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BAE Systems ultima a Herne, un enorme vehículo para operaciones encubiertas

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Los submarinos son la pieza que no se ve del tablero, pero condiciona cada jugada. Su capacidad de operar de forma sigilosa y prolongada bajo el agua les permite vigilar, disuadir y, llegado el caso, atacar por sorpresa mientras protegen áreas estratégicas sin ser detectados. Su sola posibilidad obliga a cualquier adversario a dedicar recursos constantes a defensa antisubmarina, sensores y patrullas, encareciendo cada movimiento. Esa presencia oculta, más que espectacular, cambia el cálculo: quien no los tiene puede temerles, y quien los tiene puede obligar al rival a cubrirse incluso sin certeza de que estén allí.

Ese juego está cambiando con la llegada de los submarinos autónomos. Estas plataformas, diseñadas para operar sin tripulación, amplían el alcance de las misiones más delicadas al eliminar riesgos humanos y reducir costes logísticos. Su desarrollo abre la puerta a operaciones prolongadas y silenciosas, con capacidad de cubrir más territorio y asumir tareas demasiado peligrosas para embarcaciones tripuladas. En este contexto, BAE Systems ha apostado fuerte con “Herne”, un vehículo submarino autónomo de gran tamaño que busca reforzar el control del espacio submarino y responder a amenazas que crecen bajo la superficie.

La apuesta de BAE Systems para operaciones submarinas autónomas y de largo alcance

La británica BAE Systems y la canadiense Cellula Robotics firmaron en septiembre un acuerdo exclusivo de 10 años para desarrollar y llevar al mercado el submarino autónomo Herne. Según Reuters, el fabricante británico espera contar con un producto listo para el mercado a finales de 2026, tras unas pruebas realizadas en 2024 en Reino Unido y Canadá. Durante estas pruebas, el prototipo completó una misión preprogramada de inteligencia, vigilancia y reconocimiento utilizando Nautomate, el sistema de control autónomo de BAE. La compañía subraya que el proyecto ha pasado “del tablero al agua” en solo 11 meses, lo que refleja el ritmo de desarrollo.

Herne es un vehículo submarino autónomo extragrande (XLAUV) concebido para ofrecer flexibilidad y modularidad. De acuerdo con BAE, su diseño permite integrar diferentes cargas útiles, incorporar secciones de casco adicionales y facilitar el mantenimiento. Puede lanzarse desde puertos, buques o incluso submarinos, y está construido con materiales y tecnologías que reducen su firma acústica. La plataforma incluye sistemas de navegación probados, comunicaciones seguras y opciones de configuración rápida de misiones. Y como apunta The Register, puede alcanzar profundidades de hasta 5.000 metros, recorrer unos 5.000 kilómetros y operar hasta 45 días seguidos, todo con un tamaño que cabe en un contenedor estándar de 40 pies.

Herne2
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BAE plantea Herne como una herramienta capaz de cubrir una amplia gama de operaciones navales. Entre ellas se incluyen misiones de inteligencia y reconocimiento, guerra antisubmarina y protección de infraestructuras críticas en el lecho marino. El fabricante destaca que su operación autónoma permitirá mantener presencia persistente en zonas de interés y colaborar con plataformas tripuladas para ampliar el alcance de las flotas. Este enfoque se alinea con el papel estratégico de los submarinos en la disuasión y con el potencial de los sistemas no tripulados para ampliar las capacidades sin exponer tripulaciones humanas.

Herne
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El calendario es ambicioso: BAE prevé que Herne esté disponible comercialmente en 2026 y ha estimado que podría fabricar entre 10 y 20 unidades en 2027. Además, trabaja con la mencionada Cellula Robotics para impulsar Herne con energía basada en hidrógeno. Durante las pruebas, sin embargo, el vehículo ha funcionado con baterías.

