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El baile de los 41: Una danza contra la homofobia

La luz de grandes veladoras parece ondear al ritmo de los danzantes que la rodean. Esa luz tenue y discreta acompaña el secretismo de la noche. Aquí, en el baile de los 41, se respiran aires de libertad. No importa que mañana todo deba volver a la normalidad. Da igual si, al salir el sol, los vestidos deben volver a sus escondites. Por un breve instante, “la moral y las buenas costumbres” ceden ante la felicidad de los presentes. A regañadientes, los dejan ser libres. Pero esa rectitud de la sociedad es cruel: en el clímax de la velada detiene abruptamente la música y cambia las notas musicales por el sonido del zapateo de la policía. Entre rifles e insultos, entre humillaciones y amenazas, los caballeros presentes saben que su vida ha terminado.

Han pasado casi 120 años desde aquella noche. Sin embargo, aún hay algo –o mucho– de ese México porfirista y homofóbico que decidió humillar públicamente a 41 hombres homosexuales para luego pretender que nada había pasado. “Hay muy poca información sobre este capítulo en la historia de nuestro país”, nos dice Alfonso Herrera (The Exorcist), el hombre detrás de Ignacio de la Torre, miembro de esta sociedad secreta y yerno de Porfirio Díaz; el número 42 de aquella velada. “[Lo ocurrido] es algo que el molde que rige la sociedad decidió meter en un baúl y trató de quitarle oxígeno”.
Pero el cine –siempre el cine– está ahí para explorar aquellas cosas que resultan incómodas. Y solo falta una pequeña molécula de oxígeno en esas historias para detonar un chispazo incendiario que nada ni nadie pueda ignorar.
«Creo que es absolutamente vigente retomar el baile de los 41”, nos dice el cineasta mexicano David Pablos, responsable de Las elegidas, ganadora a Mejor película en el Ariel 2016. “Como sociedad, no distamos tanto de lo que era el Porfiriato. Hay demasiadas cosas que no han cambiado. Sigue siendo un tema salir del clóset; para cualquier personalidad pública es difícil ‘exponerse’ y [a veces, es mejor] llevar una doble vida y esconderse.
Asimismo, el cineasta considera que la representación de la comunidad LGBT en la pantalla grande es esencial. «Eso es algo que, muy pocas veces, ha sucedido en el cine mexicano. Y además de una manera que sea bastante más compleja; que vaya más allá de los estereotipos y los clichés y donde se profundice de alguna forma. Para mí, es una necesidad contar una historia que, por tantos años, ha sido relegada y se ha convertido en un tabú”.

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Un baile para cuestionarlo todo
La orquesta se preparaba para la función. Frente a los músicos, un grupo numeroso de hombres se alistaba para el gran momento de la noche. Mientras unos se ajustaban un elegante frac, otros se acomodaban la fina joyería que adornaba los vestidos que portaban con orgullo. La fecha que el calendario indicaba era el 17 de noviembre; no de 1901 sino de 2019. Como una gran coincidencia, David Pablos recreó para su nueva película uno de los momentos más incómodos en la historia de México la misma noche en que tuvo lugar, más de 100 años atrás.
“Estábamos celebrando a estos hombres”, recuerda David, “y [lo hacíamos] sabiendo que, como sociedad, ya habíamos tomado ciertos pasos en la dirección correcta, y eso nos permitía estar en este proyecto. Me sentí muy afortunado”, explica el cineasta. Sin embargo, reconoce que el camino para llegar a este momento no fue fácil.
David sabía lo complejo que sería financiar una película de época. Pero no esperaba enfrentarse a obstáculos que uno podría asumir como parte del pasado. “Viví una cerrazón importante a la hora de levantar este proyecto y eso, en vez de hacerme desistir o que mermara mis fuerzas, se volvía un estímulo aún mayor.
«Si no nos querían apoyar por el tema [del que hablábamos], con mayor razón: era importantísimo que hiciéramos la película y que llegara a las pantallas. A mí me hubiera encantado ver una película como El baile de los 41 cuando tenía 15 años. Creo que hubiera hecho una diferencia importante en mi formación”.
A pesar de la adversidad, El baile de los 41 seguía materializándose frente a los ojos de su realizador. Él recuerda ahora a esos hombres con cariño. “Quedé enamorado de ellos”, nos dice. “Son rostros, energías, presencias que me encantan, que me emociona ver en en la pantalla. Yo quería un rango muy amplio de tipo de hombres y masculinidades. Para mí, gran parte del respeto a ellos está en mostrar las distintas formas en las que puedes expresar la homosexualidad y no encasillar. En los medios hay solo dos formas de ser gay y ya. No existe la diversidad. Y estos hombres representan lo opuesto. Son individuos muy peculiares, con personalidades fuertes e intensas. Retratarlos, filmarlos y ponerlos así en la pantalla era para dignificarlos. Toda la escena del baile y la preparación para ese momento están construidas con admiración y un profundo respeto.
«En esta sociedad tan machista, ellos van en contra de lo establecido para ‘ser hombre’. El vestirse de mujer e ir en contra de actitudes heteronormativas, representa un gran valor”.

