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Los astronautas de Artemis II realizarán experimentos en los que serán sus propios modelos de estudio
Realizar experimentos en el espacio es complicado. No abundan los recursos y mucho menos los sujetos de estudio. Por eso, a veces estos deben ser los propios experimentadores. Es justamente lo que tendrán que hacer en los próximos 10 días los tripulantes de Artemis II si todo sale bien. Una de sus misiones será realizar experimentos sobre cómo afectan las condiciones del espacio exterior a la salud humana. Y lo comprobarán sobre sí mismos.
Antecedentes. Es bien sabido que las estancias en el espacio, por cortas que sean, pueden afectar a la salud humana. No hay más que ver el reciente ejemplo del astronauta que perdió el habla en la Estación Espacial Internacional (EEI) por causas aún desconocidas. Por este motivo, buena parte de los experimentos que se llevan a cabo en estas instalaciones van dirigidos justo a eso: analizar cómo afectan cuestiones como la microgravedad, el aislamiento o las radiaciones cósmicas a la salud humana. Se han hecho descubrimientos interesantes, pero la realidad es que no es lo mismo llevar a cabo los experimentos en la órbita terrestre baja, donde está la EEI, que en la Luna.
Una misión para protegerlos a todos. Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen tendrán varias misiones en sus 10 días de viaje. Para empezar, tendrán que probar el buen funcionamiento de la nave y su viabilidad para el alunizaje que se llevará a cabo en Artemis III. También realizarán fotografías de la cara oculta de la Luna y otras mediciones de interés científico. Y, finalmente, servirán de sujetos de estudio en una serie de experimentos sobre los efectos del espacio en la salud humana. Esta vez sí: más lejos de la órbita terrestre baja.
Sueño espacial. El primer estudio que realizarán en este sentido será ARCHeR, un conjunto de experimentos dirigidos a analizar cómo afecta el espacio a factores como el sueño, el estrés, la cognición y el trabajo en equipo. Para monitorizarlo, llevarán pulseras de actividad, cuyas mediciones se sumarán a las tomadas en Tierra tanto antes como después de la misión. El conjunto de toda esta información será muy útil para comprender cómo afectan el aislamiento y el estrés de una misión como esta a la mente de los astronautas.
Salud inmunitaria. En la Estación Espacial Internacional se ha comprobado que es más probable que algunos virus, como el de la varicela zóster, salgan del estado de latencia. Se trata de virus que el sistema inmunitario no es capaz de eliminar por completo, sino que quedan latentes en el organismo. En el caso del varicela zóster, por ejemplo, se quedan en los nervios, sumidos en una especie de letargo del que puede que no salgan nunca. Si lo hacen, suele ser por una bajada de defensas. Por eso, se cree que el espacio podría afectar al sistema inmunitario. Para comprobarlo, los tripulantes de Artemis II se tomarán muestras de saliva húmeda y sangre antes y después de su viaje. También tomarán muestras de saliva seca durante el tiempo que dura la misión.

Astronauta depositando muestra de saliva seca
La saliva seca se obtiene depositando la muestra en unas hojas de papel específico para ello. No vale un papel cualquiera. Es la mejor forma de guardar muestras de saliva en el espacio, donde no se pueden refrigerar con normalidad. Una vez que se analicen todas las muestras, el objetivo será estudiar los niveles de biomarcadores inmunitarios en busca de posibles declives causados por el espacio.
Astronautas virtuales para examinar la radiación. También es importante comprobar cómo afecta la radiación a la salud de los astronautas. En viajes como este, no saldrán de la nave, que dispone de los escudos adecuados para que la radiación no les cause daños. Sin embargo, en futuros alunizajes, especialmente si se establecen bases lunares, sí que podría darse esa temida exposición a la radiación. Para estudiar cuáles serían los efectos y diseñar sistemas de protección eficaces, se ha puesto en marcha AVATAR, un experimento que consiste en fabricar un astronauta virtual por cada uno de los miembros de la tripulación.
Médula ósea artificial
Todos ellos han proporcionado muestras de células de su médula ósea que se han cultivado en un chip del tamaño de una memoria USB. Así, se ha obtenido una pequeña médula ósea artificial con las características de cada uno de ellos. Estas sí que se expondrán a la radiación mientras que los astronautas siguen a salvo. Dado que es una parte del cuerpo en la que hay muchas células en división, es especialmente susceptible a la radiación. Por eso, se puede ver mucho mejor cuáles serían los efectos. Además, se pueden comparar con las muestras de células tomadas de los propios astronautas una vez que vuelvan de la misión.
