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Rusia pensó que Kiev caería en días. Cuatro años después, la guerra en Ucrania se acaba de “pasar” la Primera Guerra Mundial

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En 1914, millones de europeos estaban convencidos de que la guerra terminaría antes de Navidad. De hecho, la expresión “home by Christmas” se popularizó entre soldados y civiles que creían que el conflicto sería más bien breve. Acabó prolongándose más de cuatro años y transformando para siempre Europa.

Más de un siglo después, la guerra de Ucrania ya se ha hecho más larga. 

De días a hito histórico. Cuando Rusia lanzó su invasión a gran escala en febrero de 2022, el Kremlin esperaba una campaña rápida que culminara con la caída de Kiev en cuestión de días. Más de cuatro años después, la realidad es exactamente la contraria: la guerra ha alcanzado los 1.569 días de duración y ya ha superado oficialmente a la Primera Guerra Mundial. 

Lo que comenzó como una operación diseñada para derribar rápidamente al gobierno ucraniano se ha transformado en uno de los conflictos más largos y trascendentales de la historia reciente de Europa, hasta el punto de que muchos ucranianos contemplan con inquietud otro umbral histórico aún más lejano: la duración de la Segunda Guerra Mundial.

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La comparación inevitable con 1914. Los historiadores advierten de que las comparaciones con las guerras mundiales tienen límites evidentes por las diferencias de escala, número de países implicados y volumen de bajas. Sin embargo, consideran que la guerra de Ucrania comparte suficientes rasgos con la Primera Guerra Mundial como para convertirse en su paralelismo más cercano en más de un siglo. 

Ambas comenzaron con ofensivas relámpago destinadas a lograr una victoria decisiva en pocas semanas. Tanto el avance alemán hacia París en 1914 como el empuje ruso hacia Kiev en 2022 estuvieron cerca de alcanzar sus objetivos iniciales antes de ser detenidos y obligados a retroceder.

El regreso de la guerra de trincheras. Tras el fracaso de las ofensivas iniciales, ambos conflictos derivaron hacia largos frentes estáticos donde la artillería dominaba el campo de batalla. Las imágenes de las trincheras del este de Ucrania evocaron rápidamente escenas de Francia y Bélgica durante la Gran Guerra. 

Soldados separados por apenas unos cientos de metros, bombardeos continuos y pequeños asaltos de infantería se convirtieron en la rutina diaria. La potencia de fuego obligó a los combatientes a enterrarse bajo tierra para sobrevivir, reproduciendo un patrón que parecía pertenecer definitivamente al pasado.

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Los drones cambian las reglas. La principal diferencia entre ambas guerras llegó desde el aire. Los drones transformaron profundamente el campo de batalla y terminaron haciendo vulnerables incluso las trincheras tradicionales. La vigilancia permanente desde el cielo y la capacidad de atacar con precisión obligaron a sustituir las largas líneas defensivas por pequeños refugios dispersos, difíciles de detectar y más resistentes a los ataques. 

En muchas zonas, cualquier movimiento a cielo abierto puede ser localizado y atacado en cuestión de minutos, convirtiendo amplias áreas del frente en auténticas zonas de muerte controladas por sistemas no tripulados.

Tanques, búnkeres y dispersión. La evolución tecnológica también ha reducido el protagonismo de algunas armas que durante décadas simbolizaron la guerra moderna. Los tanques, temidos durante los primeros compases de la invasión, se han convertido en objetivos fáciles para los drones y cada vez aparecen menos cerca de la línea de contacto. 

Mientras tanto, los soldados invierten enormes esfuerzos en construir refugios cada vez más sofisticados y profundos. Algunos búnkeres incorporan diseños específicos para absorber explosiones y aumentar las posibilidades de supervivencia, reflejando hasta qué punto la protección física vuelve a ser una cuestión vital en un conflicto de desgaste.

Destrucción que recuerda al siglo pasado. Aunque las cifras de bajas son muy inferiores a las de la Primera Guerra Mundial, la devastación visual resulta inquietantemente familiar. Bosques destrozados, pueblos reducidos a ruinas y campos cubiertos de cráteres aparecen constantemente en las imágenes captadas por drones de reconocimiento. 

