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mi mayor miedo era que todos se pasaran a los eléctricos. Me siento muy solo
Que Akio Toyoda presida una compañía con la que prácticamente comparte nombre no es una casualidad. El presidente de Toyota es el nieto de Sakichi Toyoda, fundador de una Toyoda Automatic Loom Works, una empresa de telares fabricados a máquina. Esa compañía abrió en los años 30 del siglo pasado su división de coches con Kiichiro Toyoda al frente. El hijo mayor levantó un imperio que ahora preside Akio Toyoda.
No es casual tampoco que Akio Toyoda haya mamado la pasión por el automóvil desde niño. Y eso, ahora, define por completo su posición al frente de la compañía.
“Me siento muy solo”. “Soy el único que lo hace. Me siento muy solo”. Esas son las palabras que Akio Toyoda ha respondido a Auto Express, un medio inglés que ha podido mantener una conversación con el presidente de Toyota en relación a los pasos que está dando la compañía.
De lo que habla Akio Toyoda es de su defensa del motor de combustión. “Hace tres o cuatro años, era el único que decía que le encanta su olor, que le encanta su sonido, que le encantan los motores y que quería mantener los empleos de los proveedores de motores”. Toyoda asegura que se siente muy solo en esta defensa.
El mayor miedo. Preguntado sobre cuál es su peor temor en la industria del automóvil, Toyoda lo tiene claro: “que todo el mundo se estuviera pasando al coche eléctrico, era mi mayor miedo”. Y el motivo, asegura, no tiene nada que ver con llegar tarde a la tecnología o que el camino tomado por Toyota no fuera el correcto.
“Si solo busco cuadrar las cuentas y conseguir rentabilidad o si solo busco la neutralidad de carbono… eso no es interesante”, ha defendido Toyoda. “Si alguien me dice, ‘eh, habéis llegado demasiado tarde, deberíais haber saltado antes al eléctrico’, bueno, somos personas que aman los coches y esas personas, incluso yo mismo, tienen que pelear dentro de las empresas“, ha recalcado.
El eléctrico de Toyota. La relación de Toyota con el coche eléctrico está siendo poco menos que tumultuosa. Los dirigentes siempre han defendido que el coche eléctrico no será el futuro del automóvil. O, al menos, no será la posición dominante en todos los mercados, lo que ha marcado su línea de negocio hasta ahora.
Y es que el Toyota Bz4X era hasta hace muy poco el único coche de la compañía. Llegó, además, con problemas de fabricación y un precio demasiado alto que enterró sus posibilidades en el mercado. Con una actualización, la compañía ha conseguido disparar sus ventas y el Toyota C-HR eléctrico también busca dar un buen impulso a esta parte de su tecnología.
Además, la empresa ha ido anunciando nuevos lanzamientos para los próximos años y tiene una hoja de ruta claramente marcada para la producción de baterías de estado sólido. Decisiones que parecen ir en contra de lo dicho por su propio presidente y que explican esas declaraciones en las que dice que el mismo tiene que luchar dentro de su compañía.
A cada mercado, lo suyo. La decisión de Toyota tiene que ver mucho con la practicidad. Cuando la Unión Europea anunció una hoja de ruta para prohibir los motores de combustión, buena parte de sus fabricantes se lanzaron a los brazos del coche eléctrico y anunciaron que paraban el desarrollo de estos motores.
Toyota, al contrario, siguió apostando por los híbridos, consciente de que seguirían siendo muy importantes en el futuro. El tiempo les ha dado la razón en parte porque la Unión Europea ha abierto ligeramente la mano pero, sobre todo, porque nuestro mercado es una parte muy pequeña de las ventas mundiales de automóviles.
Para Toyota, Estados Unidos sigue siendo un mercado gigantesco donde el año pasado vendió 2,5 millones de coches. Es el mismo mercado que ha paralizado la promoción del coche eléctrico. Solo en Japón vende los mismos coches que en toda Europa. Y en China, aunque ha intentado ir por libre, sigue teniendo la obligación de asociarse con una marca local por lo que el rendimiento de los eléctricos allí lanzados es menor.
Una alternativa. Toyota defiende que el coche eléctrico no pasará de un 30% de cuota de mercado. No sabemos si Akio Toyoda ha cambiado su percepción desde que hiciera esa declaración pero siempre ha dejado claro que las baterías de estado sólido son las que de verdad pueden cambiar el juego. Hasta entonces, y como otras marcas japonesas, Toyota sigue investigando nuevas alternativas.