Aquel baile, por obvias razones, se convirtió en la secuencia más compleja de toda la trama. Aquí ya no había temor a ser descubiertos, pero sí a que lo planeado no saliera a la perfección. “La música que aparece en la escena ya estaba compuesta antes de filmarla”, afirma David. “Era esencial tenerla antes porque me marcaba una pauta respecto a cómo filmarla. La música tiene una progresión y eso dictó lo mismo en términos visuales. La imagen empieza fuera de foco; luego a 124 cuadros, posteriormente a 48 y finalmente a 24 para pasar a una cámara sobre tripié y luego a mano. Digamos que hay toda una construcción visual que va de la mano con la música y el vals que ensayaron. Todo estaba coordinado para coincidir con ciertas frases musicales”.
Con 42 hombres en escena –la mitad vestidos con corset y portando maquillaje y pelucas– había un elemento más que dictó el ritmo de aquel día de rodaje. De la mano de Carolina Costa, su cinefotógrafa de cabecera, David decidió no usar iluminación artificial. El equipo de diseño de producción de la cinta –a cargo de Daniela Schneider (Monos)– fabricó velas especiales para acompañar la ocasión. Ahí había dos candelabros gigantes que manipularon a su antojo al elenco y a la producción de El baile de los 41. “Cada uno tenía 300 o 400 velas. Era una locura”, afirma David. “Tardábamos una hora en encenderlas. No podíamos darnos el lujo de perder una hora de rodaje. Las velas iluminaban 4 o 5 horas y todo se planeaba alrededor de en qué momento hay que resetear y volver a encenderlas”.
Emiliano Zurita (Cómo sobrevivir soltero) recuerda sentir un gran nerviosismo aquel día. A pesar de ello, el hombre detrás de Evaristo Rivas –amante de Ignacio de la Torre–, confiaba en que todo saldría a la perfección. “Desde el primer casting supe que era un proyecto que iba a ser increíble”, nos dice. «Conociendo los trabajos previos de David, sabía que lo iba a abordar desde un lado muy humano, sin miedo a enseñar las cosas bellas y terribles que pasan durante esta historia; una historia muy humana, que no pretende dar sermones ni lecciones, sino proyectar algo que forma parte de nuestra cultura y nuestra sociedad. Me enorgullece mucho que fue de esta manera. David tiene la habilidad de contar historias a través de cortes. [Aquí ves] una bella historia de amor entre dos hombres y luego cortas directo a la soledad que siente Amada Díaz, una mujer que también busca ser feliz, entiendes por qué la sociedad termina siendo el antagonista de esta historia”.

Amores unidos por el dolor
Amada toca el piano. La melancolía que permea su hogar no solo proviene de las teclas que presionan sus dedos. La hija de Porfirio Díaz ve cómo su matrimonio se desmorona entre sus manos. No sabe la razón pero lo intuye. El desprecio que su marido le expresa con sus palabras no es nada comparado con el que emana de su mirada. “Amada toca el piano por soledad”, nos dice Mabel Cadena (La diosa del asfalto), sobre el papel al que da vida en esta cinta. “Toca el piano por desamor, por dolor y por ausencia”. Para la actriz, entender esta soledad la llevó a conectar con Amada. “En un mundo irracional en donde uno pierde la cordura cuando no puede tener lo que quiere. Y cuando no puedes tener lo que quieres, dejas de ser víctima y pasas a ser un sobreviviente. Para serlo, a veces, uno hace locuras y eso vuelve tan compleja a Amada”.
Sin embargo, Mabel tenía una certeza sobre este rol tan demandante: no quería darle vida a una mujer homofóbica. Para ella, la cinta escrita por Mónika Revilla (Alguien tiene que morir; Juana Inés) «ya se iba a encargar de señalar muchas cosas y yo quería construir a una mujer que partió de una ilusión y terminó con su vida rota», nos comparte.
«Yo encontré mi fortaleza en El baile de los 41 el primer día de rodaje. Antes tuve mucho miedo por los retos que implicaba. Soy alguien a quien le gusta entregarse y Amada Díaz me retó todo el tiempo. Pero en el día 1 de rodaje, cuando me cubrieron de capas y capas de ropa, y me encerraron casi todo el tiempo en una casa, encontré mi fortaleza en su soledad”.
En este microcosmos de miradas reveladoras, Mabel encontró también un gran apoyo en los ojos de su coprotagonista. “Estuviera o no a cuadro, Alfonso Herrera siempre estuvo detrás de la cámara para darme sus miradas, para compartirme sus intenciones, y ayudarme a generar todo esto. Cuando tienes un director que explora contigo otras posibilidades, cuando tienes a un actor que te está dando sus ojos para darte réplica y crear una vida juntos, sin duda los resultados son los que se pueden ver en pantalla”.
Conócelas aquí:
· Monika Revilla: escribir el pasado para enriquecer el presente
· Mabel Cadena: las mujeres que se quedan dentro

