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hay que llegar como sea al mes de marzo

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Rusia ha intensificado una estrategia de desgaste que apunta menos a conquistar terreno que a quebrar la vida diaria, y lo ha hecho golpeando el sistema energético ucraniano para dejar al país sin luz, sin calefacción y sin servicios básicos en el momento más cruel del año. Frente a los misiles de Moscú, Kiev ha llamado a un grupo de cazadores kamikaze con un plan muy claro.

El terror término. Lo contamos la semana pasada. Con temperaturas desplomándose hasta los -20ºC y una red ya debilitada por meses de ataques, las olas de misiles y drones buscan colapsar subestaciones, infraestructura eléctrica y nodos que sostienen el calor urbano, e incluso se teme una campaña más precisa contra puntos que alimentan a las plantas nucleares

El objetivo es simple: convertir el frío en presión política, erosionar la resistencia civil y empujar a Kiev hacia una negociación bajo tormento, justo cuando Estados Unidos intenta abrir una vía diplomática. El resultado es un país obligado a vivir en modo supervivencia, con apagones que duran días en algunos distritos, miles de edificios sin calefacción en la capital, escuelas cerradas y ciudadanos que, sin poder marcharse, aguantan en hogares oscuros y helados, envueltos en mantas, con velas, quemadores de camping y una sensación compartida de que el frente ya no está solo en las trincheras, sino también en el salón de casa.

Calor, agua y normalidad bajo mínimos. En ciudades como Kiev, el golpe es especialmente peligroso porque la calefacción depende de sistemas centralizados que distribuyen agua caliente desde plantas de cogeneración, y cuando se corta el suministro en pleno hielo el riesgo ya no es solo pasar frío, sino que las tuberías se congelen y revienten, provocando inundaciones cuando el servicio vuelva. 

Por eso las autoridades han llegado a recomendar drenar circuitos en miles de edificios, aceptando un frío temporal para evitar un desastre mayor, mientras las reparaciones se vuelven lentas y difíciles por el clima y por la repetición de ataques. 

Buscando el fuego. La vida se reorganiza alrededor de puntos de calor: centros públicos donde la gente se refugia, carga móviles y recibe comida caliente, y soluciones extraordinarias como trenes adaptados como “hubs” móviles para calentarse y recuperar algo de autonomía. 

Aun así, recordaban en Forbes que lo más llamativo es la obstinación de la normalidad: comercios funcionando con generadores, barrios que resisten a oscuras, familias improvisando rutinas y una sociedad que, en lugar de anestesiarse, vuelve a sentir de forma tangible lo que significa sostener un país en guerra cuando la temperatura convierte cada apagón en una amenaza física.

La saturación aérea. La presión rusa no solo es más constante, también es más masiva, y su fuerza reside en el volumen: el número de drones de ataque ha escalado hasta superar los 5.000 al mes, lo que equivale a más de 150 cada noche, una cifra diseñada para agotar defensas y obligar a Ucrania a elegir qué salva y qué no. Aunque la tasa de interceptación se mantiene alta, el coste estratégico es enorme porque derribar enjambres con misiles tierra-aire o armas de aviación consume recursos escasos y carísimos a una velocidad insostenible.

El propio Zelenski ha advertido de que hay sistemas que se quedan sin munición. Los equipos móviles con cañones automáticos y ametralladoras aportan una defensa útil y relativamente barata, pero su alcance es limitado y solo pueden proteger puntos concretos, como una central eléctrica, dejando demasiados huecos para un enemigo que golpea y repite el patrón cada noche. En esa ecuación, el “terror térmico” no depende de destruirlo todo, sino de colar suficientes impactos para que el sistema no levante cabeza y la población no pueda descansar.

Los “cazadores” kamikaze. La respuesta ucraniana está llegando por una vía más adaptada a esta nueva guerra de masas: drones interceptores pequeños, rápidos y baratos, concebidos como cazadores desechables capaces de abatir Shaheds a distancia sin quemar un misil por cada objetivo. Son una evolución del ecosistema FPV, pero orientados al rendimiento puro, con diseños tipo “bala” y una lógica industrial que busca volumen: diferentes modelos, varios proveedores, producción acelerada y un coste por unidad que permite arriesgar sin hipotecar el arsenal. 