Medidas para el futuro. Todos estos experimentos servirán para proteger mucho mejor a los astronautas que viajen a la Luna en el futuro. Por ejemplo, se podrían buscar medidas para atajar sus problemas de sueño o trajes que protejan mejor de la radiación. Además, gracias al sistema AVATAR, se podrían enviar los chips antes de que los astronautas vayan al espacio. Así, se comprobarían los efectos específicos sobre su salud y se diseñarían botiquines adecuados para cada uno de ellos. Todo esto será posible gracias a que Wiseman, Glover, Koch y Hansen actuarán simultáneamente como científicos y modelos de estudio.
Imágenes | NASA | Emulate | Freepik
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Una fotógrafa soportó temperaturas de -28º y 4.000 m de altitud en los Alpes para captar una imagen casi imposible
“Hay experiencias que uno planea durante meses y, aún así, llegan sin que estés preparado”. La frase es de Angel Fux, una fotógrafa especializada en astrofotografía y retratos de paisajes nocturnos, y aunque quizás suene un poco épica en su boca tiene un significado especial. Hace unas semanas Fux ascendió hasta una cumbre de 4.200 metros de altitud y, en medio de unas condiciones infernales que incluían temperaturas de -28ºC, fuertes rachas de viento y cornisas heladas en las que un mal paso podía resultar fatal, obtuvo una de las imágenes más impresionantes del año.
Incluso ha llamado la atención de la NASA.
Fotografiando la oscuridad. Angel Fux (Paris, 1998) no es solo una fotógrafa con talento. Con el tiempo ha ido especializándose en una rama fascinante: astrofotografía y retratos de paisajes nocturnos de montaña. Esa obsesión la ha llevado a los Alpes, Andes, Pirineos o las Dolomitas, entre otras regiones. “Mi búsqueda de cielos oscuros se ha ido intensificando a lo largo de los años de una manea que no comprendí hasta hace poco”, reconoce en su blog.
Hace un tiempo Fux quedó fascinada por la oscuridad en los Andes peruanos y en 2025 ascendió al Gornergrat (Alpes Peninos) para disfrutar de una experiencia similar con su cámara a 3.000 metros de altitud. De cada expedición regresaba a su estudio con fotografías hipnóticas que iban alimentando su ambición, así que hace unos meses se hizo una pregunta: ¿Por qué no ir más allá y observar el cielo nocturno desde los casi 4.200 m del Dent d´Hérens, una cumbre situada justo detrás del Cervino, entre Italia y Suiza?
Un objetivo muy preciso. Su idea no era solo ascender al Dent d´Hérens y apuntar su objetivo al cielo nocturno. Fux quería captar un espectáculo único y efímero: el instante en el que, con ayuda de una cámara preparada, un astrofotógrafo puede captar el doble arco de la Vía Láctea.
“Una vez al año, en el hemisferio norte, ocurre algo sencillamente extraordinario en el cielo nocturno. Durante unos pocos días, cada mes de marzo es posible contemplar ambos brazos de la Vía Láctea sobre el horizonte en la misma noche, no al mismo tiempo, sino a lo largo de la misma rotación terrestre”.
“El arco invernal, una franja de estrellas más tranquila y menos densa, se eleva durante la primera mitad de la noche. Luego, a medida que la Tierra gira, el arco estival asciende desde la otra dirección, trayendo consigo el núcleo galáctico, ese inconfundible y denso río de luz. Juntos, forman lo que se conoce como doble arco de la Vía Láctea”. No es un fenómeno inexplorado. Otros fotógrafos lo han captado en imágenes impresionantes y la propia Fux retrató el doble arco en 2025 desde el Gornergrat, a 3.100 m.
Fotógrafos con piolets. El desafío que Fux se propuso para este año subía el nivel por varias razones. Para empezar, por la zona en la que quería trabajar. Se propuso ascender 1.000 metros más que en 2025, hasta el Dent d’Hérens, para conseguir un resultado único.
¿El motivo? “Los fotógrafos no van allí, menos en invierno y menos aún de noche. El equipo necesario para la astrofotografía y el que requiere el alpinismo son simplemente incompatibles en la mayoría de los casos”, relata. Para su expedición necesitó la ayuda de un guía de montaña profesional, Richard Lehner, quien participó en el proyecto con su hijo, Arnaud.
