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Yo Fausto: Una transformación escalofriante

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Yo Fausto es un estudio de personaje dirigido por Julio Berthely, en donde el protagonista se ve obligado a abandonar sus sueños de fotógrafo en Barcelona después del embarazo de su novia Carmen. Regresa a México y es diagnosticado con esquizofrenia. Hablamos con Julio sobre la producción de la película –presentada en la pasada edición del Festival Internacional de Cine en Guadalajara–, la experiencia de grabar en España y sus influencias.

No olvides también ver el video, en donde exploramos la transformación de Fausto y discutimos el balance entre seguir tus sueños y asumir tus responsabilidades.

¿Cómo te sentiste en la transición para dirigir tu primera película?

Fue una aventura muy grande. Yo no tenía muy claro en un principio lo intensa que iba a ser la aventura de Yo Fausto. Soy muy de respetar los procesos, en el sentido de que quise hacer este largometraje en el momento en el que yo ya me sentía seguro de hacer un largometraje. Justamente, como dices, después de haber hecho varios cortos y haber dirigido muchísimas cosas salvo una película, dije “ya, llegó el momento”. Para mí escribir es un proceso que me cuesta trabajo en muchos sentidos y eso es un poco irónico, porque en gran parte vivo de eso, también como guionista. Pero cuando son proyectos personales, me cuesta mucho enfrentarme a la página en blanco. Me tardé dos años en escribir el guion, desde la primera idea hasta que ya fue el guion que se filmó. Y es un proceso muy tortuoso en muchos sentidos, a veces lo disfrutas, a veces lo odias, a veces estás contento, a veces no te gusta nada de lo que estás escribiendo.

Hasta que llegó el momento del rodaje y ya una vez rodando, la verdad es que siempre me sentí muy cómodo, porque me sentí abrazado por el crew y los actores. Fue una ópera prima que tuvo ángel en muchos sentidos, porque la gente que estaba involucrada lo hizo por gusto al proyecto y por la pasión que querían imprimirle, porque a fin de cuentas era un proyecto de muy bajo presupuesto, sin estímulos, totalmente independiente. Estaban los que querían y tenían que estar, y eso a mí me dio mucha seguridad al momento de abordar la filmación.

El actor Christian Vázquez interpreta a Fausto, un joven que huye a Barcelona, donde se enamora de Carmen, una aspirante a modelo.
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¿En qué momento tomaste la decisión de contar la historia en desorden? ¿Lo contemplaste así desde el guion o fue algo que descubriste en la edición?

Fue completamente desde el guion, eso siempre lo tuve muy claro. Yo quería de alguna manera que la cuestión narrativa también fuera de la mano con la fragmentación de pensamiento de Fausto. Es una lectura ya un poco más profunda, pero lo que quería es que la manera de contar el cuento fuera de la mano de esta cabeza tan dividida y tan saltante en emociones y en ideas. Aunque la película la pude haber contado de manera lineal, yo quería tener esta fragmentación dependiendo de los estados de ánimo de Fausto. Y eso viene desde el guion.

Algo muy interesante es la forma en la que la fotografía cambia dependiendo el estado mental de Fausto. ¿Cuáles fueron tus inspiraciones detrás de eso?

Platicando con el fotógrafo, le transmití que para mí era muy importante que la cámara también fungiera como un elemento más dramático, como si fuera un personaje también, que también tuviera una función dramática en la película. Entonces decidimos que dependiendo el estado de ánimo del personaje y de lo que estuviera pasando es como iba a reaccionar la cámara. Y así fuimos poco a poco desmenuzando las texturas y temperaturas que íbamos a utilizar, y el movimiento sobre todo, cómo iba a ser la narrativa visual, que está ligada totalmente con la cuestión emocional de la película.

Más allá de eso, si hablamos de influencias, no es que sean directamente conscientes. Nunca hice un plano pensando “ah, quiero hacer un plano como tal director o película”. Pero sí es notorio que el cine que yo consumo, que me gusta, de directores como Haneke, como Von Trier, que gustan de un cine más visceral y en donde la cámara también juega con ese tipo de dramatismo.

¿Por qué escogiste Barcelona para la película y como fue el rodaje ahí?

La decisión de Barcelona la tomé desde el guion porque en este ímpetu que Fausto tenía de alejarse de su familia, de alejarse del entorno en el que vivía y de buscar un sueño específicamente artístico, para mí era muy importante utilizar una ciudad que fuera como alguna cuna cultural del mundo. Entonces las opciones eran París, Londres, Berlín, etc. El punto es que para no meterme en temas de idiomas, para no hacerla más compleja incorporando otro idioma a la película, dije “no, que se vaya a España”. Y ya en España, Barcelona para mí representa esa cuna cultural, estética y artística.

