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Un YouTuber tiene un coche que vale cuatro millones de euros. Para conducirlo tiene que pagar 7.000 cada 60 kilómetros
Si hay una marca que ha entendido esa máxima de si se puede poner precio a la exclusividad, esa es Bugatti. Las marcas de lujo juegan con las listas de personas millonarios que aspiran a tener el objeto en cuestión en su haber, y parte de esa exclusividad se consigue tanto con el precio como con las escasísimas unidades.
¿Del Chiron Super Sport? Apenas 30 unidades. ¿Que quieres el Centodieci? Lástima, sólo se fabricaron 10. Incluso con sus altísimos precios, a Volkswagen cada Bugatti vendido le costaba dinero, así que tuvieron una idea: hacer que lo difícil no fuera comprar el coche, sino mantenerlo. También vender paquetes de personalización con los que los clientes invierten 500.000 euros de media, pero ese es otro tema.
Y dentro de la exclusividad de Bugatti, hay un modelo concreto que no es el más caro del concesionario, pero que sí cuesta un riñón y parte del otro como le quieras hacer kilómetros. ¿El motivo? Sus ruedas cuestan un dineral y hay que cambiarlas cada 60 kilómetros.
Se trata del exclusivísimo Bugatti Bolide, que además no está hecho para las carreteras.
Te vas a acordar cada vez que quieras cambiar las ruedas
El Bolide fue presentado como concepto en 2020 y se empezaron a entregar a mediados del año pasado. Cuesta unos cuatro millones de euros y volvemos al tema de la exclusividad: sólo hay 40 unidades en todo el mundo. Se trata de un coche que es muy similar al resto de los de su familia, pero con una particularidad: no está homologado para circular por carretera.
Es un hiperdeportivo de lujo, sí, pero su ambiente natural es el circuito. Cambiar cualquier cosa en el Bolide cuesta un dineral, como ocurre en cualquier Bugatti y en el resto de superdeportivos. El motivo es que no es tan sencillo como levantar el capó, aflojar un par de tuercas y realizar el cambio: hay que desmontar parte del coche para, por ejemplo, hacer un cambio de aceite.
Y esto es algo que hay que realizar de forma frecuente porque el motor consume más aceite que el de un coche normal. Pero el asunto del Bolide son, como decimos, las ruedas, porque en este caso es como un Fórmula 1.


Cuando compras el coche, el fabricante incluye cuatro neumáticos muy finos que únicamente sirven para transportar el coche del camión al asfalto del circuito. Una vez allí, se montan los neumáticos principales, unos especiales de Michelin que son como los slicks (sin dibujo) de los de los monoplazas de competición. También hay versión de lluvia.




Estos neumáticos deben precalentarse antes de poner el coche en marcha (de nuevo, como en la máxima competición del motor) y la degradación es bestial. El Bolide pesa unos 1.300 kilos, pero genera una fuerza de succión de más de 1.800 kilos. Esto hace que el coche se pegue al suelo, como una aspiradora, para afrontar mejor las curvas, pero también degrada más los neumáticos.
La aceleración de 0 a 300 km/h en 7,37 segundos, los 1.850 CV y la tracción total se come unas ruedas que hay que cambiar cada 60 kilómetros. ¿Y eso en qué se traduce? El youtuber Manny Khoshbin, un amante de los coches, coleccionista y a quien no le importa informar sobre el dineral que le cuesta cada uno de ellos, comenta en uno de sus últimos vídeos que esos cambios a los 60 kilómetros cuestan unos 7.000 euros.
Al final, esas prestaciones extremas conllevan la cortísima vida útil de los neumáticos en un coche que es, absolutamente, brutal. Sólo hay que escuchar cómo ruge el motor cuando Many lo enciende (sólo encenderlo seguro que cuesta más que llenar el depósito de mi coche).
Y el consuelo que a muchos nos queda es que… el de LEGO cuesta menos de 50 euros.
Algo es algo.
Imágenes | Santaclaus93, Calreyn88, Bugatti
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La filosofa española que defiende que lo importante está en las cosas sencillas del día a día
Cualquiera que haya visitado Brujas y callejeado entre sus calles, ha acabado dando con un parquecillo maravilloso rodeado por casas blancas. El Beguinaje de la ciudad belga es, junto a otros doce repartidos por todo Flandes, patrimonio de la Humanidad desde 1998 y no es para menos.
