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amenaza con encarecer el uso de la IA
La inteligencia artificial ya forma parte de nuestro día a día. Usamos ChatGPT o Gemini para planificar vacaciones o hacer resúmenes, y aplicaciones como Adobe Express o Canva para crear memes o imágenes. A veces con las funciones gratuitas basta, pero en muchos casos terminamos pagando una suscripción.
En el ámbito empresarial, la situación es un poco distinta. Las empresas suelen pagar desde el primer uso para acceder a herramientas de IA que impulsan sus propias iniciativas, como chatbots de atención al cliente o sistemas de análisis de datos.
La amenaza de los aranceles. Tanto los usuarios particulares como las empresas podríamos acabar pagando más por el uso de la IA. El motivo: los más recientes aranceles que está imponiendo la Casa Blanca. Aunque el impacto directo afectará principalmente a Estados Unidos, vivimos en un entorno digital globalizado. Y hay varios factores que pueden hacer que la subida de precios se extienda también al resto del mundo.
Centros de datos más caros, servicios más caros. The Wall Street Journal señala que la guerra arancelaria impulsada por Estados Unidos puede encarecer la construcción de centros de datos, lo que impactaría de alguna forma en el precio de los servicios de IA. El foco está en el acero y el aluminio: dos materiales clave no solo para levantar la estructura física, sino también para sistemas de refrigeración, racks de servidores y bandejas para el cableado.
Los chips también están en la ecuación. El conflicto también alcanza a la industria de los semiconductores. Aunque algunos dispositivos están exentos, ciertas GPU diseñada para IA están incluidas en los nuevos aranceles. La cadena de suministro en este sector es global y compleja, y estas medidas pueden generar efectos en cascada. Muddu Sudhakar, CEO de Aisera, advirtió que si construir centros de datos resulta más caro, también lo será operar sistemas de inteligencia artificial.


Aún no se sabe cuándo llegará el impacto. De momento, el alcance real de estos posibles cambios en las tarifas sigue sin estar claro. La política comercial de Trump continúa redefiniéndose, y muchos proyectos en marcha siguen adelante con componentes adquiridos antes de que se activaran los nuevos aranceles. Toca esperar para saber si en algún momento de los próximos meses las suscripciones a servicios de IA se encarecerán.
Una tendencia que ya se veía venir. Incluso antes de este escenario, las suscripciones más caras ya asomaban la patita. El plan ChatGPT Pro de 200 dólares al mes es un ejemplo claro. La IA generativa es cara de mantener, y aunque no hay cifras exactas, varios expertos coinciden en que su rentabilidad aún está lejos. Según The Information, OpenAI espera lograr beneficios recién en 2029. Hasta entonces, el negocio seguirá perdiendo dinero.
La desaceleración también es una realidad. Conviene recordar que se venía notando cierto freno en la construcción de centros de datos desde antes de que se anunciara la nueva oleada de aranceles. Microsoft, uno de los mayores inversores en este tipo de infraestructuras, canceló o aplazó varios proyectos en Estados Unidos y Europa. Según los analistas de TD Cowen, la decisión responde tanto a un exceso de oferta como a los ajustes en su acuerdo con OpenAI.
Imágenes | Solen Feyissa | Michael Pointner
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Rusia y EEUU frente a frente
Lo que comenzó como una operación estadounidense aparentemente limitada para imponer un bloqueo naval a petroleros sancionados frente a las costas de Venezuela ha terminado convirtiéndose en un episodio de alto voltaje estratégico en pleno Atlántico Norte. El asalto ha llegado a Europa, y en el horizonte ha aparecido Rusia y su flota fantasma.
Del Caribe al Atlántico. Lo que ha ocurrido es que Washington ha abordado un petrolero ya reabanderado por Rusia mientras Moscú ha enviado activos navales, incluido un submarino, para escoltarlo.
El caso del antiguo Bella 1, rebautizado apresuradamente como Marinera y con una bandera rusa pintada a brocha gorda en mitad de la persecución, simboliza el paso de una guerra económica y de sanciones en la periferia latinoamericana a un choque directo, físico y potencialmente escalable entre dos potencias nucleares en aguas europeas. Aquí no hay un simple barco oxidado, sino una colisión de líneas rojas que hasta ahora se habían evitado cuidadosamente.
La flota fantasma sale de las sombras. Lo hemos ido contando. Desde la invasión rusa de Ucrania, Moscú, Teherán y Caracas han construido una vasta “flota fantasma” de más de mil petroleros envejecidos, con propiedad opaca, seguros inexistentes y banderas falsas, diseñada para mantener el flujo de petróleo al margen de las sanciones occidentales. Durante años, el sistema se apoyó en la ambigüedad y la negación plausible: registros en paraísos administrativos, compañías pantalla en Dubái o Seychelles y banderas de conveniencia que minimizaban el riesgo político.