Diversos analistas militares sostienen que la letalidad del frente ucraniano se acerca a la de las grandes batallas de hace un siglo, no por el número absoluto de muertos sino por el peligro constante al que se enfrentan quienes combaten en primera línea.

El estancamiento y la búsqueda de una salida. La lentitud de los avances ilustra la naturaleza del conflicto. En algunas operaciones recientes, las fuerzas rusas han progresado a un ritmo incluso más lento que el registrado en algunas de las batallas más estancadas de la Primera Guerra Mundial. Con las negociaciones prácticamente paralizadas, ninguno de los bandos ha encontrado todavía una fórmula para romper el equilibrio. 

Ucrania intenta debilitar la capacidad económica rusa mediante ataques contra infraestructuras energéticas y petroleras mientras inunda el frente con miles de drones de ataque, buscando imponer costes insostenibles al adversario. La paradoja final es que una guerra que comenzó con la promesa de una victoria rápida se parece cada vez más a la Gran Guerra: una lucha de desgaste prolongada, marcada por la tecnología y sin un final claro a la vista.

Imagen | Ministry of Defense of Ukraine

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Si la pregunta es cómo evitar que nuestro coche sea un horno, unos expertos alemanes creen que llevamos toda la vida equivocándonos

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Playa por la mañana, visita al chiringuito y siesta en la casita alquilada. No suena mal. Uno sale del chiringuito con la tripa llena y el alma embriagada de la dulce sensación de despreocupación que te invade cuando llega el postre y dices “por qué no me iba a comer ese helado de tres bolas”. 

Pero al ir al coche, la dura realidad. El sol golpea como nunca. Tocar cualquier cosa dentro del coche es jugarse una visita al hospital con una quemadura de segundo grado y no parece haber manera de bajar la temperatura del interior. “Pero si yo puse el parasol”, dirás. Pero… ay, amigo. ¿Y si lo has puesto mal? ¿Y si lo has hecho todo al revés?

Eso es lo que defienden los expertos alemanes del ADAC, una suerte de RACE alemán famoso por sus estudios de fiabilidad pero que ponen el foco en todo aquello que gira alrededor de nuestros coches. Y su última publicación es un buen ejemplo de ello.

Más “fresquito”

El club de automovilistas ADAC ha publicado un artículo en el que explica qué temperatura alcanza un coche al sol y qué medidas podemos tomar para reducir la temperatura que nos encontraremos en su interior. 

Hay que tener en cuenta que la temperatura del habitáculo en un coche no solo es importante por evitar quemaduras al tocar el volante o la palanca de cambios. Según la DGT, conducir en un interior que supere los 30 grados puede tener efectos sobre nuestro organismo similar a conducir bajo los efectos del alcohol

Por eso, cuando llegamos a un coche que está aparcado al sol es importante intentar rebajar la temperatura lo antes posible. La mejor idea es poner en marcha lo que se viralizó como “el truco japonés”: abrir las ventanas y abanicar el coche con la propia puerta para mover el aire del interior e intentar que salga lo antes posible. Si pones el aire acondicionado, debes jugar con él para lanzarlo a los pies o el techo en función de si estamos o no conduciendo y las ventanillas están o no abiertas. 

Pero para facilitar la tarea, es muy importante tomar precauciones antes. Una de ellas es, por supuesto, el parasol. Desde el RACC aseguran que utilizar el parasol puede reducir hasta 11 grados la temperatura interior del vehículo. Llegamos a nuestro destino, pillamos el parasol en la zona superior y nos cercioramos que cubra toda la superficie del parabrisas, cerramos el coche y nos vamos. 

¿Seguro?

Lo que dicen los expertos del ADAC esta no es la mejor manera de actuar. Para ello han puesto al sol a cinco Dacia Sandero exactamente iguales y han buscado cuál es la mejor manera de conseguir que la temperatura del habitáculo sea la más baja posible. 

En su estudio, el coche que estaba sin protección alcanzó una temperatura interior de 53ºC (benditos 53ºC si los comparamos con las temperaturas que puede alcanzar el interior de nuestro coche al sol en España) y la temperatura más baja se había conseguido cubriendo el coche con una lona que refleja los rayos solares. Evidentemente, esta opción es la menos práctica por el tamaño de la lona que hay que mover en el maletero y por las inconveniencias de ponerla y quitarla. Eso sí, los 43ºC conseguidos en el interior marcaban la diferencia. 

