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Los 2010: las tendencias que caracterizaron la década
Los 2010 han sido una década sumamente compleja e interesante, no sólo en el tipo de historias vistas en cine y televisión, sino en las tendencias dominantes y que han marcado una auténtica revolución en la industria del entretenimiento. Hacemos un recuento de las más importantes:
La década de las series
El ascenso de las series contemporáneas comenzó hacia finales del siglo XX con The Sopranos (1999) y continuó en los primeros años del XXI con toda clase de proyectos que se caracterizaron por su enorme calidad técnica, histriónica, pero sobre todo narrativa. Esto último fue una consecuencia directa del poder concedido al creador, rebautizado como showrunner, por encima del propio director.
La tendencia se disparó en la década de los 2010 con brillantes desenlaces para títulos como House M.D. (2004), Mad Men (2007) Breaking Bad (2008), pero sobre todo con el lanzamiento de algunos de los shows más memorables de todos los tiempos. Black Mirror (2011) heredó las glorias antológicas de The Twilight Zone para abordar toda clase de pesadillas tecnológicas; Veep (2012) exploró los obstáculos del género femenino en la política; Game of Thrones (2011) reflejó la lucha por el poder desde una perspectiva fantástica para finalmente romper las barreras del cine con una producción sumamente ambiciosa que alcanzó su punto más alto en su temporada final con costos de producción de $15 mdd por episodio. Grandes formas de entretenimiento, pero que aprovecharon su potencial para la transmisión de importantes mensajes sociopolíticos. Habría sido una nueva era dorada para la televisión, de no ser porque buena parte de esta historia también se desarrolló en las pantallas de nuestras computadoras y dispositivos móviles con el streaming.
El detonante de esta historia fue Netflix con House of Cards (2013) y Orange is the New Black (2013), que arrancaron casi como un experimento hasta provocar una de las mayores revoluciones del entretenimiento audiovisual: el maratón. Por décadas, la ficción seriada fue distribuida semanalmente en busca de mayores beneficios económicos para las cadenas televisivas, pero los nuevos canales de distribución cambiaron la apuesta con lanzamientos de temporadas completas que propiciaron una auténtica adicción, lo que forzó a una mayor producción y el lanzamiento de más sistemas hasta llegar a lo que hoy conocemos como Streaming Wars.
El éxito del formato ha sido tal que eventualmente se reflejó en el cine con filmes como Mudbound (2017), Roma (2018) y El irlandés (2019) impactando con fuerza en la temporada de premios ante la renuencia de quienes temen un cataclismo de la industria como la conocemos.
Los 2020 serán determinantes para el desarrollo de esta industria, pero de momento, expertos en la narrativa audiovisual creen que la ficción seriada será el arte dominante del siglo XXI gracias al nivel de profundización de estos contenidos y libertad creativa que supera con creces a los vistos en cualquier película.

La década de las franquicias
Las grandes franquicias han tenido una presencia importante desde hace décadas, pero nunca habían tenido el dominio de los últimos años. Hoy en día pocos blockbusters son concebidos como proyectos aislados, pues los estudios prefieren las sagas en potencia al considerar que la repetición de fórmulas reduce los riesgos y aumenta las posibilidades de éxito.
El mayor reflejo de esta tendencia es el Marvel Cinematic Universe con técnicas similares en cada una de sus películas, lo que no ha evitado los riesgos al apostar por héroes de popularidad media, crossovers cada vez más ambiciosos y uno de los acuerdos más complejos del celuloide para integrar a Spider-Man a su mundo fílmico. Estas decisiones le convirtieron en la franquicia más taquillera de la década, así como en el referente de toda una generación. No es la única historia de éxito pues, Rápidos y furiosos, El conjuro y Misión: Imposible han tenido respuestas igual de positivas, al grado que todas incursionarán en los 2020 con buena aceptación entre el público.
Game of Thrones y Worlds of DC, antes conocido como DC Extended Universe, también merecen un lugar en esta selección. La primera batalló en su temporada final, pero el interés del público y el respaldo de HBO serán de gran ayuda para la aceptación de los próximos spinoffs. La segunda tuvo complicaciones para despegar, pero el renovado interés en sus personajes secundarios ha sido clave para su reciente ascenso. Mención aparte para el Kingdom, una falsa franquicia nacida del interés por la obra de Stephen King.
También hemos visto importantes fracasos, siendo el Dark Universe el mejor exponente con apenas una película –y media si consideramos Drácula: La historia jamás contada (2014)– que llevó a la cancelación de un proyecto que pretendía combinar los talentos de Tom Cruise, Johnny Depp, Javier Bardem y tentativamente Angelina Jolie. Otro ejemplo es GI Joe que ni siquiera pudo levantarse con la incorporación de una máquina de popularidad como Dwayne Johnson, lo que rompió el sueño de un crossover con Transformers, otra saga en picada que actualmente intenta distanciarse de la sombra de Michael Bay.
Más trágico aún fue que la sobreexplotación atentó directamente contra el legado de grandes historias. Tal fue el caso de El Hobbit que nunca igualó lo hecho por El Señor de los Anillos, o Animales fantásticos muy alejada de la magia vista en Harry Potter. Incluso la imbatible Star Wars sufrió con su tercera trilogía al generar un rompimiento sin precedentes con el público. Lejos de un merecido descanso, todas estas historias continuarán en los 2020.
Esta tendencia también desembocó en el ascenso del Imperio Disney, el estudio dominante de la década, el cual ha sustentado sus glorias en toda clase de proyectos preexistentes que van de las secuelas animadas a los remakes live-action, sin olvidar su recién confirmado interés en nuevas versiones de las mayores franquicias de Fox. Todo esto ha llevado a la virtual extinción de las cintas de presupuesto medio, lo que ha provocado una brecha insalvable entre las superproducciones y el cine independiente, que hoy se perfila como el último bastión de las historias originales.