El giro reciente es radicalmente distinto. Decenas de estos buques han empezado a izar directamente la bandera rusa, no por discreción, sino como escudo. Es una especie de huida hacia adelante: al declararlos rusos, el Kremlin eleva el coste de cualquier interdicción, transformando un problema legal en uno estratégico.
El ejemplo perfecto. El Marinera es el ejemplo más extremo de esa mutación. Perseguido por la Guardia Costera estadounidense desde el Caribe, rechazó un abordaje, huyó hacia el Atlántico, cambió de identidad y recibió un registro ruso sin inspecciones formales.
Con ello, Moscú buscaba algo muy concreto: disuadir a Washington planteando la pregunta implícita de si Estados Unidos estaba dispuesto a abordar por la fuerza un buque bajo pabellón ruso en alta mar. La respuesta no ha dejado margen a la duda.
El abordaje televisado. La operación estadounidense fue todo menos improvisada, con un vídeo del asalto que ha dado la vuelta al mando. Durante semanas, el petrolero fue seguido por un cutter de la Guardia Costera mientras se desplegaban medios aéreos en el Reino Unido, incluyendo fuerzas especiales y plataformas de vigilancia. El abordaje final en aguas entre Islandia y Escocia implicó a personal militar estadounidense y se produjo pese a la presencia cercana de unidades navales rusas.
Según Moscú, se trató de una violación del derecho internacional. Según Washington, el barco había sido previamente apátrida, estaba bajo orden judicial de incautación y formaba parte de una red de transporte ilícito de petróleo iraní y venezolano.

Munro siguiendo al petrolero Bella 1
Repercusiones. El detalle crucial no es jurídico, sino político. Rusia había solicitado formalmente que Estados Unidos cesara la persecución y, al enviar un submarino y otros activos, introdujo un elemento de disuasión militar directa.
Estados Unidos, al seguir adelante, aceptó de facto un riesgo que hasta ahora había evitado: un incidente entre fuerzas rusas y estadounidenses fuera del teatro ucraniano y sin los amortiguadores diplomáticos habituales.
El inquietante cambio de escenario. Anteriormente, el endurecimiento estadounidense contra la flota fantasma se concentraba en el Caribe y en torno a Venezuela, especialmente tras la captura de Maduro, convertida por Trump en una demostración de fuerza y en el pilar de una estrategia para controlar el petróleo venezolano. En ese contexto, abordar petroleros con bandera dudosa frente a las costas latinoamericanas implicaba riesgos limitados: Guyana o registros ficticios no iban a responder militarmente.
El salto al Atlántico Norte lo cambia todo. El Marinera no fue interceptado cerca de Venezuela, sino en rutas próximas a Europa, con el apoyo operativo del Reino Unido y bajo la atenta mirada de aliados de la OTAN. La escena, por tanto, ya no es el “patio trasero” estadounidense, sino un espacio donde cualquier error de cálculo tiene implicaciones directas para la seguridad europea. De pronto, la aplicación de sanciones se superpone con la disuasión nuclear.

Momento del asalto al petrolero
El factor nuclear. Nadie necesita mencionar armas para que estén presentes. Rusia es una potencia nuclear que basa buena parte de su doctrina en la escalada controlada y en la ambigüedad, y Estados Unidos entiende perfectamente el mensaje implícito cuando Moscú escolta un petrolero con un submarino. El incidente del Marinera demuestra hasta qué punto la guerra de sanciones ha alcanzado un umbral peligroso: ya no se trata solo de dinero o petróleo, sino de credibilidad estratégica.
Cada abordaje de un buque reabanderado por Rusia plantea una pregunta incómoda: ¿hasta dónde está dispuesta Moscú a proteger su flota fantasma sin cruzar una línea que provoque una respuesta directa? Y, al mismo tiempo, ¿cuántas veces puede Washington repetir una operación como esta antes de que el Kremlin sienta la necesidad de responder para no parecer débil? En un entorno saturado de tensiones, un choque accidental o una mala interpretación pueden escalar con rapidez.
Europa y la encrucijada. La incautación del Marinera se produce mientras Europa debate qué hacer con estos petroleros, cada vez más asociados no solo a evasión de sanciones, sino a sabotajes, daños a cables submarinos y riesgos medioambientales graves. Países como Finlandia o Francia ya han recurrido a fuerzas especiales para abordar buques sospechosos.