La cuadratura del círculo. Otra complicación es que, aunque el espectáculo natural que Fux buscaba se repite cada año, no siempre resulta fotografiable. Para que las cámaras lo capten adecuadamente deben darse otras condiciones extra: la fase adecuada de la luna, una ubicación correcta para el ángulo de los arcos, un horizonte despejado de 360 grados y un nivel de contaminación lumínica lo más bajo posible.
Incluso en el caso de que el fotógrafo cuide al detalle todos esos factores y busque la ubicación más adecuada, se arriesga a que la meteorología no acompañe. Si es así el trabajo corre peligro porque, como recuerda Fux, el “período óptimo” para tomar la imagen es muy limitado: dura apenas cinco días, con lo que hay años en los que sencillamente el espectáculo “desaparece”.
Meses de preparación. En su blog Fux explica en detalle cómo fue el proceso de preparación, pero llega con conocer dos datos. Aunque la foto se tomó en marzo, contactó con su guía con medio año de antelación, en septiembre. Durante esos seis meses Fux se dedicó a planificar la logística, preparar el equipo y estudiar cómo afrontar el trabajo.
Una cosa sin embargo es tener un plan trazado y otra muy distinta que se cumpla. A lo largo del proceso la francesa se enfrentó a varios contratiempos que no impidieron que en marzo partiese rumbo al Dent d’Hérens junto a Richard y Arnaud. Los tres sabían que existía el riesgo de que su estancia en la cumbre se complicara, así que tuvieron que ir bien pertrechados.
El mayor miedo: la congelación. “Mi saco de dormir está diseñado para soportar temperaturas de hasta -30ºC, con un umbral de supervivencia que se extiende hasta los -50 o -60ºC. Mis botas son de montaña de tres capas, con crampones acoplables. Mi vestimenta constaba de varias capas, tanto para mantener el calor pasivo como permitir el movimiento activo”, aclara.
“También llevábamos preparado un sistema de cuerdas y arneses, ya que, una vez en la cima, tenía que estar atada en todo momento cuando salía de la tienda. Las cornisas que rodeaban la zona hacían que cualquier movimiento sin cuerda fuera muy peligroso”.
¿Y la parte técnica? Fux usa un equipo especial que incluye, entre otras piezas, una cámara Nikon Z6 II adaptada para la astrofotografía, un objetivo Nikon NIKKOR Z 20mm f/1.8 y un rastreador de estrellas Benro Polaris. A pesar de ese material y de su experiencia en montañas, Fux tuvo que lidiar con algún que otro imprevisto que amenazó con dar al traste con el proyecto. Por ejemplo, las noches que pasó aclimatándose a la altitud practicó con la cámara para asegurarse, entre otras cosas, de que podría manejarla con los guantes.
“Durante una de esas sesiones mi cámara grabó una secuencia completa de hora y media y no registró nada. Las imágenes aparecían en la pantalla, pero no en la tarjeta. Al parecer, este es un problema conocido con las cámaras sin espejo en frío extremo, pero nunca me había pasado”.
Y llegó el gran día noche. Aunque Fux y sus compañeros iban preparados para el frío alpino, la montaña los sorprendió. Y no para bien. Si el pronóstico apuntaba a valores de -19ºC, una vez en la cumbre se encontraron con que el mercurio bajaba hasta -25 o -28ºC entre gélidas rachas de viento.
Llegada la gran noche y con todo el equipo listo un timing planificado al dedillo, Fux fotografío primero el arco invernal entre las 20.30 y 23.30. Luego, tras un descanso de varias horas, le tocó el turno al arco de verano a partir de las 2.30. El trabajo era duro, pero marchaba según lo previsto. O así fue hasta que la contaminación lumínica que ascendía del lado de Italia empezó a disminuir hacia el amanecer y la joven se encontró con “algo no previsto”.
Un arco de regalo. Aunque Fux perseguía un doble arco, obtuvo un premio con el que no contaba: otra estela que hace que su foto resulte aún más fascinante.