Herne no es el único buque de su tipo. El Ministerio de Defensa de Reino Unido trabaja en Excalibur, otro submarino autónomo de tamaño similar destinado a pruebas conceptuales. Mientras tanto, la Royal Navy ha reforzado sus capacidades antisubmarinas con mejoras de sonar. El despliegue operativo de Herne dependerá de futuras pruebas y de su integración en este ecosistema cada vez más tecnológico. En cualquier caso, parece que pronto veremos más vehículos de este tipo patrullando las profundidades del océano. 

Imágenes | BAE Systems

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el nuevo sistema operativo familiar que prioriza la salud mental sobre las extraescolares

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Un cajón lleno de tuppers desparejados que amenaza con desbordarse al abrirse. Un disfraz de la función del colegio olvidado durante semanas en el asiento trasero del coche. Una madre riendo a carcajadas con sus hijos en medio de un salón donde los cojines sirven de fuerte militar, ignorando olímpicamente las pelusas del pasillo. Podría parecer el retrato de una familia desbordada, pero es, en realidad, la imagen de una revolución silenciosa.

Durante las últimas dos décadas, el estándar de oro de la crianza parecía tener un nombre: la Madre Tigre. Inspirado en el polémico libro de Amy Chua de 2011, este modelo exigía que los progenitores —especialmente las mujeres— actuaran como directores ejecutivos del futuro de sus hijos. El fin último era optimizar su éxito a base de agendas repletas, tutorías, fluidez en tres idiomas y una dieta inmaculada.

Pero las madres han dicho basta. Ante unos niveles de agotamiento insostenibles, una nueva generación está decidiendo bajarse de la rueda. Reclaman su derecho a convivir con los platos sucios en el fregadero y a aceptar que una calificación de “Bien” (una B) en el boletín de notas es más que suficiente. Ha irrumpido la Madre Beta, y este nuevo sistema operativo familiar está demostrando que, a veces, la mejor forma de proteger el futuro de los hijos es, sencillamente, dejarlos en paz.

La rebelión de lo imperfecto

Tal y como expone un extenso reportaje en The Wall Street Journal, estos actos de “renuncia” cotidiana están sumando fuerzas hasta convertirse en una “revolución feminista discreta”. El rotativo estadounidense ilustra este cambio de paradigma a través de mujeres como Sophie Jaffe, una madre de Los Ángeles que permite a su hijo de 13 años hacer parkour por la ciudad o marcar sus propios horarios, siempre y cuando respete el toque de queda. “Veo lo que les pasa a los niños que están excesivamente controlados”, relata Jaffe al diario. “Prefiero que estén fuera creando recuerdos que sentados frente a un videojuego”.

En la cultura de internet y la psicología divulgativa, este perfil ha sido bautizado como madre “Tipo B”. La revista TODAY recoge las explicaciones de la psicoterapeuta Colette Brown, quien define a estas madres como mujeres “relajadas, con mucha paciencia, a las que no les importa el caos”. Según Brown, el auge de este perfil en redes sociales es una respuesta directa y un rechazo frontal a la presión de las tradwives (esposas tradicionales) y al perfeccionismo tóxico de Instagram. Madres como Katie Ziemer resumen esta filosofía con una frase lapidaria: “Soy Tipo B, por supuesto que mi casa no parece un museo. Prefiero que mis hijos se diviertan jugando en el barro antes que viendo la televisión”.

El espectro, no obstante, tiene matices. Para aquellas mujeres incapaces de soltar el control por completo, la publicación The Bump señala el surgimiento de un término medio: la madre “Tipo C”. Acuñado por la creadora de contenido Ashleigh Surratt, define a las “perfeccionistas en recuperación”. Son mujeres que mantienen estructuras innegociables (como los horarios de sueño o las citas médicas), pero que aplican una dejadez estratégica en el resto. Como relata una de ellas: “Tienen sus camisetas limpias, aunque no estén colgadas en el armario; sé exactamente en qué montón están”.