De ellas, el hidrógeno aseguran que es la más interesante. De momento, su Toyota Mirai (el coche de pila de combustible) sigue siendo excepcional en Europa y en Estados Unidos se enfrenta a demandas por publicidad engañosa. El alto coste para trasladar el hidrógeno con seguridad hasta una estación de servicio y, antes, producirlo encarecen demasiado el producto que sigue sin tener ventajas claras.
Pero Toyota ha encontrado otro camino a seguir estudiando: quemar hidrógeno. Esto, aseguran, permite hacer funcionar un motor de combustión sin expulsar CO2 (aunque sí otras sustancias contaminantes como NOx) y a su vez mantener el sonido y las sensaciones propias de este tipo de propulsores. Aunque es todavía menos eficiente que la pila de hidrógeno, eso parece darle igual a Toyoda.
Una defensa. Y llegados a este punto, voy a hacer una defensa de Akio Toyoda. El presidente de Toyota, una compañía que inventó una nueva forma de trabajar y que perfeccionó al máximo el just in time y con ellos sus ganancias, tiene razón a la hora de defender que no todo se debe hacer pensando en la rentabilidad.
Toyota se ha convertido en una de las pocas marcas que sigue lanzando coches puramente pasionales sin ningún objetivo concreto. No hay un coche como el Toyota GR Yaris en el mercado, hace años aprovecharon su colaboración con Subaru para lanzar el Toyota GT86 (luego GR86) e invirtieron junto a BMW para lanzar el nuevo Toyota Supra. En los últimos meses hemos conocido que lanzan un nuevo y espectacular coche de carreras adaptado para la calle, el Toyota GR GT. Hace unos días presentaron una edición especial radicalmente deportiva del Toyota Corolla que no llegará a Europa.
Todos estos lanzamientos no producen un impacto directo en las cuentas de la compañía pero sí generan afición entre los clientes potenciales. Son vehículos halo que dan valor a la compañía en sí misma. Stellantis, con Carlos Tavares al frente, ha demostrado que pensar únicamente en las cuentas a final de mes induce a cometer errores como los motores PureTech por ahorrar unos euros y diluye el estatus de marcas como Maserati, Lancia o Alfa Romeo. Compañías cuya supervivencia pasan por un carácter propio y diferencial pero que sin producto alternativo a todo lo que ya se hace en el mercado, pierden valor.
Hay que mirar las cuentas, sí, porque eso es lo que da de comer. Pero, por suerte, el coche sigue teniendo un componente pasional al que Akio Toyoda no está dispuesto a renunciar. Y eso, a largo plazo, también da de comer.
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En Xataka | “No sobreviviremos”: Toyota quiere meter el turbo para igualar el ritmo de las marcas chinas
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pasa por hacer una película para un público inexistente
La película de los Masters del Universo tiene buenas críticas, una base de fans aparentemente infalible y un 87% de nota del público en Rotten Tomatoes. Y después de su primer fin de semana ya es uno de los mayores fracasos de taquilla de 2026: parece que los habitantes de Eternia no logran escapar de la maldición de sus adaptaciones audiovisuales, que les persigue desde aquella lejana versión de la Cannon de 1987. Aunque aquí entran en juego cuestiones más prosaicas que un viejo y entrañable mal de ojo.
Las cifras. El fin de semana del 5 al 7 de junio, ‘He-Man y los Masters del Universo’ recaudó 29,3 millones de dólares en Estados Unidos y 25 millones en los 86 países donde se estrenó simultáneamente, sumando un total global de 54,3 millones. Se calcula que Amazon MGM invirtió entre 170 y 200 millones de dólares en producción, lo que haría necesario que la película, sumando gastos de marketing, ingresara unos 425 millones solo para recuperar lo invertido.
De momento, Amazon niega la mayor: Kevin Wilson, responsable de distribución doméstica de Amazon MGM, declaró en un comunicado que el fin de semana representaba “un comienzo muy sólido” y que la respuesta de la audiencia había sido “fantástica”. La vista está puesta, muy claramente, en Prime Video.