Un baile contra la censura
Por décadas, los pasos de baile del cine mexicano eran marcados por la tiranía de la censura. No ha pasado tanto desde que se terminaron aquellas épocas donde una historia corría el riesgo de ser enlatada indefinidamente por retratar temáticas polémicas o confrontativas. Hoy hay otros tipos de censura: desde aquella que se genera cuando se rechaza el apoyo a un proyecto, cuando se decide no programar una historia en cartelera o cuando las autoridades delimitan el público que podrá ver cierta película.
El baile de los 41 llega a los cines del país con una clasificación C, apta únicamente para mayores de 18 años. Al consultar a la Dirección General de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC), la dependencia de la Secretaría de Gobernación afirma que las razones por las que la película fue considerada para su clasificación C “se encuentran fundamentalmente en la presencia de imágenes con contenidos sexuales explícitos (masculinos y femeninos), detallados, en primer plano y con larga duración, especialmente en la secuencia que da origen al título y tema central de la película”.
“Estamos sorprendidos de la clasificación pero a la vez no”, nos dice Emiliano Zurita. “Esa clasificación habla más bien de que la sociedad no ha cambiado mucho en estos 120 años. Y justo por eso es muy necesario que mucha gente vea la película y genere conversaciones; incómodas para algunas, pero que finalmente nos dejará ir cambiando lo que se nos hace normal en la sociedad”.

Alfonso, por su parte, afirma: “Cuando hice Sense8, Lana Wachowski constantemente hablaba de la manera en que hemos normalizado a los cuerpos femeninos desnudos en la pantalla y cómo nos escandaliza ver a dos hombres tomados de la mano o besándose. Pero no nos asusta la violencia explícita.
«Ahora en las salas de cine hay una película que tiene una violencia explícita pero tiene una clasificación B15 versus esta película que muestra una masculinidad contundente, que muestra una historia de amor entre dos hombres y tiene una clasificación C”.
Los criterios de RTC sobre la clasificación B15 se refieren a cintas que, si bien presentan violencia, “ésta no es extrema y puede estar vinculada con conductas sexuales sugeridas, señalando las consecuencias negativas de su vinculación. Puede haber erotismo y escenas sexuales implícitas, ambos en un contexto no degradante. Las escenas sexuales no son frecuentes ni de larga duración. Cuando se presenta desnudez, es esporádica, sin acercamiento a los genitales de los actores y en un contexto no humillante”.
En una cartelera donde todavía figura Nuevo orden, de Michel Franco –la cual incluye distintas escenas de tortura y humillación sexual por parte del Ejército–, sorprende la asignación a El baile de los 41 como una cinta apta únicamente para mayores de edad. “Y esta clasificación sólo nos habla de la necesidad de esta película”, afirma Mabel Cadena. “De permitir a los seres humanos ser más libres, de amar a quien se nos pegue la gana, sin clasificarnos y sin tener que escondernos. Creo que es un gran momento para, otra vez, retomar nuestro pasado, revisar la historia, nuestro presente y transformar nuestro futuro. No podemos seguir caminando hacia el mismo lugar de hace 100 o 200 años. Como sociedad sí hemos dado pasos en la lucha y en los derechos, pero no en el pensamiento. ¿Qué tipo de programadores tenemos en México? ¿Quienes son los que toman estas decisiones?«
Para David Pablos, “la clasificación se vuelve totalmente desproporcionada cuando se compara con otras películas con un contenido mucho más explícito y violento, actualmente en cartelera. Creo que hay una falta de congruencia en esa decisión.
«Me sorprende que sean mucho más censurables los desnudos masculinos, los actos amorosos entre hombres, que la violencia explícita. Y eso habla mucho del país y de la realidad en que vivimos. Aquí, la violencia está tan normalizada y mediatizada que ya ni siquiera es un tema. Es algo que simplemente no entiendo”.

Un baile en su honor
La noche del 17 de noviembre de 1901, un grupo de 42 hombres se disponía a celebrar en secreto su libertad. Unas horas más tarde, cuando el reloj marcaba las tres de la mañana, su vida terminó. Uno de ellos fue “salvado” por su cercanía al presidente. El resto pagó las consecuencias. «41 maricones fueron encontrados en un baile en la calle de la Paz», se leía en un periódico de la época, acompañado por un grabado de José Guadalupe Posada. «Cuarenta y un lagartijos, disfrazados la mitad de simpáticas muchachas», decía la hoja. «La otra mitad con su traje, es decir de masculinos, gozaban al estrechar a los famosos jotitos«. Luego de la redada, vino la condena pública y un linchamiento que terminó en un destino incierto.
El 17 de noviembre, pero de 2020, las coreografías no ejecutadas de aquella noche finalmente pudieron brillar. No fue en una pista sino en la pantalla grande. No hubo brindis pero sí muchos aplausos. La fiesta llegó tarde. 119 años, para ser precisos. Sin embargo, aquella noche, el baile de los 41 finalmente se pudo celebrar. Y se hizo en grande. Con una alfombra roja y con la esperanza de que aquello nunca más vuelva a pasar…

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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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