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Samsung ya no te vende un gran procesador. Te vende un buen intermediario
El Snapdragon 8 Elite Gen 5 es seguramente el procesador más potente que ha llegado nunca a un teléfono Android. Samsung lo tiene en el S26 Ultra. Y en las comunicaciones de lanzamiento de este móvil apenas lo ha mencionado, contrariamente a su modus operandi de antaño: el chip solía ser uno de los grandes argumentos junto a cámara y batería.
Lo que sí ha desarrollado Samsung con los S26, con mucho tiempo y detalle, ha sido la IA. Concretamente, que el S26 va a funcionar con tres: Gemini, Bixby y Perplexity. Que tú eliges. Que cada una hace cosas distintas. Que el dispositivo se encarga de coordinarlas entre ellas.
El hardware de gama alta ha llegado a un punto en el que las diferencias son marginales para la mayoría de usuarios. Ya nadie compra un Ultra porque tenga un 20% más de rendimiento en la cámara de vapor. Pero sí puede comprarlo porque el teléfono le pide el Uber solo cuando tiene un evento en el calendario y calcula los tiempos sin que él haga nada.
O porque filtra las llamadas de spam (habrá juicios por esto), porque responde por ti si no quieres coger el teléfono, o porque te sugiere las fotos del viaje cuando un amigo te las pide por chat.
Samsung llama a esto ‘agentic upgrade’, aunque lo que describe es más sencillo de entender: el móvil hace cosas en segundo plano sin que se lo pidas.
Ahí está el giro que el briefing ya dejó entrever. Samsung ya no se vende como el fabricante del mejor hardware. Se vende como el que mejor te conecta con la inteligencia que han construido otros.
- No es Google, que tiene Gemini.
- No es Perplexity, que tiene su buscador.
- No es ni siquiera el chip, que a a veces es un Exynos pero a veces es de Qualcomm.
Samsung es la capa que une todo eso, el sistema operativo que decide cómo se hablan entre sí esos agentes, el hardware que los ejecuta. Es, en el sentido más literal, un intermediario. Y eso es donde se está enfocando ahora.

Perplexity en acción, integrado en el S26. Imagen: Xataka.

Galaxy AI. No es IA propia sino integración de la ajena. Imagen: Xataka.
La apuesta tiene sentido mientras ese papel sea difícil de replicar. One UI, Samsung DeX, la integración entre apps nativas y Bixby, la brutal pantalla de privacidad por hardware que solo tiene el Ultra… Todo eso son cosas que no puedes tener en otro dispositivo aunque uses las mismas IAs. Por ahora, al menos.
La pregunta incómoda es qué pasa cuando Gemini, Perplexity y Bixby son gratuitos en cualquier Android. Cuando lo que importa no es a qué IA accedes, sino cómo el fabricante la integra. Samsung está apostando a que esa diferencia va a ser suficiente argumento de compra.
Por eso no te vende el procesador. Ya da por hecho que es bueno.
Imagen destacada | Xataka
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la gran paradoja española de riesgo forestal
Parece una contradicción, pero así es como funcionan las paradojas. Y esta en concreto es tan problemática para España que en nueve de cada diez configuraciones el resultado siempre es el mismo: pase lo que pase es malo para los incendios.
¿Pero por qué? Quiero decir, ¿cómo es posible que llueva o no llueva este país siempre tenga un problema con las llamas?
El mundo a dos escalas. Si no llueve, si arrastramos semanas o meses de sequía, la humedad del material acumulado en el monte (la hierba, el matorral, la hojarasca) baja. Además, sube la temperatura del suelo y la vegetación viva empieza a estresarse. Solo falta una chispa y boom, tenemos un foco de incendio muy difícil de atajar.
Es decir, la sequía empeora el riesgo hoy. La lluvia la empeora, pero lo hace mañana.
Porque si llueve, la vegetación crece (especialmente lo que llamamos combustible fino) y aumenta la continuidad del matorral. Es biomasa, biomasa y más biomasa. Si llueve no hay riesgo, si no llueve: es material que más pronto que tarde se convertirá en pasto de las llamas.
El infierno del verano de 2025, empezó en primavera… A veces no se incide mucho en esto: las primaveras húmedas son una maravilla, pero en nuestro caso es también un peligro en potencia. No solo por lo que explicaba más arriba, sino porque (además) nadie lo gestiona.
Y eso significa que, si la tendencia sigue en el sentido en el que va, tenemos que empeza a ver los inviernos lluviosos como algo más que una forma de salvar la temporada. Hay que empezar a verlos como un recordatorio claro de que hay que invertir en prevención, planificar dispositivos, cortafuegos, gestión de combustible y todo tipo de explotaciones extensivas que ayuden a contener el problema.