La década de los superhéroes
Pocos se atreverían a negar que los superhéroes han sido los personajes más populares del cine en lo que va del siglo XXI. La primera década fue clave para su aceptación con toda clase de historias de origen, muchas de las cuales evolucionaron en exitosas franquicias, mientras que otras terminaron perdiéndose en el camino. La segunda década fue su consolidación con proyectos cada vez más arriesgados que les afianzaron en el gusto del público, pero también como propuestas narrativas cada vez más importantes.
El primer aspecto es el más sencillo de explicar, con los cuatro crossovers de Avengers en el top ten de taquilla de todos los tiempos. Esta misma lista es encabezada por Endgame (2019), quien recientemente destronara a Avatar (2009) como la mejor recaudación de toda la historia.
El segundo es más complejo, pues los personajes pasaron de ser una simple forma de entretenimiento a transmisores de toda clase de mensajes y valores, una evolución que incluso llevó a títulos como Logan (2017), Black Panther (2018) y Spider-Man: Un nuevo universo (2018) a lo más alto de la temporada de premios. La tendencia se mantiene este año con Joker (2019), cinta individual sobre el payaso gótico que resultó en una potente crítica social y que ha colocado a Joaquin Phoenix entre los rivales a vencer para el Oscar a Mejor actor.
Esta saturación ha desatado feroces debates al interior de la industria, pues realizadores como Steven Spielberg, Martin Scorsese y Alejandro González Iñárritu consideran que el subgénero podría dañar la forma de hacer cine. Quizá sea cierto, pero hasta ellos se involucraron con estos héroes y villanos en algún momento de la década, siendo el mexicano el que mejor partido sacó de la alianza tras hacerse con el Oscar a Mejor guion original, director y película por Birdman (2014).
Más allá de cualquier postura en el debate, todo apunta a que estos personajes seguirán inundando la cartelera por varios años y más ahora que DC ha encontrado la clave del éxito en tramas alternativas y que Marvel ha ampliado su baraja de héroes y villanos cinematográficos con la incorporación de X-Men y Fantastic Four.

La década del terror
La calidad del cine de terror está directamente relacionada con las tensiones sociopolíticas del mundo. Bajo esta premisa a nadie sorprende que el siglo XXI haya dado historias tan espeluznantes, consecuencia de los atentados terroristas del 9/11, la Guerra contra el terror y la crisis económica del 2008, que se convirtieron en fuente de inspiración para una nueva generación de creativos. El más influyente fue James Wan, quien aprovechó estos sucesos para recordar al público que los peores horrores son aquellos que acechan en las sombras del propio hogar, lo que puede apreciarse en títulos como Indidious y El conjuro, dos de las franquicias más populares de la década y que han servido como semilleros de talentos como David F. Sandberg, Gary Dauberman y Michael Chavez.
El posterior ascenso de Donald Trump a la presidencia generó nuevas pesadillas que no tardaron en ser capturadas por el género. Tal fue el caso de American Horror Story con Cult (2017) y Apocalypse (2018): la primera usó la noche electoral como punto de partida para una historia que plasmó la ideología del mandatario en un temible líder sectario; la segunda hizo lo propio con un mundo sumido en una crisis nuclear en pleno ascenso del anticristo. No menos destacado fue Un lugar en silencio (2018), con monstruos que se guían por el sonido, una metáfora de la señalización presidencial contra todos aquellos que se atreven a hablar en su contra.
Y finalmente las proezas de Robert Eggers, Ari Aster y Jordan Peele, quienes dotaron sus historias de una potente carga simbólica para capturar una maldad concebida por los padres fundadores de las distintas sociedades y heredadas por generaciones hasta nuestros días. El primero capturó los miedos de los primeros americanos que le llevaron a rendirse al demonio con La bruja (2015); el segundo nos sumió en lo más profundo de los horrores rituales con Hereditary (2018) y Midsommar (2019); el tercero abordó perturbadoras pesadillas sociales con ¡Huye! (2017) y Nosotros (2019). Un terror del que no hay escape y que ha convertido a los cineastas en tres de los mayores referentes del género de todos los tiempos.
Incluso Guillermo del Toro se vio beneficiado con esta tendencia, pues aunque La forma del agua (2017) no pertenece propiamente al género, extrajo sus bases del mismo al inspirarse en El monstruo de la laguna negra (1954) perteneciente a la mítica Universal Monsters. Aunque claro, sus reconocimientos también se vieron influenciados por otros factores al interior de la industria.

