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Japón no quiere depender de China en materia de tierras raras. Y por eso está perforando el océano a 6.000 metros de profundidad
El mapa de las reservas (conocidas) de tierras raras del mundo deja una cosa clara: China es la reina absoluta. Aunque ni son tierras ni son raras, constituyen un auténtico póker de ases en la partida de la geopolítica, la energía y la tecnología mundial. Y no solo es disponer de lantánidos en tu territorio, es descubrirlos y saber extraerlos. Dentro de ese gráfico, en la sección de Asia, podemos ver que Japón ni aparece en el mapa. Y no es porque no tenga, porque haberlas, haylas. Pero hasta ahora han recurrido a su socio comercial y vecino: China.
Donde cristo perdió el mechero. En 2024 Japón encontró un imponente yacimiento de 230 millones de toneladas que lo pondrían en primera línea. Pero ese yacimiento tenía letra pequeña: está en el fondo del mar, en un atolón de coral del Pacífico a unos 1.900 kilómetros al sureste de Tokio. Justo donde sospechaban. El verano pasado se descubrió su hoja de ruta con una primera etapa que comenzaría justo ahora, en enero de 2026.
Japón y China, al borde del abismo. Los dos países asiáticos se encuentran sumidos en una crisis diplomática profunda. El gran detonante fueron las declaraciones de la primera ministra japonesa a finales de 2025 sugiriendo que una intervención militar china en Taiwán podría considerarse una “crisis existencial” para Japón, lo que abriría las puertas a una respuesta militar nipona.
Las consecuencias no se hicieron esperar: China lo consideró una injerencia y empezó a intensificar sus patrullas marítimas y áreas cerca de las aguas japonesas en un movimiento que ha desagradado al gobierno nipón al considerarlo una imprudencia en términos de seguridad.
El 2026 empezó además con consecuencias comerciales desde China como el veto a los productos del mar, restricciones al turismo y un embargo a la exportación de bienes doble uso (civil y militar), entre ellos las tierras raras. Así que Japón tiene que agilizar otra vía para obtener tierras raras para alimentar su industria automotriz en particular y tecnológica en general. Y lo ha hecho.
Justo a tiempo. Habida cuenta del bache que pasa con su socio y vecino, el timing no podía ser mejor. El pasado lunes un buque minero zarpó hacia ese remoto atolón situado frente a la isla de Minami-Torishima para iniciar una misión de un mes de duración en la que el célebre barco perforador japonés Chikyu y una tripulación de 130 personas tendrá que esforzarse a fondo, literalmente, para intentar extraer tierras raras de forma continua ese suculento fondo marino a seis kilómetros de profundidad. Y decimos “intentar” porque es la primera vez que se hace. Si tiene éxito, lo siguiente será una prueba de minaría a gran escala en febrero de 2027.
El “detox” de Japón a las tierras raras chinas. No es la primera que a Japón le toca estar en esta situación. Sin ir más lejos, ya en 2010 China retuvo exportaciones tras un incidente que tuvo lugar entre un pesquero chino y dos patrulleros nipones cerca de las islas Senkaku (administradas por Japón pero reclamadas por China). En ese momento, Japón logró reducir su dependencia de China desde un 90 hasta un 60%.
La vía alternativa pasaba por inversiones en proyectos en el extranjero (por ejemplo, desde Australia) o fomentando procesos de reciclaje y manufactura más independientes de la materia base.Pero ahora es diferente porque quien obtener tierras raras dentro de su propio territorio.
Mirando al horizonte. Japón lleva desde la crisis diplomática del 2010 investigando en busca de reservas de minerales. Sin ir más lejos, este de la isla Minamitori lleva gestándose desde 2018 y el gobierno nipón ha invertido más de 40.000 millones de yenes (250 millones de dólares) desde entonces. Anteriormente se consideraba inviable económicamente, pero entre el embargo de China y la disposición a pagar precios más altos, ya parece más plausible, explica Kotaro Shimizu, analista principal en Mitsubishi UFJ Research and Consulting.
El director principal de política de seguridad económica en el Ministerio de Economía, Comercio e Industria de Japón en el podcast de China Talk de esta semana desvelaba cómo el gobierno debe recordar continuamente a las empresas la importancia de diversificar sus cadenas de suministro: “A veces ocurre un suceso y la empresa reacciona, pero cuando el suceso termina, la empresa olvida. Tenemos que mantener un esfuerzo continuo”
En Xataka | La “cara B” del desembarco de Estados Unidos en Venezuela: un subsuelo repleto de hipotéticas tierras raras
Portada | Peggy Greb y Gleam – Photo taken by Gleam., CC BY-SA 3.0
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romper el monopolio de China sobre las tierras raras
Si en el siglo XX las potencias se disputaban los pozos petroleros, en 2026 la batalla se libra en la tabla periódica. El litio, el cobalto, el galio y las tierras raras se han convertido en los nuevos barriles de crudo, esenciales para fabricar desde la batería de un coche eléctrico hasta el sistema de guía de un misil hipersónico.
