mar, la idea cambia: aprovechar el agua como disipador natural de calor. En Shanghái, por ejemplo, la temperatura media del mar ronda los 15 grados Celsius.

La otra mitad de la ecuación está en la energía. El centro de Shanghái está conectado mediante un cable compuesto fotoeléctrico a un parque eólico marino de 200 MW, con más de 50 turbinas, y más del 95% de su electricidad procede de energía renovable. Si el proyecto alcanza su escala completa, se calcula que podría ahorrar 61 millones de kWh al año y reducir de forma notable sus emisiones de carbono.

También hay desafíos. MERICS advierte de que estos centros de datos plantean retos importantes: sellar los módulos, lidiar con la corrosión del agua marina, operar en un entorno de alta presión y asumir que el mantenimiento puede exigir sacar módulos enteros a la superficie. Esto no es ningún secreto. Acceder al hardware sumergido en caso de un fallo es uno de los puntos más sensibles.

Microsoft ya había probado el camino. El antecedente más conocido es Project Natick, una iniciativa con la que Microsoft sumergió un centro de datos frente a las islas Orcadas, en Escocia, y lo recuperó en 2020 tras dos años de funcionamiento bajo el agua. La prueba sirvió para demostrar que la idea podía funcionar técnicamente, pero no terminó convirtiéndose en una línea comercial.

La lectura no es una solución mágica. Como podemos ver, China está probando otra forma de repartir las piezas del problema. Hainan muestra el intento de llevar los centros de datos submarinos al terreno comercial; Shanghái añade una ambición más amplia, conectarlos con energía eólica marina y orientarlos hacia cargas cada vez más exigentes. Los centros de datos bajo el mar parecían una rareza tecnológica. Ahora, al menos en China, empiezan a parecer una apuesta industrial con una misión mucho más ambiciosa.

Imágenes | Shanghai Hailanyun Technology

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