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Los días más oscuros de nosotras: una plática con Astrid Rondero

Dos mujeres yacen en una cama, reconociéndose. Una de ellas, arquitecta que protagoniza un retorno a su pueblo natal, reconoce en la otra no solo el cuerpo que ha despertado su deseo sino una presencia que detona encuentros con su propio pasado. La conexión de ambos personajes, construida a base de vulnerabilidad y sororidad, brota en una actualidad que sigue siendo adversa y mortífera para las mujeres, pues trunca sus posibilidades de forma cotidiana, sistemática y, como muestra Los días más oscuros de nosotras, a veces casi sin esfuerzo.

Han pasado solo un par de meses desde que las cineastas mexicanas Fernanda Valadez y Astrid Rondero presentaron la película Sin señas particulares en el Festival Internacional de Cine de Morelia. El relato de una madre que emprende un viaje para buscar a su hijo desaparecido llegó a México con más de una decena de premios internacionales bajo el brazo, solo para cosechar aún más: se llevó el Premio del Público, el Ojito a Mejor actriz para Mercedes Hernández y el Ojo a Mejor largometraje mexicano en el certamen. Hace unos días obtuvo el premio a Mejor película extranjera en los Gotham Awards. Producida por En Aguas Cine, compañía de la que Astrid y Fernanda son fundadoras, Sin señas particulares se alzó también como una suerte de visión, de posible futuro: el de la alianza de realizadoras que intercambian roles en los procesos creativos porque crean y sueñan en conjunto.
Sin embargo, Sin señas particulares no fue la primera película nacida de las miradas de En Aguas Cine. Los días más oscuros de nosotras, ópera prima de Rondero –producida por Fernanda–, transitó con éxito por el circuito de festivales entre 2017 y 2018, después de un desarrollo que atrajo múltiples apoyos. “Todo su proceso de desarrollo estuvo muy cobijado”, nos platica Astrid. “De hecho, tuvo un apoyo de Estado Unidos que me enorgullece muchísimo porque fue de la Asociación de Cineastas de Hollywood de puras mujeres y con ese dinero pude terminar la posproducción. Como que la película tuvo muchos aliados a lo largo de su camino, de financiamiento de posproducción”.

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Esta semana, la cinta llega finalmente a las salas comerciales mexicanas que tengan un semáforo epidemiológico que lo permita. Tres años después de sus primeras proyecciones en festivales, cuando aún no explotaban los movimientos Me Too e incluso la palabra feminismo era percibida con recelo, las conversaciones que hoy enmarcan a la película se han transformado por completo. “Ha sido radical ¿no?”, platica la realizadora. “Recuerdo el comentario de alguien respetado aquí en México, que al inicio decía que era una película ‘odiahombres’. En el momento, cuando lo escuché, pues sí fue fuerte, porque pues no era la intención. Pero bueno, por otro lado, sí hay un par de cosas que odiar del patriarcado ¿no? La intención más bien era hablar de que la realidad en la que está inserta la mujer todavía es muy adversa.
La violencia se encuentra en los detalles. Y esos detalles son los que no nos permiten a las mujeres vivir todo nuestro potencial como seres humanos”.
La cinta se ubica en Tijuana, ciudad a la que Astrid se prometió volver algún día para rodar, después de haber asistido en la filmación de Norteado, de Rigoberto Pérezcano, años atrás. Mientras el personaje de Silvia (Florencia Ríos) se enfrenta a su exesposo en una batalla legal por su hija y debe buscar el sustento en la vida nocturna de la urbe fronteriza, Ana (Sophie Alexander-Katz) lidia con los embates de la memoria, al mismo tiempo que trata de mantenerse a flote en la convivencia con los trabajadores de la construcción que coordina.
“Ella no sabe cómo acercarse a los demás. Eso es algo que, por ejemplo, yo viví mucho, no como directora sino como asistente de dirección”, nos comenta Astrid. «Yo tenía la obligación de controlar el set y tomar ciertas decisiones hacia subordinados, aunque yo no tenía el puesto de hasta arriba “En vez de recibir otros comentarios, venía el ‘es neurótica’. No existen los motes de ese tipo para los hombres, en estos tipos de puestos. Nosotras somos generalmente ‘groseras’, ‘histéricas’. Eso permea la película con un personaje que llega a un puesto de mando”.