Sin embargo, el caso estadounidense introduce un precedente inquietante: lo legal no siempre es prudente. Si las grandes potencias normalizan el uso de la fuerza en alta mar contra buques reabanderados estratégicamente, otros actores menos responsables pueden imitar el comportamiento.
Un barco viejo como símbolo. El Marinera no llevaba petróleo, ni hay pruebas concluyentes de que transportara armas. Su valor es otro: como símbolo. Representa la transición de la guerra híbrida rusa desde la sombra hacia la confrontación abierta, y demuestra que Estados Unidos está dispuesto a llevar la presión más allá de los márgenes cómodos del Caribe. “Lo de Venezuela” ya no es un asunto regional, ha saltado al Atlántico y ha introducido un elemento inquietante implícito en un conflicto que parecía limitado a sanciones y presiones diplomáticas.
Si se quiere, la pregunta ya no es solo qué pasará con este petrolero en concreto, sino si estamos ante el primer episodio de una nueva fase: una guerra de interdicciones, banderas y escoltas armadas en la que cada barco puede convertirse en un detonante estratégico. Y cuando Estados Unidos y Rusia se miran a los ojos en alta mar, incluso un casco oxidado puede pesar como una bomba.
Imagen | US Coast Guard, Andrew Davidson
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NVIDIA ya tiene su propio Autopilot. Y Tesla tiene motivos para preocuparse
NVIDIA ha presentado en el CES 2026 Alpamayo, una familia de modelos de IA de código abierto diseñada específicamente para vehículos autónomos. El sistema no solo detecta obstáculos y planifica rutas, sino que “razona” sobre situaciones complejas y explica sus decisiones de conducción.
Mercedes-Benz será el primero en implementarlo en el CLA, que llegará a Estados Unidos en el primer trimestre de 2026.
Por qué es importante. Tesla ha mantenido su sistema FSD completamente cerrado desde 2016, y ahora NVIDIA apuesta por liberar los pesos del modelo, el framework de simulación y más de 1.700 horas de datos de conducción.
Esta estrategia puede convertir a NVIDIA en “el Android de la movilidad autónoma” y permitir que cualquier fabricante acceda a capacidades comparables a las de Tesla sin necesidad de años de desarrollo interno.
El contraste:
- Tesla vende su FSD como un sistema propietario integrado solo en sus coches, generando ingresos recurrentes de sus propios clientes.
- NVIDIA quiere vender chips a toda la industria, proporcionando la tecnología base para que otros construyan sus sistemas.
El primer modelo gana más por venta individual, pero el segundo puede escalar exponencialmente si varios fabricantes adoptan la plataforma.
En detalle. Alpamayo 1 es un modelo de 10.000 millones de parámetros que procesa vídeo y genera tanto una trayectoria como la lógica detrás de cada decisión.
Jensen Huang lo ha descrito como el “momento ChatGPT para la IA física”. El Mercedes CLA integrará 30 sensores (cámaras, radares, ultrasónicos…) y se comercializará como sistema “Nivel 2+”, similar al FSD de Tesla en que requiere atención constante del conductor.
Entre líneas. La jugada de NVIDIA parece realmente buena desde el punto de vista regulatorio:
- Al generar una “trazabilidad de razonamiento” que explica cada decisión, tranquiliza a los reguladores, que suelen estar aterrados por los modelos de caja negra.
- Y al liberar el código, engancha a startups y fabricantes en su ecosistema CUDA.
Si no puedes desarrollar autonomía por ti mismo (la mayoría de fabricantes tradicionales no puede), simplemente usas Alpamayo… y lo ejecutas en chips de NVIDIA.
La amenaza. Para Tesla, esto supone la temida commoditización de una tecnología que ha sido su principal diferenciador. Si Mercedes entrega en marzo capacidades similares a FSD basadas en un sistema que cualquier marca puede comprar, el argumento de venta de Tesla se debilita.
Elon Musk ya ha comentado este anuncio en su perfil de X: “Es fácil llegar al 99%, luego es muy difícil resolver el resto”. También parece una admisión implícita de que Tesla tampoco ha resuelto ese problema final.
Sí, pero. El código abierto no garantiza el éxito ni el símil con Android en la telefonía. La implementación real, la integración con sensores concretos y la validación en condiciones reales siguen siendo complejas.
Tesla lleva años acumulando millones de kilómetros de datos de conducción. NVIDIA ofrece 1.700 horas, una fracción enana en comparación. La pregunta es si esa ventaja de datos de Tesla compensa la ventaja de distribución que NVIDIA puede conseguir al asociarse con varios fabricantes. El tiempo y el mercado dirán.