Su eficacia se maximiza lanzando más de uno por blanco, igual que se hace con interceptores caros cuando la prioridad es asegurar el derribo antes de que el dron alcance una subestación o una planta térmica, lo que exige fabricar muchos más interceptores que drones enemigos. 

Ayuda. Y aun así, lo que hace pocos meses parecía imposible empieza a sonar viable: la fabricación se ha disparado y, con apoyo aliado, Ucrania está alcanzando una escala que ya no es simbólica, sino operativa, hasta el punto de que los interceptores se están convirtiendo en protagonistas de los derribos nocturnos y reclamando una parte creciente del trabajo que antes recaía en misiles.

Aguantar hasta marzo. El sentido estratégico de estos interceptores no es solo abatir drones, sino abrir una ventana de tiempo, porque Ucrania no podrá reconstruir ni estabilizar su red energética mientras siga recibiendo golpes diarios sobre los mismos puntos críticos. La guerra del invierno se decide, por tanto, en la capacidad de reducir la filtración de impactos lo suficiente como para reparar sin que la reparación sea destruida al día siguiente, y en sostener la moral cuando el frío castiga tanto como el enemigo.

Rusia apuesta por la fatiga y la desesperación, mientras Ucrania lo hace por una defensa más barata y masiva que le permita resistir el pico de demanda invernal y llegar a la estación templada de la primavera con el sistema vivo. 

Si el plan ruso es empujar a un país a una edad oscura de hielo y apagones, la respuesta ucraniana está siendo construir, desde la urgencia y con ingeniería de guerra, una barrera aérea hecha de cazadores kamikaze que no solo protegen transformadores, sino que compran algo mucho más valioso: tiempo para no romperse (ni congelarse). 

Imagen | Denys Shmyhal

En Xataka | Rusia ha dinamitado la electricidad en Ucrania para activar el “terror térmico”: que “calentarse” en invierno sea un riesgo letal

En Xataka | Los drones de Rusia están cayendo como moscas y se debe a las armas más locas de Ucrania: una caña de pescar y un coche con misiles

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Justin Bieber en los premios Grammy 2026, Javier Ibarreche y Paty Cantú en entrevista

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este nuevo corto se inspira en su obra de ciencia ficción

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El cómic y la animación de los ochenta son la estética clave de un proyecto que, si todo va bien, verá la luz próximamente y que viene con un sello muy conocido por los aficionados españoles: el de Alfonso Azpiri, el añoradísimo artista que dio forma visual a los grandes éxitos de la Edad de Oro del soft español en juegos para Dinamic, Topo y otras compañías. Su estilo inconfundible forma parte del ADN de un proyecto muy prometedor: ‘Historia de amor’

El origen. Para rastrear el origen de esta idea hay que remontarse a un minúsculo relato de ciencia ficción escrito por Carlos Buiza (figura imprescindible en el desarrollo de la ciencia ficción española de los años sesenta como cocreador de la revista Nueva Dimensión) y que ilustró un Azpiri aún dando sus primeros pasos, en 1972. Buiza ya había obtenido cierto renombre con un relato, ‘El asfalto’, que adaptó Chicho Ibáñez Serrador en un episodio de ‘Historias para no dormir‘ que alcanzó una notable relevancia. 

En 1972, Buiza publicó ‘Historia de amor’ en un número de la revista ‘Triunfo’ dedicado a la ciencia ficción, junto a una cabecera ilustrada de un Azpiri aún lejos de sus días de fama pero en cuyo trazo ya se adivinaba el genio futuro. Más tarde, Azpiri transformaría el relato en un cómic, que apareció en el álbum recopilatorio del autor ‘Pesadillas’, publicado en 1985.

Hda Prensa 00
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Las influencias. ‘Historia de amor’ se convertirá en un corto dirigido por Jose Luis Quirós y David Díaz-Guerra, pero que da un salto en sus referencias visuales desde los setenta, centrándose en un estilo más propio de los años ochenta, cuando un Azpiri ya en pleno dominio de su arte publicaba cómics como ‘Lorna’, ‘Mot’, ‘Pesadillas’ o ‘Los vagabundos del infinito’. Los autores también mencionan como influencias clave a autores de la época como Moebius o Frank Miller, y animes como ‘Ghost in the Shell’, ‘Evangelion’ y ‘Cowboy Bebop’.