Ya cuando entrego el guion y los productores ven Barcelona, y con lo que te contaba que era una película muy sacrificada en ciertas cosas, obviamente fue lo primero que me dijeron que no. Fue como de “mano, está padre, pero pues no. Que se vaya a Hidalgo, a San Miguel de Allende” [ríe]. Entonces pues fue un proceso pequeñito de estire y afloja, y de yo presentar mis argumentos de por qué Barcelona, porque creo que sí era importantísimo que él se fuera lo más lejos posible. Me compraron la idea, hicieron lo que tuvieron que hacer en el presupuesto y pudimos irnos toda una semana a filmar allá.

La verdad es que el rodaje allá nos fue muy bien. Corrimos con mucha suerte, porque por las condiciones de las películas el margen de error era mínimo. Hicimos toda la preproducción de Barcelona a distancia, porque no había dinero para ir y hacer scoutings. Entonces, toda la preproducción fue a distancia, para llegar con pincitias, saber en qué momento tienes que hacer qué, en qué momento tienes que estar en dónde. Y fuimos muy afortunados de que todo salió perfecto, fue como relojito todo. Digo, problemas en algún momento con exceso de turistas en ciertos lugares que teníamos que controlar, pero nada que fuera un verdadero problema.

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La misteriosa mirada del Flamenco – Una charla con su director, Diego Céspedes

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Seminuevos como nuevos: ¿ciencia ficción o realidad?

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Cine, azar y espectáculo, tres historias donde el juego es parte del relato

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El cine siempre ha sentido una fascinación especial por el azar. Desde hace décadas, tanto los directores como los guionistas han utilizado el juego como metáfora del riesgo, del deseo de cambio y de la eterna lucha entre el control y el caos. No es casualidad, porque pocas cosas generan tanta tensión dramática como una carta girándose lentamente, una ruleta deteniéndose o una apuesta que puede cambiarlo todo.

A lo largo de la historia, numerosas películas y series han sabido integrar el casino dentro de sus tramas como un elemento narrativo que define a los personajes, las decisiones y los destinos

Casino Royale y el renacer del espía moderno

Cuando Daniel Craig debutó como James Bond en Casino Royale, la saga dio un giro más oscuro y realista. Lejos del glamour exagerado de entregas anteriores, la película apostó por mostrar a un Bond vulnerable, físico y expuesto al error.

La mítica partida de póker contra Le Chiffre es el corazón emocional del film. Cada apuesta refleja la psicología de los personajes, su capacidad para engañar, resistir la presión y leer al adversario. Aquí, el casino no es un simple escenario lujoso, sino un campo de batalla donde se libra una guerra silenciosa. Este tipo de escenas explican por qué el imaginario del juego sigue tan presente en la cultura popular. Representa decisión, valentía y consecuencias.

Rounders, el lado más humano del póker

Mucho antes de que el póker se convirtiera en un fenómeno televisivo global, Rounders ya mostraba su cara más cruda. La película sigue a jóvenes jugadores que se mueven entre partidas clandestinas, deudas peligrosas y sueños de grandeza.

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Más allá de las cartas, el verdadero tema es la obsesión: personajes que creen haber encontrado en el juego una identidad, una forma de vida, incluso una vía de escape. Esta visión más íntima conecta con quienes ven el azar no solo como entretenimiento, sino como una pasión que puede volverse absorbente.

Peaky Blinders y el negocio detrás del juego

Ambientada en la Inglaterra de entreguerras, Peaky Blinders utiliza las apuestas y las casas de juego como parte esencial del ascenso criminal de la familia Shelby. Aquí, el juego no es un pasatiempo, sino una industria.

Las salas clandestinas, las carreras amañadas y las mesas privadas sirven para mostrar cómo el control del juego equivale al control del poder. Es una representación muy distinta a la de Casino Royale o Rounders, pero igual de poderosa, con el azar como negocio, no como ocio.

El juego como reflejo de nuestra relación con el riesgo

Estas historias, aunque muy distintas entre sí, comparten un punto en común, que es que el juego funciona como espejo de nuestras decisiones. Apostar es elegir. Es aceptar que no todo depende de uno mismo.

Quizá por eso el interés por este tipo de temáticas se mantiene vigente, tanto en el cine como en el entretenimiento digital. Hoy en día, muchas personas juegan a los mejores slots desde una perspectiva más casual, buscando experiencias visuales atractivas y mecánicas que prioricen la diversión por encima de la competición.

Del mismo modo que ocurre con el cine, los jugadores suelen sentirse atraídos por propuestas con identidad, estética cuidada y sensaciones reconocibles, donde valoran además de los premios, el diseño y la experiencia en su conjunto.

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Un vínculo que sigue evolucionando

Desde el blanco y negro hasta las superproducciones actuales, el cine ha sabido adaptar el universo del juego a cada época. A veces lo muestra como un mundo elegante, otras como un entorno peligroso, y en ocasiones como una simple forma de evasión.

Lo interesante es que, más allá de modas, el tema sigue funcionando porque conecta con la emoción de arriesgar, la esperanza de ganar y la tensión de no saber qué ocurrirá en el siguiente instante.

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