Aunque “no se sabe cómo empezó este movimiento”, como explicaba Silvana Panciera, socióloga y autora de un libro sobre ellas; lo cierto es que desde el siglo XII y durante siglos, “propusieron a las mujeres existir sin ser esposas, ni religiosas, emancipadas de cualquier dominación masculina”.
Lo curioso es que el beguinaje, como los conventos y las escritoras religiosas, se están poniendo de moda. Muy de moda.
Y no, no hablo del ‘revival’ católico. En las últiams semanas, la “coincidencia” temporal de ‘Los Domingos‘ de Ruiz de Azúa o ‘Lux‘ de Rosalía, había levantado el runrun de que “el catolicismo estaba de vuelta“. Pero, en realidad, no hablo de eso.
Como muestran libros como ‘Místicas’ de Begoña Méndez, hablamos de algo más profundo: de algo que, tras la tramoya católica, habla directamente a toda una generación de mujeres jóvenes. Algo que, en palabras de Jorge Burón, “abre horizontes comunes en vez de individuales”.
Santa Teresa llevaba razón. Santa Teresa de Jesús quizás sea la pensadora española más importante de toda la historia y, muy a menudo, las lecturas excesivamente pegadas al trasfondo cristiano nos impiden apreciar el poder filosófico que se esconde detrás.
Hoy por hoy, cuando las tensiones entre vida personal y desarrollo profesional son especialmente intensas en una generación de mujeres que ha abandonado los marcos de referencia tradicionales sin recalar aún en otros nuevos, las ideas de Teresa de Cepeda son especialmente relevantes.
“Entre los pucheros”. Un ejemplo muy conocido está en el ‘Libro de las fundaciones’, cuando dice que “…entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor, ayudándoos en lo interior y exterior”. En ese pasaje, Teresa defiende que no existe una guerra entre la vida interior y el trabajo exterior, que el criterio de fondo no es lo que hacemos , sino cómo lo hacemos.
No obstante, no es una defensa del “todo da igual”.
Al contrario, lo que rechaza es la superioridad automática de lo “elevado” frente a lo “cotidiano”. Buscar a Dios (el sentido de la vida, lo que somos realmente) no es algo que exija la soledad más absoluta: es algo que hay que hacer allá donde toca.
Donde toca. No es una frase hecha: hace unos días defendíamos que la sensación de fin de época, la aceleración, la saturación, la ansiedad existencial o los problemas de legitimidad son algo consustancial a nuestros días. La sensación de que el futuro es una ficción está a la orden del día.
Por ello, a nadie puede sorprender que Santa Teresa esté más viva que nunca animándonos a tomar las riendas de nuestro día.
Imagen | Teresa, el cuerpo de Cristo
En Xataka | La Iglesia Católica cambió la psicología de Europa. Sin quererlo, provocó una era de innovación tecnológica
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La actriz Maya Hawke se casa en pleno Día de San Valentín con el músico Christian Lee Hutson
EFE.- La actriz Maya Hawke, conocida por su papel de Robin Buckley en “Stranger Things” se casó este sábado, Día de San Valentín, con el músico Christian Lee Hutson en la ciudad de Nueva York, según publicaron este domingo la revistas People y Hola.
Hawke, de 27 años, y Hutson, de 35, se dieron el sí quiero en una ceremonia en la iglesia St.George’s Episcopal, en Manhattan, a la que asistieron los padres de ella, Uma Thurman y Ethan Hawke.
En la ceremonia también estuvieron varios de sus compañeros de reparto de la serie de Netflix.
De acuerdo con las revistas, la pareja empezó su relación a principios de 2022 y la han mantenido fuera de los focos, apareciendo juntos en algún evento de alfombra roja, pero se conocen desde hace años y colaboraron en el álbum de Hawke “Chaos angel” (2024).

Hawke aparece en las fotos de su gran día caminando radiante por las calles de la ciudad, con un vestido blanco sin mangas y con cuello de barca, mientras que Hutson luce un traje con chaleco clásico, en blanco y negro, con pajarita.
Entre los invitados estaban los actores de “Stranger Things” Finn Wolfhard, Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin, Sadie Sink, Natalia Dyer, Charlie Heaton y Joe Keery, así como Iris Apatow y su novio Sam Nivola, según prensa del corazón.
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no hay una “epidemia” de ególatras sino de un mal uso de la psicología
Hace décadas, el término narcisismo rara vez salía de un manual clínico o de una consulta de psiquiatría. Hoy, basta con abrir TikTok para encontrar un ejército de expertos autoproclamados dando consejos sobre cómo identificar a un narcisista basándose en señales tan vagas como una “mirada muerta” mientras se aplican el maquillaje, o advirtiendo sobre la “agresividad pasiva”.