La segunda opción menos útil fue poner un paño blanco sobre el coche. En este caso, la temperatura alcanzada fue de 50ºC. 

Y aquí llega lo interesante porque es la opción que más utilizamos. Los expertos probaron a poner el parasol dentro del coche, bajo el parabrisas, y fuera del coche, sobre el parabrisas. Y el resultado fue que ponerlo sobre el parabrisas redujo en 4ºC la temperatura respecto a ponerlo bajo el cristal. De hecho, poner el parasol sobre el parabrisas dejó la temperatura en 45ºC, muy cerca de la mejor opción. Al contrario, poner el parabrisas de la manera tradicional dejó la temperatura interior en 49ºC. 

Parasol coche Alemania
Parasol coche Alemania

“Semigaraje” es la traducción que hace Google sobre ponerle al coche una lona que lo recubra

Lo cierto es que tiene sentido. Cuando el sol actúa directamente sobre el cristal del coche, éste se calienta y actúa de lupa por lo que la temperatura en el habitáculo sube todavía más. Además, el propio cristal emite más calor al interior al estar caliente, por eso no es del todo recomendable comprar un coche con techo solar sin cortinilla si vives en climas especialmente cálidos. En ese caso, el calor del cristal se proyecta sobre las cabezas de los pasajeros. 

Poniendo el parabrisas en el interior evitamos que los rayos incidan directamente sobre el cristal y, por tanto, esa capacidad para retener el calor y elevar más la temperatura es inferior. En ese caso, lo que debemos hacer antes de irnos es “pillar” unas cintas del parasol al cerrar las puertas para que el parasol no salga volando. 

Foto | Andrew Bone

En Xataka | La mejor manera de utilizar el aire acondicionado en el coche: las claves para luchar contra el calor

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Llevamos décadas enfriando las casas con máquinas cada vez más caras. El método persa no consume un solo vatio desde hace 2.500 años

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Durante décadas, el aire acondicionado ha sido la gran respuesta al calor. Cuanto más subían las temperaturas, más potente era la máquina que instalábamos. Sin embargo, hace más de 2.500 años, en una ciudad del desierto iraní, alguien planteó una idea completamente distinta: quizá el problema no era cómo enfriar una casa, sino cómo construirla para que nunca llegara a calentarse demasiado.

El calor tiene un nuevo enemigo. El planeta atraviesa una escalada de temperaturas sin precedentes y los edificios están empezando a pagar la factura. Las fachadas de cristal convierten oficinas y viviendas en auténticos invernaderos, el hormigón acumula calor durante horas y las ciudades irradian por la noche la energía absorbida durante el día

La consecuencia es una dependencia cada vez mayor del aire acondicionado. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, los sistemas de refrigeración ya consumen alrededor del 20% de toda la electricidad mundial, una cifra que seguirá creciendo a medida que las olas de calor sean más frecuentes.

El rediseño persa. En pleno altiplano iraní se encuentra Yazd, una ciudad donde las temperaturas estivales superan con facilidad los 40 ºC y donde sobrevivir nunca fue una cuestión de comodidad, sino de ingeniería. Allí apareció uno de los sistemas de refrigeración pasiva más sofisticados jamás concebidos: el bâdgir, conocido como captador de viento. 

Su planteamiento era radicalmente distinto al actual. En lugar de combatir el calor una vez había entrado en la vivienda, la propia arquitectura se encargaba de capturar el aire fresco, expulsar el caliente y mantener un interior habitable sin consumir electricidad.

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Yazd

El “método persa”: una forma de pensar. A primera vista, un bâdgir parece una chimenea alta y decorativa que sobresale de los tejados. En realidad, es un sistema cuidadosamente calculado para aprovechar dos fenómenos naturales

Por un lado, captura las corrientes de aire que circulan varios metros por encima del suelo y las canaliza hacia el interior. Por otro, incluso cuando apenas sopla viento, actúa como una chimenea solar: el aire caliente asciende por la torre y, al escapar, genera una depresión que atrae aire más fresco hacia el edificio. En muchas viviendas ese flujo pasaba además sobre depósitos subterráneos de agua o canales conectados a los qanats, aumentando todavía más el efecto refrigerante.