Los días de nosotras
Astrid Rondero y Fernanda Valadez se conocieron durante sus años de estudiantes de cine. Astrid estaba por terminar su tesis en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, Fernanda en su segundo año del Centro de Capacitación Cinematográfica. Ambas empezaron a colaborar: Fernanda terminó de producir la tesis de Astrid; Astrid coescribía y producía los cortometrajes de Fernanda. “Nos queda muy claro que el poder de nuestro trabajo es hacerlo conjunto”, afirma la realizadora.
Poco después fundaron la compañía productora, con la que también planean acompañar y producir proyectos de nuevas directoras. “Más que una obligación con nuestro género sentimos una afinidad”, explica Astrid, para quien también resulta evidente el impacto cultural que se genera con las redes de mujeres que trabajan juntas.
“Eso era una discusión que había con lo que sucedió con los fideicomisos de cine [la desaparición de FOPROCINE Y FIDECINE en 2020]. Los fondos públicos han permitido que grupos enteros de mujeres filmen», afirma la realizadora.
Porque, si no, lo que pasa cuando salimos de la escuela, en mi época al menos, y sin importar qué tan talentosa seas, es que es mas fácil que a un compañero le empiecen a ofrecer trabajo como director que a las mujeres. Entonces, había esta salida, podemos reclamar los fondos públicos. De mi generación filmamos antes las mujeres. Y eso es parte de que nosotras nos tomemos en serio mutuamente”.

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La sororidad también alcanza en esta ocasión la pantalla, a través de los lazos con diferentes capas que germinan entre el personaje de Florencia Ríos y el de Sophie Alexander-Katz, quien de hecho fue nominada al premio Ariel 2019 por su trabajo en esta película. «Escribí el guion para una actriz, que tenía una energía que me atraía mucho para hablar justo de las mujeres en el mundo actual. Pero por azares del destino ya no pudo. Y entonces con Sophie fue un proceso casi inmediato. Yo ya la conocía por otro proyecto de corto», platica Astrid. «Sophie tiene algo muy especial, porque físicamente pareciera muy frágil, aunque no lo es, pero tiene una potencia… Esa cualidad le daba algo muy interesante al personaje. Le dio un cambio de 180 grados. No es que ella haya sido un reemplazo, en realidad, este papel era para ella».

El deseo no explicado
Los días más oscuros de nosotras ofrece un retrato de la relación entre dos mujeres rara vez visto en el cine mexicano. Un deseo homoerótico espontáneo, inmerso en la complejidad de la vida, que no necesita ser explicado a la audiencia. Como parte de la comunidad LGBTQ+, Astrid observa una evolución en las narrativas y en la forma en que el cine se ha relacionado con el tema.
«La verdad parezco disco rayado pero siempre hablo de cómo Julián Hernández abrió el panorama, al menos para nosotros», rememora la realizadora. «Todas las películas que son de descubrimiento de la homosexualidad o del deseo homoerótico tienen una carga de coming of age. Como que despiertas a un mundo nuevo y entonces está la escena típica en donde tienes que ir a un lugar donde hay muchos gays y hay todos los ritos de paso de la maduración. Pero luego lo que ha estado pasando, y que me entusiasma mucho, es que empezamos a dejar los coming of age. Ya no necesitamos contar esas historias porque ya las contamos. Yo también la conté, con mi tesis. Claro, se pueden seguir contando, pero ya no es lo único que necesitamos contar».

El coming of age ha dado paso, de acuerdo con la realizadora, a películas más complejas, con la capacidad de abarcar más temas que solo aquellos que tengan que ver con el rechazo o afectaciones por la ‘salida del clóset’ de los personajes. «Esas discusiones más complejas y humanas y menos centradas en algún tipo de género son las que están dando al cine mexicano una conversación más amplia que no tenía. Ha sido una conquista de los creadores de la comunidad LGBTQ+».
Actualmente, Astrid y Fernanda preparan una próxima película que planean filmar en 2021 titulada Sujo, que ya cuenta con guion, con un coproductor español y una actriz española de talla internacional. «Fer y yo estamos muy entusiasmadas porque es la historia de un niño que es huérfano del narco que cambia totalmente su destino. Lo vamos a ver crecer desde que queda solo, hasta que llega a la Ciudad de México. De entre todas las cosas, su sueño es entrar a la UNAM».
Estos son los cines mexicanos en donde es posible ver Los días más oscuros de nosotras.


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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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