Vivimos en la era del diagnóstico de sofá. “Últimamente ‘ser narcisista’ es una de las palabras más usadas en las redes sociales y entre conversaciones de amistades”, nos confirma en entrevista para Xataka Sandro Espinosa, psicólogo especializado en terapia focalizada en la emoción y trauma. Sin embargo, lo que hoy usamos como un insulto de moda para describir a una “mala persona” o a un “exnovio egoísta”, en realidad dista mucho de su significado clínico original.
Según explica Espinosa, en la psicoterapia clásica, la palabra narcisismo no hace referencia a nada negativo per se. “Se entiende como la valoración que asignamos a nuestra propia imagen”, una especie de autoconcepto que desarrollamos a lo largo de la vida. Virgil Zeigler-Hill, profesor citado por el New York Times, coincide: el término se ha convertido en una “etiqueta general para una amplia gama de comportamientos desagradables o frustrantes”, perdiendo su matiz científico.
La era del “meme” psicológico
El salto de la clínica a la cultura pop ha tenido un precio. Para Sandro Espinosa, la popularización de estos términos ha provocado que se distorsionen hasta perder su connotación psicológica, convirtiéndose en “un meme o una etiqueta moral”.
El fenómeno es tentador. Según explica el psicólogo, utilizamos la etiqueta “narcisista” para definir a “alguien que me ha hecho daño y no supo quererme”. Esto ofrece un alivio inmediato a la supuesta víctima. Sara Pallarés, psicóloga del Instituto Enric Corbera citada por La Vanguardia, advierte que “parece que está de moda” poner este tipo de etiquetas. “Todo el mundo tiene una pareja narcisista, un padre narcisista… Todos lo usan para justificar sus traumas actuales”, señala Pallarés, alertando de que esta postura a menudo esconde una falta de coraje para resolver lo propio.
El peligro de este autodiagnóstico masivo es doble. Por un lado, Espinosa advierte sobre los “falsos positivos”: creer que alguien tiene un trastorno basándose en un vídeo de 60 segundos. Por otro lado, la realidad estadística es tozuda: el Trastorno de la Personalidad Narcisista (TPN) es raro. Según datos recogidos por Mayo Clinic, se estima que afecta solo a entre el 1% y el 2% de la población adulta. Sin embargo, en redes sociales, parecería que estamos rodeados.
Entonces, ¿por qué nos obsesiona tanto etiquetar al otro como un monstruo enfermo? La respuesta, según los expertos, tiene más que ver con nosotros que con ellos. “Ver el mundo en blanco y negro siempre nos va a ofrecer un alivio y una sensación de control”, explica Sandro Espinosa. Al etiquetar al otro como narcisista, convertimos una relación compleja en “una historia simple de un villano y una víctima”.
Esta simplificación tiene una función psicológica muy potente: la inocencia moral total. Espinosa detalla que, si el otro es un “enfermo” o un “monstruo”, entonces “yo no tengo que revisar mis dinámicas relacionales”. Me limpia de culpa y convierte al otro en agresor, permitiéndome “seguir en el mundo sin necesidad de hacer una autocrítica sana”.
La psicóloga Sara Pallarés lanza una pregunta incómoda a quienes se refugian en esta etiqueta: “Oye, ¿y tú qué tienes que ver con esto? ¿Qué responsabilidad tienes?”. Según Pallarés, al culpar exclusivamente al perfil narcisista, la persona pierde la oportunidad de sanar y entender porque acabó en esa situación.
Además, existe un fenómeno de identificación masiva. Espinosa alude al Efecto Forer (el mismo principio que hace que creamos en los horóscopos): cualquier descripción vaga y cargada de emoción sobre ser “víctima de un narcisista” nos atrae porque nos ofrece un relato donde somos moralmente inocentes y merecedores de cuidado.
No es lo mismo ser un “capullo” que tener un trastorno
Es crucial distinguir entre un mal carácter y una patología. Sandro Espinosa ofrece una clave para diferenciarlos: la intensidad, la frecuencia y la duración. “Todos a veces podemos ser egoístas, crueles, inmaduros y no tenemos un trastorno”, aclara.