En este escenario, la administración de Donald Trump se ha topado con una realidad geológica ineludible: la retórica de “America First” tiene un límite físico. Para ganar la carrera tecnológica del siglo XXI, Washington necesita a sus vecinos. En una maniobra diplomática y económica sin precedentes, Estados Unidos ha lanzado una ofensiva para reclutar a México, Argentina y un bloque de aliados globales, con el objetivo declarado de blindarse ante la vulnerabilidad que supone el dominio casi absoluto de China sobre los minerales críticos.
La cumbre de la ansiedad estratégica. El epicentro de este giro copernicano fue el Departamento de Estado en Washington, donde el secretario de Estado Marco Rubio y el vicepresidente J.D. Vance ejercieron de anfitriones en la “Reunión Ministerial sobre Minerales Críticos”. La convocatoria no fue menor: 55 delegaciones internacionales se sentaron a la mesa, bajo una premisa urgente de que el mercado libre ha fallado.
El diagnóstico estadounidense es severo. China controla el 90% de la capacidad de procesamiento de tierras raras y ha comenzado a utilizar ese monopolio como arma geopolítica, imponiendo requisitos de licencia y restringiendo exportaciones para presionar a la industria estadounidense. “El mercado internacional de minerales críticos está fallando”, sentenció el vicepresidente Vance, argumentando que Beijing inunda el mercado con precios bajos para arruinar a la competencia occidental y luego subir los precios a su antojo.
Project Vault y el lapsus. Para contrarrestar esto, la Casa Blanca ha presentado herramientas que reescriben las reglas del capitalismo global. Trump anunció la creación de una reserva estratégica de minerales valorada en 12.000 millones de dólares (10.000 millones en préstamos del Ex-Im Bank y casi 1.670 millones de capital privado). Al igual que la Reserva Estratégica de Petróleo creada en los años 70, esta “bóveda” —llamada Project Vault— acumulará stock para proteger a gigantes como General Motors, Stellantis y Google de futuras crisis de suministro.
Pero la mentalidad de la Casa Blanca ha pasado de lo comercial a lo bélico, literalmente. En un desliz freudiano o una declaración de intenciones, los documentos oficiales de la administración Trump sobre estas inversiones listan al Pentágono bajo su nombre del siglo XIX: Department of War (Departamento de Guerra). Bajo este epígrafe anacrónico, Washington ya está financiando proyectos mineros en Alaska y Carolina del Norte, dejando claro que la extracción de recursos ya no es un asunto de mercado, sino de defensa nacional pura y dura.
La alianza FORGE y los “suelos de precios”. Para sostener este esquema, se ha lanzado el Forum on Resource Geostrategic Engagement (FORGE), presidido inicialmente por Corea del Sur, para coordinar una “zona de comercio preferencial”. La idea revolucionaria aquí son los precios suelo: si China tira los precios globales, los miembros del bloque aplicarán aranceles externos para mantener el valor interno alto, garantizando así la rentabilidad de las inversiones mineras en países aliados.
Sin embargo, el mercado ha reaccionado con escepticismo ante este intervencionismo. Paradójicamente, tras el anuncio, las acciones de mineras estadounidenses como MP Materials y USA Rare Earth se desplomaron entre un 6% y un 9%. Según analistas citados por Reuters, el temor es que la administración Trump retire los subsidios directos a proyectos individuales para centrarse en esta compleja ingeniería de precios globales, dejando a las empresas locales expuestas a la incertidumbre regulatoria.
Toda esta estrategia estadounidense dibuja un mapa del mundo con dos velocidades. Por un lado, está el “club VIP” tecnológico: Estados Unidos, Japón y la Unión Europea firmarán un acuerdo trilateral vinculante en 30 días para coordinar sus industrias. Por otro, están los proveedores de materias primas: América Latina.
Argentina y la entrega del Litio. En el sur, la administración de Javier Milei ha decidido alinear sus recursos incondicionalmente con los intereses de Washington. Argentina, quinto productor mundial de litio, firmó un acuerdo marco que la ata a la cadena de suministro estadounidense, utilizando como cebo el RIGI (Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones). Para la Casa Blanca, Argentina es la pieza clave para asestar un golpe a Beijing. Actualmente, más del 70% del litio argentino viaja a China, un flujo que EEUU está decidido a cortar y redirigir hacia sus propias fábricas.
