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un estudio demuestra que hacemos más caso a los médicos si son bordes y arrogantes

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Los amantes de las series de médicos puede que tengan a un referente en su mente, como es Gregory House, un brillante pero insoportable médico que destaca por su pura arrogancia. La ficción aquí nos enseñó que le perdonábamos sus malos modales simplemente porque era un genio que salvaba vidas, aunque ahora nos podemos llegar a preguntar qué ocurriría en la vida real: ¿soportaríamos a un médico así? La ciencia ha querido responder a esto, apuntando a que como pacientes no solo lo soportaríamos, sino que le haríamos mucho más caso que a un médico amable.

Un cambio de paradigma. Aunque parezca algo absurdo, la relación médico-paciente es algo que se trata de cultivar desde la propia carrera de medicina en sus primeros cursos para poder lograr una mayor empatía y cercanía al paciente. Algo que, más allá de las buenas formas que se debe tener, también sirva como una herramienta diagnóstica más. 

Pero el hecho de que como pacientes seamos mucho más obedientes ante un médico algo borde es algo que ha sorprendido, y es por ello que ha sido bautizado como ‘efecto Doctor House’. Aquí el objetivo era desentrañar un misterio de la comunicación humana: cómo afecta la falta de cortesía a nuestra capacidad de ser persuadidos cuando se trata de nuestra salud.

El experimento. Para poner a prueba nuestra impresión con estos médicos, el equipo llevó a cabo tres experimentos con casi 200 participantes. La premisa aquí era bastante sencilla, ya que se centraba en evaluar cómo reaccionaba la gente ante distintos tipos de consejos de salud, jugando con variables como la experiencia de quién le daba el consejo o la educación al hablar. 

Los resultados. Estos han llamado la atención de buena parte de la comunidad, puesto que rompe lo que han inculcado a los médicos desde la carrera. Lo que se vio es que, cuando el consejo venía de un experto en la materia, el uso de un lenguaje muy arrogante resultaba ser mucho más persuasivo que un tono afable y educado. Es decir, que actuar como el doctor House estaba funcionando mucho mejor de lo imaginado. 

Pero curiosamente, este estudio demuestra que hay una doble vara de medir. En este caso, si la persona que emite el consejo no era una figura de autoridad experta, ocurría exactamente lo contrario: utilizar un lenguaje arrogante destruía la credibilidad, siendo la cortesía el único camino para lograr persuadir al paciente para que siga el consejo médico más adecuado. 

¿Por qué nos atrae que nos hablen mal? Esta es la pregunta que nos podemos estar haciendo ahora mismo, y la ciencia apunta a que la clave no reside en un extraño masoquismo clínico, sino en las expectativas y en cómo gestionamos la atención. Aquí hay que entender que en nuestra sociedad moderna hay un contrato social no escrito que dicta que debemos ser amables y educados, especialmente en ambientes como un consultorio médico. Pero cuando un experto en salud rompe abruptamente esa norma y nos constante arrogancia, nuestro cerebro entra en un estado de alerta. 

Y esta “descortesía inesperada” actúa como un interruptor para captar una cantidad masiva de nuestra atención cognitiva. La escena es clara en esta situación: al vernos sorprendidos por la bordería de un médico cuando no lo esperábamos, procesamos su mensaje con mucha mayor profundidad. Y es que el impacto es tan fuerte que la persuasión funciona sin importar la relevancia inicial que le diéramos al tema que se esté tratando o los sesgos con los que se llegó. 

No tan rápido. Evidentemente, las conclusiones de este estudio de 2026 no son una carta blanca para que los profesionales sanitarios comiencen a insultarnos en nuestra próxima revisión médica, pero sí que nos deja ver una lección sobre la comunicación humana y sobre cómo a veces no todo es como pensamos en una mente idílica. 

En Xataka | Pasar todo el día scrolleando en Instagram o en TikTok tiene un efecto muy concreto en tu cerebro: empequeñece

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es una reacción muy “humana”

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Es posible que alguno, en algún momento, haya tenido a ese compañero de trabajo prepotente que siempre alardea de sus éxitos y comete un error garrafal que resuena por toda la empresa. En ese momento, a más de uno es posible que se le alegre el rostro por ese fallo y se pregunte al momento: ¿Soy una mala persona por ello? Y la realidad es que, en términos generales, la respuesta es no

Está documentado. Esta reacción para la ciencia tiene un nombre específico, que es ‘schadenfreude‘, que viene del alemán Schaden, daño, y Freude, alegría. Y la evidencia académica nos advierte que reducirla a una simple “maldad” o, por el contrario, a una reacción inofensiva, es ignorar el fascinante cableado de nuestro cerebro social.

Entendiéndola. Para entender la schadenfreude no hay que mirar a los manuales de psiquiatría buscando un trastorno clínico, sino a las resonancias magnéticas funcionales. Y en esto mismo se basó una investigación publicada en el año 2009 en la revista Science, donde los investigadores descubrieron que la envidia y la schadenfreude están íntimamente conectadas en el cerebro.

Lo que pasa en el cerebro. De esta manera, se pudo ver que cuando las personas estudiadas sentían envidia, se activaba la corteza cingulada anterior dorsal, una región asociada al dolor físico. Pero cuando esa persona envidiada sufría una desgracia, la actividad se trasladaba al estriado ventral, el núcleo central del circuito de recompensa de nuestro cerebro.