El psicólogo utiliza una metáfora visual para describir la verdadera estructura del trastorno narcisista: imagina una escultura de vidrio. Por fuera, se ve la imagen grandilocuente, soberbia y carismática. Pero “dentro de esa figura, en el núcleo de la misma, veríamos a un niño que se está tapando los ojos o los oídos con las manos, que está avergonzado, que se siente humillado”. La grandiosidad es solo una máscara compensatoria para tapar un dolor insoportable.
En el reportaje del New York Times desglosan que no todos los narcisistas son iguales. Existen subtipos como el narcisista grandioso (seguro, busca estatus), el narcisista vulnerable (hipersensible, ansioso, defensivo) y el antagonista (competitivo y hostil).
No obstante, un punto clave es la empatía. Mientras que en redes se dice que carecen de ella, se hace mención al concepto de “empatía tipo Splenda”: una empatía artificial o instrumental. Espinosa coincide y matiza que, en consulta, se debe distinguir si la persona realmente siente el dolor del otro o si usa la empatía de forma instrumental, “al servicio de su necesidad de ser deseado”.
Además, en Thought Catalog mencionan tácticas específicas como la “inducción de celos”, donde estos perfiles provocan celos deliberadamente para ganar poder y control sobre la pareja. Espinosa añade que, de hecho, las personas con este trastorno suelen ser “muy envidiosas” y que esa envidia nace de una “rabia defensiva”.
Lejos de la demonización, los expertos abogan por humanizar el espectro. “El narcisismo siempre es una dimensión. Todos tenemos rasgos narcisistas”, recuerda Espinosa. Todos necesitamos a veces ser mirados y reconocidos.
Incluso aquellos con el diagnóstico sufren. En un reportaje de Eldiario.es recogen testimonios de personas diagnosticadas que describen la enfermedad como vivir en un mundo ilusorio para protegerse de sentirse “lo peor”. El estigma es tal que muchos ocultan su diagnóstico por miedo a ser vistos como abusadores, cuando a menudo son personas vulnerables que necesitan ayuda para gestionar sus emociones.
Desde el portal médico Mayo Clinic subrayan que detrás de esa máscara de ultra confianza, hay una fragilidad extrema ante la crítica más leve. Espinosa añade que estas personas tienen mucha dificultad para hacer autocrítica real porque, al hacerlo, “rápidamente conectan con sus sentimientos de inferioridad profunda y entonces huyen de ahí”.
La realidad detrás de los dogmas virales
Frente a la narrativa catastrofista de las redes sociales, la ciencia y la experiencia clínica ofrecen una visión mucho más matizada y esperanzadora, desmintiendo la idea de que estamos ante monstruos inmutables o una plaga generacional.
Uno de los mensajes más repetidos y dañinos en internet es que el narcisista “nunca cambia”. Sandro Espinosa es tajante al respecto: “No es cierto. Un trastorno narcisista de la personalidad puede cambiar y tiene capacidad de retorno”. Esta afirmación clínica se ve respaldada por la investigación académica. Un meta-análisis publicado en el Psychological Bulletin, que examinó datos de más de 37.000 participantes, concluyó que el narcisismo disminuye de forma normativa a lo largo de la vida, desde los 8 hasta los 77 años. Es decir, la tendencia natural del ser humano al madurar es volverse menos narcisista.
Tampoco es cierto que estemos viviendo una “epidemia de narcisismo” sin precedentes, alimentada por una supuesta juventud ególatra. A pesar de la alarma social, un estudio masivo citado por Psyche, que analizó a más de 500.000 personas, no encontró evidencia de que los jóvenes de hoy sean más narcisistas que los de generaciones pasadas. De hecho, los datos sugieren que las conductas antisociales han disminuido y las prosociales han aumentado. Sandro Espinosa añade que, si bien las redes sociales y la cultura del like nos ofrecen “parches emocionales” y una mirada validante donde refugiarnos, no son una fábrica que cree el trastorno por sí misma; este tiene raíces mucho más profundas en el temperamento y la crianza.
Al final, la obsesión por diagnosticar al otro nos distrae del verdadero trabajo personal. La sanación no pasa por señalar con el dedo, sino por una mirada mucho más valiente hacia uno mismo y hacia la naturaleza humana.
Para el experto, el verdadero cambio ocurre cuando dejamos de necesitar esa máscara. “No necesito crecer para dejar de ser insuficiente, sino que yo soy suficiente con quien soy”, concluye Espinosa, recordándonos que la meta final, tanto para quienes sufren el trastorno como para quienes conviven con él, es construir una identidad basada en el cariño y no en la defensa constante.
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