Los ochenta. Los Masters del Universo llevan unos cuarenta años protagonizando la misma historia. En agosto de 1987, Cannon Films, la productora israelí-americana conocida por sus películas con Chuck Norris, Charles Bronson y otros astros de la acción de serie B, estrenó la primera adaptación en imagen real de la franquicia, con Dolph Lundgren en el papel principal. El presupuesto era de 22 millones de dólares. La recaudación final, de 17,3 millones. El pinchazo, sumado a la de la tremebunda ‘Superman IV’, contribuyó directamente a la quiebra de Cannon Films.
Cuál es la diferencia. Sin embargo, las diferencias de presupuesto entre la versión de 1987 y la de 2026 son muy notorias. En la apuesta de la Cannon, por ejemplo, las limitaciones de presupuesto impidieron que Orko o Battle Cat aparecieran en pantalla, y la mayor parte de la historia transcurría en California, en lugar de en Eternia, que se vio reducida a un par de descampados. La película de 2026 tiene mejor factura (aunque si nos preguntan, el reparto de aquella es imbatible: a Lundgren se le sumaban Frank Langella y Meg Foster) y, de hecho, ésta recupera secuencias que quedaron fuera en los ochenta, como el ataque de Beast Man en la Tierra. Pero no ha servido de nada.
No entender. Lo que sí comparten ambas versiones es una lógica comercial que ha fallado: un juguete exitoso debería dar como fruto una película exitosa. Cuando ‘Barbie’ recaudó 1,4 mil millones de dólares globalmente en 2023, Mattel extrajo una lección clara: sus franquicias jugueteras tienen un potencial económico en pantalla grande. La empresa puso en marcha el desarrollo de más de 14 películas basadas en su catálogo: ‘Hot Wheels’ producida por J.J. Abrams, ‘Rock ‘Em Sock ‘Em Robots’ con Vin Diesel, ‘Polly Pocket’, ‘Barney’, ‘Magic 8 Ball’… ‘Masters del Universo’ es la primera gran apuesta de esa nueva era.
Pero esa lectura de ‘Barbie’ ignora por qué ‘Barbie’ funcionó. La taquilla de la película de Greta Gerwig no tenía nada que ver con la nostalgia de los juguetes originales, sino con convertir ese punto de partida en un comentario sobre roles de género que funcionaba incluso para un público que no había tenido una Barbie en las manos en décadas, o incluso que despreciaba el juguete por considerar que transmitía un mensaje tóxico, precisamente opuesto al de la película. ‘He-Man’, sin embargo, apela a la nostalgia de un segmento muy específico del público, hombres adultos que crecieron con la serie animada en los ochenta, sin ofrecer nada a quienes están fuera de ese perímetro.
Liminales y parodias. Un vistazo a la taquilla del último fin de semana muestra un panorama que Amazon no ha sabido interpretar. Por un lado está el éxito de ‘Backrooms’. La película de A24, dirigida por Kane Parsons costó 10 millones de dólares y lleva ya 212 millones recaudados en menos de dos semanas. Su película parte de una mitología de internet sobre espacios liminales, sin franquicia que respetar al dedillo, sin décadas de historia comercial que vender. Por otro lado, tenemos ‘Scary Movie’. La sexta entrega de la franquicia paródica de los hermanos Wayans, ausente de los cines desde 2013, recaudó 55 millones domésticos y 105,5 millones globales con un presupuesto de solo 30 millones.
La primera funciona porque Parsons tiene un vínculo orgánico con el material (veinte años, youtuber) y una audiencia que lo ha seguido desde internet hasta la sala. ‘Scary Movie’ plantea una propuesta directa, y aunque hace referencia a éxitos del pasado, no apela a la nostalgia y su público sabe exactamente lo que va a ver. Ambas películas, de modo distinto, responden a una demanda real. Y ‘Masters del Universo’, pese a sus indiscutibles virtudes, parece diseñada para responder a una demanda inexistente.
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los dos creen que el tiempo les da la razón
EEUU y China han firmado una tregua tecnológica. Sin embargo, como explica muy bien Chris Miller, el autor de ‘La Guerra de los Chips’, en su newsletter, no han firmado la paz en absoluto. Lo que han acordado es una pausa estratégica en la que ambas potencias creen que el tiempo les favorece. Cada una tiene su propia teoría de cómo ganará la partida. Y esas teorías son radicalmente distintas, como cabe esperar en el escenario de confrontación actual.