De qué va. AZ, un alienígena soñador en un planeta yermo, Polkj, es raptado por humanos. Pero él quiere descubrir los secretos del universo, la vida y el amor antes de que experimenten con él. La conexión que surge con los humanos choca con el objetivo de estos invasores: que AZ sea contagiado con un virus que exterminará a su especie y permitirá a los humanos escapar de un planeta Tierra moribundo.

Hda Prensa 05
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Quién está detrás. ‘Historia de amor’ está codirigido por José Luis Quirós y David Díaz-Guerra. El primero ha sido doblemente nominado y ganador del Premio Goya, y está detrás de obras muy personales, como ‘La torre del tiempo’. Junto a él está el estudio Runik Animation, que han colaborado en la realización de películas como ‘Planet 51’, ‘Atrapa la bandera’, ‘Animales fantásticos’, ‘Los Vengadores’ o ‘Pacific Rim’. En cuanto a Díaz-Guerra, este es su primer cortometraje como director, pero tiene bagaje como guionista y, significativamente, como físico teórico, lo que garantiza un enfoque muy estimulante para la ciencia ficción que forma parte nuclear del corto.

Cómo se hará. El corto utilizará animación 3D como base para el modelado y la iluminación, trabajando en tiempo real con Unreal Engine. Habrá captura de movimiento para reducir costes y, finalmente, secuencias de animación tradicional para momentos seleccionados. Todo ello se combinará con secuencias seleccionadas dibujadas con acuarelas, en busca de un estilo con un punto nostálgico que retrotraiga a los cómics de Azpiri.

Cuánto y para cuándo. El presupuesto estimado del proyecto, según nos cuentan los artífices de ‘Historia de amor’, es de 50.000 euros, de los que tienen ya un 10%. Hay por delante un largo camino de búsqueda de financiación para llegar al objetivo previsto de estrenar en el cuarto trimestre de 2026. En este momento, Runik Animation, junto al productor Juan Nieto y Nvidia (que colabora aportando hardware al equipo) están en la fase inicial de desarrollo del guión y storyboards.

En Xataka | 30 años de ‘Navy Moves’, cuando Dinamic hizo el mejor juego del año del mundo entero

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los jóvenes están solos y ya no quieren ligar como antes

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Nunca he sido muy de aplicaciones de citas. Probé una vez —poco tiempo, lo justo— y me abrumó. Demasiadas caras, demasiadas conversaciones empezadas al mismo tiempo, demasiada sensación de estar eligiendo a hombres como si fueran opciones de menú. Cerré la app y pensé que quizá el problema era mío. Durante años, esa sensación pareció quedar en minoría. El relato dominante era otro: si no estabas en las apps, te estabas perdiendo algo. El match como puerta de entrada a una vida sentimental activa, moderna y socialmente validada.

Pero algo ha empezado a romperse en ese relato. Y no lo dicen sus críticos, sino las propias empresas que construyeron el negocio del swipe. Hoy, las plataformas de citas reconocen que los jóvenes siguen queriendo amar, pero cada vez se sienten menos capaces de empezar una relación. No por falta de deseo, sino porque el proceso se ha vuelto emocionalmente pesado, socialmente expuesto y psicológicamente exigente. En medio de una generación hiperconectada, el resultado no es más amor, sino más soledad.

Según un informe elaborado por Match Group junto a Harris Poll y The Kinsey Institute, el 80% de la Generación Z cree que encontrará el amor verdadero algún día, más que cualquier otra generación. Sin embargo, solo el 55% se siente preparada ahora mismo para una relación. Esa distancia entre deseo y acción es lo que la compañía ha bautizado como la readiness paradox, o “paradoja de la preparación”.