La operación ya está en marcha. Mientras la diplomacia firmaba papeles, el dinero se movía: el gigante Glencore ha pactado con el consorcio Orion (respaldado por EEUU) la adquisición de activos, demostrando cómo los capitales occidentales empiezan a tomar posiciones en el terreno. El secretario Marco Rubio no ocultó su entusiasmo por esta disposición total: “Argentina va a ser un socio clave para el mundo”, afirmó, destacando no solo la extracción, sino la capacidad del país para procesar los materiales que EEUU necesita. En la práctica, esto convierte al país sudamericano en un eslabón primario de la seguridad nacional estadounidense.
México: El mapa del tesoro y la amenaza del “Menú”. La situación de México es de un pragmatismo forzado bajo amenaza. Con la revisión del T-MEC programada para julio, el gobierno mexicano aceptó un “Plan de Acción” de 60 días que va mucho más allá del comercio. El acuerdo abre la puerta a algo que toca la fibra sensible de la soberanía nacional: el Servicio Geológico de EEUU colaborará en el “mapeo geológico” del territorio mexicano para localizar yacimientos, una radiografía de los recursos del vecino realizada desde Washington para “aportar transparencia”. El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, justificó la cesión con una frase de realismo brutal: “Si no estás en la mesa participando, estás en el menú”.
Pero para muchos, México ya está siendo devorado. El colectivo “Cambiémosla Ya” ha lanzado una alerta feroz, denunciando que este plan es un “regreso al neoliberalismo” que subordina la soberanía nacional a las necesidades industriales del norte. Advierten que la prisa por cumplir con las cuotas de Washington provocará “el despojo, el desplazamiento y la destrucción de comunidades”, relajando las regulaciones para convertir el territorio en una zona de sacrificio para la transición energética de EEUU.
Pasaporte para las rocas, muros para la gente. El telón de fondo de esta gran alianza mineral revela una contradicción que define la era actual. Mientras la administración Trump mantiene una retórica de cierre fronterizo y proteccionismo cultural —en un momento donde la influencia latina es tan innegable que fenómenos globales como Bad Bunny hacen historia en la Super Bowl—, la Casa Blanca ha tenido que admitir una dependencia existencial del sur.
La urgencia del litio y el cobalto ha forzado una tregua hipócrita: Washington parece decir que, aunque sus fronteras pueden endurecerse para las personas, deben permanecer abiertas de par en par para los recursos. Es una actualización sutil de la diplomacia continental, donde la integración se mide en toneladas de mineral y la soberanía se negocia en mesas comerciales. Como resumió Heidi Crebo-Rediker, del Consejo de Relaciones Exteriores: “Las rocas están donde están las rocas”. Al final, en este nuevo mapa trazado por la necesidad tecnológica, lo único que parece tener la Green Card garantizada son las piedras.
Imagen | The White House y Freepik
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Llevamos años buscando el origen de la vida en charcos calientes. Bennu ha demostrado que el hielo radiactivo funciona igual de bien
Cuando la cápsula de la misión OSIRIS-REx aterrizó en el desierto de Utah en septiembre de 2023, la NASA sabía que tenía un tesoro entre manos. Hablamos de un poco de polvo negro que fue recogido a millones de kilómetros de la Tierra y que estaba a punto de reescribir uno de los capítulos más importantes de la ciencia: el origen de la vida.
Lo que sabíamos. Hasta ahora, la teoría predominante en lo que respecta al origen de la vida nos decía que para “cocinar” todos los componentes básicos de la vida, como los aminoácidos, hacía falta calor y agua líquida para hacer una especie de sopa caliente química.
Sin embargo, la ciencia acaba de dar un giro de guion: los ladrillos de la vida no solo se forman en el calor, sino que pueden nacer en el frío más extremo y bajo radiación gamma. Y eso cambia por completo nuestra comprensión de cómo llegamos aquí, y también de la posible presencia de vida en cualquier rincón del Universo.
La importancia de Bennu. Sin duda es el protagonista de toda esta historia, y es que no es más que un asteroide de unos 500 metros de diámetro que funciona como un fósil del sistema solar primitivo. Pero lo más interesante es que tiene aproximadamente 4.600 millones de años, la misma edad que la Tierra, aunque, a diferencia de nuestro planeta, su superficie no se ha fundido ni alterado drásticamente por procesos geológicos a lo largo de toda su ‘vida’.
Y poco a poco vamos conociendo más acerca de este asteroide gracias a las muestras traídas por OSIRIS-REx que ya habían confirmado en análisis preliminares una abundancia inusual de carbono, nitrógeno, agua y compuestos orgánicos. Pero lo que ha encontrado ahora el equipo liderado por la Universidad de Penn State va un paso más allá.