“Hubo una sorpresa. Mientras revisaba la panorámica del arco invernal me fijé en un tenue arco ovalado que se extendía en dirección opuesta al sol, atravesando el encuadro con un degradado sutil pero inconfundible. Se trata del ‘Gegenschein’, un brillo difuso del cielo nocturno causado por la luz solar que refleja el polvo interplanetario, justo en la posición opuesta al sol. Es muy tenue y rara vez se capta en fotografía”, relata.
“Estaba ahí, visible incluso en los archivos sin procesar, lo que indicó que la imagen final tendría más de lo que había previsto. Lo que plantee como un doble arco se convirtió en un arco triple: el Gegenschein, la Vía Láctea invernal y la estival, todo en un único encuadre sobre los Alpes”.
Y de colofón: 40 horas. Esa fue la parte del proyecto más fascinante y arriesgada. Una vez recogido todo el material y descendido de los Alpes tocaba sin embargo encarar una segunda fase, igual de crucial pero mucho más tediosa: el análisis de las imágenes en el estudio. Fux dedicó 40 largas horas a procesar todo el material, la mayor inversión de tiempo que ha dedicado hasta la fecha a una sola foto.
De hecho durante las primeras 10 horas ni siquiera trabajó con ‘imágenes’. En la pantalla solo tenía números, histogramas, scripts, códigos… “Para alguien acostumbrado a ver en qué trabaja resulta concertante. Admito que tuve ganas de tirar el ordenador por la ventana en varias ocasiones”.
El aplauso de la NASA. Poco a poco el resultado fue tomando forma: un paisaje nocturno con tres arcos de una apariencia casi onírica, el resultado de meses y meses de planificación y un capricho natural de última hora a 4.000 m de altitud. La imagen resulta tan fascinante que la NASA la publicó en abril entre su selección de imágenes astronómicas.
Incluso los padres de Fux, preocupados en un principio por los riesgos de la expedición, acabaron dando su brazo a torcer. “Me dijeron que querían ser los primeros en conseguir una copia en gran formato”, explica a PetaPixel.
Imágenes | Angel Fux 1 y 2
En Xataka | Han sido necesarias 50.000 fotos para capturar esta alucinante imagen de 81 Mpíxeles de la Luna
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cafeterías nocturnas para bebés que lloran
Japón quizás tenga pocos bebés (desde luego muchos menos de los que a las autoridades les gustaría), pero eso no significa que su cuidado resulte sencillo. Sobre todo para las familias a las que la conciliación se les hace cuesta arriba. Para solucionarlo en algunas localidades del país ha empezado a cuajar una idea: los yonakigoya o “cafés nocturnos para llorar”, lugares a los que los padres (básicamente las madres) pueden acudir cuando sus bebés no dan tregua y les hacen pasar una noche en vela entre llantos y soledad.
En los yonakigoya no solo encuentran lugares en los que cantar nanas sin molestar a otros miembros de la familia que tendrán que madrugar para afrontar extenuantes jornadas de trabajo. La idea es que sirvan también como redes de apoyo y lleguen allí donde las administraciones no lo hacen.
¿”Cafés de llanto”? Exacto. Suenan a ciencia ficción. Y tiene todo el sentido que así sea porque el concepto salió de un manga publicado en 2023, una obra en la que se habla de un lugar llamado Yonakigoya (‘Casa del Llanto Nocturno’) que sirve como refugio a las madres que se ven abrumadas por el lloro de sus pequeños. Straits Times asegura que la autora hablaba desde su propia experiencia y que compartió la idea por primera vez en redes en 2017. La acogida allí fue tan buena que se decidió a reservarle un hueco en su obra.


Algo más que ficción. Más allá de cuándo, cómo y dónde surgió la idea, lo innegable es que el concepto de los yonakigoya ha calado lo suficiente en la sociedad nipona como para dar el salto de la ficción a la realidad. Lo ha desvelado Kyodo News, una de las agencias de noticias más populares del país.
Hace unos días su reportera Maki Shinozaki publicó un reportaje sobre cómo se están expandiendo por el país el fenómeno de los “cafés para llorar” nocturnos. De la pieza se han hecho eco medios de todo el mundo, desde los diarios the Sanyo News o Sankei Shimbum al británico The Times.
Entre tostadas y libros. Los yonakigoya parecen tener más de red de apoyo que de locales que busquen hacer dinero con el llanto de los bebés y la angustia de sus progenitores. De hecho, en Hokkaido el servicio se presta en una cafetería especializada en tostadas francesas que ha decidido abrir ciertas noches al mes para ayudar a madres, en Tokushima hay otro centro de apoyo que organiza todos los meses “cafés para niños que lloran” y en Aichi una librería ha decidido sumarse al carro organizando veladas para los bebés.