La contradicción es clave para entender el momento actual. Los jóvenes quieren vínculos, pero no saben cuándo —ni cómo— iniciarlos. El mismo informe señala que casi la mitad de la Generación Z afirma no estar lista para una relación en este momento y que el 75% no tiene ninguna prisa por empezarla. Como explicaba a Fortune Chine Mmegwa, responsable de estrategia de Match Group, el proceso se convierte en un ciclo que se retroalimenta: estándares muy altos de preparación emocional conducen a la espera; la espera, a la soledad; la soledad, al deseo de conexión; el deseo, al miedo a no estar listo. El resultado no es desapego, sino parálisis.

Soledad hiperconectada

Esta parálisis no ocurre en el vacío. Ocurre en un contexto donde la soledad juvenil se ha disparado, incluso entre personas con vida social activa y presencia constante en redes. Un estudio publicado en PLOS One define este fenómeno como una “ambivalencia social”: jóvenes rodeados de gente que, aun así, se sienten profundamente solos. 

En España, los datos del Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada muestran que casi siete de cada diez jóvenes reconocen haberse sentido solos recientemente, independientemente del número de amigos o seguidores que tengan. La cantidad de interacción no compensa la falta de profundidad emocional. Tener likes no equivale a sentirse acompañado.

El informe de Match Group confirma esta sensación donde más del 50% de la Generación Z dice sentirse sola a pesar de tener conexiones online. Y, a diferencia de generaciones anteriores, muchos admiten que buscan vínculos no tanto por amor como para evitar la soledad, algo que después les genera culpa o la sensación de estar entrando en una relación “por el motivo equivocado”.

El miedo no es a la cita, es al fracaso público

A esta fragilidad emocional se suma un factor decisivo, las redes sociales han cambiado la forma misma de iniciar una relación. Ya no se pide una cita. Se pide el Instagram. Y muchas veces, todo se queda ahí. Seguirse, mirar historias, reaccionar con un emoji, observar durante semanas —o meses— sin dar un paso claro. Una fase permanente de tanteo que reduce el riesgo, pero también bloquea el avance.

Cuando una relación parece avanzar, la presión no desaparece; se traslada al escaparate público. Según datos recogidos por Fortune a partir de informes de Match Group, casi la mitad de las relaciones de la Generación Z comienzan con un soft launch en Instagram —una foto ambigua, una historia sin contexto— frente al 27% del conjunto de la población. El hard launch, en cambio, es percibido como un compromiso serio por el 81% de quienes lo han hecho.

Hacer oficial una relación ya no es una fase más, se vive como un contrato simbólico. El miedo al fracaso público —tener que borrar fotos, gestionar explicaciones, exponerse al juicio— funciona como freno incluso antes de empezar. Mejor no iniciar nada que tener que deshacerlo delante de todos. Match Group describe este clima como una auténtica “presión de rendimiento” aplicada a la vida sentimental. Este repliegue no es exclusivo de las citas. Como ya analizamos en Xataka, la Generación Z está reduciendo de forma consciente su exposición pública en redes sociales: menos publicaciones, más mensajes privados; menos huella, menos riesgo. 

Este clima se ve reforzado por un cambio en las formas de tener citas. Como recoge Business Insider, el flirteo tradicional está en declive: pedir un perfil ha sustituido a invitar a un café. Las aplicaciones de citas y la pandemia han debilitado el “músculo” de hablar con desconocidos en persona, generando más ansiedad social. El resultado no es rechazo al contacto, sino una aproximación pasiva, prolongada y poco resolutiva.

Algunos expertos matizan, sin embargo, que no se trata tanto de una pérdida de habilidades como de un cambio de código. La Generación Z es más directa con sus límites y expectativas, y menos tolerante con la ambigüedad prolongada. Lo indefinido cansa. Lo confuso agota.

Eso encaja con los datos del informe Year in Swipe 2025 de Tinder, donde se observa un rechazo creciente al “mínimo esfuerzo” y a las señales ambiguas. Tendencias como el clear-coding o el loud looking —decir explícitamente qué se busca y desde dónde— reflejan ese deseo de claridad emocional en un ecosistema que, paradójicamente, empuja a no decir nada y esperar.

Las apps se adaptan: menos presión, más contexto

Frente a este escenario, las aplicaciones de citas han decidido cambiar el enfoque. Ya no venden la promesa de ligar rápido, sino en reducir la ansiedad del primer contacto.