Porque el cambio climático no es solo “más calor”. Hace unos días, la misma AEMET reflexionaba sobre cómo están cambiando los récords de precipitaciones. Los cambios en el paisaje y el abandono rural son una fuente permanente de problemas y el llamado “efecto látigo” no hace más que aumentarlos: fases de crecimiento y fases de secado que no dejan de ir y venir.
Así que sí, la gran paradoja española con las lluvias y los incendios es esta: pase lo que pase, en los próximos años, siempre vamos a tener problemas con los incendios.
Imagen | Karsten Winegeart
En Xataka | En China están desplegando bomberos de metal. Quizá sean más útiles que los robocamareros
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Irán ha resucitado un Frankenstein ruso para lo que se viene
Los astilleros rusos han convertido desde hace décadas sus submarinos diésel-eléctricos en uno de los productos estrella de su industria militar: decenas de unidades del Proyecto 877 y 636 (conocidos en Occidente como clase Kilo) fueron exportadas a países como India, China, Argelia, Vietnam o Irán, ofreciendo una combinación de coste relativamente contenido, mantenimiento asumible y capacidades de guerra litoral que permitieron a marinas sin gran tradición submarina dar un salto estratégico sin desarrollar tecnología propia.
Irán ha resucitado y modernizado a uno de ellos.
La sombra bajo el Estrecho. Mientras Washington acercaba sus grupos de portaaviones al Golfo y el USS Abraham Lincoln primero, y después el USS Gerald R. Ford, entraban en aguas sensibles, los satélites captaban una imagen inquietante en la Base 1 iraní: uno de los viejos submarinos clase Kilo, adquiridos a Rusia en los años noventa por unos 600 millones de dólares cada uno, volvía a su atracadero tras meses en dique seco.
En medio de la presión estadounidense por un nuevo acuerdo nuclear y las advertencias iraníes de guerra total, Teherán parecía haber resucitado un Frankenstein ruso para la guerra submarina, devolviendo a escena una plataforma que durante años arrastró problemas de mantenimiento y disponibilidad, pero que sigue siendo su activo más potente bajo el agua.
El mito del “agujero negro” ruso. Los Kilo, diseñados en la Guerra Fría como Proyecto 877 y evolucionados en variantes posteriores, se ganaron el apodo de “black hole” por su baja señal acústica cuando navegan con baterías, una reputación que algunos expertos consideran exagerada frente a los submarinos occidentales modernos con propulsión independiente del aire.
Sin embargo, su combinación de sigilo relativo, torpedos pesados, capacidad para minar rutas marítimas y recubrimientos anecoicos los convirtió en uno de los productos estrella de exportación naval soviética y rusa, vendidos a China, India o Irán, países que buscaban una fuerza submarina eficaz sin desarrollar una industria propia. Hoy muchas de esas marinas los retiran por obsolescencia, pero en el Golfo Pérsico siguen siendo piezas con valor estratégico.


Un arma pensada para negar. Lo normal es que Irán no aspire a derrotar en campo abierto a la Marina de Estados Unidos, sino más bien a encarecer y complicar su presencia en el Estrecho de Ormuz mediante una estrategia de negación de área apoyada en un conjunto de minas, misiles costeros, lanchas rápidas y submarinos.
En ese escenario, un Kilo operando en baterías puede convertirse en una amenaza seria para buques escolta o logísticos que transitan por corredores marítimos de apenas tres kilómetros de ancho, incluso si un superportaaviones cuenta con defensas en capas y cobertura antisubmarina con helicópteros MH-60R y aviones P-8A. La clave en este caso no es tanto hundir un portaaviones, sino sembrar suficiente incertidumbre como para elevar el coste político y militar de cualquier ataque.
La flota enana que completa el cuadro. Qué duda cabe, la modernización del Kilo no se entiende sin la otra mitad del dispositivo iraní: los más de veinte mini submarinos clase Ghadir, al menos once visibles recientemente en la misma base, diseñados para aguas someras y tráfico intenso.
Con apenas 117-125 toneladas sumergidos y propulsión diésel-eléctrica, estas unidades están optimizadas para emboscadas en entornos litorales donde el ruido civil, la salinidad y las corrientes degradan el rendimiento del sonar, lo que las hace difíciles de detectar, aunque limitadas en autonomía y potencia de fuego. Frente a la superioridad tecnológica estadounidense, Irán acumula cantidad, dispersión y conocimiento del terreno.
Geografía, desgaste y cálculo. Cuentan expertos como Jack Bubby que hay que tener en cuenta otra ecuación. Las condiciones del Golfo, un escenario con poca profundidad, alta salinidad y corrientes complejas, han castigado históricamente a los Kilo iraníes y reducido su disponibilidad, obligando a largos periodos de mantenimiento y reacondicionamiento.
Pero precisamente ese entorno restringido favorece a plataformas pequeñas y discretas, y convierte cualquier concentración de fuerzas navales en un ejercicio de riesgo calculado. Así, mientras Estados Unidos refuerza su presencia para sostener la presión diplomática y militar, Teherán recompone su fuerza submarina combinando reliquias soviéticas actualizadas y flotillas costeras modernas, apostando a que, en un conflicto, la sombra bajo el agua pese tanto como el acero visible en la superficie.
