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Cuando el fantasma regresó | El Informador
Era sábado. Veintidós de marzo. La noche caía sobre el Foro Expo. Novecientas cincuenta personas esperaban en la oscuridad. Sabían que algo especial iba a pasar. No sabían qué tanto.
Llegué temprano. Observé. El escenario estaba preparado. Cinco músicos afinando instrumentos. Guitarras. Un bajo. Una marimba. Percusiones que brillaban bajo las luces. Al fondo, una pantalla gigante. Blanca. Expectante. Como un lienzo esperando pintura.
—¿Usted cree que funcione? —me preguntó un hombre en la fila de entrada.
—El cine mudo con música en vivo siempre funciona —respondí—. Es la forma más antigua de contar historias.
Yo mentía. No estaba seguro de nada.
José Manuel Aguilera apareció en el escenario. La Barranca completa: Federico Fong, Adolfo Romero, Navi Naas, Quique Castro. Los conocía de nombre. Habían tocado en la ciudad durante años. Pero esta noche era diferente. Esta noche iban a resucitar un fantasma de 1925.
Las luces se apagaron. La pantalla cobró vida. Rupert Julian. Lon Chaney. El fantasma de la ópera en blanco y negro. Cine silencioso. Como había nacido. Como debía ser.
Entonces sonó la primera nota.
Una guitarra. Melancólica. Misteriosa. Se le unió el bajo. Después, la batería. Suave. Casi un susurro. La música no competía con las imágenes. Las abrazaba. Las completaba. Las hacía respirar.
Lon Chaney apareció en pantalla. Blanco y negro muy primitivo. Su rostro desfigurado. Sus ojos enloquecidos. La música se volvió más densa. Más oscura. Treinta y dos piezas originales que La Barranca había compuesto especialmente para esta noche. Para este fantasma. Para esta resurrección.
El público guardó silencio. Absoluto. Religioso. Como en las catedrales. Como en los teatros del siglo pasado cuando el cine era joven y la música era su alma.
Observé a la gente. Algunos tenían los ojos cerrados. Escuchaban. Otros no parpadeaban. Veían. Todos sentían. La magia antigua del cine que necesita música para vivir. La magia nueva de músicos que entienden que el rock también puede ser clásico.
A media película, una mujer lloró. En silencio. Las lágrimas brillaron con la luz de la pantalla. El fantasma sufría en blanco y negro. La Barranca sufría en colores. Dolor universal traducido en guitarra y batería.
—Es como estar en 1925 —susurró alguien detrás de mí.
No. Era mejor. Era estar en 1925 con oídos de 2014. Era recuperar lo que el cine perdió cuando aprendió a hablar. Era recordar que antes de las palabras estaba la música. Antes de la música estaba el silencio. Antes del silencio estaba la historia.
Al final, cuando Chaney desapareció por última vez, cuando la música se desvaneció en un acorde largo y triste, el público estalló. Aplausos que duraron minutos. Gritos. Silbidos. La Barranca sonrió. Habían logrado lo imposible. Habían hecho que el pasado sonara presente.
Salí del Foro con una certeza: esta siempre Gran Guadalajara acababa de vivir una noche que recordaría durante años. No por la tecnología. No por los efectos especiales. Sino por la magia más antigua del mundo: cinco músicos interpretando emociones en tiempo real para acompañar a un actor muerto desde hace décadas.
El Festival Internacional de Cine había cumplido su promesa más profunda. No solo mostrar películas. Crear experiencias. Momentos irrepetibles. Noches que prueban que el arte verdadero no envejece. Solo espera el momento correcto para regresar.
La Barranca había devuelto la vida al fantasma. El fantasma había devuelto la magia al cine. La Gran Guadalajara había devuelto la fe en que algunas cosas perfectas pueden suceder cuando menos las esperas.
Al año siguiente, La Barranca lanzaría Fatális, el álbum con toda la música de esa noche. Pero ningún álbum podría capturar lo que pasó en el Foro Expo. Algunas experiencias solo existen una vez. En vivo. En directo. En el momento exacto en que un fantasma de 1925 decidió regresar a casa.
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Bad Bunny; ¿Quién es Amanda Vance, influencer que ignoró el show de Bad Bunny en el Super Bowl?