Edificios En Yazd Iran 2016 09 21 Dd 17
Edificios En Yazd Iran 2016 09 21 Dd 17

Un bâdgir en Yazd

Una ciudad diseñada para el clima. Lo verdaderamente extraordinario de Yazd es que el bâdgir no funcionaba de manera aislada. Formaba parte de un ecosistema arquitectónico donde cada elemento cumplía una función. Los gruesos muros de adobe absorbían lentamente el calor. Los patios interiores creaban microclimas protegidos del sol. 

Los qanats transportaban agua subterránea desde las montañas y ayudaban a refrescar el aire. Incluso existían los yakhchal, enormes estructuras capaces de fabricar y conservar hielo durante meses en mitad del desierto. El resultado era una ciudad concebida para trabajar con el clima, no contra él.

Yakhchal Of Yazd Province
Yakhchal Of Yazd Province

Yakhchal en Yazd

Y llegó el aire acondicionado. Durante el siglo XX, gran parte de Oriente Medio y otras regiones cálidas abrazaron modelos arquitectónicos importados que poco tenían que ver con sus condiciones climáticas. El hormigón sustituyó al adobe, las fachadas acristaladas reemplazaron a los muros macizos y las soluciones pasivas fueron cediendo terreno a los sistemas mecánicos

Muchos bâdgir quedaron abandonados por la falta de mantenimiento, por la entrada de polvo o insectos y, sobre todo, porque el aire acondicionado ofrecía una respuesta inmediata. El problema es que también trasladó el consumo energético al centro de la ecuación y convirtió la refrigeración en una necesidad permanente.

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La ironía de Occidente. Mientras muchas torres de viento caían en desuso en Irán, sus principios empezaban a reaparecer discretamente en otros lugares del mundo. Entre finales de los años setenta y mediados de los noventa se instalaron miles de versiones modernas de captadores de viento en edificios públicos británicos. Centros comerciales, hospitales y colegios incorporaron sistemas de ventilación inspirados en aquellos diseños milenarios. 

En Estados Unidos, el centro de visitantes del Parque Nacional Zion consiguió reducir drásticamente la necesidad de aire acondicionado gracias a estrategias de refrigeración pasiva basadas en el mismo concepto. Hoy arquitectos e ingenieros recurren a simulaciones por ordenador para optimizar una tecnología que nació hace siglos observando simplemente cómo se movía el viento.

El futuro quizás no está en máquinas más eficientes. La arquitectura contemporánea empieza a asumir una idea que durante décadas quedó relegada a un segundo plano: el edificio también forma parte del sistema de climatización. Normativas recientes en países como Reino Unido priorizan la sombra, la ventilación natural y la reducción de la ganancia solar antes de recurrir a soluciones mecánicas. 

Persianas exteriores, lamas, cubiertas vegetales, materiales con alta inercia térmica o patios vuelven a ganar protagonismo. Incluso quienes defienden el uso del aire acondicionado coinciden en que estas medidas pueden reducir de forma notable su consumo energético.

La gran lección: no repetir el mismo error. La historia del método persa y su bâdgir no demuestra que debamos renunciar al aire acondicionado. Demuestra algo mucho más incómodo: durante décadas hemos intentado solucionar el calor añadiendo máquinas a edificios que, en muchos casos, fueron diseñados como si el clima no importara. 

Los persas siguieron el camino contrario hace más de dos milenios. Antes de pensar en cómo enfriar una casa, pensaron en cómo construir una que necesitara enfriarse lo menos posible. Quizá la tecnología más revolucionaria para afrontar las próximas olas de calor no sea una máquina nueva, sino recuperar una vieja idea que llevaba siglos esperando en los tejados del desierto.

Imagen | Mohammad Hosseini, Diego Delso, Pastaitaken, Dinkun Chen

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Los restos humanos más antiguos de la Antártida tienen más de 200 años. El problema es que eso no tiene ningún sentido

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En 1912, el explorador británico Robert Falcon Scott llegó al Polo Sur convencido de que sería el primero en pisarlo. Allí encontró una sorpresa inesperada: una tienda de campaña con la bandera noruega y una carta de Roald Amundsen demostraban que alguien se le había adelantado más de un mes. La historia de la exploración polar está llena de “primeras veces” que, con el paso del tiempo, han acabado siendo revisadas.