En otras palabras, podemos decir que, neurológicamente, ver caer a quien envidiamos genera una recompensa genuina. Sin embargo, estudios fundamentales como los de la neurocientífica Tania Singer matizan esto al apuntar que estas respuestas no surgen porque tengamos un “gen de la maldad” o una “hormona de la felicidad” sádica, sino porque nuestras redes cerebrales están constantemente monitorizando la comparación social y la justicia percibida.

El termostato de la empatía. Si la schadenfreude fuera pura crueldad, nos reiríamos de las desgracias de nuestros seres queridos, y no lo hacemos en realidad. Aquí es donde entra un trabajo de investigación que demostró que el placer ante el fracaso ajeno se dispara bajo condiciones muy específicas. 

Por ejemplo, cuando una persona es percibida como un rival, cuando se tiene un estatus superior o cuando representa una amenaza para nuestra autoestima, es cuando sentimos este placer cuando comete algún tipo de error. Es por ello que la schadenfreude es el reverso oscuro de la empatía, ya que nuestra capacidad de empatizar se “apaga” temporalmente cuando el sufrimiento del otro equilibra una balanza que considerábamos injusta o cuando reafirma la posición de nuestra “tribu”.

Desde niños. Esta no es una reacción que aparece en la edad adulta, sino que en experimentos con niños pequeños han demostrado que también existe esta respuesta de alegría ante un evento de este tipo, especialmente en contextos de desigualdad. Por ejemplo, si un niño ve que otro recibe un trato injustamente favorable y luego este último sufre un pequeño percance, el primer niño muestra signos de satisfacción. 

Imágenes | Alexey Demidov 

En Xataka | La ciencia siguió a 184 adolescentes 25 años para averiguar el origen de la empatía. Esperemos no pase lo mismo con la maldad

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Es posible que alguno, en algún momento, haya tenido a ese compañero de trabajo prepotente que siempre alardea de sus éxitos y comete un error garrafal que resuena por toda la empresa. En ese momento, a más de uno es posible que se le alegre el rostro por ese fallo y se pregunte al momento: ¿Soy una mala persona por ello? Y la realidad es que, en términos generales, la respuesta es no

Está documentado. Esta reacción para la ciencia tiene un nombre específico, que es ‘schadenfreude‘, que viene del alemán Schaden, daño, y Freude, alegría. Y la evidencia académica nos advierte que reducirla a una simple “maldad” o, por el contrario, a una reacción inofensiva, es ignorar el fascinante cableado de nuestro cerebro social.

Entendiéndola. Para entender la schadenfreude no hay que mirar a los manuales de psiquiatría buscando un trastorno clínico, sino a las resonancias magnéticas funcionales. Y en esto mismo se basó una investigación publicada en el año 2009 en la revista Science, donde los investigadores descubrieron que la envidia y la schadenfreude están íntimamente conectadas en el cerebro.

Lo que pasa en el cerebro. De esta manera, se pudo ver que cuando las personas estudiadas sentían envidia, se activaba la corteza cingulada anterior dorsal, una región asociada al dolor físico. Pero cuando esa persona envidiada sufría una desgracia, la actividad se trasladaba al estriado ventral, el núcleo central del circuito de recompensa de nuestro cerebro.

En otras palabras, podemos decir que, neurológicamente, ver caer a quien envidiamos genera una recompensa genuina. Sin embargo, estudios fundamentales como los de la neurocientífica Tania Singer matizan esto al apuntar que estas respuestas no surgen porque tengamos un “gen de la maldad” o una “hormona de la felicidad” sádica, sino porque nuestras redes cerebrales están constantemente monitorizando la comparación social y la justicia percibida.

El termostato de la empatía. Si la schadenfreude fuera pura crueldad, nos reiríamos de las desgracias de nuestros seres queridos, y no lo hacemos en realidad. Aquí es donde entra un trabajo de investigación que demostró que el placer ante el fracaso ajeno se dispara bajo condiciones muy específicas. 

Por ejemplo, cuando una persona es percibida como un rival, cuando se tiene un estatus superior o cuando representa una amenaza para nuestra autoestima, es cuando sentimos este placer cuando comete algún tipo de error. Es por ello que la schadenfreude es el reverso oscuro de la empatía, ya que nuestra capacidad de empatizar se “apaga” temporalmente cuando el sufrimiento del otro equilibra una balanza que considerábamos injusta o cuando reafirma la posición de nuestra “tribu”.

Desde niños. Esta no es una reacción que aparece en la edad adulta, sino que en experimentos con niños pequeños han demostrado que también existe esta respuesta de alegría ante un evento de este tipo, especialmente en contextos de desigualdad. Por ejemplo, si un niño ve que otro recibe un trato injustamente favorable y luego este último sufre un pequeño percance, el primer niño muestra signos de satisfacción. 

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México imparable, García Aspe ficha a Adal, Phill Fiocchi hace top 5 y hacemos pausa de hidratación

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<div xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml">Estamos felices por el triunfo de México sobre Ecuador, entrevistamos a Alberto García Aspe que también hizo conferencia de prensa, Phill Fiocchi reveló ser fan de Adal y le dedicó su top 5 ¡y más!<br /></div>
<div xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml">
<img src="https://latinus.us/u/fotografias/m/2026/7/1/f300x190-151955_160115_5050.jpeg" /></div>

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