En el primer caso (la cafetería) el local abre de forma gratuita entre las 21.00 h del domingo y las 06.00 del lunes y en este último (la librería) el servicio se presta con ayuda de voluntarios como maestras o matronas de 20.30 a 24.00 h. Aunque Kiodo News y los medios nipones informan solo de ciertos casos concretos (lo que sugiere que no se trata de un fenómeno de masas), una búsqueda rápida en Google muestra que el concepto genera interés y se expande.
Para bebés… y adultos. En la cafetería de tostadas francesas de Hokkaido han instalado colchonetas para que los bebés puedan gatear y (con suerte) dormir, además de espacios reservados para lactancia y cambio de pañales. Con todo, habitualmente los yonakigoya so solo velan por los niños. Lo hacen también por los adultos que llegan con ellos.
La idea es que sirvan de apoyo a los progenitores, principalmente a las mujeres, que son las que más los usan, sobre todo durante sus bajas de maternidad, mientras sus maridos duermen antes de afrontar largas jornadas de trabajo.
Aunque el país ha dado pasos hacia un modelo laboral que permita la conciliación, a finales de 2024 el Gobierno publicó un informe que revelaba que el 10,1% de los hombres y el 4,2% de las mujeres trabajan más de 60 horas semanales. En el país incluso se ha hecho tristemente popular el concepto ‘karoshi’, la muerte por exceso de trabajo.
“Un refugio”. Madoko Nozawa, dueña de la cafetería de tostadas que se reconvierte en yonakigoya los domingos de madrugada, ha explicado a Kyodo que decidió embarcarse en el proyecto inspirada por su propia experiencia. Ella también es madre y en su día, recuerda, pasaba noches en vela porque su bebé no paraba de llorar y su marido debía madrugar al día siguiente. “Quiero que este sea un refugio donde la gente pueda sentir que no está sola en sus luchas”, comparte.
“Mientras intentaba dormir a mis hijos no podía moverme y me sentía totalmente abrumada”, señala otra madre a la que el diario Chunichi Shimbun entrevistó en la librería-yonakigoya de la prefectura de Aichi. “Todavía no tengo muchas personas con las que pueda hablar con naturalidad sobre la crianza de los hijos. Un lugar así representa una fuente de apoyo”.
Una nota crítica. Si bien los yonakigoya demuestran la capacidad de Japón para crear redes de apoyo, su éxito deja también algunas lecturas críticas. Para empezar, el hecho de que quienes las usan sean mayoritariamente mujeres revela que la crianza aún recae en gran medida sobre ellas.
No es nada nuevo. En 2022 la Asociación de Facultades de Medicina de Japón publicó un estudio sobre cuidados de niños entre los doctores que reveló una importante brecha de género: el 31,8% de las médicas con hijos reconocieron que soportaban el 100% del cuidado infantil y el 55,2% estimó que asumía más del 80% de las tareas. Entre los varones, esos porcentajes eran respectivamente del 8,4 y 14,5%.
En plena crisis. Otra observación crítica la aporta Kaori Ichikawa, profesora de la Universidad de Ciencias de la Información de Tokio, quien señala la paradoja de que en plena crisis demográfica y a pesar de la ingente cantidad de recursos que el Gobierno está destinando a fomentar la natalidad, tenga que ser la iniciativa privada y comunitaria la que atienda a las madres de noche.
“El apoyo gubernamental suele ser limitado por la noche, los fines de semana y los festivos, por lo que los sectores público y privado deben colaborar para crear lugares como los cafés nocturnos, donde puedan buscar ayuda cuando la necesitan”, reivindica.
Imágenes | Pema G. Lama (Unsplash), Kishor (Unsplash)
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La gran pregunta tras la visita de EEUU a Pekín no es Taiwán. Son dos SUV chinos con unos techos que han disparado la imaginación
La escena tuvo lugar en 2018, durante un desfile militar en Moscú. Entonces, varios analistas occidentales pasaron horas intentando identificar un extraño camión ruso cubierto por lonas y antenas del que nadie ofrecía explicaciones. Años después se supo que formaba parte de uno de los sistemas de guerra electrónica más avanzados del Kremlin. Desde entonces, cada vehículo raro que aparece cerca de un líder mundial ha dejado de parecer una simple excentricidad logística.