La década de la apertura
Las estadísticas señalan que Hollywood es una industria dominada por hombres blancos, quienes ocupan las posiciones de mayor jerarquía, que van de los roles protagónicos a las labores creativas más relevantes como son guion, dirección y producción. Aunque falta mucho para una industria verdaderamente inclusiva, el cine norteamericano ha mostrado cada vez más interés en historias enfocadas en otros segmentos de la población.
Esta tendencia puede apreciarse en el Oscar a Mejor película, que cada vez otorga más reconocimiento a historias protagonizadas por afroamericanos como Selma (2014) y Green Room (2018); latinoamericanos como Roma (2018); y homosexuales como Moonlight (2016) y Llámame por tu nombre (2017).
Más evidente ha sido en la terna de Mejor director, que en los últimos diez años ha sido para un británico (Tom Hooper), un francés (Michel Hazanavicius), un taiwanés (Ang Lee), tres mexicanos (Alejandro González Iñárritu, Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro) y, tan solo, un estadounidense (Damien Chazelle).
La transición a los 2020 parece continuar por esta misma ruta con Bong Joon-Ho y Pedro Almodóvar entre los grandes contendientes de la temporada de premios con Parásitos (2019) y Dolor y gloria (2019). Aunque no descartamos las sorpresas de último minuto, todo indica que el único que podría arrebatarles las mayores estatuillas es Martin Scorsese con un El irlandés de gran calidad, pero que ha perdido potencia ante su duración y su distribución vía streaming.
Pero, ¿qué hay del género femenino?

La década de las mujeres
Los 2000 terminaron con una gran victoria cinematográfica para el género femenino cuando Kathryn Bigelow se convirtió en la primera mujer en hacerse con el Oscar a Mejor director con Zona de miedo (2009), superando, además, al mismísmo James Cameron con su Avatar (2009). Se pensaba que esto detonaría un cambio, por lo que muchos se decepcionaron ante la falta de más realizadoras nominadas en la categoría en el transcurso de esta década, siendo Greta Gerwig la única por Lady Bird (2017).Lamentable, pero esto no significa que las mujeres no hayan tenido victorias importantes en los últimos diez años. Las primeras llegaron con personajes netamente populares como Katniss Everdeen (Los juegos del hambre), Elsa (Frozen), Hazel (Bajo la misma estrella) y Tris (Divergente), quienes fueron clave para cambiar el imaginario de las nuevas generaciones. Esta tendencia desembocó en personajes como Capitana Marvel, Rey (Star Wars) y muy especialmente Wonder Woman, considerada por muchos como el mayor símbolo femenino del celuloide, luego de que su directora Patty Jenkins asegurara que el personaje demuestra que “las mujeres pueden y deben ser todo tal y como deben ser los protagonistas masculinos. No existe una buena o mala versión de mujer poderosa”.
Los éxitos femeninos no se quedaron en el área del blockbuster: Talentos ocultos (2016) reivindicó las hazañas de la mujer borradas de la historia por los hombres; La habitación (2015) exploró con enorme crudeza la violencia de género; Joven y bella (2013), La vida de Adéle (2013) y Retrato de una mujer (2019) en llamas aludieron a la libertad sexual; mientras que la nueva Mujercitas (2019) resultó en la adaptación más feminista a la obra de Louisa May Alcott.
Sin embargo, los mayores logros del género han sido fuera de la pantalla, con las mujeres alzando la voz en busca de una industria más igualitaria y segura. La imagen de Natalie Portman nombrando a los nominados “hombres” al Globo de Oro 2018 hizo eco en todo el mundo, mientras que Alyssa Milano y Ashley Judd se han convertido en las principales voceras del movimiento Me Too contra el abuso y el acoso, sirviendo de ejemplo para que muchas otras féminas alcen la voz contra la violencia de género en la industria. Queda mucho por hacer, pero la historia recordará cómo el cambio comenzó en esta década que ha llegado a su fin.

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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
Staff Cine PREMIERE Este texto fue ideado, creado y desarrollado al mismo tiempo por un equipo de expertos trabajando en armonía. Todos juntos. Una letra cada uno.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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