Imagen destacada | Pixilustration
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Mientras todo el mundo mira al petróleo, el verdadero tesoro de Venezuela se esconde en los sótanos de Londres: su oro
Puede que el gran tesoro de Venezuela no sea petróleo. De hecho, desde que Estados Unidos atacó Caracas, se ha empezado a escuchar con fuerza una serie de teorías que tienen un denominador común: el mayor botín venezolano está a miles de kilómetros de la nación, bajo el suelo de la capital de Reino Unido.
El oro atrapado en Londres. Sí, bajo las calles de la city, en las bóvedas de la Bank of England, permanecen inmovilizadas unas 31 toneladas de oro pertenecientes a Venezuela, un activo que en 2020 estaba valorado en torno a 1.400 millones de libras y que hoy vale bastante más tras el fuerte repunte del precio del metal.
La captura de Nicolás Maduro por Estados Unidos ha devuelto este asunto al primer plano internacional, reabriendo una pregunta que lleva años sin respuesta clara: quién tiene realmente derecho a controlar esas reservas. Aunque la atención global suele centrarse en el petróleo venezolano, el oro representa cerca del 15% de las reservas exteriores del país y se ha convertido en una pieza clave de un pulso político, jurídico y geopolítico que trasciende con mucho a Caracas.
Reconocimiento y bloqueo. El origen del bloqueo se remonta a 2018, tras unas elecciones presidenciales disputadas y el endurecimiento de las sanciones impulsadas por Trump durante su primer mandato. El Reino Unido, junto a decenas de países, dejó de reconocer a Maduro como presidente legítimo y, ante las presiones de la oposición venezolana, se negó a autorizar la repatriación del oro, alegando el riesgo de que fuera utilizado para apuntalar un régimen autoritario o directamente desviado.
A ello se sumó, según reveló después el exasesor de seguridad nacional John Bolton, una petición expresa de Washington para que Londres mantuviera el bloqueo, lo que situó al banco central británico y al Gobierno en el centro de una batalla que mezclaba derecho internacional, sanciones y diplomacia.

Bank of England
Un laberinto judicial. En 2020, Caracas acudió a los tribunales británicos para reclamar el oro, argumentando que necesitaba esos fondos para hacer frente a la pandemia. Sin embargo, el proceso se complicó cuando Juan Guaidó, entonces reconocido por Londres como presidente interino, reclamó también la titularidad de las reservas.
El litigio derivó en una maraña legal sobre a quién debía obedecer el Banco de Inglaterra, una cuestión que sigue sin resolverse incluso después de que Guaidó perdiera el reconocimiento internacional. El resultado es un limbo jurídico en el que el oro permanece inmovilizado, sin que ninguna de las partes pueda disponer de él.
Acusaciones de piratería. Desde el entorno chavista, la retención del oro fue denunciada como un acto de “piratería”, una acusación formulada en su día por Delcy Rodríguez, que posteriormente quedó salpicada por el escándalo conocido como Delcygate tras su supuesto viaje secreto a Madrid en 2020 pese a una prohibición de entrada en la UE y la presunta venta de lingotes venezolanos.
Aunque Rodríguez ha adoptado un tono más conciliador tras la caída de Maduro, ofreciendo cooperación a Estados Unidos, la posición británica sigue siendo firme: la ministra de Exteriores Yvette Cooper ha reiterado que Londres mantiene la presión política porque considera clave forzar una transición democrática, aun subrayando la independencia formal del Banco de Inglaterra en la gestión de los activos.
El precedente peligroso. El caso venezolano no es una excepción, sino más bien parte de una tendencia cada vez más controvertida: la inmovilización de reservas soberanas en un contexto de creciente confrontación geopolítica.
Lo hemos contado: tras la invasión rusa de Ucrania en 2022, los países occidentales congelaron cerca de 300.000 millones de dólares del banco central ruso, en gran parte depositados en Euroclear, una medida que ha generado tensiones con Moscú y ha reavivado el debate sobre la seguridad de mantener activos en el extranjero. Históricamente, estas sanciones han sido raras pero no inéditas, desde la confiscación soviética de oro rumano en 1918 hasta los bloqueos a países como Irán o Corea del Norte en la segunda mitad del siglo XX.
Desconfianza global. Así, el clima de incertidumbre está llevando a muchos países a replantearse dónde guardan sus reservas, impulsando movimientos de repatriación y alimentando el reciente rally del oro como activo refugio. Para analistas y bancos centrales, el episodio venezolano es una advertencia clara de cómo la política puede interferir en activos que tradicionalmente se consideraban intocables.
Mientras el Banco de Inglaterra guarda silencio oficial (y muchos lingotes), el oro venezolano sigue enterrado bajo Londres, convertido en símbolo de un orden financiero internacional cada vez más frágil y politizado.
Imagen | Bank of England, Eluveitie
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