Dos SUV y una pregunta incómoda. Durante años, las visitas presidenciales estadounidenses a Pekín giraban alrededor de los mismos temas: Taiwán, comercio, sanciones o el equilibrio militar en Asia. Sin embargo, contaban los analistas de TWZ que en la reciente visita de Donald Trump hubo un detalle que terminó captando mucha más atención entre analistas militares y observadores tecnológicos: dos SUV chinos Hongqi con unos enormes techos modificados que parecían esconder algún tipo de sistema especial.
No eran especialmente elegantes ni discretos. De hecho, parecían pesados y extraños. Precisamente por eso llamaron tanto la atención. La sensación que dejaron es que China quiso enseñar algo sin mostrarlo realmente. La gran pregunta tras el viaje ya no era únicamente qué habían hablado Washington y Pekín, sino qué demonios escondían exactamente aquellos vehículos.
La guerra moderna y proteger el cielo. La teoría más repetida enlaza con algo que hemos ido contando, y es que es que esos techos podrían albergar sistemas de guerra electrónica, comunicaciones avanzadas o incluso capacidades antidron. La idea tiene sentido porque las caravanas presidenciales empiezan a enfrentarse a un problema relativamente nuevo: drones baratos capaces de amenazar incluso a líderes mundiales extremadamente protegidos.
Ucrania, Oriente Medio y el mar Rojo han demostrado que ya no hace falta un misil sofisticado para generar un enorme problema de seguridad. Eso está obligando a transformar los convoyes VIP en pequeñas fortalezas electrónicas móviles. Los Hongqi vistos en Pekín encajan perfectamente en esa tendencia: mucho espacio interior, peso adicional y modificaciones pensadas probablemente para transportar equipos complejos más que personas.
Caravana convertida en centro de mando. Lo interesante es que esos SUV no eran una anomalía aislada. La caravana también incluía Suburban, Lincoln Navigator y furgonetas Ford modificadas con antenas, sensores y estructuras especiales en los techos. Todo sugería una arquitectura móvil de comunicaciones, vigilancia e interferencia electrónica mucho más sofisticada de lo habitual.
En la práctica, los convoyes presidenciales empiezan a parecerse menos a simples columnas blindadas y más a centros de mando capaces de operar en entornos saturados de drones, señales electrónicas y amenazas autónomas. No solo eso. Recordaban los analistas que China utilizara además vehículos Hongqi, una marca muy ligada históricamente al poder político chino, refuerza otra idea importante: Pekín quiere demostrar que puede desarrollar este tipo de capacidades estratégicas con plataformas nacionales propias.
La nueva competición entre potencias. Durante mucho tiempo, la rivalidad entre China y Estados Unidos se midió con portaaviones, cazas furtivos o misiles hipersónicos. Ahora empieza a aparecer otra competición más silenciosa: quién domina la protección electrónica y antidron en escenarios reales.
Las guerras recientes han demostrado que el espacio aéreo cercano se ha vuelto extremadamente peligroso incluso lejos del frente. Eso obliga a proteger infraestructuras, convoyes y líderes políticos de formas completamente nuevas. En ese contexto, un sistema de interferencia puede resultar tan importante como el blindaje tradicional. Los SUV de Pekín reflejan precisamente ese cambio de mentalidad.
Mensaje deliberadamente ambiguo. Por supuesto también, quizá lo más importante es que nadie sabe realmente qué transportaban esos vehículos. Y probablemente esa incertidumbre forme parte del mensaje. En la competición tecnológica actual, proyectar capacidades desconocidas también es una forma de disuasión. Los enormes techos de los Hongqi parecen diseñados para provocar preguntas más que para ofrecer respuestas.
Sea como fuere, su aparición en una visita presidencial de máximo nivel deja una conclusión clara: mientras gran parte del mundo sigue mirando a Taiwán, Ucrania o Irán, China parece empeñada en enseñar discretamente otra cosa. Que la próxima gran revolución militar podría no estar en grandes plataformas visibles, sino en sistemas electrónicos móviles, discretos y preparados para una guerra dominada por drones.
Ahora que Rusia está al caer en Pekín, será el momento de ver si vuelven a mostrar esos SUVs.
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