Esta rebelión hacia lo imperfecto no nace del capricho, sino del colapso absoluto. Los datos sociológicos demuestran que la exigencia hacia los padres se ha multiplicado exponencialmente. Recientemente en Xataka documentábamos como los padres millennials dedican hoy cuatro veces más tiempo a sus hijos que la generación del baby boom. Y la economista Corinne Low constata en WSJ que, paradójicamente, tras la entrada masiva de la mujer al mercado laboral, el tiempo que estas dedican a tareas infantiles se ha disparado (de 14 minutos semanales de ayuda con los deberes en 1975 a más de una hora en la actualidad).

A nivel mundial, el andamiaje familiar está crujiendo. Un estudio publicado en la revista científica Healthcare revela tasas alarmantes de burnout (síndrome de desgaste profesional) aplicado a la maternidad y paternidad: afecta a un 8,9% de los padres en EEUU, un 9,8% en Bélgica o un 9,6% en Polonia. Y la peor parte se la llevan ellas. Aunque en países como España los permisos se han igualado a 19 semanas, estudios recientes indican que el 78% de las madres se declaran sobrecargadas, asumiendo el peso invisible de la “carga mental”. Como advierte la investigadora Eve Rodsky, los hombres hoy “ayudan”, pero las mujeres siguen siendo las directoras del proyecto, gestionando a sus parejas como si fueran amables subalternos.

La ciencia dicta sentencia

Pero este colapso materno no es el único daño colateral. Si todo este enorme sacrificio hubiera garantizado el bienestar de los menores, la historia sería otra. Pero la evidencia científica ha demostrado exactamente lo contrario. Criar bajo el modelo “helicóptero” —sobrevolando a los niños para evitarles cualquier frustración o fracaso— los está destruyendo.

Las revistas académicas son tajantes. Un metaanálisis publicado en el Journal of Adult Development, que revisó 53 estudios independientes, demostró que la sobreprotección paterna está directamente asociada con un aumento de los problemas de interiorización (como la ansiedad y la depresión) y una fuerte caída en la autoeficacia y el rendimiento académico de los jóvenes.

En esta misma línea, una investigación del Journal of Youth and Adolescence demostró que el control parental excesivo amenaza directamente la satisfacción de las necesidades psicológicas básicas de los adolescentes, especialmente su sentido de autonomía. El resultado en la vida real se traduce en un incremento drástico de los ingresos psiquiátricos de adolescentes y tasas alarmantes de ideación suicida vinculada a la incapacidad para gestionar la frustración. Evitar que un niño tropiece le priva del desarrollo neurológico necesario (específicamente en la corteza prefrontal) para aprender a levantarse.

Sin embargo, hay que tener una mirada más amplia. Como aporta The Conversation, el fenómeno de la hiperparentalidad es la psicologización de un enorme problema social. En otras palabras, es fácil criticar a la madre que llama a la universidad para revisar un examen de su hijo, pero ignoramos el contexto macroeconómico. Los padres someten a los niños a programas de entrenamiento académico casi desde preescolar porque perciben un mercado laboral salvaje y estancado. Cuando compites con millones de graduados para lograr un puesto de trabajo medianamente digno, la angustia por asegurar el futuro del niño se transforma en un control asfixiante.

Además, bajarse de la rueda tiene un coste emocional alto. La publicación Bolde documenta la “cara B” de ser una madre Beta. Estas mujeres lidian a diario con una “culpa de bajo grado” y soportan las miradas de juicio de las madres organizadas a las puertas del colegio.

Al relajar los límites, se enfrentan a desafíos diarios: desde niños que ponen a prueba las normas continuamente, hasta lo que se conoce como “la espiral de los snacks” (armarios llenos de carbohidratos infantiles porque la madre estaba demasiado agotada para librar la batalla de las verduras), o la anarquía total a la hora de dormir. A menudo, la pareja no comprende este estrés subterráneo porque, bajo una apariencia de relajación, la madre sigue llevando todo el peso de la planificación mental. Y de fondo, siempre late el miedo: ¿Estaré criando a unos tiranos incapaces de adaptarse a las normas de la sociedad? 