Los restos que no deberían estar. La Antártida nunca ha tenido una población permanente. Cuando los seres humanos llegaron a sus costas, ya era un continente demasiado frío y aislado para ser habitado sin tecnología moderna. 

Por eso resulta tan desconcertante que los restos humanos más antiguos encontrados allí pertenezcan a una mujer fallecida entre 1819 y 1825, justo cuando apenas comenzaban las primeras exploraciones documentadas del continente.

Un cráneo semienterrado. El hallazgo se produjo en 1985, cuando el biólogo chileno Daniel Torres Navarro encontró un cráneo parcialmente enterrado en la playa Yámana, en el cabo Shirreff. 

Años después aparecieron otros huesos dispersos, entre ellos un fémur, que probablemente pertenecían a la misma persona. Los análisis apuntan a que era una mujer joven, posiblemente de origen chileno, cuya muerte se produjo en algún momento entre 1819 y 1825.

La cronología convierte el hallazgo en un puzzle. El problema no es solo quién era aquella mujer, sino cuándo murió. La primera observación confirmada de la Antártida suele atribuirse a la expedición rusa de Fabian Gottlieb von Bellingshausen en 1820. 

Si la datación de los restos es correcta, la mujer vivió exactamente durante el periodo en el que las primeras expediciones apenas empezaban a acercarse al continente. Esa coincidencia temporal hace extremadamente difícil explicar cómo acabó en una de las regiones más inhóspitas del planeta.

Bellingshausen Fr Svg
Bellingshausen Fr Svg

La primera expedición rusa a la Antártida (1819-1821)

Las hipótesis y el misterio. Los investigadores manejan varias posibilidades. La primera plantea que pudiera formar parte de un grupo de cazadores de focas del siglo XIX que la abandonó tras su muerte. La segunda propone que falleciera a bordo de un barco, fuera enterrada en el mar (como era habitual entonces) y que las corrientes, junto con aves carroñeras, dispersaran posteriormente sus restos hasta la playa donde fueron encontrados. 

Ninguna de estas explicaciones ha podido demostrarse y, cuatro décadas después del descubrimiento, siguen sin aparecer nuevos restos que permitan reconstruir lo sucedido.

La alternativa. Mientras ese enigma sigue abierto, otro estudio invita a revisar otra de las grandes certezas sobre el continente. Investigadores de la Universidad de Otago sostienen que navegantes polinesios, y en particular el explorador Hui Te Rangiora, pudieron alcanzar las aguas antárticas ya en el siglo VII

La hipótesis se apoya en tradiciones orales maoríes que describen un océano helado, grandes masas de hielo y un paisaje oscuro y cubierto de niebla, descripciones que algunos especialistas consideran compatibles con el océano Austral.

Entre las leyendas y las pruebas arqueológicas. Los autores del estudio dejan claro que estas tradiciones no constituyen una demostración definitiva de que los maoríes llegaran a contemplar la Antártida. Sin embargo, sí cuestionan la idea de que la historia del continente comenzara exclusivamente con las expediciones europeas del siglo XIX y reivindican el papel de las tradiciones indígenas en la reconstrucción de las grandes exploraciones oceánicas. 

Si esa interpretación terminara confirmándose, el primer contacto humano con el extremo sur del planeta sería más de mil años anterior a lo que suele aparecer en los libros de historia.

Dos investigaciones que obligan a mirar con otros ojos. Los dos estudios hablan de épocas muy diferentes, pero convergen en una misma conclusión: todavía sabemos sorprendentemente poco sobre los primeros contactos humanos con el continente más aislado de la Tierra. Uno plantea que navegantes polinesios pudieron llegar mucho antes de lo que se creía. El otro recuerda que los restos humanos más antiguos encontrados allí pertenecen a una mujer cuya presencia sigue siendo extraordinariamente difícil de explicar. 

Dos siglos después de su muerte, el mayor misterio no es quién era, sino por qué apareció en el único continente donde, sencillamente, nadie esperaba encontrarla.

Imagen | US Embassy, Bourrichon 

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