Durante casi catorce minutos, el puertorriqueño Benito Antonio Martínez Ocasio —Bad Bunny— llevó el son del reguetón, el trap, la salsa y otros ritmos latinos a todas las personas presentes para su show de medio tiempo en el Super Bowl LX, sin embargo, entre la inmensa multitud, una influencer estadounidense llamó la atención de las redes. En esta nota te contamos los detalles.
En lugar de seguir la presentación del artista puertorriqueño —ganador del Grammy a Mejor Álbum del Año—, la influencer y exanimadora de los Miami Dolphins, Amanda Vance optó por mirar “The All-American Halftime Show”, un show alternativo promovido por sectores conservadores que buscaban ofrecer una versión distinta al espectáculo principal.
Vance se convirtió en el centro de la conversación en redes sociales. Ya que, lejos de ser un simple gesto, su actuar se interpretó casi cierto deje de burla.
Lee: Peso mexicano despierta débil en el tipo de cambio con el dólar
Internet no le perdonó nada
La reacción hacia Vance fue inmediata, perdió miles de seguidores en tan solo dos minutos, pero, también recibió elogios de círculos conservadores que la consideraron “valiente” por desafiar lo que ellos llaman la cultura woke.
“Perdí mil seguidores en 2 minutos en Instagram porque no vi el medio tiempo de Bad Bunny”, comentó en su cuenta de X.
Para muchos internautas, el gesto de Vance fue contradictorio: pagar una entrada cara para el espectáculo más grande del año solo para ignorarlo parecía más un intento de llamar la atención que una declaración auténtica.
¿Y quién es Amanda Vance?
Amanda Vance no es nueva en el mundo digital. Su trayectoria combina modelaje, animación deportiva y una sólida presencia como influencer en apuestas, con un público mayoritariamente masculino y aficionado a los deportes.
*Mantente al día con las noticias, únete a nuestro canal de WhatsApp.
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Bad Bunny honra en el Super Bowl la cultura de toda América
En uno de los espectáculos de medio tiempo del Super Bowl más esperados de la historia, el mensaje que dejó Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny, fue claro: en el evento deportivo más importante de Estados Unidos la cultura latina no es una invitada, es protagonista.
Ante los ojos de más de 70 mil espectadores en el estadio Levi’s, y para 100 millones de personas a través de las pantallas, Benito no plantó únicamente la bandera de Puerto Rico, llevó a toda Latinoamérica con él al escenario más visto de todos.
El nacido en Bayamón despertó el furor del público con “Tití me preguntó” como canción de entrada, antes de dar paso a otro éxito: “Yo perreo sola”.
El show de medio tiempo del Super Bowl LX, como dijo Martínez Ocasio, fue “la fiesta más grande del mundo”, en la que se mezcló salsa, reggaetón, bachata y trap.
Todas las épocas de su exitosa carrera fueron expuestas. Canciones de Don Omar y Daddy Yankee acompañaron sus transiciones en el escenario, dividido en distintas zonas: un campo, tiendas de conveniencia y un salón de fiestas para celebrar una boda.
Sin embargo, el Conejo Malo no estuvo solo. Sus invitados de lujo fueron la cantante Lady Gaga, que sorprendió con su interpretación de “Die with a smile”, versión salsa, y el icónico Ricky Martin, paisano de Benito.
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“Si estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí mismo”, dijo el reciente ganador de tres Grammy, que honró la cultura boricua a través de sus bailarines y actores, que lucieron sombreros de pava o jíbaros, los que usan los campesinos para cubrirse del sol.
No hubo manifestaciones políticas, porque no fueron necesarias. El espectáculo dejó claro que esta era la noche de Latinoamérica y que la historia marcará esta como la primera vez que el show de medio tiempo del Super Bowl fue interpretado por su artista principal todo el tiempo en español.
Para Benito una boda, una reunión con amigos o el partido de futbol americano más importante representa lo mismo: una oportunidad para bailar y festejar la vida.
La música trasciende fronteras y no discrimina, una reflexión en esta presentación histórica en tiempos en los que el gobierno de Estados Unidos persigue a los inmigrantes en su país. A ellos, Bad Bunny les cantó desde el lugar más profundo de su corazón.
Entre fuegos artificiales, abandonó el campo de juego rodeado de banderas latinoamericanas y en las pantallas gigantes del estadio se compartió al mundo que “la única cosa más poderosa que el odio, es el amor”.
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