El arte de dejar caer

A pesar de las dudas y del caos doméstico, la evidencia y la pura supervivencia apuntan a que este cambio de rumbo era inevitable. Como resume la revista Motherly, las investigaciones demuestran que los niños prosperan mucho más cuando experimentan sintonía emocional y aceptación, en lugar de rutinas rígidas en hogares inmaculados. La conexión real ocurre en medio del desastre, no en la planificación de una actividad de manualidades digna de Pinterest.

“Es una reacción a una tendencia que ha alcanzado sus límites prácticos”, reflexiona la economista Emily Oster en las páginas de The Wall Street Journal. “Los padres se están dando cuenta de que quizá ir a Harvard no va a servirte el éxito en bandeja de plata”.

Tal vez el resumen más certero de esta nueva era se encuentre en la metáfora del funambulista: la labor de los padres no es llevar al niño de la mano cruzando la cuerda floja, pues el día que falte el adulto, la caída será mortal. Su verdadero trabajo es ser la red de seguridad que espera abajo. Hay que dejarlos caer.

Frente a la tiranía de la Madre Tigre, la imperfección de la Madre Beta rescata una máxima esencial formulada por el escritor D.H. Lawrence: “¿Cómo empezar a educar a un niño? Primera regla: déjalo en paz”. Hoy, rendirse ante el desorden de un salón y renunciar a ser el mánager del éxito vital de un hijo no es un acto de negligencia. Es, paradójicamente, el mayor acto de amor y la única vía para salvar la salud mental de toda la familia.

Imagen | Photo by Ana Curcan on Unsplash

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Vecinos en Chile intentaron frenar un centro de datos de Amazon. La justicia ha dejado un mensaje claro con su decisión

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La inteligencia artificial ya forma parte de nuestra vida desde hace tiempo, muchas veces casi sin que nos detengamos a pensar en lo que hay detrás. La usamos como si todo ocurriera en una capa invisible: modelos, algoritmos y, quizá, servidores en algún lugar remoto. Pero también podemos mirarla desde otra perspectiva. La infraestructura que sostiene ese mundo es muy real: tiene una ubicación, consume recursos, requiere permisos, mueve inversiones enormes y también puede alterar el entorno de quienes viven cerca. Ese es uno de los grandes debates que empieza a acompañar el auge de la IA: la nube también tiene vecinos.

Perdieron el caso. Un caso concreto nos lleva a Huechuraba, al norte de Santiago de Chile, donde Amazon planea construir un centro de datos. La iniciativa había recibido una Resolución de Calificación Ambiental favorable en julio de 2024, pero no todos estaban convencidos de que el proyecto hubiese sido evaluado como correspondía. Esa preocupación llegó a la vía judicial a través de una reclamación presentada por Patricio Hernández Valenzuela, vecino de la zona, y el Segundo Tribunal Ambiental resolvió el 9 de abril de 2026 rechazarla, una decisión que deja al data center en condiciones de avanzar.

Una preocupación muy concreta. Hernández cuestionaba que la evaluación ambiental del proyecto no hubiese tenido en cuenta de forma adecuada una posible línea de alta tensión que, según su planteamiento, sería necesaria para alimentar el centro de datos. La crítica no era menor: si ambas infraestructuras estaban vinculadas, debían analizarse de forma conjunta. Para los residentes, no hacerlo implicaba dejar fuera del análisis impactos relevantes sobre el entorno.

La clave del fallo. El razonamiento del tribunal pasa por separar claramente ambas piezas. La sentencia concluye que no se puede considerar que el centro de datos y la eventual línea de alta tensión formen una única iniciativa, entre otras cosas porque el proyecto de Amazon no incluye esa infraestructura como parte de su diseño. Además, el suministro eléctrico previsto no depende de una instalación propia, sino de la red gestionada por terceros, lo que refuerza la idea de que se trata de proyectos distintos.