La Administración liderada por Donald Trump ha hecho una concesión importante: ha permitido a Nvidia entregar a algunos de sus clientes chinos su segundo chip para inteligencia artificial (IA) más potente, la GPU H200. Su hardware más avanzado sigue estando sometido a restricciones estrictas. No obstante, esta maniobra no recoge ningún tipo de generosidad: vender los H200 genera ingresos para Nvidia y sus aliados, mientras que los chips realmente estratégicos (Blackwell y Vera Rubin) permanecen, en teoría, fuera del alcance de Pekín.
La lógica del Gobierno de Trump es la siguiente: si la IA va a ser el motor de la economía y del poder geopolítico durante las próximas décadas, EEUU solo necesita mantener su ventaja en la frontera tecnológica el tiempo suficiente para que esa ventaja se vuelva estructural. En la base de su estrategia reside la convicción de que la inteligencia artificial general (AGI) transformará el mundo de forma irreversible. La tregua le da tiempo para consolidar esa ventaja y para que sus modelos de IA demuestren su valor económico antes de que China pueda alcanzarlos.
La fragilidad estructural de la tregua
La forma en la que el Gobierno chino está leyendo la coyuntura actual es muy distinta. Cuando los líderes chinos hablan de “grandes cambios nunca vistos en un siglo”, se refieren a un reequilibrio del orden mundial industrial, no a una revolución de los modelos de lenguaje. La prueba más elocuente es la que señala Chris Miller: si Xi Jinping estuviera genuinamente preocupado por quedarse sin capacidad de cómputo, habría aceptado las GPU H200 que Trump tiene tanto interés en venderle. Y no lo ha hecho.
Entre bambalinas cada parte afila sus cuchillos para una nueva oleada de conflictos en las cadenas de suministro
China está jugando con una lógica diferente. Xi Jinping ha advertido a los gobiernos provinciales que no deben tratar la IA como una carrera de gasto sin control: “Al desarrollar nuevas fuerzas productivas de calidad no debemos precipitarnos ni lanzarnos todos a la vez […] China no debe abandonar lo antiguo por lo nuevo. Las nuevas tecnologías deben integrarse en los sectores existentes”. No es escepticismo sobre la IA. De hecho, el líder chino la ha calificado de “tecnología de época” comparable a la Revolución Industrial o el nacimiento de internet. Lo que defiende es una priorización clara: primero las bases industriales, luego la superestructura digital.
El problema inherente a una tregua en la que ambas partes creen que van a ganar es que es intrínsecamente inestable. Ninguno de los dos lados ha confundido la tregua tecnológica con la paz. China ha seguido enviando algunas tierras raras a EEUU, mientras que Washington ha pospuesto varias restricciones previamente retrasadas que se ciernen sobre los fabricantes de chips chinos. Aun así, entre bambalinas cada parte afila sus cuchillos para una nueva oleada de conflictos en las cadenas de suministro.
El empuje industrial actual de China abarca los semiconductores, la IA, la biotecnología y las baterías, y se vuelca en sectores intensivos en capital y relativamente escasos en empleo. Esta estrategia sugiere que el Gobierno chino está dispuesto a aceptar ciertos costes sociales internos a cambio de acumular capacidad estratégica. EEUU, por su parte, apuesta a que esa capacidad resultará irrelevante si la IA reescribe las reglas del juego antes de que China pueda desplegarla. Ambas apuestas son coherentes. Ambas pueden estar equivocadas. Y eso, más que cualquier acuerdo arancelario, es lo que provoca que esta tregua sea tan provisional.
Imagen | Gage Skidmore | Wikipedia
Más información | Chris Miller
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Rusia pensó que Kiev caería en días. Cuatro años después, la guerra en Ucrania se acaba de “pasar” la Primera Guerra Mundial
En 1914, millones de europeos estaban convencidos de que la guerra terminaría antes de Navidad. De hecho, la expresión “home by Christmas” se popularizó entre soldados y civiles que creían que el conflicto sería más bien breve. Acabó prolongándose más de cuatro años y transformando para siempre Europa.
Más de un siglo después, la guerra de Ucrania ya se ha hecho más larga.
De días a hito histórico. Cuando Rusia lanzó su invasión a gran escala en febrero de 2022, el Kremlin esperaba una campaña rápida que culminara con la caída de Kiev en cuestión de días. Más de cuatro años después, la realidad es exactamente la contraria: la guerra ha alcanzado los 1.569 días de duración y ya ha superado oficialmente a la Primera Guerra Mundial.