Tinder, propiedad de Match Group, ha sido la más explícita en este giro. El año pasado lanzó Modes, un sistema que permite elegir cómo y desde dónde conocer gente: modo clásico, Double Date (citas en pareja con un amigo) y College Mode, que limita los contactos a estudiantes del mismo entorno universitario,

El objetivo es bajar la presión psicológica del encuentro uno a uno. Según datos de la propia compañía, los usuarios de Double Date envían cerca de un 25% más de mensajes por match y una parte relevante son personas que habían abandonado la app y han decidido volver. 

Como explicaba Cleo Long, directora de marketing de producto de Tinder, la idea es “dar a los usuarios el control sobre lo que buscan en cada momento” y facilitar conexiones que no tengan que convertirse inmediatamente en citas románticas.

No obstante, no todo el mundo cree que este rediseño sea suficiente. Ilana Dunn, exresponsable de contenidos de Hinge y actual dating coach, advertía en Fortune que mientras las aplicaciones no empujen de verdad a la gente a conocerse en persona, su capacidad de revertir la tendencia es limitada.

No es casual que, en paralelo, estén creciendo los encuentros presenciales: speed dating, eventos para solteros, fiestas organizadas o incluso “clases para aprender a conocer gente”. El deseo de volver al cara a cara existe, pero necesita estructuras que lo hagan menos intimidante.

Lo que ninguna app puede arreglar

Reducir esta crisis afectiva a un problema de diseño sería engañoso. Hay factores estructurales que ninguna app puede resolver.

El primero es económico. Como señalaban los responsables de Coffee Meets Bagel a Business Insider, para muchos jóvenes elegir pareja se ha convertido en una decisión profundamente pragmática. Con la vivienda disparada y la emancipación retrasada, encontrar a alguien estable financiera y profesionalmente es casi una necesidad. “Hoy hacen falta dos ingresos para aspirar a una vida mínimamente estable”, explicaban.

En paralelo, algunos jóvenes, especialmente en entornos de alta exigencia como Silicon Valley, priorizan el trabajo por encima de cualquier vínculo emocional. El llamado “celibato consciente” no responde a falta de deseo, sino a una lógica de productividad extrema. Las relaciones se perciben como una distracción o una inversión incierta.

A este escenario se suma un desgaste emocional desigual. Entre muchas mujeres heterosexuales se acumula una sensación de cansancio que no nace del rechazo al amor, sino de la repetición de dinámicas poco resolutivas: conversaciones que se prolongan sin llegar a concretarse, vínculos que se mantienen en una ambigüedad permanente y relaciones que avanzan solo hasta donde resultan cómodas para una de las partes.

Gestionar expectativas difusas, interpretar señales contradictorias o sostener el peso del “qué somos” acaba convirtiéndose en un esfuerzo continuado que muchas optan por reducir o pausar. El resultado no es desapego, sino fatiga emocional acumulada en un ecosistema que penaliza la claridad y normaliza la incertidumbre.

El fondo del asunto

La Generación Z no es cínica ni incapaz de amar. Es, quizá, la primera que ha interiorizado que amar mal tiene un coste emocional alto y visible, y que equivocarse ya no ocurre en privado.

Las aplicaciones de citas han entendido el síntoma y tratan de suavizarlo ofreciendo entornos de bajo riesgo. Pero lo que no pueden ofrecer —porque ninguna tecnología puede— es el aprendizaje que solo llega al exponerse.

Al final, quizá no era que yo fuera demasiado clásica ni que estuviera fuera de época. Quizá lo que me abrumó aquella vez no fue la aplicación, sino la sensación de que para empezar algo había que saber demasiado, estar demasiado preparada, tenerlo todo claro antes incluso de conocer a alguien.

Porque nadie estuvo nunca completamente preparado para conocer a alguien.
Y quizá el verdadero problema no sea que los jóvenes no quieran ligar, sino que vivimos en una sociedad que ha convertido el amor en un examen permanente. Y que, por miedo a suspender, ha dejado de presentarse.

Imagen | Unsplash y Unsplash 

Xataka | Ligar en Tinder es agotador. La solución de estas apps es saltarse los chats eternos y organizarte la cita directamente

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