Sin evaluación conjunta. Una vez descartada la existencia de una unidad de proyecto, el tribunal concluye que no corresponde una evaluación ambiental integrada. La sentencia lo recoge de forma explícita: “ha quedado acreditado que entre ambas iniciativas no existe una relación de interdependencia funcional que condicione su ejecución”. Ese matiz es clave, porque implica que el centro de datos puede operar utilizando la infraestructura eléctrica disponible, sin necesidad de supeditar su viabilidad a una línea de alta tensión futura que, en todo caso, tendría que evaluarse por separado si llegara a plantearse.

Más allá del debate legal. El proyecto de Amazon tiene unas dimensiones muy concretas sobre el papel. El centro de almacenamiento de datos en Huechuraba está concebido para operar durante 30 años, con una inversión estimada de 205 millones de dólares. Se levantaría en una superficie de 10,9 hectáreas, con una construcción de 21.350,07 metros cuadrados, en la caletera de Américo Vespucio 1055. Desde la compañía, recoge Reuters, han señalado que el diseño de la infraestructura pone el foco en minimizar el consumo de energía y agua, y sostiene que el plan cumplió con los requisitos ambientales.

Chile como hub. El proyecto de Huechuraba no es una iniciativa aislada dentro de la estrategia de Amazon. Amazon Web Services ha planteado una inversión de más de 4.000 millones de dólares en Chile a lo largo de 15 años para construir, operar y mantener su infraestructura en el país. La idea es convertir Santiago en su tercer gran centro en América Latina, después de São Paulo y la región central de México. A ese contexto se suman factores como la conectividad mediante cables de fibra óptica.

La inquietud de quienes viven cerca. Más allá de la inversión y la infraestructura digital que prometen, los centros de datos suelen ir acompañados de inquietudes muy concretas: consumo eléctrico elevado, uso de agua para refrigeración, generación de calor o ruido y su encaje en entornos que, en muchos casos, tienen valor ambiental o comunitario.

Google no tuvo el mismo camino. El caso de Amazon no es el único que ha pasado por este tipo de debate en Chile. Google había obtenido una aprobación inicial en 2020 para construir un centro de datos de 200 millones de dólares en Cerrillos, en el suroeste de Santiago. Sin embargo, el recorrido del proyecto fue distinto. En febrero de 2024, el Segundo Tribunal Ambiental decidió revertir parcialmente ese permiso, y meses después la compañía anunció que no seguiría adelante con la iniciativa tal como había sido planteada originalmente, optando por iniciar un nuevo proceso desde cero para un proyecto en el mismo lugar, pero con un rediseño basado en refrigeración por aire.

La electricidad entra en escena. Si ampliamos el foco, el debate no se limita a un proyecto concreto, sino a la capacidad del sistema para absorber este tipo de infraestructuras. Un informe de Systep, publicado el 23 de septiembre de 2025 con datos del Coordinador Eléctrico Nacional, señalaba que, tomando 2025 como punto de partida, la demanda eléctrica de los centros de datos en Chile podría aumentar un 270% en cinco años. La misma proyección sitúa ese consumo en torno a los 1.207 MW en 2030. Estas cifras ayudan a entender por qué la cuestión energética se ha convertido en uno de los ejes centrales cuando se habla de la expansión de la nube y la IA.

Imágenes | Xataka con Nano Banana

En Xataka | En 2024, las Big Tech gastaron cantidades absurdas de dinero en la IA. En 2025, se las apañaron para gastar un 77% más

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China quiere hacerle un “TAC” a la Tierra, y para ello ha lanzado un satélite hiperespectral para ver lo que el ojo no ve

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Un cohete Kuaizhou-11 puso en órbita el pasado 16 de marzo el Xiguang-1 06, el satélite comercial hiperespectral más avanzado que China ha enviado al espacio. El satélite es capaz de analizar la composición química de la superficie terrestre con grandísima precisión, abriendo todo un abanico de posibilidades.