Lo que comenzó como una operación diseñada para derribar rápidamente al gobierno ucraniano se ha transformado en uno de los conflictos más largos y trascendentales de la historia reciente de Europa, hasta el punto de que muchos ucranianos contemplan con inquietud otro umbral histórico aún más lejano: la duración de la Segunda Guerra Mundial.


La comparación inevitable con 1914. Los historiadores advierten de que las comparaciones con las guerras mundiales tienen límites evidentes por las diferencias de escala, número de países implicados y volumen de bajas. Sin embargo, consideran que la guerra de Ucrania comparte suficientes rasgos con la Primera Guerra Mundial como para convertirse en su paralelismo más cercano en más de un siglo.
Ambas comenzaron con ofensivas relámpago destinadas a lograr una victoria decisiva en pocas semanas. Tanto el avance alemán hacia París en 1914 como el empuje ruso hacia Kiev en 2022 estuvieron cerca de alcanzar sus objetivos iniciales antes de ser detenidos y obligados a retroceder.
El regreso de la guerra de trincheras. Tras el fracaso de las ofensivas iniciales, ambos conflictos derivaron hacia largos frentes estáticos donde la artillería dominaba el campo de batalla. Las imágenes de las trincheras del este de Ucrania evocaron rápidamente escenas de Francia y Bélgica durante la Gran Guerra.
Soldados separados por apenas unos cientos de metros, bombardeos continuos y pequeños asaltos de infantería se convirtieron en la rutina diaria. La potencia de fuego obligó a los combatientes a enterrarse bajo tierra para sobrevivir, reproduciendo un patrón que parecía pertenecer definitivamente al pasado.


Los drones cambian las reglas. La principal diferencia entre ambas guerras llegó desde el aire. Los drones transformaron profundamente el campo de batalla y terminaron haciendo vulnerables incluso las trincheras tradicionales. La vigilancia permanente desde el cielo y la capacidad de atacar con precisión obligaron a sustituir las largas líneas defensivas por pequeños refugios dispersos, difíciles de detectar y más resistentes a los ataques.
En muchas zonas, cualquier movimiento a cielo abierto puede ser localizado y atacado en cuestión de minutos, convirtiendo amplias áreas del frente en auténticas zonas de muerte controladas por sistemas no tripulados.
Tanques, búnkeres y dispersión. La evolución tecnológica también ha reducido el protagonismo de algunas armas que durante décadas simbolizaron la guerra moderna. Los tanques, temidos durante los primeros compases de la invasión, se han convertido en objetivos fáciles para los drones y cada vez aparecen menos cerca de la línea de contacto.
Mientras tanto, los soldados invierten enormes esfuerzos en construir refugios cada vez más sofisticados y profundos. Algunos búnkeres incorporan diseños específicos para absorber explosiones y aumentar las posibilidades de supervivencia, reflejando hasta qué punto la protección física vuelve a ser una cuestión vital en un conflicto de desgaste.
Destrucción que recuerda al siglo pasado. Aunque las cifras de bajas son muy inferiores a las de la Primera Guerra Mundial, la devastación visual resulta inquietantemente familiar. Bosques destrozados, pueblos reducidos a ruinas y campos cubiertos de cráteres aparecen constantemente en las imágenes captadas por drones de reconocimiento.
Diversos analistas militares sostienen que la letalidad del frente ucraniano se acerca a la de las grandes batallas de hace un siglo, no por el número absoluto de muertos sino por el peligro constante al que se enfrentan quienes combaten en primera línea.
El estancamiento y la búsqueda de una salida. La lentitud de los avances ilustra la naturaleza del conflicto. En algunas operaciones recientes, las fuerzas rusas han progresado a un ritmo incluso más lento que el registrado en algunas de las batallas más estancadas de la Primera Guerra Mundial. Con las negociaciones prácticamente paralizadas, ninguno de los bandos ha encontrado todavía una fórmula para romper el equilibrio.
Ucrania intenta debilitar la capacidad económica rusa mediante ataques contra infraestructuras energéticas y petroleras mientras inunda el frente con miles de drones de ataque, buscando imponer costes insostenibles al adversario. La paradoja final es que una guerra que comenzó con la promesa de una victoria rápida se parece cada vez más a la Gran Guerra: una lucha de desgaste prolongada, marcada por la tecnología y sin un final claro a la vista.
Imagen | Ministry of Defense of Ukraine
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