La sorpresa. Este mismo equipo, al analizar la composición isotópica de los aminoácidos presentes, especialmente la glicina, se topó con una firma química que no encajaba con la teoría clásica de formación en agua caliente.
Un congelador radioactivo. Hasta ahora, pensábamos que los aminoácidos en los asteroides se formaban principalmente a través de procesos de alteración acuosa: el hielo se derrite por el calor, el agua líquida interactúa con la roca y voilà, química orgánica compleja.
Sin embargo, la ciencia ahora sugiere que no hace falta agua líquida para que los aminoácidos, una molécula esencial de la vida, puedan formarse. Simplemente a partir de hielos simples pueden surgir sin mucho problema. Y de estos hay mucho en el universo.
El catalizador. El otro factor importante en esta formación era la energía, que en este caso provino de la radiación gamma emitida por elementos radioactivos que abundaban en el sistema solar temprano. Y es que la energía no podía llegar desde el calor térmico, puesto que este proceso ocurre en entornos gélidos, mucho antes de que el asteroide se compactara o calentara lo suficiente para tener agua líquida.
Esto explica por qué encontramos aminoácidos tanto en asteroides que sufrieron mucho calentamiento por agua como en aquellos que permanecieron más “secos” y fríos. La vida, al parecer, es más obstinada de lo que creíamos y puede empezar a gestarse en las condiciones más hostiles del vacío espacial.
Un menú cada vez más complejo. Pero no hablamos únicamente de moléculas simples, puesto que los análisis de las muestras de Bennu han identificado una variedad de compuestos. Entre estos se encuentra el triptófano, que es un aminoácido esencial, mucho más complejo estructuralmente, y vital para la vida terrestre.
Además, se han detectado componentes del ADN y ARN, además de amoníaco y aminas, superando en riqueza a muchas muestras de meteoritos famosos como el de Murchison.
Espaldarazo a la Panspermia. Si los aminoácidos se pueden formar fácilmente en granos de hielo irradiados en la nebulosa solar —antes incluso de que se formaran los planetas—, significa que estos “ingredientes” están esparcidos por todo el sistema solar.
El hecho de que Bennu, un asteroide carbonáceo tipo B, esté repleto de estos compuestos refuerza la idea de que la Tierra no tuvo que producir todos los componentes de la vida por sí misma. Una lluvia constante de asteroides y meteoritos durante el bombardeo intenso tardío pudo haber “sembrado” nuestro planeta con un kit de inicio biológico prefabricado en el espacio profundo. Es por ello que al final mirar un grano de polvo de Bennu es mirarnos a nosotros mismos. O, al menos, a los tatarabuelos químicos que hicieron que hoy estemos aquí.
Imágenes | NASA Hubble Space Telescope
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Embolia pulmonar, la posible causa de muerte de la actriz Catherine O’Hara
EFE.- La actriz Catherine O’Hara, fallecida el 30 de enero a los 71 años, murió tras sufrir una embolia pulmonar derivada de un cáncer ubicado al final de su tracto digestivo, específicamente en el recto, según un certificado de defunción de la Oficina del Médico Forense del Condado de Los Ángeles, obtenido por la revista People.
Su representante confirmó la muerte de la actriz de “Mi pobre angelito” (“Home Alone”) a finales de enero en su casa de Los Ángeles, y agregó que ocurrió “tras una breve enfermedad”, aunque hasta el momento no se habían proporcionado más detalles.
O’Hara es recordada por haber interpretado a Kate McCallister, la madre de Kevin, interpretado por Macaulay Culkin, en la comedia navideña “Mi pobre angelito” en los años 90, pero su carrera comenzó en televisión con la serie de comedia “SCTV Network”.
Su participación en esa serie le valió su primer Emmy. El segundo lo ganaría en 2020 gracias a su participación en la serie “Shitt’s Creek”, en donde daba vida a la excéntrica y dramática matriarca de la familia Rose, Moira Rose.
Nacida en Toronto en 1954, O’Hara era reconocida por su capacidad de improvisación en la comedia. Después de “SCTV”, la actriz protagonizó filmes como “After Hours”, de Martin Scorsese, o “Beetlejuice”, de Tim Burton.
También tuvo una breve aparición en la aclamada serie de HBO, “Six Feet Under”, donde interpretaba a Carol Ward, una neurótica productora de películas.
En los últimos años, O’Hara además había participado en algunas de las series más reconocidas del momento como “The Last of Us” o más recientemente en “The Studio”, la serie de Apple TV en donde dio vida a Patty Leigh, una exjefa de estudio de cine que ayuda a Matt Remick (Seth Rogen) a dirigir uno de los estudios más importantes de Hollywood.
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