Lo que permite un satélite hiperespectral. Un satélite convencional captura imágenes del planeta de forma similar a como lo hace una cámara fotográfica. Un satélite hiperespectral, en cambio, es capaz de distinguir la huella espectral única de plantas, tejidos y otros objetos sobre la Tierra, lo que permite, entre otras cosas, prevenir pérdidas en cosechas, localizar yacimientos de minerales o vigilar el estado del medio ambiente.

Mientras un satélite normal puede identificar un bosque desde el espacio, uno equipado con tecnología hiperespectral puede diferenciar entre distintos tipos de árboles e incluso determinar el estado de salud de cada uno de ellos. La clave está en que estos sensores capturan decenas o cientos de bandas del espectro electromagnético de forma simultánea, algo que proporciona información espectral tan detallada que a menudo arroja resultados imposibles de obtener con satélites multiespectrales u otros tipos de sistemas de observación.

El satélite. El Xiguang-1 06 fue desarrollado por Xi’an Zhongke Xiguang Aerospace Technology Group y lanzado a bordo del cohete Kuaizhou-11 Y7 desde el centro de lanzamiento de Jiuquan, en la provincia de Gansu. Es el primer satélite comercial hiperespectral en órbita con cobertura espectral completa en la banda de 400 a 2.500 nanómetros (desde el visible hasta el infrarrojo de onda corta) y opera con 26 bandas espectrales independientes.

En términos prácticos, eso significa que puede “ver” mucho más allá del ojo humano, ya que detecta composiciones minerales, diferencia cultivos sanos de enfermos y rastrea cambios en ecosistemas que serían invisibles para cualquier otro sistema. Según Kou Yimin, ingeniero jefe de Zhongke Xiguang Aerospace, el satélite “funciona como si realizara tomografías computarizadas (TC) al planeta: no se limita a observar la morfología de la superficie, sino que puede analizar la composición de los materiales, monitorizar la salud de los cultivos y predecir peligros ecológicos ocultos”.

Para qué sirve en la práctica. En las provincias de Sichuan y Yunnan el satélite monitoriza el crecimiento de cultivos de alto valor como el té y las plantas medicinales tradicionales chinas; en las zonas mineras del noroeste del país, emite alertas tempranas sobre riesgos geológicos como desprendimientos de tierra. 

Pero el alcance potencial va mucho más lejos. Y es que la tecnología hiperespectral puede analizar los niveles de fitoplancton en los océanos, detectar vertidos de combustible de barcos, medir fugas de metano en instalaciones energéticas o vigilar materiales contaminantes procedentes de balsas mineras antes de que lleguen al suelo y la vegetación cercanos. También puede localizar depósitos de minerales como el oro bajo la superficie, identificando la presencia de elementos químicos en su composición como el cobre.

Uno de muchos. El Xiguang-1 06 es una pieza más del “Xiguang-1”, una constelación que contempla un total de 158 satélites: 108 de teledetección hiperespectral de propósito general, 40 especializados en monitorización de emisiones de carbono y 10 de función específica. El objetivo es completar la red en órbita antes de 2030, formando un sistema de observación de “espectro completo en 100 bandas” con más de cien satélites operativos.

Para entender su escala, el Xiguang-1 06 fue uno de los ocho satélites que viajaron a bordo del mismo cohete Kuaizhou-11 en el lanzamiento del 16 de marzo.

Lo que hay detrás. Hasta hace pocos años, la teledetección hiperespectral desde el espacio había sido terreno casi exclusivo de misiones gubernamentales. En los últimos años, sin embargo, han comenzado a emerger empresas comerciales que lanzan sus propias constelaciones de satélites hiperespectrales. China, con Zhongke Xiguang a la cabeza, es uno de los actores que más rápido ha escalado en este sector.

La empresa cuenta además con la plataforma de datos “CAS Xiguang Remote Sensing Cloud”, considerada la primera plataforma de datos hiperespectrales de China. El objetivo declarado es convertirse en la mayor constelación hiperespectral del mundo, con aplicaciones que ya cubren agricultura, gestión forestal, oceanografía, monitorización de carbono y minería.

Imagen de portada | China Daily y Richard Gatley

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