Imagen | rhk111, X, Vitaliy Ankov
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Irán ha resucitado un Frankenstein ruso para lo que se viene
Los astilleros rusos han convertido desde hace décadas sus submarinos diésel-eléctricos en uno de los productos estrella de su industria militar: decenas de unidades del Proyecto 877 y 636 (conocidos en Occidente como clase Kilo) fueron exportadas a países como India, China, Argelia, Vietnam o Irán, ofreciendo una combinación de coste relativamente contenido, mantenimiento asumible y capacidades de guerra litoral que permitieron a marinas sin gran tradición submarina dar un salto estratégico sin desarrollar tecnología propia.
Irán ha resucitado y modernizado a uno de ellos.
La sombra bajo el Estrecho. Mientras Washington acercaba sus grupos de portaaviones al Golfo y el USS Abraham Lincoln primero, y después el USS Gerald R. Ford, entraban en aguas sensibles, los satélites captaban una imagen inquietante en la Base 1 iraní: uno de los viejos submarinos clase Kilo, adquiridos a Rusia en los años noventa por unos 600 millones de dólares cada uno, volvía a su atracadero tras meses en dique seco.
En medio de la presión estadounidense por un nuevo acuerdo nuclear y las advertencias iraníes de guerra total, Teherán parecía haber resucitado un Frankenstein ruso para la guerra submarina, devolviendo a escena una plataforma que durante años arrastró problemas de mantenimiento y disponibilidad, pero que sigue siendo su activo más potente bajo el agua.
El mito del “agujero negro” ruso. Los Kilo, diseñados en la Guerra Fría como Proyecto 877 y evolucionados en variantes posteriores, se ganaron el apodo de “black hole” por su baja señal acústica cuando navegan con baterías, una reputación que algunos expertos consideran exagerada frente a los submarinos occidentales modernos con propulsión independiente del aire.
Sin embargo, su combinación de sigilo relativo, torpedos pesados, capacidad para minar rutas marítimas y recubrimientos anecoicos los convirtió en uno de los productos estrella de exportación naval soviética y rusa, vendidos a China, India o Irán, países que buscaban una fuerza submarina eficaz sin desarrollar una industria propia. Hoy muchas de esas marinas los retiran por obsolescencia, pero en el Golfo Pérsico siguen siendo piezas con valor estratégico.


Un arma pensada para negar. Lo normal es que Irán no aspire a derrotar en campo abierto a la Marina de Estados Unidos, sino más bien a encarecer y complicar su presencia en el Estrecho de Ormuz mediante una estrategia de negación de área apoyada en un conjunto de minas, misiles costeros, lanchas rápidas y submarinos.
En ese escenario, un Kilo operando en baterías puede convertirse en una amenaza seria para buques escolta o logísticos que transitan por corredores marítimos de apenas tres kilómetros de ancho, incluso si un superportaaviones cuenta con defensas en capas y cobertura antisubmarina con helicópteros MH-60R y aviones P-8A. La clave en este caso no es tanto hundir un portaaviones, sino sembrar suficiente incertidumbre como para elevar el coste político y militar de cualquier ataque.
La flota enana que completa el cuadro. Qué duda cabe, la modernización del Kilo no se entiende sin la otra mitad del dispositivo iraní: los más de veinte mini submarinos clase Ghadir, al menos once visibles recientemente en la misma base, diseñados para aguas someras y tráfico intenso.
Con apenas 117-125 toneladas sumergidos y propulsión diésel-eléctrica, estas unidades están optimizadas para emboscadas en entornos litorales donde el ruido civil, la salinidad y las corrientes degradan el rendimiento del sonar, lo que las hace difíciles de detectar, aunque limitadas en autonomía y potencia de fuego. Frente a la superioridad tecnológica estadounidense, Irán acumula cantidad, dispersión y conocimiento del terreno.
Geografía, desgaste y cálculo. Cuentan expertos como Jack Bubby que hay que tener en cuenta otra ecuación. Las condiciones del Golfo, un escenario con poca profundidad, alta salinidad y corrientes complejas, han castigado históricamente a los Kilo iraníes y reducido su disponibilidad, obligando a largos periodos de mantenimiento y reacondicionamiento.
Pero precisamente ese entorno restringido favorece a plataformas pequeñas y discretas, y convierte cualquier concentración de fuerzas navales en un ejercicio de riesgo calculado. Así, mientras Estados Unidos refuerza su presencia para sostener la presión diplomática y militar, Teherán recompone su fuerza submarina combinando reliquias soviéticas actualizadas y flotillas costeras modernas, apostando a que, en un conflicto, la sombra bajo el agua pese tanto como el acero visible en la superficie.
Imagen | rhk111, X, Vitaliy Ankov
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